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Coordenadas para una inminente catástrofe de Ernesto Lumbreras | Por Javier Ramírez

(Web)

 

Cinco coordenadas para una inminente catástrofe

 

Ernesto Lumbreras, Coordenadas para una inminente catástrofe, Filo de Caballos/ CONACULTA, México, 2013, 120 p.

 

Los ensayos de Ernesto Lumbreras se insertan en la tradición de los poetas y escritores que a lo largo de la historia del arte se han ocupado de escribir sobre la obra de artistas de su época. Recordemos, sólo en México, a José Juan Tablada, a Xavier Villaurrutia, a Rubén Bonifaz Nuño, a Sergio Pitol, a Luis Cardoza y Aragón, a Juan García Ponce y a Octavio Paz.

De manera breve y rápida haré un repaso de algunas cosas que encontré en este ameno libro, que aunque escrito por un poeta, éste no cayó en la tentación de elaborar intrincadas metáforas para describir la vida y obra de los artistas que eligió, sino que con una prosa clara expone las dimensiones estéticas, históricas, filosóficas y sociales de las obras de estos pintores que le resultaron más importantes y trascendentes.

Me llamó particularmente la atención la manera cómo Lumbreras se metió a escudriñar las distintas relaciones que conectan no sólo las obras de los artistas sino sus respectivas posturas ante el fenómeno artístico y creativo, el tipo de literatura que los ha nutrido y su correspondencia con otras obras y artistas de variadas épocas y latitudes. Esto me hizo recordar lo que nos dijo un profesor: “Tanto sabes cuanto relaciones.” Ernesto sabe bastante, y aquí en este libro nos lo demuestra de manera clara y concisa.

El primer ensayo es sobre Francisco Toledo. Es, ante todo, un acercamiento (digo acercamiento y no aproximación, porque es una visión muy cercana del personaje, gracias al tiempo en que Lumbreras trabajó con el pintor oaxaqueño) al artista, al promotor cultural, al político, al impulsor de proyectos artísticos educativos, y al hombre de carne y hueso que lo mismo lucha y da la cara en la defensa del patrimonio cultural que reacciona iracundo contra sus empleados.
Siguen los ensayos sobre dos artistas que, debo confesarlo sin rubor y sin ánimo de polemizar, no son santos de mi devoción. Me refiero a Arturo Rivera y a Rafael Coronel. Por eso mismo leí con detenimiento y atención los argumentos e interpretaciones de Lumbreras sobre las obras de estos dos pintores que poseen una tremenda habilidad para el dibujo. Sin el apoyo de las imágenes a las que se refieren los textos, al terminar de leerlos tuve mucha curiosidad por ver los cuadros, casi convencido de que algún aspecto de esas obras no los he apreciado debidamente. Fui a los cuadros y concluí que de las interpretaciones de Lumbreras a las obras, me quedo con las interpretaciones.
El cuarto artista que aborda Ernesto es Ricardo Martínez. Confieso que me resultaron reveladores los datos que sobre Martínez menciona Ernesto, pues de él sólo conocía la obra. Y me sorprendió gratamente el poema de Díaz Mirón que Lumbreras encontró y que parece dedicado expresamente a la pintura de Ricardo Martínez. Ernesto detecta certeramente las fuentes de las que abrevó Martínez para llegar a su estilo inconfundible: las culturas prehispánicas olmeca, mexica y maya; las lecciones de Tamayo en cuanto al dibujo y el color, y la búsqueda tonal derivada de Josef Albers y Mark Rothko. Aquí agregaría yo a otro espléndido dibujante con el que podría emparentarse a Martínez: el yucateco Fernando Castro Pacheco.
Por último, Lumbreras se ocupa de José Clemente Orozco. Uno pensaría, en un primer momento, que del artista jalisciense ya se ha dicho todo o casi todo, pero, evidentemente, no es así. La obra de Orozco parece tener una vigencia permanente, o, como escribió Carlos Ashida, no ha conocido decadencia. Por ello Ernesto se aventura –con fortuna- en dos aspectos de la iconografía de Orozco: las manos y el fuego, los que –nos advierte- no son temas sino elementos constantes en la producción pictórica de Orozco. Eso en el primer texto, y en el segundo aborda el bestiario en este pintor
Advierte Ernesto un aspecto interesante: que Orozco, nacido el 23 de noviembre de 1883, es un sagitario de pies a cabeza; y argumenta esto, por una parte, con el fuego, elemento que le corresponde a ese signo zodiacal, y por la otra con la imagen del centauro. Aquí se hace un interesante enlace con el bestiario, que se centra en las imágenes de los caballos y las serpientes, que Lumbreras relaciona con diversas mitologías. Sin embargo, extrañé que no mencionara los tigres que aparecen en los murales de la biblioteca de Jiquilpan.
En resumen, este libro ––de título un tanto extraño–– es una buena guía para acercarse a cinco artistas mexicanos que forman parte importante de la historia del arte del país.

 

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