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Cavernas, de Luis Jorge Boone | Alejandro Badillo

Viejos trucos

 

Luis Jorge Boone, Cavernas, Era, México, 2015, 116 p.

 

Conocí el trabajo de Luis Jorge Boone (Coahuila, 1977) gracias a la lectura de su novela Las afueras, publicada en 2011, y que reseñé en estas mismas páginas. Resalto dos características que me llamaron la atención de ese libro y que se repiten en el volumen de cuentos Cavernas: fragmentación y una prosa que busca construir un estado de ánimo, sentimientos que tienen mucho de añejo y de romántico. En Las afueras hay una sensibilidad que se reafirma conforme avanzan las historias antes que una trama que cautive por sus enroques, cruces o aprendizajes en el camino. La fragmentación involucra voces, puntos de vista y cortes en el tiempo; la sensibilidad recuerda los artificios utilizados por la novela romántica: hombres sumidos en la desesperación, sometidos a un amor idealizado y no correspondido. La novela, en términos generales, me atrajo por crear una atmósfera antes que una serie de aventuras fáciles pero, al mismo tiempo, me pareció forzado el lenguaje con el que se describe a los personajes, un lenguaje lleno de adjetivaciones y descripciones que llevan el texto a un terreno irreal, demasiado vaporoso, que inmoviliza las acciones en un discurso de efectos impostados. Geney Beltrán Félix, quien también reseñó la novela, apuntó que Las afueras “presenta historias de desamor y pérdida, pero esas experiencias se fosilizan y a la distancia, en la memoria del lector, devienen un objeto añejo, propio para la contemplación en la vitrina de un museo”. No podría estár más de acuerdo.

Cavernas es un libro que se decanta por la fragmentariedad y por la utilización de un gran número de estructuras narrativas. Incluso se podría decir que cada cuento pertenece a un subgénero distinto y se escribe con una estructura con ingredientes que no se vuelven a repetir. Por esta razón es difícil hacer una valoración general del libro: algunos textos logran cumplir sin demasiados problemas con su propósito gracias al subgénero al que pertenecen, por ejemplo los cuentos de fantasmas; otros, un poco más experimentales, necesitan un lector que sea cercano a sus códigos y temática. Un libro de cuentos que salta de tema en tema hace pensar, también, en una prosa distinta para cada pieza o, al menos, una intención de estilo diferente, sin embargo el lenguaje de Luis Jorge Boone se mantiene sin muchos cambios a lo largo del libro. Considerando estas características nada desdeñables, me detendré, para ilustrar al lector, en los cuentos que pueden servir de referencia para sopesar, según mi lectura, sus yerros y virtudes.

“El jardín interior”, perteneciente a la primera parte del libro titulada “Con el frío abrazo de tu espectro”, es, a mi juicio, una de las piezas más endebles del volumen. La historia cuenta la llegada de un hombre, violonchelista para más señas, a un departamento que acaba de alquilar. En los primeros párrafos del cuento se conoce la apuesta del autor: un ambiente opresivo que no llega al terror y una sensualidad que se concentra en Praga, una mujer que aparentemente no sobresale de entre un grupo de prostitutas en un bulevar y que se entrega al protagonista sin mayores preámbulos ni conquistas. Después, entre visiones oníricas y decorados pesadillescos, aparece otra mujer, vestida de negro, que lo observa en silencio desde un jardín interior. Aquí me permito citar la descripción que hace el autor de esta segunda mujer para ejemplificar mis reticencias sobre la manera en que se describe y se cuenta: “Era hermosa: su boca delgada, su piel blanquísima. Sus ojos eran el origen de la enferma luz que la rodeaba.” El cuento está repleto de fragmentos como éste que vuelven a las escenas inmateriales, elementos cuya sugerencia es tan explícita, tan redundante, que parecería que estamos leyendo alguna obra del más clásico romanticismo. En los párrafos siguientes del cuento el músico sigue atormentado por la visión de esta mujer espectral y, antes del final, en el clímax con Praga, en medio del sexo y de una violencia apenas contenida, atestigua el encuentro de las dos mujeres que convoca relámpagos y el cierre del telón como si estuviéramos en la función de un teatro. Un vistazo general nos muestra que estamos frente a un cuento con claras influencias de la narrativa gótica y de terror. Sin embargo, no hay una apropiación de estos subgéneros para transformarlos, parodiarlos o reinterpretarlos, lo que tenemos es una imitación de modelos que se explotaron una y otra vez hasta dejarlos como objetos de una época, monumentos a una sensibilidad que, me parece, ha sido superada. Apenas hay una tímida variación con la voz del conserje que, rompiendo el transcurso lineal del relato, cuenta sin mucha trascendencia su trabajo y el momento en que le alquila el departamento al músico. En este cuento –como en otros del libro– las mujeres tienen que ser perfectas, fantasmales, pálidas y bellísimas. Los hombres deben ser aventurados, en perpetuo conflicto con el arte, víctimas de sus ensoñaciones y bordeando los límites de la locura. El escenario para estos protagonistas tiene que ser un decorado onírico en el que luchan la fantasía y la vigilia. Como resultado tenemos un cuento que, más que encandilar, genera escepticismo e, incluso, cansancio. ¿Cuántas veces no hemos leído la misma historia? ¿Cuántas mujeres irreales, seductoras, son anzuelos para que los hombres caigan en el abismo? Es como pintar un bodegón: hay técnica y una correcta utilización de colores y trazos, pero el modelo a seguir no aporta ningún sello distintivo y se limita a navegar en márgenes seguros, territorios que ya han sido recorridos por innumerables autores.

