esquinca-camara-nupcial

Cámara nupcial, de Jorge Esquinca | Jorge Ortega

Giros alrededor de Emily

 

Jorge Esquinca, Cámara nupcial, Ediciones Era/Instituto Veracruzano de la Cultura, México, 2015, 139 p.

 

La transferencia de identidad es uno de los mecanismos privativos de la poesía contemporánea. El procedimiento entraña una operación especular. Proyectar en el otro las tribulaciones del yo se ha vuelto un ingenioso ejercicio de desdoblamiento. Es como tomar distancia de uno y verse bajo una luz distinta. Y no aludo al artilugio de la heteronimia, sino a una poesía que acoge, en un libro o un poema, determinados episodios de vida o la voz de una personalidad literaria o significativa que pudiera implicar un modelo estético, moral o heroico. No obstante, hay que advertir que mucho depende, en dicho contexto, de la conjugación verbal, ya que no es lo mismo transpolar el yo al habla de esa personalidad que referirla, a manera de tributo, desde la segunda o tercera persona del singular.

Cámara nupcial, de Jorge Esquinca, funciona a contrapelo de esta disyuntiva, optando por un asunción personalizada de su relación con la memoria, el universo y la escritura de Emily Dickinson, junto a Walt Whitman piedra de fundación de la poesía norteamericana moderna. Si bien la anacoreta de Amherst conforma el foco de gravedad de la más reciente entrega de Esquinca, no representa una constante, sea mediante el permanente seguimiento de su actuar o la reiteración del valor de su legado. Cámara nupcial es antes que nada un tratado sobre las adversidades que enfrenta la consecución y consumación de un ideal poético, de ahí que en repetidos pasajes aflore la reminiscencia de una odisea física y psíquica, una noción de trayecto condimentada por la sensación de sacrificio, extenuación, contrariedad, tal como sucede en el umbral y el pre-desenlace del índice, urgidos por la premura de alcanzar un ansiado destino: el magnetismo de Emily, imán de un pueblo ubicado en el meollo de Massachusetts.

Ocho intervalos pautan el recorrido de Cámara nupcial: La maquinaria del glaciar, Epistolario, Tratamiento del espacio fotográfico, Libro de adivinanzas, Invernadero, Gabinete de curiosidades, Viaje al centro de la nieve y La vía negativa. El rasgo más atrayente del conjunto reside en su factura disímbola. Ningún apartado se asemeja a otro; no al menos en hechura ni extensión. Del poema holgado a la letanía catártica en tercetos irregulares, deteniéndose en el versículo, la prosa, la sextilla heterodoxa y demás estructuras libres y minimalistas, Jorge Esquinca hace de cada mudanza de sección un amago de reconfiguración tonal y discursiva en pos de la esencia de su velado contrapunto con Dickinson. No obstante, coexiste en el fondo una simetría temática, pero con diferente aplicación, en La maquinaria del glaciar y Viaje al centro de la nieve, dos versiones –una en clave lírica y figurativa, la otra más narrativa o cronística– de una sola lucha contra las confabulaciones de la naturaleza, metáfora del combate interior del poeta.

Así, Cámara nupcial posee un efecto caleidoscópico derivado de su vocación mutante. El espectro de Emily está ahí, mas el modo de apuntar a ella se transforma debido a los múltiples sentidos de evocación que despierta. Sentidos: atmósferas. Porque si hay un estado que caracterice la poesía de Esquinca en su totalidad es la de su capacidad de condensación a través de un lenguaje que concilia sustantividad y sugestión. Cámara nupcial no escapa a la creación y recreación de ambientes, resulten domésticos o externos, bucólicos o subterráneos, intimistas o colectivos. Esta fluctuación de escenarios y atmósferas se halla amparada por la propiedad del texto que, como reza la nota final, incorpora implícita o explícitamente una red de citas, glosas, paráfrasis, e inclusive una traducción –“On the marriage of a Virgin”, de Dylan Thomas–, de nombres consanguíneos a la poética del autor: Antonin Artaud, Ramón López Velarde, Henri Michaux, O. V. de L. Milosz, María Negroni, Pablo Neruda, Jean-Arthur Rimbaud, Georges Schehadé, Giuseppe Ungaretti, Alejandra Pizarnik, al margen de la concurrencia epigráfica y el intercalado de versos de la señorita Dickinson.

Jorge Esquinca urde, pues, un palimpsesto diseminado de préstamos y cuya originalidad estriba tanto en el aporte inventivo del poema como en la heterogeneidad y el trasminado de sus lecturas propiciadoras. Si Emily constituye de entrada el emblema de cohesión, la verdad es que el planteamiento del libro induce por segmento una disociación de las fórmulas de composición. Mencioné al inicio la pluralidad de esquemas de construcción que confluyen en Cámara nupcial; añadiría la soltura en la plasmación del poema que tiende a modificarse. En relación a los restantes, el tramo que rezuma mayor singularidad incumbe al tercero, Tratamiento del espacio fotográfico, donde la enunciación cobra un aire performativo, y hasta de instalación y arte objeto, perfilando a la par cierto onirismo. Junto a ello, un puñado de criterios ortográficos y tipográficos –diagonales, corchetes, cursivas, sangrías, versalitas– y la dislocación del aspecto habitual del poema estrófico o cargado a la izquierda contribuye a alterar la fisonomía del texto poético.

