8a227633b6613f2397586523173ea9d9

Borealis, de Rocío Cerón | Daniel Bencomo

El fiordo, el cielo, el presidio

 

Rocío Cerón, Borealis, FCE, México, 2016, 96 p.

 

Borealis, de Rocío Cerón, sugiere desde el título una escritura que se vincula a un fenómeno natural cuya percepción implica, como condición, la distancia: un acto contemplativo en el que se usa la vista como sentido primordial y sólo accesible en los extremos del mundo, común a los habitantes de las zonas nórdicas y evento extraordinario para los observadores privilegiados que, por alguna circunstancia favorable, puedan presenciarlo.

Así, este libro imprime dos distancias: la primera, propia de la aurora boreal en tanto eyección de partículas solares sobre la magnetósfera del planeta —de acuerdo con Wikipedia en español—, puro efecto o pureza de lo inasible, mosaico móvil de destellos y tonalidades; la segunda, una distancia que media entre la zona de percepción de dicho fenómeno y el espacio geográfico en que vive la lengua con que se ha escrito este libro. Se trata de una experiencia regida por lo extraordinario y lo distante inasible. Más allá del título, aquí se propone una travesía hacia tal experiencia contemplativa, personalísima, modulada en ocho estancias y pasajes que comienzan con una fase de despegue, continúan con una excursión por zonas geográfico-anímicas y culminan en una coda.

El registro que se despliega en las páginas de Borealis se ofrece a la primera lectura como uno complejo, de relación no inmediata con lo evocado, en el que se exploran posibilidades matéricas de la palabra, en versos de variados extensión y aliento que recorren lo largo y lo ancho de la página. En el plano formal, este compás de tensiones se ha desplegado paulatinamente en el trabajo de Cerón desde Basalto y encuentra en Diorama, su libro previo, un pico de realización. Quizá la analogía con ese principio físico que da pie a las auroras boreales sirva muy bien para preguntarse cuál es la condición, cuál la energía de la palabra que se proyecta y despliega en tonos mutantes sobre la magnetósfera-página cargada de signos. ¿Cuál es el carácter de tal energía en este libro? La primera sección de Borealis, “Borealis. Airship II, 2012, 3:24”, evoca el ascenso de un globo aerostático. Hay un alejamiento de la tierra, del carácter terreno —vital, político— de lo escrito, para pasar a una perspectiva que se libera de la cercanía —probablemente abrumadora— de los fenómenos que se muestran y acontecen en el lenguaje. La escritura se eleva hasta donde un pasaje vital puede asumirse como un punto a la distancia. En sentido contrario a Altazor —donde el vértigo del descenso convierte la percepción de la caída libre en un caleidoscopio de la vida moderna—, la partida de este globo aerostático sirve como traslado, preludio a las estancias intermedias del libro que evocan parajes y motivos de la región nórdica. Un gesto formal, constante durante todo el libro, aparece ya en las primeras páginas: hay una renuncia, en apariencia calculada, al uso de los artículos en buena parte de sus versos: “Raya vuela sobre opacidad (…) Objeto asido a punto cósmico”; “Estación galáctica al interior de reloj inglés”; “Inmersión en nube repentina (…) Lluvia: voces giratorias bajo veneno”; tan solo por citar la primera página. Este gesto, aunado a la declarada renuncia a ocuparse de los fenómenos de este aquí y este ahora, para hacerse a distancia, otorgan a estos poemas un gesto que se apuntala más en la abstracción que en la singularidad de la presencia, como si fueran eso precisamente: poemas-mosaico de reflejos, construidos en la asepsia de la altura, muy distantes de los poemas sépticos —pienso en Antígona González, de Sara Uribe— que tanto parecen urgir en nuestro espacio lingüístico.

La segunda estancia de este libro, brevísima, se llama “Un punto de esta distancia”, que viene a esclarecer lo que se intuía en la primera sección (“Vocación estelar: con los pies en el légamo, la mujer descubre que él no es quien dice ser”): a saber, que hay una especie de lamento elegiaco que se despliega en clave compleja, una pérdida o decepción personal que habrá de redimirse en esta escritura del lejos. La tercera sección consiste de imágenes que, en código visual, terminan por ubicar el sitio que evoca el volumen: un glaciar, alrededor de un fiordo islandés, como escenario: el parque nacional Vatnajökull. Las imágenes, descritas en el cintillo del libro como poesía visual, ubican ––sobre mapas apócrifos–– figuras de personas y animales en armonía con puntos de colores. Estos collages trazan, en su procedimiento, un paralelismo con aquellos que llevó a cabo en Catábasis Ex-voto (2010) Carla Faesler, es decir, recortar figuras humanas y disponerlas sobre imágenes de forma tal que ambas se disloquen al tiempo que se resignifican. Sin embargo, no considero en mi lectura que esas imágenes alcancen el carácter de poesía visual, ya que en ningún momento acusan un gesto o maniobra que disloque o ponga en entredicho el vínculo entre lenguaje visual y lenguaje escrito o la sintaxis de alguno de los dos.