Mejor fortuna corre el cuento “El hombre que recorre el acueducto”, que pertenece a la tercera sección: “Ni el péndulo, ni la arena, ni el átomo, ni el sol.” Aquí tenemos, con todas las de la ley, un cuento de fantasmas. Un aparente turista escucha la narración de una leyenda colonial y, paulatinamente, se convierte en protagonista de la historia que le cuentan. Deja mejor sabor de boca porque la construcción es más precisa, utiliza una vuelta de tuerca para sorprender al lector y evita un final ambiguo. Sin embargo, y sin afán de ser reiterativo, se repite la poca ambición para abordar el cuento. No hay un solo elemento que mueva la historia a un terreno distinto a la historia de fantasmas tradicional. ¿Qué sentido tiene escribir narrativa si los textos parecen salidos de una imprenta de hace varias décadas?

De entre el catálogo de temas también hay espacio para la ciencia ficción: “Momentos no humanos de la tercera guerra mundial”, que pertenece a la segunda sección: “Últimas, verdaderas, irrefutables teorías acerca de la extinción de la raza humana.” En este relato, contado en primera persona, nos enteramos de la lucha de la humanidad, en un tiempo indefinido, contra algunas criaturas primordiales que pronto se revelan habitantes del universo creado por H.P. Lovecraft. El protagonista-testigo, desde un punto ubicado fuera de la atmósfera terrestre, cuenta la batalla entre humanos e invasores. Después nos dice que forma parte de un grupo de colonizadores humanos que huyen del devastado planeta Tierra para refugiarse en Marte. En el cierre del cuento confiesa que él invocó a las criaturas monstruosas a través del legendario Necronomicón, pero que algo salió mal. El cuento, en su estructura, es bastante predecible y eso quita tensión dramática a la historia. El autor empieza contando la tragedia de la raza humana y, a partir de ahí, tenemos una prolija descripción de los monstruos y todos los desastres que ocasionan en la Tierra. No hay nada nuevo en el entramado narrativo exceptuando el conjuro, sin embargo este elemento tampoco tiene fuerza pues, desde el inicio, somos testigos del desfile de monstruos lovecraftianos que se acumulan hasta saturar varios párrafos. Otro de los puntos en contra es la voz que cuenta. Si la primera persona –el “yo” que narra– puede crear un ámbito íntimo, confesional, que ayuda a la verosimilitud, aquí este recurso está desperdiciado porque el protagonista, más que contar, declama: no hay secuencias que muestren gradualmente la derrota de los humanos, sólo existe el discurso del hombre a salvo en una estación espacial que describe con minucia los poderes devastadores de los monstruos primigenios. No hay punto de quiebre y el texto completo se basa en la reiteración de frases y efectos que pretenden construir una atmósfera de inquietud y de terror pero que parecen meras imitaciones de Lovecraft sin llevar más allá el ejercicio.

En los buenos textos de fantasía o de ciencia ficción la anécdota siempre permite una mirada que supera la superficie: en Crónicas marcianas los astronautas de Ray Bradbury viajan a Marte para descubrir, en realidad, un espejo en el que se muestran las miserias y peligros de la civilización humana. Stanislav Lem utiliza en Solaris, su novela más conocida, el truco del viaje espacial para mostrarnos los fantasmas que nos rondan cuando nos aferramos al pasado. En las historias de Cavernas hay una primera intención, demasiado evidente, que aborta, casi de inmediato, cualquier interpretación que no sea el artificio plano y llano.

Cavernas es una colección de historias que, además del relato de los hechos principales, busca consolidar los frutos de una atmósfera planteada. Sin embargo la atmósfera, por sí misma, deserta de cualquier viso de originalidad y, lo más contraproducente de todo, se basa en un lenguaje que comunica muy poco para un lector que busca algo más que una retórica que, en los conceptos que construye, roza el lugar común. Otro factor es que la intención de los cuentos es muy plana, es decir, cuenta historias sin ofrecer diálogo o una participación más activa del lector que sólo tiene que descifrar mecanismos demasiado anunciados. Me parece loable que, en tiempos en que muchos libros de cuentos buscan una estructura llena de vasos comunicantes (mismos personajes, contextos, escenarios y géneros), Luis Jorge Boone apueste por cuentos de estilos diferentes que lo mismo abordan el realismo que la fantasía, el terror o la ciencia ficción. No obstante, y aquí debo apuntar que esta consideración es la más subjetiva de todas y no es fácil de demostrar, creo que algunos cuentos apuntan a meros ejercicios, recetas que hacen demasiado evidente su andamiaje. Es claro que los grandes temas han sido tocados desde la antigüedad y que, aparentemente, cualquier trama que escojamos repetirá, en mayor o menor medida, algún tópico o arista visitada por los escritores que nos antecedieron. Sin embargo, la labor del escritor es buscar resquicios en esa muralla en apariencia impenetrable para resignificar. ¿Las herramientas para hacerlo? La alegoría, el humor o la parodia, entre muchas otras. En caso contrario, nos quedamos con una interpretación de miras cortas o, en el mejor de los casos, repitiendo clichés como el amor idealizado, el artista y las musas que deben ser convocadas, entre tantos otros. La sensación que deja Cavernas es la de visitar textos escritos con corrección y esmero en las descripciones, pero que se contenta con muy poco. Me parece que, en un mundo editorial en que la literatura mexicana debe luchar con best sellers llenos de mensajes reciclados, se debe buscar algo más que historias bien contadas.