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Caída del búfalo sin nombre, de Alejandro Tarrab | Alejandro Badillo

El triunfo de la renuncia

 

Alejandro Tarrab, Caída del búfalo sin nombre, Malpaís Ediciones/Mantarraya Ediciones, México, 2017, 160 p.

 

En uno de los ensayos de La piedra que se escribe, libro del crítico español Antonio Jiménez Morato, discute, utilizando la obra de autores contempóraneos, algunos poco conocidos, la forma en la cual es leído un libro. Ensayos que pueden ser tomados como novelas, cuentos como ensayos o, incluso, poemarios como novelas. Jiménez Morato pone sobre la mesa el tema usando como herramienta los textos de las cuartas de forros y cómo éstos pueden predeterminar la lectura. El texto le puede decir al lector que es una novela, por ejemplo, a pesar de que las características más reconocibles, el formato, el lenguaje, pertenezcan a otro género.

Hago esta introducción para hablar sobre Caída del búfalo sin nombre, libro de Alejandro Tarrab (Ciudad de México, 1972) porque, más allá de que la cuarta de forros no da una pista sobre el contenido, las 160 páginas a las que nos enfrentamos conjugan de manera muy interesante la fusión de géneros, tipos de lenguaje, tipografía, imágenes, motivos literarios, entre muchas otras perspectivas. Si de vez en cuando escuchamos en las redes sociales, o en algún artículo de prensa, que el fin de literatura está cerca, que ya no hay nuevos caminos, libros como el de Alejandro Tarrab muestran que aún hay mucho por decir y que la experimentación que pareció agotada por las vanguardias del siglo pasado aún no ha dicho su última palabra.

Para hablar de Caída del búfalo sin nombre se deben hacer varias aproximaciones: la gestación de la obra, las diferentes formas de abordar la escritura y el tema. Se puede empezar por el leit motiv, el suicidio, asunto largamente tratado a lo largo de la historia y la filosofía. Quizás El mito de Sísifo, de Albert Camus, sea uno de los trabajos  más citados; sin embargo, además de las obras literarias que abordan el tema, hay una gran nómina de escritores suicidas. Jan Potocki, Virginia Woolf, Calvert Casey y tantos otros son ejemplos de artistas que, de alguna manera, contribuyeron a crear el aura trágica que rodea a los literatos. Uno de los casos que entrelazan la creación literaria y el suicidio es Zorro de arriba y zorro de abajo, última novela del escritor peruano José María Arguedas. El documento, trunco y poblado por situaciones dispersas, es una reflexión sobre la desesperanza de la modernidad y la obsesión por la renuncia a la vida. En el caso de Alejandro Tarrab no estamos hablando de una especie de bitácora fragmentaria, pero sí del uso de una experiencia personal, genealógica se podría decir, para abordar el tema del suicidio. En el mundo actual, en el que ha cobrado una relevancia inusitada el papel del escritor estrella, aquel que cuenta sin tapujos su vida, aunque ésta sea, más bien, una colección de hechos intrascendentes, Tarrab se mueve con más distancia y tiento. El libro, caleidoscópico, parte del contacto que tuvo el autor con el suicidio de familiares cercanos. Pese a todo, no se regodea en un exhibicionismo ramplón en el que los detalles desvían el foco principal del texto, sino que escoge aquellos elementos que ayudan a tejer el tema del suicidio y cómo estos se han entrelazado con su vida de diferentes formas.

Caída del búfalo sin nombre se divide en nueve capítulos. Cada uno de ellos mezcla los diferentes estilos o propuestas de escritura del autor. Además, cada uno tiene una especie de nota principal que determina el espíritu del texto. Por ejemplo, en el primero, “Ordenamiento”, hay un tono ensayístico que toma, como punto de partida, la figura de un niño. Ese origen pronto descubre el significado del poder creador y su enfrentamiento, casi inmediato, con el suicidio de su abuela. El autor hace un recorrido pormenorizado por el cuerpo de este infante a través de una afortunada combinación –presente también en otras partes del libro– de elementos pertenecientes a distintas áreas: la antropología, la mística, la música. Todos ellos gravitan en torno a este niño y en su enfrentamiento con la muerte. El niño, además de funcionar como un espejo del autor, es un símbolo del hombre primitivo que descubre su vulnerabilidad y su capacidad de revelarse ante el destino trazado por las distintas fuerzas divinas. Este primer capítulo muestra muy bien la idea híbrida que recorre todas las páginas de Caída del búfalo sin nombre: elementos biográficos, frases cuyo peso descansa en el aliento lírico y claves que podrían pertenecer, sin mayor problema, a un texto con una orientación más académica. Esta última característica muestra las amplias posibilidades del ensayo literario, un género que puede tomar como una de tantas herramientas los análisis de las ciencias sociales y las humanidades. El ensayo literario, muchas veces limitado por marcos teóricos o una escritura didáctica que destierra la imaginación, también puede internarse en la libertad creativa, en asociaciones novedosas y supuestos cargados de subjetividad. Esta vocación, a veces poco practicada del ensayo, otorga a la literatura la capacidad de experimentar o de seguir cauces poco transitados por la narrativa más tradicional, demasiado enfocada en construir personajes sólidos y tramas que encajen como las piezas de un rompecabezas. El ensayo literario en manos de Alejandro Tarrab hace pensar en autores como Jules Michelet, quien en siglo XIX abandonó, después de una crisis de salud que devino epifanía espiritual, el rigor de los datos y se lanzó a experimentar con temas como los insectos, el mar, el papel de la mujer en la sociedad y en la historia. No más datos precisos ni bibliografías prolijas y consultadas hasta el cansancio. Quizá Michelet, al igual que otros autores que abordaron sus temas desde la imaginación, intuyeron que el conocimiento siempre está en movimiento y puede volver obsoletos los trabajos que no se entrometen con las causas profundas de los fenómenos y de las cosas. Por esta razón el delirio y la fantasía hablan para muchas épocas y convierten los textos en verdadera literatura.