Cámara nupcial opera por contraste. De la denodada epopeya unipersonal por la selva blanca del invierno neoyorquino (“Para llegar al corazón de Emilia/hube de llagar una montaña”) a la despreocupada confidencialidad de un diario mediterráneo (“Como tú, tampoco voy a la iglesia./No hay mejor misa que estas nubes/ni mejor sermón que el de los zanates/vocingleros. Pero amo, amiga,/las pequeñas iglesias de Italia;/los campanarios de piedra recortándose/sobre los campos sembrados/de girasoles y tabaco en la Umbria/–allá donde las sombras se dilatan/en el aire y son más largas que la vida”), y de la evanescencia de la economía de medios en la que germina la “flor de no saber” a la sutileza de las formas breves y compactas en la que relincha un eco de Juan el Evangelista (“En el principio era un caballo,/su cauda de fuego, su pezuña”), Jorge Esquinca exhibe las impares facetas de asimilación del núcleo propositivo de una obra y un personaje que devienen motivo de interlocución con uno mismo en aras de un imaginario a un tiempo nórdico y meridional, urbano y campestre, plomizo y luminoso.

Por arriba de su apego a Emily Dickinson, Cámara nupcial reserva un avecinamiento con la poesía en la medida que concentra su periplo y trance en el resabio vital de una poeta genuina y las incógnitas de su dicción. Sin adoptar un cariz metapoético, revela justamente por deducción la perennidad de la inclinación poética como una secreta resistencia para con las inercias del mundo y las circunstancias que lo vertebran. A la reclusión y el aislamiento, Dickinson opone la fecundidad del oficio y la fidelidad al llamado, el consuelo de un ritual cotidiano que culmina en los susurros de la caligrafía, echando raíces en el ensimismamiento, la observación, el estudio, posturas de receptividad y vigilancia proclives a toda disposición de alumbramiento poético. Círculo virtuoso: el autor de Cámara nupcial y la poesía van y se encuentran y abrevan, por consiguiente, en el radiante e inasible rastro de Emily, encarnación de “esa cosa liviana, alada y sagrada”. Sicut cervus ad fontes. Como el ciervo a las fuentes, afirma el salmo.

De la obstinación del peregrino que salva con arrojo de alpinista la noche oscura del alma y los escarpados senderos de la búsqueda, de este tour de force a la ligereza del lugar ameno y su cornucopia de gratos incentivos, y de aquí a la ronda de las definiciones y el asedio conceptual, para luego demorarse en pergeñar una vitrina de elementos –una lámpara, una ventana, una esfera, un espejo, un frasco, el clamor del gallo, una campana de adorno, una cama tendida, una moneda, un retoño– que prefiguran la estabilidad y trascendencia de un orden, Esquinca alterna el simbolismo de la analogía con el autobiografismo, como sucede en el penúltimo apartado, Viaje al centro de la nieve, en el cual emerge el yo civil en una perturbadora reseña sobre el metro permeada de visiones mitológicas y apocalípticas que esbozan también un inframundo y donde el pueblo natal de Dickinson se antoja la luz al final del túnel: “Respiré para morirme/la escarcha de los muertos/vine a dar con mi sombra/a los intestinos de Manhattan”. Entre el tremendismo de Poeta en Nueva York, el paisaje boreal de Robert Frost y el realismo doméstico de Eliseo Diego, Cámara nupcial tensa el arco de su relato.

Una versión de la expresión que otorga título al libro del que me ocupo tiene su origen en el evangelio apócrifo de Felipe. En la doctrina gnóstica, la Cámara Nupcial es el sacramento que supone los esponsales místicos entre lo masculino y femenino, el pneuma y la psique, la pasión y el intelecto, y que aspira a la fusión de la pareja con la Divinidad Suprema y, en consecuencia, a la procuración de la unidad prototípica, el pléroma, en el que aguarda la plenitud del andrógino primordial. En su cortejo de Emily Dickinson –“novia rústica”–, Jorge Esquinca habilita una emulación de este misterio. Su querencia por la ermitaña de Amherst no depara un acercamiento sino una superposición, un calco espiritual que a expensas de la empatía poética confiere a la gloriosa servidumbre de confeccionar y alinear versos la perduración histórica y el vínculo de pertenencia que permite a las inteligencias afines comunicarse por encima de las épocas y las distancias en el inmarcesible presente de la literatura, la ubicuidad de la poesía.

 

esquinca-camara-nupcial