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Cáscara de nuez, Ian McEwan | Fernando Montenegro

En lugar del silencio, el caos

Ian McEwan, Cáscara de nuez, Anagrama, España, 2017, 224 p.

 

Lo que le faltaba a la aclamada carrera de Ian McEwan era un narrador como el que presenta Cáscara de nuez: “Mi madre está envuelta en una historia y, por lo tanto, lo estoy yo también, incluso si mi rol es el de frustrarla”. Quien habla aquí es un feto, que se dirige al lector como si formara parte de una escena teatral. Una tragedia. De hecho, la novela entera parece haber sido extraída de un parlamento de Hamlet, como lo declara McEwan desde el principio a través de un epígrafe: “Oh God, I could be bounded in a nutshell and count myself a king of infinite space – were it not that I have bad dreams”. (Volveré sobre este epígrafe más adelante.) Lo que sorprende, en principio, no es tanto que un feto nos interpele, como si buscara redención en nuestra lectura, sino que se trate de uno que está instruido en materia de vino, de música clásica, de literatura y, sobre todo, de la situación política global.

Este narrador, que carece todavía de nombre, no carece sin embargo de una posición política respecto a las diversas temáticas que esculpen el estado actual de las cosas.

Sorprende, por momentos, su lucidez, su conciencia del mundo en el que será arrojado: “Mi vecindario inmediato no será la gloriosa Noruega ––mi primera elección por su gigantesco fondo soberano y sus generosas provisiones sociales; ni mi segunda, Italia, por su gastronomía regional y su soleado decadentismo; y ni siquiera mi tercera, Francia, por su Pinot Noir y su desenfadada autoconmiseración––. En su lugar heredaré un reino poco menos que unido y gobernado por una reina anciana, mientras un príncipe-empresario, famoso por sus buenas obras, sus elixires y sus intromisiones inconstitucionales, espera, impaciente, la corona”.

McEwan, como aquel memorable neurocirujano de Sábado, no sólo ofrece la perspectiva de un feto dentro de su madre, sino también los procedimientos a través de los que percibe el mundo. Por momentos, esta suerte de biofísica de la conciencia parece ser lo que estructura la novela. Ninguna de las divertidas disquisiciones de este Hamlet embrionario está desligada del embarazo en tanto proceso biológico. Durante varios pasajes, la novela parece transcurrir durante un episodio de Dr. House. Abunda, en consecuencia, una cantidad de detalles incómodos. Uno de ellos ocurre cuando su madre, (Ger)Trudy tiene relaciones sexuales con su tío (del feto), Claude.

Éste es sin duda el momento crucial de la obra, pues resume el argumento y encierra el gesto intertextual de Cáscara de nuez con la tragedia de William Shakespeare. En esta ocasión, como la tragedia de fines del siglo xvi, el héroe se encuentra atrapado en un entramado de conspiraciones, de donde resultará ––lo sabe–– herido mortalmente. Su madre y su tío han decidido dar muerte a su padre. La variación que ofrece McEwan, empero, es que el héroe de esta tragedia vive (está por vivir) en la Londres del siglo xxi y tiene el amargo privilegio de saber de antemano el curso de los acontecimientos, el feroz destino de su padre. Salvo esta variable, las vicisitudes que se agolpan en la vida del feto no distan demasiado de aquéllas del príncipe de Dinamarca. En primer lugar, la sensación de impotencia ante los hechos es tan poderoso en el feto como en el príncipe Hamlet. Sabe que matarán a su padre y, sin embargo, no lo puede impedir. Por otra parte, se encuentra la relación, por momentos oscura, con su madre. La madre como una figura que da la vida y, al mismo tiempo,  genera deuda, como bien lo observa David Graeber en Debt: the first 5000 years. Dice el economista estadunidense que aquella deuda con la madre es la deuda primigenia, la primera relación económica de un sujeto. ¡Y vaya que éste  es el caso en Cáscara de nuez!

También en Shakespeare queda claro que, como son múltiples las lecturas, se vuelven múltiples las razones que motivan a sus personajes a la perpetración de crímenes. En la novela de McEwan, la pasión no es la única que explica la conspiración contra el padre del feto, John Cairncross. Existen asimismo intereses económicos de por medio. La casa donde habita Trudy, lugar del romance adúltero con Claude, es también fuente de una jugosa recompensa monetaria. Ante la determinación de John Cairncross de hacerse con ella, sin mayores concesiones hacia su ex-mujer (la casa, al fin y al cabo, le pertenece al primero), la pareja de adúlteros se ve obligada a volver realidad un atentado que, antes de eso, parece mera ensoñación. Esta otra motivación ayuda a re-leer Hamlet con ojos nuevos y a preguntarnos por la relación entre el nuestro y el tiempo en que Shakespeare escribió. ¿Qué tienen en común? Aparentemente, las razones para matar no han diferido mucho a lo largo de cuatro siglos. Ésta es una relación intertextual que vale la pena explorar.

