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Box, de Ismael Velázquez Juárez | Brenda Ríos

Igual que los vivos miran la televisión

Ismael Velázquez Juárez, Box (poemas 1985-2015), Luzzeta Ediciones, Guadalajara, 2017, 80 p.

 

I

Uno de estos días, en una charla con un poeta, surgió el tema de nuestros escritores favoritos, tema más inocuo si los hay, pues leer y tener autores “consentidos” es la revelación de nuestro propio vocabulario sentimental. Pero, al final, hablábamos sobre la nueva-nueva poesía mexicana (¿nueva ola?), que así bromeé para dar una idea de las capas multiformes de la poesía escrita en el México actual. El argumentaba que yo debía teorizar sobre la vieja vieja poesía. Planteé entonces que era algo así como el nouveau roman de los franceses, pero sin desmantelar el escenario de modo radical. Diría que comenzaron poco a poco, probando: acá un tono irónico, acá el cambio de tema poético. Y lo más sobresaliente es el registro, el color, el sonido mismo de esta poesía. Es más breve, directa, llena de humor y con remates al final como golpes al hígado; un recurso robado o tomado en préstamo de la narrativa: historia, relato, desenlace y golpe. No hay vuelta atrás. El poema se explica por ese mismo golpe.

Decíamos entonces, él y yo, cómo antes todo parecía salido de un mismo formato: un lenguaje frío y lejano pero lleno de presunción y labia. Abstracto. Poesía que no refleja y no busca diálogo. Poesía de laboratorio, parecía. Pero en los últimos años no sabría decir a ciencia cierta qué cambio hubo en el clima, de una ciudad a otra, qué pasó de un minuto a otro: algo cambió. La poesía puede ser leída, es más, podemos (sacrilegio) reírnos y entender que la broma o la anécdota o el juego es gracioso y además poético. Ésta es una poesía de reapropiación de formatos, llámese visuales, sonoros, lúdicos, experimentales (con todo respeto por la palabra en sí). Y regresa de ahí convertida en algo fresco, como si surgiera por primera vez. Después, como sucede en las conversaciones actuales, él tenía que hacer sus cosas y en mi ciudad la llovizna paró y salí a dar la vuelta, antes de que la vejez llegue de golpe y mis piernas dejen de moverse a cierta velocidad. No sé por qué, pero pensé en Oscar Wilde usando el chat: debió ser una hazaña mental conversar con él, mantener el diálogo, sopesar su humor.

Zambrano, quien como filósofa no regala precisamente la transparencia, escribió que la poesía encuentra lo que la filosofía persigue. Y tiene razón, supongo. La poesía logra en México lo que la narrativa aún no puede del todo. Jorge Ibargüengoitia lo pretendía, Enrique Serna lo logró: escribir desde el humor en un país que se deshace en llanto y luego ríe por lo inevitable de la tragedia. Gestos del teatro más básico: máscara triste y feliz. Sin nada en el intermedio. Algo que Salvador Novo entendió muy bien y que Carlos Monsiváis sobreexplotó desde la sociología: la ilustración de un mexicano en hora pico, angustiado, horrorizado del futuro pero feliz por sobrevivir.

 

II

No es fácil explicar qué es poesía y qué no es. Me parece ocioso además. Además de que soy ociosa y tendría que traer a colación varias citas de algunos personajes realmente grandes, de preferencia muertos (hombres blancos muertos), que ilustren esto con veracidad de articulista de Reuters.

Comienzo. Conocí la poesía de Ismael Velázquez Juárez gracias a las redes sociales. Cualquier poeta famoso, mexicano, por muchos premios que reciba y por muchos libros que tenga, en realidad no pasa de ser poeta de su localidad. Le pregunté apenas a un reconocido editor de poesía a quién consideraba el más famoso de los poetas mexicanos fuera de México (sí, es pregunta para miss Venezuela, pero qué más da) pese a que hay miles, miles de poetas premiados y subidos en hombros de sus dos probables lectores. Me dijo lapidariamente: nadie. Y es verdad. Ninguno, excepto Paz, pero ésa es otra historia.

Los poetas son seres que aun cuando son buenos se creen mejores, están convencidos de ser leídos y  que los odian por su talento, además de que son los únicos que leen lo que los otros poetas escriben. Es decir, un circuito cerrado. Por eso, ir a la librería y encontrar un libro de un poeta de Guadalajara o de cualquier otra ciudad es un hallazgo.

