Cielo del perezoso de Daniel Téllez

El cielo abierto en la palabra por Josu Landa.

El cielo tiene su ignioma, su idioma de fuego, y en la lira írica de la mirada, en la intemperie absorta, en la explanada curva de nuestros ojos sedentes más sedientos, bruñe el aire el elemento luz. Eso es lo que constela y firma un firmamento y eso es lo que poemiza una niña con retina, un iris aun con pereza en la córnea, salvo cuando reseca ésta como escama, en la indiferencia de un cuerpo sirenaico inerte, que ha apurado una lefa oscura como sólo noche de nada, fondo anaeléctrico de antimateria.

Poemiza una niña con retina: lo que pasa cuando entra el cielo en el ojo abierto, con años de luz con luz y luz: lo que acontece cuando el cielo se abre en la palabra y fluye plácido un regodeo con la exterioridad, con la planicie coruscante allende el frontis pensabundo y el sensorio salvo y raso.

Se abre el cielo en la palabra siglodeoro y en la cadabra rapapolva, en el verbo adyacente a máscaras del día a día y en la breva cacareada del demontre, en el nomem cacuminal (cornúcopo en cacuma con cacumen) y en el gnomo aspaventisco en el montículo del diamante (agitación de lizaldeanos charliebrownes), en los semas de tantas poluciones asperjadas en sácula y en vellón esquivo. Que el cielo se expande, vaya, en la sustancia de todo sustantivo en brama, en la constancia de todo consuntivo en bruma, por lo que destella Téllez el ignis de su ignioma —oído favoreciente a estas vibraciones— cuando reza “para que pares preveamos en su seno / los muslos separados exijan el guiño de la cobranza / y juntos copemos las palabras soeces” y, dígase por no decir un manido ‘no se diga’, cuando otea “robocopulaciones” y demás hipóstasis de “cuerpo/máquina” en plan de juegos dactilares o de ojo de agua, “ojo arteria su pubertad abierta”, como quien dice “una fábula marcha bruta por el meandro de 3 inches”. Como quien oracula, para pronto, todo un “lifestyle” sin más soflama que “Lubriquemos esta imagen / En cuarto oscuro / Para la fotogalería de Fárrago”. Hop, hop… Aleluya, aleluya, putillas sin fin de rumor alado.

Meter el fuego de los humores en el cielo de la palabra, meter el cielo de la palabra en el fuego de los humores. Si retruena aquí algo como retruécano, conviene rasgar ese vago humo con el rayo írico y el hervor del estro, mandarse incluso como fuerza oscurividente por sin ojos o más nadividente hasta el busto férvido de Eros y pechar con sémenes que vayamos arrancando a la hilera ariádnica de los significantes estampados en esta nueva tela de (los) Bonobos Editores, en pos de alguna impronta alegremente sibilina, eleusina. Porque, si hay algún juego en la palabra de Daniel Téllez no es lo que se dice un juego de palabras. El perezoso puede sentirse bien constelándose, estrellándose, en su orto, a modo de huida de su triste Orco; pero aquí, en la rugosa llanada donde posan todos los horizontes, ladinos, inasibles, en plan de mustio collado como de sueño roto, guateque quiliástico, valle lacrimógeno… aquí —escúpase y escúlpase en el aire enrarecido— lo que se impone es la grieta entre la mano ansiosa, en sinapsis siempre ardiente con el ojo intrínseco de los flujos, y el señuelo hipnotizante de lo Inefable absoluto. En ese interregnos alucinatorio, que hiata y a la vez ata nuestro feudillo existenciario y el mundo insondable y por tanto insondado, se cifra el tallar de Téllez en el hueco trópico del metaplasmo, en las porosidades de aquesa talpuja que sin embargo alguno se mueve y nos sostiene, no siempre rítmico y más bien nunca rímico.

¿Que qué dice Daniel Téllez en este jocundo hatajo de glifos? Dice una aspersión de vestigios, como si el signo quién quita que en sus cinco y más sentidos crepusculara en nuestras narices y alguien nos pasara el dato con el dado. Dice una estampida de esquirlas: bola de incandescencias enfebrecidas por astros modélicos hacia los que apuntan antes de enfriarse en el hielo del orden, en la hipotermia del lenguaje estándar. Dice más lo dicho en la trituradora de topos que el poeta ya había encendido en Asidero, su muta anterior (2003) de apículas surreales y subreales, aleteando la alétheia del espíritu de vanguardia. Dice lunfardías en eco redivivo de los leondegreiffes, los lezamalimas, los pabloderokhas, los martinadanes, los rafaeljosemuñozes, los gonzalorojas(es),los gerardodenizes, los osvaldolamborghinis, los davidhuertas, los eduardosmilanes, los josekózeres, los nestorperlongheres, los victorhugopiñawilliams(es) que en el mundo han sido y son diciendo a contrarrompiente, sepa toda esta cepa o no este lengua nauta en cielos de pereza (¡Aguas con este sueño!). Y cuando, como para ejemplar más, se pone el vate al bat, aprecia de seguidas lo que cada bola se precia de traer, ya puesto a balar y circunvalar en las lindes del diamante; se echa de ver cuán presto girovaga lúcido en el éter supradiamantino, que puede oracularnos con “Del tamo a la manopla a la ceniza a inaugural asiento. / La jugada en fetal correlación, con el puntero negro en la siniestra, eternamente” y con “Del polvo a la funda a la polilla al discurso agrietado. / Excelso canta, indica el bateo y corrido. Canta el baile. La gordura rechina con velocidad”. Téllez mismo trae algo en la bola, es obvio, y por eso se la juega. Y se la juega en la juerga de la palabra todavía con marcha después de tantos ajetreos en disciplinas donde lindan el falso óleo del empeño y la mirra de la birra.

¿Y el sentido en El cielo del perezoso? El sentido: ahí: verbo y gracia(s), en la limes siempre evanescente de los iconos, desprendiéndose como ídolo epicúreo. Vale pues sistir —no exsistir ni persistir ni consistir ni insistir ni resistir ni subsistir, sino simplemente sistir sin prefijo— lo que de por sí siste y va: el símbolo con bolo interpuesto, en su faz de flecha e interfaz, interfauce de fiera en la fuente afluente del tiempo. El sentido: ahí: en lo consabido, en lo contenido, en lo consentido. Y quien entienda algo que se mee el primer semema.

 


Daniel Téllez, Cielo del perezoso, Bonobos-Setenta/CONACULTA-Fonca, 2009, 74 pp.


Escrito por Josu Landa

Josu Landa (Caracas, 1953) ejerce la docencia en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de México. Poeta y filósofo, su ámbito de investigación se centra en la filosofía de la literatura y la ética, en publicaciones como Más allá de la palabra (1996) y Poética(2002). Es autor de siete poemarios –entre los que destacan Treno a la mujer que se fue con el tiempo (1996) y Estros (2003)–, así como de Zarandona (2000) –la primera novela endógena de la diáspora vasca que comenzó en 1935–.