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Cervantes y compañía, de Ignacio Padilla | Fernando Montenegro

El primero de los perdedores

 

Ignacio Padilla, Cervantes y compañía, Tusquets, México, 2016, 136 p.

 

A principios de este año, Ignacio Padilla publicó Cervantes y compañía, un libro de ensayos, bajo el sello de la editorial Tusquets. Se trata de cinco textos que escapan, en ocasiones, a la categoría de ensayo propiamente dicho, o por lo menos en su sentido adorniano, y flirtean con la crónica personal, la memoria o la conferencia. Cada pieza aborda, desde distintas perspectivas y estrategias, la figura y obra del autor español, de cuyo aniversario luctuoso, como se ha recordado hasta el vómito, se cumplen 400 años en este 2016. Existe, sin embargo, una sombra o rumor que recorre el espinazo de este volumen conmemorativo: la intolerable figura de William Shakespeare. 

El primer texto, en efecto, enfrenta rápida y directamente esta cuestión. Titulada “Versos de Shakespeare y desdichas de Cervantes”, se trata de una versión, más acabada y legible, de la conferencia homónima ofrecida por Padilla en el Festival Internacional Cervantino en 2014 (una nota explicativa aparece en el libro). Ambos autores están ubicados en las esquinas opuestas de un ring de boxeo, suponiendo que de un lado se encuentra el joven Muhamed Ali, en la cumbre de su gloria, y del otro el oscuro y burlón pugilista argentino Óscar Bonavena, quien en la conferencia de prensa previa al combate le recordaba amargamente a su rival que Cassius Clay era su verdadero nombre. Aquella pelea –una pelea dura, lo más parecido quizás a la de Apolo vs Rocky I– resultó favorable para Ali. Seis años después de la contienda, mientras el peleador argentino destrababa un lío de faldas o de dinero, fue asesinado en Reno, Nevada. Será siempre más recordado como aquel que casi le gana a Ali.

De Miguel de Cervantes no se puede decir exactamente lo mismo. Cervantes, según Harold Bloom, conforma ese tándem 1-2 en el ranking de la literatura universal, aunque, claro, ocupando la retaguardia. Shakespeare es el indiscutible número uno. Si de boxeo se tratara, se diría que el segundo, Cervantes, es el primero de los perdedores. Esta sentencia la acuñó Salvador Bilardo cuando la selección argentina fue derrotada en la final de 1990. La volvió a repetir, a su modo, Diego Simeone tras la última Champions League y, sin duda, la sentiría así Cervantes, aunque no en relación a Shakespeare (a quien seguramente le daba lo mismo), sino respecto a Lope, el príncipe de las letras castellanas a principios del siglo xvii.

Esto nos lo explica bastante bien Padilla en aquel primer ensayo. Siempre en contraste con Shakespeare, el autor se pregunta, principalmente, por las razones tras de la poca fortuna de Cervantes entre los suyos, tanto en los tiempos que le tocó vivir como en los siglos venideros. Me explico mejor. Si bien Cervantes es una figura venerada en el olimpo de la cultura castellana y universal, son pocos sus lectores verdaderos y menos sus exégetas rigurosos. El Quijote, dice Padilla, ha sido leído, con no poca frecuencia, como una novela que rinde culto al idealismo, al valor de las fantasías humanas y el ensueño, o bien como un texto esencialmente humorístico, incluso hilarante. Esas lecturas tan cursis como opresivas, argumenta el autor, fueron aplicadas por los románticos alemanes, Goethe entre ellos, quienes la leyeron equivocadamente tras casi dos largos siglos de olvido.

