casa de loco

Casa de locos, de Francisco Laguna Correa | Alejandro Badillo

Desde el exilio

 

 

Francisco Laguna Correa (comp.), Casa de locos. Narradores latinoamericanos que estudian un doctorado en Estados Unidos, Paroxismo, Estados Unidos, 2015, 294 p.

 

Parece un ejercicio frecuente la publicación de antologías literarias, en particular de poesía y de cuento. Una de las razones de este auge es que ambos géneros son poco atendidos por las grandes editoriales que están enfocadas en la novela. De esta forma los apoyos –cada vez más escasos– del gobierno, instituciones culturales, además de uno que otro proyecto independiente, tienden a apoyar estos esfuerzos no solamente con la producción de libros sino promoviendo concursos y premios. Uno de los aspectos que me gustan de las antologías es que permiten acercarse a una gran diversidad de autores cuya obra puede no cumplir con los estándares de las grandes editoriales pero que cuenta con la calidad suficiente para trascender en el lector y, así, contribuir a la diversidad.

Reseñar una antología de cuentos, en esta ocasión Casa de locos. Narradores latinoamericanos que estudian un doctorado en Estados Unidos, es partir de varios puntos: el criterio de selección, la justificación del compilador y, por supuesto, las virtudes y defectos de los cuentos participantes. Desde hace mucho tiempo la palabra “antología” lleva implícito el establecimiento de un canon, es decir, fijar una postura, conformar un grupo literario o firmar una propuesta que separa lo valioso de lo prescindible. Con el paso de los años y la dificultad de encontrar grupos de escritores cohesionados en torno a un manifiesto o estética, las antologías se han transformado en reuniones de amigos que no tienen intereses ni poéticas comunes. El único criterio de encuentro, en el mejor de los casos, es la cercanía generacional. Por estas razones muchas antologías recientes han buscado contrarrestar esta dispersión seleccionando los cuentos por temas o subgéneros: cuentos de amor, policiales, de ciencia ficción, terror y un largo etcétera.

Casa de locos es un libro que comparte algunos rasgos con esta tendencia. Publicado en Estados Unidos por Editorial Paroxismo, un proyecto independiente que busca dar espacio a autores latinoamericanos que radican en ese país y que escriben en español, el ejercicio se acerca más a una experimentación que a la dinámica tradicional de las antologías de cuento que se publican en latinoamérica. El compilador eligió como tema la vida académica, en particular los estudios de posgrado en humanidades en Estados Unidos. Otra singularidad es que los autores convocados son estudiantes o graduados de doctorado en universidades como Texas A&M, Pennsylvania, Nueva York, Pittsburgh, entre otras. Este criterio, que algunos desdeñarían, me parece atractivo. A menudo se hace una separación entre el mundo creativo y el académico. Incluso, la misma crítica literaria que se publica en revistas culturales a menudo es vista como un mero ejercicio de glosa, un comentario que sólo pondera dejando de lado la creatividad, la imaginación y demás valores que se le atribuyen, per se, a la escritura creativa. Sin embargo, a pesar de esta percepción, un simple vistazo a las biografías de muchos escritores del siglo xx y contemporáneos nos indica que, a la par de sus trabajos en la ficción, se desempeñaron en la academia, ya sea por necesidad o por vocación. Queda pendiente el análisis, para los críticos y la historia literaria, la relación entre el trabajo académico y la escritura de ficción. ¿Cómo se influyen? ¿Qué herramientas comparten? ¿Un escritor que se mueve con soltura en una tesis puede, al mismo tiempo, enfrentar otro tipo de escritura y generar un discurso atractivo para un lector diferente?