El crimen revela muchos aspectos de una sociedad. La comisión de un asesinato es de tal magnitud en cualquier contexto que, en ese aparente sinsentido de la muerte, un territorio oscuro y temido, surgen sin embargo los valores primordiales del mismo. Que el asesinato de Cáscara de nuez fuera también por un bien inmueble, en plena crisis financiera inmobiliaria, no es para nada gratuito. McEwan parece ofrecer un correlato económico a la historia del crimen pasional, no como si fuera el telón de fondo o la ambientación de la trama, sino la condición que lo posibilita. Si en Hamlet el crimen pasional es producto de las ansias de poder, en el sentido más maquiavélico del término, en la tragedia del feto es producto de la desesperante búsqueda de estabilidad económica. No es banal que mientras escuchamos los dilemas existenciales de Hamlet, Noruega y Dinamarca están al borde de un enfrentamiento armado. Del mismo modo, mientras se consuma la pasión entre Claude y Trudy, el feto tiene sus recelos sobre cómo la beligerancia de Kim Jong-un puede alterar decisivamente el mundo en el que le tocará vivir. Eso que Calderón de la Barca llamó el gran teatro del mundo es menos ilusión que realidad.

Es lógico que si quien nos habla es un feto, la mayor parte de su narración será especulativa. Y en efecto es así: el feto se pregunta constantemente por aquello que, encerrado en el vientre de su madre, no puede mirar sino apenas presentir. A esta fórmula, aparentemente tan volátil, el propio autor ha denominado como “narrador confiable, incluso realista”. Así lo ha declarado en una reciente entrevista ofrecida en la Universidad de Harvard. Esa afirmación parece un tanto paradójica. ¿Cómo un feto, incapaz de ver fuera de su ámbito, incapaz de diferenciar un color de otro, puede resultar un narrador confiable? El propio McEwan argumenta que un feto ofrece la posibilidad de hablar más allá de los prejuicios obtenidos en la vida social, pues sólo sabe del mundo a medida que lo experimenta. Esto contradice lo que Heidegger y Gadamer dirían del conocimiento, en tanto resultado, precisamente, de la intervención de nuestros prejuicios.

McEwan es, en este sentido, un ilustrado del siglo xxi. Le interesa indagar cómo exactamente conocemos las cosas. Vuelvo a Sábado, novela en la cual el narrador se esmera, con infinita paciencia, en desplegar los mecanismos con que el protagonista entiende el mundo que le rodea. Ya ha dicho el autor que, para la escritura de esa novela, se encerró durante meses en la zona de emergencias de un hospital londinense. El resultado fue lo que Kant llamaría, grosso modo, una crítica. Es decir, un procedimiento intelectual a través del que se puede observar cómo algo se constituye y cuál es su funcionamiento. La objeción que Gadamer le hacía a Kant y, sobre todo, a sus herederos, es la imposibilidad de conocer algo sin la presencia de los prejuicios. Es a través de ellos como podemos entender el mundo y conocerlo. Más aún, sería imposible pensar si no los tuviéramos.

¿Qué prejuicios, entonces, puede tener este narrador? ¿Hereda a través de los fluidos maternos una serie de ideas pre-concebidas del mundo? ¿Eso quiere decir cuando afirma que no puede separarse de ella aunque la odie por asesinar a su padre? ¿Es en realidad esta novela una sólo sobre la maternidad, la pasión, la familia y el crimen?

Me parece que, al responder la última pregunta, en cierto modo respondo todas las anteriores: evidentemente no. A mi entender, la historia de este feto inglés ilustrado, catador de vino francés, consumidor de podcasts de la bbc, lector (oidor) de Shakespeare, Milton y Keats, es en realidad la historia del hombre europeo blanco ante el colapso venidero de Europa. Europa, claro está, es el vientre materno, amenazado por fuerzas internas y externas por igual, frágil desde siempre y al borde del estallido.

Cuando en este caso hablo de Europa, me refiero puntualmente al espacio geográfico que conocemos como tal, mucho más que a la idea histórica o cultural. En este punto vale la pena volver sobre el epígrafe de Hamlet. Este célebre pasaje de la tragedia shakesperiana, que gracias a Borges sabemos que tiene lugar en la segunda escena del segundo acto, delata una sensación de encierro un tanto paradójica, pues incluye la idea de lo infinito. De hecho, éste es el modo en que Borges la utiliza en “El Aleph”, a saber, como una partícula mínima que, sin embargo, contiene el infinito. En esa escena, Hamlet sostiene una conversación ya célebre con Rosencrantz y Guildenstern, donde les confiesa que se siente encerrado. Específicamente, les dice que Dinamarca le parece una prisión.

