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Carácter, de Federico Vite | Gregorio Cervantes Mejía

Acuérdate de Acapulco

 

 

Federico Vite, Carácter, Ediciones Monte Carmelo / conaculta / Secretaría de Cultura del estado de Guerrero, México, 2015, 144 p.

 

Para quien conozca la obra narrativa de Federico Vite (Acapulco, 1975), se encontrará en las primeras líneas de Carácter con un escenario ya conocido: recorridos por cantinas, referencias musicales a lo largo de la narración, amores tormentosos y/o pasajeros. Una voz narrativa que reflexiona entre trago y trago, que se pierde por espacios turbios mientras su percepción de la realidad se obnubila debido al alcohol ingerido, que nunca parece ser suficiente.

También están la culpa y la redención, que atraviesan Carácter como ya ocurrió antes en Parábola de la ceniza, pero sin la carga mística ni profética de esa última novela. En ésta que ahora nos ocupa, Vite desarrolla la historia con posterioridad al desastre, no a partir de su anuncio. Y si bien en su trabajo anterior la violencia que asola al puerto de Acapulco ya había estado presente, en este caso se infiltra hasta convertirse en parte natural del desarrollo de la trama.

Federico, el protagonista de Carácter, comienza un viaje de expiación que, lo anuncia en las primeras líneas, pretende concluir en su propia muerte, una muerte similar a la de Ben Sanderson, el protagonista de Living Las Vegas. Así, tras informarnos de sus intenciones, el narrador nos hace entrar, junto con él, a una cantina mientras proporciona algunas sugerencias de comportamiento.

A partir de ese momento, la historia se convierte en un extenso periplo por cantinas, bares, licorerías de barrio, en una espiral alcohólica que parece descender cada vez más, como si Federico estuviera, en efecto, a punto de consumar su proyecto suicida. Sin embargo, no faltan las circunstancias y personajes fortuitos que demoran el desenlace y empujan al protagonista para continuar su vagabundeo mientras va informando al lector sobre las causas de su decisión: Soledad.

Federico pretende, en realidad, curarse de la pérdida de la mujer que puso rumbo a su vida pero que, a semejanza de sus relaciones precedentes, terminó por abandonarlo. Y este incidente provoca su viaje desde Acapulco hacia la ciudad de México, donde está seguro de perderse en el anonimato, de transformarse en una sombra.

El extenso periplo por las calles capitalinas abunda en referencias a Lowry, Rimbaud, Kerouac, quienes son citados o insinuados a manera de un santoral que encamina y custodia al protagonista, sin que falten en esta relación de entidades protectoras canciones y compositores populares.

Durante cerca de la mitad de la novela, serán éstos sus elementos motores: la necesidad de consumir alcohol de manera casi ininterrumpida, de perderse en calles desconocidas –pero a la vez familiares– y la nostalgia por Soledad.

El suicidio anunciado al comienzo de la historia, sin embargo, se posterga: Federico muestra una gran resistencia al alcohol y la intemperie, así como una buena estrella que lo ayuda a salir avante de las situaciones más riesgosas, aquellas donde su vida parece en verdad amenazada. Y esto revela, de manera gradual, que las intenciones de Federico distan mucho de terminar con su vida.

La ciudad que eligió para este propósito desencanta pronto a Federico: sus bares carecen de la magia del puerto legendario; los hombres y mujeres que los pueblan son apenas sombras grotescas al lado de los del lugar de origen. Ni siquiera resultan eficaces para arrancar a Soledad de la memoria del protagonista. El nombre, las evocaciones de esa mujer, vuelven una y otra vez durante ese vagar que empieza a antojarse interminable. Y las preguntas son ya inevitables: ¿hacia dónde pretende llevarnos Federico –el personaje y el autor? ¿Qué busca con ese recorrido cansino y sin sentido aparente?

Hacia la mitad de la novela, agotado y estropeado, Federico deja que la respuesta emerja: Soledad desapareció durante la inundación del puerto provocada por un huracán. Y esa intromisión de la naturaleza coloca en otra dimensión lo que hasta ahora parecía sólo un viaje suicida por desamor: Federico fue arrancado de la vida de Soledad y del puerto por la devastación que el huracán dejó tras de sí: barrios enteros sepultados entre lodo y agua, personas queridas a las cuales intentó encontrar sin éxito. Y la memoria, de la que Federico había intentado escapar durante las páginas anteriores, brota ahora con el mismo ímpetu del torrente que arrasó con el puerto: los recuerdos de Soledad, de las mujeres anteriores a ella, de sus padres. Y esos recuerdos golpean a Federico como si intentaran hacerlo reaccionar.

Y al tratar de escapar de ellos, Federico se deja llevar por las circunstancias. Pese a ese carácter decidido con el cual se presenta en la página inicial de la novela, lo que descubrimos es un personaje que abandona su voluntad, que deja sus decisiones en manos del azar –salvo en aquellos casos donde la su propia supervivencia está en juego–, hasta que descubre que su vagabundeo lo ha acercado a la colonia donde habitó Soledad antes de conocerlo. Y ese incidente provoca un nuevo quiebre en la historia: el protagonista se empeña en entrar al edificio donde Soledad habitó y, como resultado, se reencuentra con Raquel, una antigua pareja, quien le dará refugio e introducirá en las actividades del crimen organizado.

De nueva cuenta, Federico se mantiene dócil a lo que las circunstancias decidan. La vida al lado de Raquel resulta, además, bastante cómoda para él. Incluso las tareas de chofer-repartidor que le son asignadas siguen el mismo patrón que el resto de la historia: el protagonista no hace preguntas y evita tomar la iniciativa. Se dejará llevar hasta que esas circunstancias se vuelven amenazadoras y entonces surge otra vez la capacidad de decisión que genera otro quiebre en la historia para llevar al protagonista de regreso al punto de origen, sólo para encontrarse con que ambos se han transformado.

Carácter muestra, en este sentido, una estructura similar a las historias míticas del héroe, donde éste debe realizar un viaje iniciático para descubrir sus propias capacidades. Pero a diferencia de aquéllas, donde lo sustantivo es la temeridad del protagonista y su capacidad de iniciativa, en este caso privan la docilidad y la indolencia, por lo menos mientras la propia vida –despreciada desde un principio– no sea puesta en riesgo. Y el viaje, que en la estructura mítica implica un descenso al inframundo y un ascenso posterior, parece en este caso confundir ambos niveles, porque si bien Federico parece emprender ese descenso al inframundo las revelaciones posteriores del personaje muestran que, antes de iniciada la narración, él ya estuvo ahí. Y lo que presencia el lector es el viaje ascendente, sólo que este viaje ascendente parece, también, la premonición de una futura violencia hacia la cual se dirige el protagonista.

 

P.S.: Llamó mi atención, hacia el final de la novela, la serie de reflexiones que el protagonista de Carácter hace acerca del humor y la risa. Apenas un puñado de líneas que revelan algo sobre el personaje que no alcanzó a emerger por completo durante la novela: su resistencia, su capacidad de sobrevivir, parecería estar sustentada en el humor: “Acepté el humor en mi vida cuando entendí que nada puede, ni el mismísimo diablo, luchar contra la risa. La risa es una promesa, la señal de que la vida se incendia mejor con la música festiva de las entrañas. Río. Antes de todo, río. Nado en ese sentimiento. Hoy intento hacerlo de nuevo”.

Pero es apenas una insinuación, casi una promesa trunca, porque ésta no es, a pesar de algunos guiños, una novela humorística.

 

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