Después de esta primera aproximación, Tarrab entreteje capítulos como “Maldición”, “Superstición”, “Genuflexión”, entre otros. En el segundo, además del tema religioso que dialoga con otros elementos en toda la obra, entra en escena la genealogía. En uno de los pasajes mejor logrados de este capítulo, el hijo recibe una llamada telefónica de su madre. No hay mucho contexto, apenas la escena cotidiana de un hombre parado frente al monumento a Colón de Paseo de la Reforma. La escritura, en este fragmento, podría pertenecer a un cuento o a una novela. El elemento narrativo se regodea en algunos detalles: la respiración, el ruido sordo del tráfico que, por un momento, parece el eco en la mente del hombre que empieza a deshilvanar la trama de la depresión y del suicidio como una herencia que brota de lo irracional y que, a partir de entonces, tendrá que moldearla a través del lenguaje.

Una de las apuestas seductoras del libro, y que no está separada en un capítulo especial sino que va y viene a lo largo y ancho de casi todas las páginas, es el lenguaje que usa diversos disfraces. En ocasiones, como en algunos fragmentos pertenecientes al capítulo “Dolora (un retrato)”, hay una intención claramente poética. La prosa abre espacio a los versos que sirven como conclusión en esa parte del libro. En otras partes del texto tenemos una característica más sutil: el lenguaje juega en el terreno de lo determinado y lo comprobable: desde el esquema anatómico de un cráneo a punto de ser perforado por una bala hasta las citas de Gilles Deleuze –otro autor suicida– que reflexionan sobre el sentido de la caída: “La sensación es inseparable de la caída que constituye su movimiento más interior o su ‘clinamen’. Esta caída no implica un contexto de miseria, de fracaso o de sufrimiento, aunque un contexto tal pueda ilustrarlo fácilmente. (…) La caída es lo más vivo que hay en la sensación, aquello en lo que la sensación se experimenta como viviente. De manera que la caída intensiva puede coincidir con un descenso espacial, pero también con un ascenso”. Más allá de la pertinencia de la cita y del comentario posterior que hace Tarrab sobre el filósofo fránces, quiero destacar la vocación de la escritura: vemos, en la superficie, el aparente rigor de la cita filosófica y el desarrollo que vincula el concepto de la caída con el del triunfo o una especie de epifanía. Sin embargo, ayudados o, mejor aún, contagiados por el contexto, olvidamos de pronto la coherencia del fragmento y nos entrometemos en el lenguaje que nos muestra el autor buscando, en lugar del entendimiento puro, el valor de las palabras por su ritmo y su imagen, justo como en los momentos en los que Tarrab pone punto final a un párrafo escrito en clave de prosa e inicia el primer verso de un poema. Esta intención recuerda el poder proteico de las palabras. Un experimento análogo fue el que realizó Guy Davenport cuando analizó la obra del científico de origen francés Louis Agassiz. Lo que en este análisis destaca el autor norteamericano es el discurso que aparece cuando se usa el texto sólo como un anzuelo para ir más allá del entendimiento plano y buscar diversas posibilidades a la escritura. Para él, Agassiz –autor casi olvidado por la historia de la ciencia ya que, a pesar de su brillante carrera, se enfrentó a la teoría de la evolución de Darwin– usaba las descripciones de moluscos, piedras, dunas y conchas, como los elementos de un discurso poético. Esta propuesta, acaso inconsciente, quedó al descubierto cuando los textos llegaron a Davenport, quien olvidó la clave ciéntifica y, en su lugar, usó la llave de la poesía. En Caída del búfalo sin nombre hay muchos momentos aparentemente encuadrados en un tono académico pero que, por su carácter fragmentario y su conexión con el tono general del libro, adquieren una vida que los lleva más allá de la comprobación de una teoría o la pertinencia de una cita.

Otra vertiente interesante del libro es su gestación. Publicado originalmente en un blog, el autor fue escribiendo sobre la marcha, añadiendo y quitando elementos, hasta llegar a su forma actual, quizá definitiva. Este tipo de escritura, casi un laboratorio público ya que el sitio de internet estaba a disposición de quien quisiera entrar, leer y comentar, muestra un aspecto fundamental de los nuevos modos de escribir. El autor se enfrenta a su texto en una plataforma cambiante y con una posibilidad real de testigos del proceso de creación. El ejercicio en tiempo real que, por supuesto, puede dar lugar a errores, bosquejos, ideas desechadas después o simples ocurrencias, es revisado una y otra vez hasta dar con una versión final. Después de obtener el texto, el autor modificó el sitio para que se pudieran leer algunos fragmentos en línea y publicó en papel el libro. Si hay algunos autores ––pienso sobre todo en los poetas–– que se enfrascan en el performance, la instalación, el diálogo con otras disciplinas como la pintura, el arte digital y otras más, pensando que ya se han agotado las posibilidades del lenguaje puro y que, ahora, la intervención de las máquinas dará otra dirección a la obra literaria, Caída del búfalo sin nombre es un buen ejemplo de cómo apropiarse de las nuevas formas de escribir sin sacrificar la vocación principal de lo literario: el lenguaje y las ideas.

 

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