El único personaje importante que habría dicho algo sobre los verdaderos alcances de El Quijote, recuerda Padilla, fue el sombrío Quevedo, quien si en un juego espiritista dijera algo positivo sobre alguien, inmediatamente lo obligaría a pagar un siquiatra. En todo caso, que a Quevedo le haya gustado El Quijote y que su trascendencia no le resultara novedosa, da cuenta de lo profundo que había llegado aquella novela que inaugura la modernidad. La modernidad era para el poeta castellano un cataclismo lleno de contradicciones inherentes que sólo podrían acabar en tragedia. ¿No es esta la verdadera ingeniería detrás de El Quijote? En opinión de Padilla, éste es el caso y una de las pruebas irrefutables se encuentra en el hecho de que Cervantes se viera obligado a escribir una novela, pues su carrera como dramaturgo había fracasado estrepitosamente. La novela, dice Padilla, surge más de una “colisión brutal” que dominaba el espíritu de Cervantes, que de una libre elección de su espíritu. Si de él hubiera dependido, se explica en el texto, habría seguido el camino de Lope y no el del caótico novelista: “Empujado más por las circunstancias que por personal inclinación, Miguel de Cervantes se ve de pronto instalado en un género bastante más joven que el dramático, y no puede enmendar sus obras si no es con prólogos y segundas partes, especulando sobre su éxito o sobre su fracaso, explicando sus errores en otros libros que también tendrán errores, propios o de sus impresores, en un embrollo de muñecas rusas acorde con el carácter impuro de la novela como extenuante y brillante labor de Sísifo”.

Tras esta reflexión, el contraste con Shakespeare resulta algo más diáfano. Al contrario de Cervantes, el inglés trabajaba con un género que no sólo estaba más establecido (que le permitió a Lope escribir centenares de obras) sino que conocía a la perfección, puesto que ocupó todos los papeles posibles en ese campo: fue actor, dramaturgo y propietario de una compañía teatral. Por otra parte, la fama del género era de tal dimensión que más vale compararla hoy en día con fenómenos masivos como el futbol o el cine. La penetración de aquellas obras fue tan extraordinaria que terminó por prácticamente invisibilizar la figura del propio William Shakespeare, de quien, como es conocido, se tienen escasos y dudosos datos biográficos. Esa opacidad, sin embargo, forma parte también de su imbatible prestigio, pues lo ha convertido en un mito de origen de la literatura moderna. Cuando uno piensa en un escritor universal, piensa antes en Shakespeare que en Cervantes. Lo siento.

La mala suerte, expresada magníficamente en aquella frase que Padilla recuerda con frecuencia (“más versado en desdichas que en versos”), también juega un papel importante en esta comparación. El primero ha conquistado el mundo y levantado todos sus trofeos. Cervantes, tan genial como su homólogo inglés, tiene incluso dificultades para ser profeta en su propia tierra (la lengua). Si se me permite la comparación, ésta es la diferencia fundamental, salvando las distancias, entre Maradona y Messi: una cuestión de interlocutores.

En el segundo ensayo, “Elogio de la impureza” –el discurso que Padilla entregó en su ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua–, se habla precisamente de esa marginalidad Cervantina. La discusión resulta interesante porque formula un debate bastante tenso, por cierto, entre la obra del escritor español con la academia que lo estudia. Sin antes deferir a un puñado de estudiosos (Francisco Rico o Margit Frenk…), relata cómo su experiencia de escritor latinoamericano en Salamanca le permitió ver esta faceta de Cervantes, usualmente petrificado como una figura central, canónica e institucional que, sin embargo, a decir verdad, recorrió durante la mayor parte de su vida, las cloacas de la historia. Esa marginalidad tuvo como resultado su obra de 1605 (o 1615).

