dibujar una novela

Cómo dibujar una novela de Martín Solares | Por Gregorio Cervantes Mejía

Sobre el diseño narrativo

 

Martín Solares, Cómo dibujar una novela, Era, México, 2014, 144 p.

Los manuales y decálogos para iniciar a los autores noveles dentro de la narrativa son abundantes. La lista es extensa si se considera no sólo a aquellos producidor por los propios narradores (sean cuentistas o novelistas) sino también a aquellos textos surgidos de la crítica literaria y de la academia.

¿Por qué entonces la aparición de otro volumen más? ¿No bastan acaso los ya existentes de Horacio Quiroga, Mario Vargas Llosa, Mark Twain, Gabriel García Márquez, Milán Kundera, etc.?

Desde el título, este conjunto de ensayos de Martín Solares parece ofrecer una perspectiva diferente. No pretende mostrar cómo se escribe una novela sino cómo se dibuja. Su autor revela, de este modo, una concepción visual de la novela, evidenciada también por la serie de dibujos —más bien esquemas— que acompañan a algunos de los ensayos y cuya pretensión parece ser la de volver más accesibles al lector los conceptos planteados.

Valdría la pena detenerse un poco aquí, antes de cruzar el umbral del texto. ¿Será que Solares apela, con estos recursos, a un lector con una reducida capacidad de abstracción y que por ello requiere de apoyo visual? ¿Teme que el lector se distraiga pronto y por ello recurre a textos breves, algunos de menos de una página, además del apoyo que puedan aportar los dibujos?

Sin embargo, una ojeada rápida al libro muestra que hay una distribución regular de ensayos breves y extensos. Y que estos últimos —donde incluso el tono es más de carácter académico— no cuentan con elementos gráficos.

¿Qué propone Martín Solares en Cómo dibujar una novela? La hipótesis de tener enfrente un nuevo manual para incursionar en el género, parece desdibujarse.

De entrada, llama la atención que Solares abandona por completo ese tono de autoridad y presunta complicidadcon el aprendiz de novelista tan característico en otros libros que han abordado la temática. Pienso, por ejemplo, en las Cartas a un novelista, de Mario Vargas Llosa.

Más bien, lo que encontramos es un discurso en tono casi confidencial, que parece arrancar en medio de vacilaciones y dudas y cuyo punto de partida es el lugar común de la crisis de la novela, como se muestra ya desde la serie denueve epígrafes con los que abre el libro:

 

La novela es una advenediza, una bastarda que usurpó el trono que antes ocupaba la poesía.

Maupassant.

 

Está hecha con material de segunda mano.

Valéry

 

La novela está muerta.

Barthes.

 

Sin embargo,a lo largo de las páginas de Cómo dibujar una novela el asunto de la crisis del género prácticamente no vuelve a aparecer, como si su sola invocación a través de los epígrafes fuera suficiente para conjurarlo.

Sólo en uno de los últimos ensayos, “Insultos e imágenes”, Solares vuelve a ocuparse de ello, pero de una manera breve, como si mereciera el mínimo de atención y fuera apenas el pretexto para iniciar una exposición sobre las diferentes concepciones de la novela, desde Stendhal y su teoría del espejo, hasta Sabato, quien la concibe como un continente.

Queda claro, entonces, que Solares tampoco pretende hacer una reinvindicación del género, si bien no ignora que existen sus detractores.

El “Inventario” que ocupa el lugar del índice da algunos indicios sobre la intención del libro: los títulos de los ensayos que integran Cómo dibujar una novela van de la aparente formalidad conceptual (“La invención novelesca”, “El mito de la novela perfecta”) a lo enigmático (“Ese doble oscuro salido de la noche de nuestras vidas”) o lo abiertamente lúdico (“El automóvil de la novela”, “Teorías de la bomba o cómo terminar para siempre”). Es inevitable preguntarse cuánto se habrá divertido Solares durante el proceso de escritura de este conjunto de ensayos donde lo lúdico parece ir de la mano de la reflexión personal sobre el proceso de escritura. Y ésta pareciera ser entonces la clave para entender el libro: Solares no busca “enseñar” a escribir novelas a nadie, aunque a lo largo de las páginas siguientes aborde los tópicos elementales del género: la construcción de los personajes, el manejo del tiempo, el espacio y el ritmo narrativos, la construcción de enigmas, el manejo de la tensión dramática.

Claro que están presentes estas cuestiones junto con algunas sugerencias para trabajarlas, pero no a la manera de un maestro que se dirige a un discípulo (real o hipotético), sino como un proceso a través del cual el autor pone en orden sus ideas en torno al proceso creativo de la novela, que es compartido con el lector. Y éste, lejos de ser un aprendiz, es un igual del autor, alguien que también se encuentra en el mismo sendero y que se plantea asuntos de la misma índole.

De ahí que se dirija al lector en condiciones de igualdad. Incluso son frecuentes los guiños de complicidad para con éste, pues es seguro que en algún momento ha pensado o intentadoalgo semejante a lo que plantea Solares: “Quien haya intentado dibujar la forma de un sueño estará de acuerdo conmigo en lo difícil que es aprehender este tipo de materiales.”