No parece tan descabellado asumir que esa cáscara de nuez es Europa. McEwan es, ante todo, un pro-europeo, que ha lamentado en diversas ocasiones los resultados del último referendo celebrado en el Reino Unido. Esa prisión de la que habla Hamlet, y que pare el héroe shakespeariano resulta tan asfixiante y desoladora, es para McEwan un reconfortante y tibio vientre materno. Aunque el feto tenga que aceptar los golpes obscenos del miembro invasor de su tío, aquella placenta sigue siendo, al fin y al cabo, una membrana protectora y hermética.

Lo que parece más tenebroso y amenazante, lógicamente, es aquello que está afuera. Lo diferente. De hecho, el mecanismo que el feto utiliza para conocer el mundo es a través de un sistema de asociaciones, es decir, la búsqueda de lo semejante y de lo próximo. Simplemente, no concibe la diferencia. Y, ¿qué más próximo para el feto que el servicio de noticias del imperio inglés?: “En el medio de una larga y silenciosa noche le doy a mi madre una patada seca. Se despertará, se tornará insomne y alcanzará la radio. Ejercicio cruel, lo sé, pero así los dos estamos mejor informados en la mañana”. Esta dinámica se repite durante los largos meses del embarazo. Es lo que en la vida del feto podría denominarse “la realidad”.

Cada vez que la madre enciende la radio y escucha las noticias de la bbc, algo se reconstituye, no sólo entre madre e hijo, sino entre ellos y el mundo. Ésta es la lógica que se perturba cuando el crimen acaece. La idea del crimen está motivada por las ambiciones, tanto sexuales como económicas, de Claude, tío del feto. Claude es a todas luces un invasor que, contrario a su hermano (un poeta romántico que vive en la época equivocada), es un hombre vulgar, iletrado, cuya única habilidad en el mundo es satisfacer sexualmente a Trudy de maneras que lindan con la depravación. Así lo advierte el narrador: “he aquí un hombre que silba continuamente, no música, sino cancioncillas de televisión, tonos de celular; que ilumina sus mañanas con el timbre de Tárrega de su Nokia. Quien repetidamente remarca ser un tonto, no digno de fiar; cuyas pobres frases mueren como polluelos bastardos, se desvanecen, baratas. Que lava sus partes privadas en el mismo lavabo donde mi madre lava su cara”.

Peter Sloterdijk ya ha dicho que el problema del espacio es el problema central de la modernidad. A medida que transcurre el siglo xx, esta frase no deja de ser cada vez más relevante, sobre todo en Europa. ¿No es justamente el modo en que perciben y juzgan los europeos a los refugiados africanos y sirios, el mismo con el que el feto percibe a Claude? Es decir, como aquellos ignorantes, fanáticos y vulgares invasores que vienen a hacer sus necesidades en su espacio vital. Precisamente, la idea de Sloterdijk de las esferas se vuelve problemática cuando argumenta que nuestra noción del espacio, vale decir, la forma en que lo construimos teórica y físicamente, está fundado en nuestra experiencia del vientre materno. Argumenta el filósofo alemán que toda esfera (la concepción y construcción de “un espacio”) es, en realidad, un intento de reconstitución del vientre materno, de donde fuimos expulsados a pesar nuestro. Quizá tenga razón. Pero eso debe valer también para las personas que son expulsadas de un territorio, como es el alarmante caso de los sirios en los últimos años. McEwan, en este sentido, logra desplegar una idea que Shakespeare parecía intuir en los albores de la modernidad: que la constitución política del espacio (del reino) encierra siempre un acto criminal. Ante esta amenaza, Shakespeare sólo puede responder con el silencio que deja la tragedia (“the rest is silence”). Quizá ello explique ese constante terror que asola el espíritu europeo de McEwan y que termina, en cambio, con la frase: “the rest is chaos”.

Ciertamente, los tiempos venideros para los fetos ingleses están condicionados por el Brexit, la victoria de Trump o la amenaza de Corea del Norte. Son las mismas cosas que no dejan dormir a McEwan desde hace mucho y que parecen funcionar como secreta estructura de su obra narrativa. Pareciera tener miedo de que ese placentero vientre materno, al que conocemos como Europa, finalmente explote. ¿Y saben qué? Debería tenerlo.

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