978-60-7911-541-8

Contratiempos, Alberto Blanco | José Homero

Entre el códice y el código

Alberto Blanco, Contratiempos, El Errante, Puebla, 2017, 56 p.

Cierta crítica ha decretado el agotamiento del poema extenso en la poesía mexicana. En respuesta, no pocos enterados responderían invocando los ingentes tomos de Max Rojas, que es como si rizando el rizo recordáramos los volúmenes-río de Manuel Capetillo, un poeta, como Enrique González Rojo Arthur, de aliento diríase cósmico, expansivo. Lo cierto es que cabría preguntarse por el lugar que estos universos desbocados ocupan dentro de la poesía mexicana y de la lengua. ¿Son hitos? En los casos de González Rojo y Capetillo, me temo que no. Ambición y desmesura no edifican siempre catedrales y suscitar pasmo no es idéntico a conmover ni sinónimo de trance. Planteadas estas cuestiones, examinaré uno de los poemas que Alberto Blanco ha dado recientemente a la estampa.
Contratiempos es un poema dividido en cuatro apartados, con la singularidad de que sus denominaciones no siguen una sola serie semántica sino que remiten a campos distintos pero conservando la secuencia aritmética. Así, “Primera hora”, “Segundo sueño”, “Tercer acto” y “Cuarto vacío” indican la partición al mismo tiempo que instauran su raíz inter e intratextual. Ilustración fiel es la ristra de epígrafes que penden del pórtico compositivo; cuartetos procedentes de cuatro cumbres de la poesía de México: Primero sueño, Muerte sin fin, Piedra de Sol y Algo sobre la muerte del mayor Sabines.
Las cuatro etapas se dividen a su vez en nueve partes –separadas mediante numerales romanos– que constan de nueve versos agrupados en tres tercetos endecasílabos. Desde el andamiaje y el requerimiento métrico se advierte la aspiración de sumar Contratiempos a una tradición: la del poema extenso en México. Por ello el emblema epifrástico que, como antes asentara, sugiere ya la dimensión referencial –y su pretensión–. El lector comprueba que está frente una empresa ambiciosa por el tour de force que supone constreñirlo a un formato, a un molde, pero también por las líneas de fuga que plantea.
De carácter dialógico, patente desde los epígrafes hasta el nombre de las secciones, el poema recurre igualmente a una figura retórica basada en la paráfrasis: la glosa. Cada parte termina con un verso que remite, en cada caso, a uno de los cuartetos que sirven de epígrafe: la primera concluye con “de mayor proporción, tal vez, que el viento”, primer línea del fragmento del Primero sueño; remata la segunda “con su antifaz de fósforo en la sombra”, endecasílabo inicial de la cita de Muerte sin fin; “duramente esculpido contra el sueño”, de Piedra de Sol, cierra la tercera; y sellan la sección última y el poema “y estar en todas partes en secreto” de Algo sobre la muerte… No quiero abusar de tu paciencia, querido lector, más ocupado en seguir la trompeta falaz del tren del mame que en advertir la música de las esferas, pero atraigo la atención hacia la distribución de la glosa. Las dos primeras secciones concluyen con el primer verso de los dos primeros epígrafes; los dos últimos cierran con los versos últimos de los dos cuartetos finales. Hay un juego indudable aquí, una secuencia que se presenta como significativa. ¿Cuál será? El poema como acertijo.
Si el poema en sí compone una glosa al cerrar cada una de sus divisiones con un terceto que se reitera a modo de estribillo y usa con igual función un verso de los epígrafes, diríase que instaura asimismo líneas con “La muerte de Sycorax”, uno de los grandes poemas de Gerardo Deniz. Ciertamente, a juzgar por el apego de Blanco a una poética convencional, acaso sufro de delirio crítico y esta semejanza no es textual –es decir, propuesta de manera intencional por el texto–. Sin embargo, en honor de la dilucidación, señalo que glosar en un poema completo un texto previo es justamente un recurso que Deniz emplea magistralmente en “Párerga”, la segunda sección de Mundonuevos (1991), donde cada breve poema, aunque autónomo, explora uno de los actos enumerados en el texto citado “en un orden por venir”.
A juzgar por las referencias, la precisa juguetería de orfebre y el estilo, Contratiempos se propone conversar con cuatro monumentos –que se convierten en los puntos cardinales de la rosa de los vientos de la poesía mexicana– y responder a ciertas cuestiones. La escritura elige la oscuridad –aunque no completa: apuesta por la transparencia de ciertas imágenes; por la eternidad de limitadas metáforas; por la sugestión para, con pinceladas, sugerir códices, cuadros, murales; por la frase incluso reveladora de apotegmas–, de modo que el lector, más allá de su intuición, no puede dirimir con precisión el tema implícito. Ciertamente, en un poeta tan cargado de intenciones, cuya poética se plantea como un enigma pero es más bien un código, siempre hay una llave de lectura. Contratiempos es un registro de México, una suerte de calendario, nueva piedra solar azteca, donde se avizoran pasado y porvenir de nuestra nación esquivando (siempre), al modo estoico, ese presente elusivo (siempre). De tal modo, “Primera hora” refiere el origen mítico de nuestra cultura. Los primeros tercetos deslindan el presente de la historia del presente mítico para instaurar que, debajo de la superficie cotidiana, continúa ese más allá presente:
Nos acecha con alas de misterio
un presente perpetuo sin historia
y una vida templada a la intemperie:
La parte dos de este primer cuarto corrobora la impresión al remitir a la cornucopia –la imagen evocativa del territorio mexicano tal como se le representa en las cartas– y al mito de los gemelos Xólotl y Quetzalcóatl como dioses fundadores:
Ésta es la tierra que se nos presenta
como medida exacta de otro sueño
que logró transformarse en cornucopia
Con sus Señores recapitulando
la alianza matinal de los gemelos
luchando por asirse a lo imposible:
Diríase que el impulso de la escritura proviene del Códice Borgia, en cuyos episodios se lee el mito de origen de la cultura mexica convirtiéndose en una cosmogonía. Así encontramos a los Gemelos como Señores crepusculares, cuyos dominios son las horas del ocaso al alba; los colores rojo y negro, distintivos suyos; la dualidad entre Tezcatlipoca y el Quetzalcóatl negro… En fin, hay suficientes pruebas para indicar la correspondencia entre el códice y el poema.
Blanco se ubica en una posición cercana a poetas como Octavio Paz, escritores como Carlos Fuentes o estudiosos como Enrique Florescano, al considerar al mito como sustrato profundo de una civilización; blasón del imaginario que expone y entraña con fidelidad la verdad de una cultura.
La segunda sección se denomina astutamente “Segundo sueño”, guiñando a la obra inmortal de sor Juana Inés de la Cruz y a la noche de la Colonia. Si bien continúa la imaginería de la primera, aquí imbrica ya la condición sincrética. Los gemelos asaz crepusculares, deidades del sacrificio primordial, ahora se confunden con los santos patronos:
Dos testigos que esperan al acecho
ver al alba y al santo del crepúsculo
fundirse en un crisol equidistante.
Crónica imaginaria del nacimiento de una nación, fruto del encuentro entre las culturas amerindias y la española, el apartado concluye, al igual que el primero, con un terceto que con variantes reitera “que a pesar de lo mucho que intentamos/no pudimos cerrar bien este ciclo”.
Las dos últimas partes son el desarrollo y conclusión de ese drama imaginario que llamamos país. Atestiguan el fracaso de la independencia y el desastre a que condujo la industrialización. Al emprender el balance de los daños y el resultado de las expectativas del futuro el poeta decreta una derrota de la razón. De ahí que la conclusión se denomine “Cuarto vacío”, fórmula que refiere a la mente, metonimia para aludir al fracaso de la Ilustración para encausar la historia y conducir la vida terrestre. De este modo el rumbo patrio se enlaza con el planetario desastre ecológico.
Contra la ruina, el poeta enarbola el festón de la lírica, en el sentido que le confería Gottfried Benn, para recordarnos la vigencia de ciertos elementos: la tierra, la piedra, el entusiasmo, la temporalidad que no anulará al instante. La conclusión se aparta de esa dimensión terrena para remontarse hacia una proyección cósmica y metafísica. Blanco asume que la historia es cíclica y que habrá un renacimiento. De esta manera se explicaría igualmente el título: cada cuarto del ciclo ha concluido mal, la suma de ellos es un contratiempo, es decir un proceso que impide la plenitud, por lo cual será necesario reemprender un nuevo ciclo. Cabe, sin embargo, añadir que el contratiempo será también aquello que niega al tiempo; y tal es la poesía, con su instauración del instante como duración.
Así como la espiral suele ser un patrón en determinadas voces –pienso en Ramón López Velarde, en Elsa Cross, en Coral Bracho–, en otras se escucha el arte de la fuga de la numerología. Blanco prosigue la pauta pitagórica presente desde su primer libro, Giro de faros (1977), y exhibida con fehaciencia en la suma de sus libros: El corazón del instante (1998). Es por ello necesario reparar en el código textual. Contratiempos es un solo poema, dividido en cuatro secciones, cada una distribuida en nueve partes, compuestas por tres tercetos de versos endecasílabos. Al efectuar las necesarias operaciones aritméticas (9 x 9=81 x 4=324), resolveremos que hay 324 versos, cifra que al sumar cada dígito (3+2+4) da como resultado el 9. Si procediéramos a multiplicar el total de versos por el de sílabas –son todos endecasílabos–, obtendríamos la cifra de 3564, que al sumar sus dígitos (3+5+6+4) nos arroja 18, cuyos dígitos sumados (1+8) dan 9. Contratiempos se rige por el nueve, número que, conforme a la cosmogonía mexica, representa los nueve niveles del inframundo y la identidad de los Señores de la noche. Asimismo, el nueve connota la dimensión profética del códice Yoalli Ehécatl, aspecto que el poema retoma. El último guiño incluso sería que el poema se ha impreso en Puebla y el manuscrito, se plantea, pudo haberse escrito en estas tierras.
Poema complejo, ambicioso como proyecto, a ratos lastrado por su mortificación electa, por el empeño de moldearlo conforme a un referente, en este caso un códice –con lo que el poema se convertiría en otro ejemplo de esa serie de Blanco donde los poemas dialogan con las representaciones, ejemplo del cual es Poesía visual (2011)–, Contratiempos es una de las propuestas más ambiciosas de la poesía mexicana reciente y una prueba de que el poema extenso no está muerto. Respuesta a la historia, atestigua también la vitalidad de la tradición poética mexicana más allá de las negaciones parricidas. Aun cuando no logra remontarse a las alturas que pretende y difícilmente se instaurará dentro del panteón monumental a que aspira, Contratiempos, por su recuperación de la profecía como fundamento de la voz poética, por su elogio del instante frente a la temporalidad, es un digno ejemplo del tensar la lira en los aciagos días posmodernos.