Solares organiza el libro alternando ensayos lúdicos, en los que plantea una serie de juegos al lector, con otros de carácter más cercano a lo académico y que resultan ser también los de mayor extensión, pero sin perder ese tono inicial: el lector comparte con el autor no sólo la pretensión de escribir una novela sino también los mismos referentes narrativos, críticos y hasta de cultura pop (porque son frecuentes las alusiones y citas a series de televisión o películas). Incluso, es tal el nivel de confianza presupuesto, que el autor puede tomarse la libertad de obviar algunas citas: el lector identificará, con toda seguridad, el párrafo presentado, por cual no es necesario aclarar a quién pertenece ni en cuál obra, como ocurre varias veces a lo largo de “La bruma inicial”, el ensayo donde Solares se centra en la cuestión del arranque de la novela —y que recuerda, por momentos, aquél libro de Amos Oz dedicado al mismo asunto: La historia comienza.

Los dibujos incluidos en el libro tienen este mismo sentido: a partir de esta relación lúdica establecida con el lector, Solares pretende hacer gráficas sus ideas en torno a la novela: espirales, círculos, ondulaciones, automóviles, son la base para ilustrar sus conceptos en torno a la creación de los personajes, la estructura general de una historia, el ritmo narrativo, el arranque y el cierre de una historia. Pareciera, en algunos casos, que fueron surgiendo de manera natural mientras el autor desarrollaba una idea y la función del trazo que acompaña al texto es bastante clara. En otros momentos, sin embargo, su proliferación puede resultar cansada y alentar la marcha del lector, pues se trata más bien de un jugueteo que no sería necesario para el desarrollo de la exposición, como ocurre con el ensayo que da título al libro, “Cómo dibujar una novela”. Con la intención de hacer visible la estructura de algunas obras, el texto abunda en ilustraciones, la mayoría de ellas arbitrarias y caprichosas. De las quince páginas que ocupa, sin duda las dos terceras partes corresponden a dibujos.

Algo similar ocurre con uno de los ensayos más breves del libro: “Una teoría evolutiva” —que ocupa apenas dos páginas y contiene tres dibujos esquemáticos de automóviles—, que parece ser un colofón de “El automóvil de la novela” donde Solares aborda, de manera apretada, el asunto del tiempo en la novela (no sólo del tratamiento narrativo del tiempo, sino también, en sus primeros párrafos, del tiempo necesario para escribirla). El primero de los ensayos referidos, entonces, parece ser una nota personal escrita al final, a manera de recordatorio o apretadísima síntesis de las ideas vertidas en el texto que le precedió.

Contrasta con todo lo anterior “Viaje alrededor de un relato”, el ensayo más extenso del libro y que ocupa, además, el sitio central: Solares se ocupa largamente de Pedro Páramo, cuya presencia ya viene anunciándose desde las páginas anteriores, como si señal de que la piedra de toque de su concepción narrativa es la novela escrita por Juan Rulfo. Durante una veintena de páginas, el ensayo pretende reconstruir la génesis de Pedro Páramo, con un enfoque casi cinematográfico: por momentos, Solares nos visualizar a Rulfo mientras trabaja durante la víspera de la entrega del borrador de su novela al Centro Mexicano de Escritores: “Estamos en 1954 y son las doce de la noche. Juan Rulfo está inclinado sobre la mesa de la cocina, escribiendo una novela que no encontraba su forma. Así estará toda la noche, frente a sus ochenta cuartillas, y alrededor de las seis y cinco de la mañana Juan Rulfo sabrá que ha terminado su libro.”

¿Cómo concibió y dio forma Rulfo a Pedro Páramo? ¿Cuál fue el proceso de gestación de esta novela, vista no sólo como la piedra angular de la narrativa contemporánea mexicana, sino también —a juzgar por las evidencias— como el modelo a seguir por Solares? El texto está enfocado en responder a estas preguntas y, a la par, en explorar también el proceso por el cual es posible que pase todo escritor de novelas: las dudas respecto al asunto a desarrollar, la construcción de los personajes y los espacios, la definición de la estructura final, la elección de nombres y títulos. Por supuesto, Solares no pretende ir más allá ni desentrañar los misterios en torno a la construcción y el éxito posterior de Pedro Páramo, pues muchos de los datos y situaciones comentadas han sido ya presentadas por otros críticos y ensayistas, a quienes él mismo recurre en este ensayo.

Como decía más arriba, en esta sección Solares no echó mano de los apoyos gráficos. Y si bien conserva, en general, ese tono lúdico del resto de la obra, por momentos su prosa adquiere un tono más cercano al de la academia, incluso en la manera de citar, que sin ser rigurosa en sentido estricto, es menos caprichosa que en los demás ensayos.

A final de cuentas, busca compartir con el lector sus inquietudes, lecturas y experiencias en torno al arte narrativo. Y muestra, también, que éste es, ante todo, un juego: aunque existan un conjunto de reglas o principios básicos, lo fundamental es el proceso de descubrimiento e inventiva del propio autor.

 

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