Pero, regresando a Velázquez Juárez, su poesía responde a una necesidad de involucrar otros lenguajes, sospecho, porque eso de que “lo que el poeta quiere decir” no sólo da pereza sino que requiere de un trabajo psíquico. El lenguaje escrito, las palabras, representan algo pero no es suficiente o no alcanza a cubrir lo que se desea: poesía como agua o como luz: no alcanza, no es suficiente, no llega al radio que se pretende.  Hay que incluir otros lenguajes, fotografías, memes, instalación, intervenciones, juegos. No siempre, como experimento sale bien, de pronto es más el interés del juego que lo que se desprende de él. Pero la poesía no puede ya ser seria. La solemnidad impediría el arriesgue.

El experimento de Velázquez Juárez funciona. Escribir, dibujar, incorporar mapas, fotografías, intervenir discursos ya dados, es lo que hace una poesía desenfadada pero sin que eso signifique la broma en sí. Hay un punto de partida, una idea, un bosquejo, y de ahí se desprende el poema, con reflexión. No es sólo la figura retórica o la ironía lo que convierte al poema en poema, muestra Velázquez, es el conjunto de elementos: el tono, el sentido del poema, el juego, el chiste, la broma aludida, la burla del personaje. Y en todo ello la asimilación de lo patético, lo trágico, lo más humano. Escribir no es suficiente. Lo que se quiere decir se debe decir con lo que haya a la mano: foto, collage, camiseta vieja, lo que sea. También está, por otro lado, el fundamento de un poeta: la sorpresa del sujeto cuando piensa en sí mismo frente a la jaula del mono, en la metáfora de una mujer que lleva viviendo un año en un centro comercial y lo más hermoso que ha visto son las escaleras eléctricas. Elimina mayúsculas y signos de puntuación. Lo que le da al poema ese aspecto de conversación informal. El poema parece algo casual, casi sin pensar o querer o sentir: “algunos amigos muertos/ y yo/ nos reunimos /en esas tardes de ocio /que abundan en la muerte/ y mientras /tomamos cerveza muerta/ y escuchamos música muerta/ nos sentamos a mirar la vida/ igual que los vivos/ miran la televisión”.

Nada nuevo hay bajo el sol. Eso lo sabemos gracias a que el Eclesiastés ilustra. Pero es posible hallar en la poesía algo que parezca recién descubierto. Algo que recuerde la novedad que hay en uno mismo. Finalmente el poeta (imagino) busca eso: compartir el misterio de lo más evidente y simple. He ahí su dificultad: “seguro que hay mucha ropa de suicida/ abandonada en las tintorerías/ (…)/ aunque los suicidas/ no solemos ser afortunados/ nos estorba todo/ hasta la muerte”.

Mi poema favorito (trivial, lo sé) es este. Podría ser el mejor de su obra reunida en este libro, con prólogo de Jorge Posada, o quizá yo lo sienta así por razones no estéticas sino de pura imantación sentimental.

The drifting cowboy canta hoy: “he trabajado siempre como cantante de bar/ los bares aquí tienen/ como atracción/matar al cantante/nunca he podido dejarlo/la paga no es buena/ pero tienes bebida y chicas gratis/ aunque es cansado/te matan y tienes que levantarte/ al día siguiente a trabajar/ y que te maten otra vez”.

Uno no tiene que ser cantante de bar para ponerse en lugar del personaje poético. Cualquier persona que haya estado en cualquier empleo “matado” comprenderá el poema. Sabrá qué quiere decir (sin juegos pirotécnicos, sin trucos lingüísticos), el poema dice lo que es y esa direccionalidad acierta: “Tienes 93 años/ entras a un zoológico/ y le preguntas a un mono/ ¿cómo te sientes?/ bien todo bien y tú cómo estás/ luego el mono da media vuelta / y no hace más que ignorarte”.

En un meme, la silueta de un hombre de espaldas, se da el lujo de poner “frases” que parten de lugares comunes, en alusión directa a los mensajes en las redes: “Sea feliz/ fracase” o “Cuídese de los extraños/ usted es otro”. Poesía, intención poética, vuelta de tuerca al lenguaje considerado para un solo formato (un meme es algo que sólo sirve para cierta referencialidad irónica), broma, chiste local y de vida breve (las alusiones a lenguaje de redes son efímeras), podría ser todo eso. Podría ser, incluso, que fracase y se vuelva en la historia de la literatura un juego más, un jugador más. Pero eso no tiene la mayor relevancia. Hemos aprendido que los pedestales son fríos y que las palomas aman cagarlos.

El atrevimiento es el gesto de los desposeídos. Y si la poesía no arriesga a ponerse en ridículo pensará demasiado de sí misma: “algún día todos/seremos ray charles/ todo nos será desconocido/ seremos desconocidos para todos/ y estaremos ciegos”.

 

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