Entrando en materia, Casa de locos es un libro de cuentos disparejo en calidad y maneras de abordar la temática que propone el editor: escribir acerca de la vida de un estudiante de doctorado en el área de humanidades en Estados Unidos. Esta característica me parece valiosa porque, en primer lugar, se aleja de los temas tradicionales en las compilaciones temáticas y, además, refleja una gran diversidad de opiniones y puntos de vista de los autores sobre su contexto universitario. En este libro hay cuentos de corte confesional, anécdotas íntimas sobre la vida de un estudiante de doctorado y, en el otro extremo, historias que tienen su ancla en un territorio imaginativo que toma la vida académica como mero pretexto para elaborar un discurso con intereses más amplios. De los trece cuentos que integran el libro selecciono unos cuantos que, creo, pueden ser ilustrativos para el lector y que trazan un arco que va de textos rudimentarios, sin mucha malicia en su estructura y apuesta, hasta cuentos que cumplen bastante bien con lo que puede exigir un lector avezado. “Taller literario”, de Jorge A. Tapia Ortiz, es uno de los textos más pobres de Casa de locos y su título. De hecho, parece una confesión anticipada que esboza apenas referencias que podrían ser el germen de un ejercicio más desarrollado si se aplicaran las lecciones aprendidas en un taller de escritura. Escrito en primera persona, “Taller literario” no crea una historia sino que acumula una serie de reflexiones sobre la decisión de estudiar un posgrado: los retos escolares y la patria que se deja atrás cuando se viaja al extranjero, entre otras inquietudes. Estos elementos no se concretan en hechos narrativos, pues el autor confía en que éstos sean interesantes por sí mismos y por eso sólo los nombra. “Llamada”, de Pedro Pablo Salas Camus, es un texto de factura similar. Aquí, el autor también emprende una recolección de pensamientos sobre las ventajas y desventajas de estudiar un doctorado en Estados Unidos. No hay una idea narrativa, descripciones ni historia a seguir. Algo que exhibe la falta de oficio en estos dos autores es la ingenuidad con la que abordan sus trabajos. Parece que para ellos resulta suficiente nombrar experiencias sin rodearlas de una atmósfera, diálogos, planos narrativos, secuencias, entre muchos otros elementos.

Hay otro grupo de cuentos que rompe la estructura clásica del género. El menos logrado de ellos, aunque interesante en la propuesta, es “God fearing country”, de Betina González, que en la portada del libro se anuncia como un “epílogo” aunque sea, en realidad, un texto más que cierra la compilación. Este cuento, que tiene mucho de crónica o artículo de revista, es una pequeña radiografía de la cultura norteamericana. Desde la voz del extranjero que ya se ha aclimatado a su nuevo hogar aunque sin perder una dosis saludable de extrañeza, se describen las ambigüedades del american dream para, inmediatamente después, ofrecer una serie de noticias excéntricas ocurridas en diversas partes de Estados Unidos: un gato que predice quién va a morir en un asilo de ancianos; una mujer de 92 años que dispara a la casa de su vecino porque le negó un beso. El texto funcionaría mejor si la parte ensayística fuera más extensa o se justificaran de mejor manera los hechos raros que enlista. Otro cuento experimental es “Guisantes y gasolina”, de Dayana Fraile: para mi gusto, el mejor de la selección. Sin recurrir a una historia lineal sino ofreciendo trazos e instantáneas de sus vidas, la autora plantea la relación entre dos mujeres. Usando el devaneo y el recuerdo, se eslabona un discurso ágil e imaginativo que crea una atmósfera seductora.

Otro cuento detacado es “Pensando en Prado”, de Ulises Gonzales. Quizás, de todo el conjunto, es el más tradicional en cuanto a lenguaje y estructura. Con una prosa directa, se cuenta la historia de un estudiante peruano que, después de trabajar como asesor de Prado, un personaje influyente en Lima, viaja a Estados Unidos. Mediante los recuerdos del estudiante, nos enteramos de su malograda relación con una joven cuando aún vivía en Perú y el descubrimiento final que revela una faceta distinta de su tutor. Con el mismo talante se desarrollan las historias “La ola”, de Liliana Colanzi, y “Flores en las ventanas”, de Joseph Avski. Ambos cuentos, desde distintas facetas del realismo, tocan esperanzas, sinsabores y fracasos relacionados con la vida académica.

Más allá de las virtudes y yerros de la selección, me parece que Casa de locos es un primer intento valioso por reunir la narrativa en español que se escribe en Estados Unidos. Como comenté al comienzo de esta nota, desde hace tiempo hay una migración constante de escritores latinoamericanos a ese país, ya sea para estudiar o para impartir cátedra o conferencias. Sin embargo, el contexto de su creación raras veces parte desde el papel del migrante. Otro factor digno de tomarse en cuenta es que tales obras tienen muy poca repercusión en el extranjero aunque sean traducidas. El escritor latinoamericano, para ser tomado en cuenta, necesita asimilarse con su entorno, escribir en inglés y buscar desde ahí a los editores que lo “descubran”. A contracorriente de este fenómeno, tenemos nuevas generaciones de escritores que, ya sean recién llegados o miembros de familias hispanas asentadas en Estados Unidos, conservan el interés en el castellano no sólo como lengua cotidiana sino como medio de expresión artística. El segmento académico que participa en Casa de locos es otro buen síntoma de la vitalidad que posee su lengua materna en norteamérica. Poco a poco, y no con pocas dificultades, los lectores en español van encontrando textos literarios que, además de abordar la problemática de la minoría latinoamericana, son una reflexión necesaria sobre su papel en Estados Unidos.

 

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