Al respecto, Padilla se permite un gesto teórico interesante que se puede leer en el siguiente pasaje: “Allí estaban el humor y la ambigüedad consagrados como espacios críticos necesarios contra una institucionalidad cada vez más esclerótica y aferrada al carnaval que negaba lo que Cervantes padecía cada jornada: el debacle de la utopía, la esperpentización del sueño de pureza europeo frente a la realidad profunda de la impureza americana”. Líneas más adelante insiste, con acierto, que Cervantes fue el fundador de su propia modernidad. Quizá convenga decir que Cervantes fue el fundador de nuestra modernidad americana en más de un sentido, sobre todo si, atendiendo a la definición de Fred Jamison, la entendemos como un proyecto cuya mayor característica es que nunca está o será  terminado. Está, desde siempre, condenado al fracaso. Esa certeza obligaba a Cervantes a trabajar con  otro material. Algo que Padilla describe como lo impuro. Sólo en la impureza –lo que quizá García Canclini llamaría híbrido– se puede trabajar una ficción como El Quijote. No en vano se nos sugiere que el texto que leemos proviene, en realidad, de un texto árabe anterior.

En el tercer ensayo, “El accidente de la novela moderna”, Padilla sugiere otra tensión, esta vez entre los dos géneros literarios cuya diferencia podría explicar la relación entre El Quijote de 1605 y el de 1615. Me refiero al cuento y la novela. En su opinión, la naturaleza formal del cuento trabaja con la idea utópica de la primera parte, en tanto que el cuento se construye bajo un principio –imposible, no obstante– de perfección, de simetría. La novela, en contraste, tiende y es ella misma un monstruo, un animal imperfecto. Pero es en esa imperfección donde es posible. El novelista, en este sentido, es un cuentista que ha renunciado a su utopía literaria: “El vencido cuentista que es Cervantes acude al relevo del dramaturgo que cree que es, lo invoca para que contenga el accidente de la amplitud y combata la nacencia monstruosa de su novela: de improviso la venta de Juan Palomeque, a despecho de sí misma y de las reglas más elementales de verosimilitud, se convierte en escenario teatral disonante con el espacio novelístico”.

Para Padilla, el Cervantes de la segunda parte de Don Quijote, distinto a este primer Cervantes, ha aceptado con amargura su destino de novelista y, por eso, aquélla no sólo convive con el accidente, sino que lo provoca. Evidentemente, esta resignación también está relacionada con la propia situación de España hacia principios del siglo xvii, aunque en un análisis más acorde con nuestros tiempos habría que incluir a toda Europa. Si la novela tiene en el adn las coordenadas de su fracaso (por eso, desde su nacimiento, es un texto autorreferencial), la modernidad, su matriz, padece de la misma miseria cervantina.

Por lo demás, no deja de ser interesante la observación de Padilla en un plano más formal, siempre desde la relación entre las dos partes de El Quijote. Si la primera parte fue, o quiso ser, un cuento (como Alonso Quijano quiso y acaso fue don Quijote), es casi absurdo determinar, aunque se puede sacar otra conclusión: la primer parte es, en todo caso, la condición de posibilidad de la segunda. En consecuencia, las reglas con que funciona El Quijote de 1615 sólo pueden ser localizadas en el de 1605. Algo similar ha observado Roberto González sobre las obras del boom en relación a Jorge Luis Borges. Es cierto que Borges se negó a escribir novelas y que jamás suscribió el latinoamericanismo galopante de García Márquez o Fuentes, y sin embargo escribió, en cuentos cervantistas como “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, las reglas (planos) con que se pudieron erigir Cien años de soledad o Terra nostra.

El cuarto texto, “La aritmética de Cervantes”, empieza también con una conocida cita de Borges, quien lamenta la excesiva adulación a la figura del escritor español en desmedro de su estudio y análisis. Otra vez, en comparación con Shakespeare, Padilla busca desmitificar el semblante áureo de Cervantes que, tras cuatrocientos años, se ha convertido en patrimonio cultural de la humanidad, si bien poco leído. En opinión del autor mexicano, es esta imagen, como prototipo del idealista hombre europeo, la que menos le hace justicia, sobre todo cuando pocos son los aventurados y valientes que se sumergen en su obra.

Vale la pena señalar que el texto de Padilla funciona con una estrategia novedosa. El hablante se oculta (¿o se muestra más?) tras la figura de tres fiscales que, ante los jueces, presentan un caso en contra de la figura políticamente correcta de Cervantes. He aquí un breve ejemplo:  “Sostiene el primer fiscal que el acusado es un ludópata confeso, un valentón impenitente y asiduo parroquiano de tabernas de mala nota. Numerosos testigos y documentos debidamente autenticados confirman que se trata de un individuo sin oficio estable, un antiguo combatiente que ha pasado la mitad de su vida asediado por deudas y la otra mitad mantenido por las mujeres de su familia, cuyo ejercicio de busconas es bien conocido”.

En lo sucesivo se puede leer el dictamen de un grupo de jueces que, a pesar de los argumentos del fiscal, se resiste a admitir aquella faceta patética y lindante con lo criminal del Ingenioso Lego, del mismo modo en que, al parecer, las cortes norteamericanas se niegan a aceptar que Hillary Clinton fungió como espía compulsiva durante los días en que estuvo a la cabeza de la diplomacia estadunidense. En todo caso, en opinión de Padilla, esta admiración de Cervantes por default lo perjudica más que lo beneficia, pues condiciona la lectura y, más todavía, el análisis de su obra.

Por último, el quinto texto, “Cervantes incorporated”, es un divertimento que hace las veces de pasquín publicitario o infomercial donde se ofrecen diferentes productos del universo Cervantino como si se tratara de una especie de Disneylandia. De hecho así lo entiende el autor. Este prodigio descubre cuán enterado está Padilla de la dilatada nómina de personajes cervantinos amontonados durante varias agotadoras páginas (se supone que así lo sean, por otra parte). Copio un fragmento: “Para las niñas contamos con una docena de muñecas Barbie, casi idénticas, con mínimas variantes de color de pelo, que representan a Lela, Soraya, Dorotea, Marcela, Lucinda, doña Clara. Mención aparte merece nuestra curiosa muñeca Dulcinea del Toboso, que tiene el aspecto de una fea y bigotuda labradora”.

El programa de su último texto revela un gesto fundamental del libro, que puede resumirse en las siguientes preguntas: ¿cómo leemos hoy a Cervantes?, ¿qué lugar ocupa en la cultura contemporánea?, ¿por qué sigue siendo importante, si es que lo es? Ante ellas me parece que el autor responde de una manera no tan distinta a la de Borges. No en vano el último texto conocido del autor argentino prefirió tratar a Shakespeare, a quien consideraba un dios, una suerte de arquetipo humano, mientras solía decir de Cervantes que se trataba únicamente de un amigo. El propio Padilla reconoce que Shakespeare ha influido más o, por lo menos de manera más clara, en la cultura contemporánea (cualquier cosa que esto signifique). Baste considerar la cantidad inmanejable de adaptaciones dramáticas y películas que se han montado de su obra y compararla con el más raquítico y desafortunado corpus de adaptaciones cervantinas. En algún seminario sobre el asunto, Padilla solía recordar un intento fallido de Orson Wells al tratar de adaptar El Quijote. Sin duda es un ejemplo perfecto para ilustrar la situación.

Quizá pueda ofrecerse cierto alivio a los cervantistas más barra-brava con una pregunta inversa que está, a su modo, sugerida en el libro de Ignacio Padilla: más que preguntarnos por los modos en que leemos hoy al alcalaíno, debiéramos pensar cómo él nos lee a nosotros En mi opinión, esta variante promete un giro ideológico en nuestro intento de comprender a Cervantes y, con él, el problema de nuestra literatura. ¿Qué tienen, el caballero y el escudero manchegos, que decirnos sobre nuestros tiempos de centro comercial? En mi opinión, ésta es la pregunta que sólo puede ser levantada por perdedores como Cervantes, pues, como nos lo recuerda el propio Borges, hay una dignidad que el vencedor nunca puede alcanzar.

 

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