El gesto global de este libro parece ser también una catábasis, un descenso a lo inhóspito con fines de expiación. Así, tras la estancia visual que se propone en “Cinco partes de una prosecución”, se abre el núcleo del libro con una sección de talante contemplativo, “Efnistöku (canto a mitad de ruta con un rostro cubierto de tizne y légamo)”. Efnistoku, vocablo de lengua islandesa, que puede interpretarse como “Extracción de la piedra”, da paso a “De cómo adentrarse en el glaciar de Vatnajoküll y sobrevivir con el soplo de un cometa en la boca”. El motivo principal, desde este punto hasta el final del volumen, es un verso que se repite en diversos textos: “Debajo de la lengua hay un presidio”. Verso grave, mas sugerente y lleno de posibilidades: ¿cómo es el presidio de la lengua?, ¿qué es lo que somete?, ¿cómo lo hace? Aquí se relaciona, al menos en la asociación en apariencia pretendida, con la imposibilidad del canto. Pareciera que este descenso de temperaturas, ascenso en la altitud del mundo, buscara una redención que permita a la voz volver a la poesía: “El hielo y su altura que devora.// De pronto, enunciación de la palabra aguanieve. // Sugestivamente, los primeros alisos vocales llegaron”.

Las secciones “Trances” y “Representación de la luz por el lodo” intensifican la sensación de catábasis, de rito de expiación. En ellas, el registro adquiere mayor densidad y lo evocativo de las secciones previas adquiere un tono más refractario, de exploración de dimensiones interiores: “No es. No. La gravedad que mata. La intención que acalla (…) No es el proverbio. La entonación del canto. El gallo. La insólita gota que perdura en capelo. No. Brilla la boca, rojo de Garanza, Carmen de cármenes. El rayo que sale entre sí exige la piedra”. Por otro lado, se da paso a una ceremonia verbal de redención que aparece como deshielo ya anunciado, como una especie de canto primaveral. “Sudor entre las páginas. Agua. Al azar el vocabulario familiar, la palabra alzada en tiranía. Tantos soles girando entre las sienes. Universo. Florecimiento de aguanieve y frutos vocales”. He ahí la voz que sale del congelamiento.

En este momento del libro, la palabra poética parece apelar a la redención y asumirse libre, lejos del presidio del hielo, para proyectarse como un golpe de reflejos que se torna memoria oscilante compuesta de destellos, fuerzas magnéticas jugando con(tra) la luz desde “un punto de esa distancia”. En un giro compuesto por tres movimientos, en Borealis la palabra se eleva para alejarse de lo vivido; desciende hacia la muerte del lenguaje en el hielo de la ausencia y vuelve a elevarse no para contemplar a la distancia una serie de hechos y sucesos “terrenos”, sino para disponerlos en un lenguaje-superficie de éter, instantáneo y poco aprehensible. De ahí que no resulte raro que aparezca citado Hiperión, el titán hijo de Gea y de Urano, que pareciera ser la figura rectora de este libro: “Observa los tropiezos de Hiperión, su movimiento íntimo, en eje”.

“Coda”, la última sección, completa el rito de expiación y reconocimiento del canto. La voz adquiere conciencia de sí en tanto exploración de la luz desde el vuelo o la ausencia; pero también en tanto reflejo fugaz sobre la página —y sobre toda la página, pues en Borealis se exhibe un abanico de posibilidades extensivas del verso: ya en aliento breve, ya en versículo o en prosa; ya con altas prosodia y cadencia, ya con puntuación y aliento entrecortados o imágenes aparatosas.

Borealis se ofrece al lector como una superficie. Textos dinámicos, proteicos, alternan dos registros: uno que lleva el significante hasta cierta tensión y lo vuelve su prioridad; y otro que recula hacia líneas más precisas, versos más sentenciosos, que apelan al prestigio de lo escrito en décadas anteriores “Prescindible es la muerte cuando se escucha el tiempo”. No en vano aparecen como figuras rectoras de este libro dos poetas franceses de la gran tradición, René Char y Francis Ponge, mentados en epígrafes. En buena parte del libro su tejido alcanza el logro; sin embargo, en algunos momentos, el verso tiende a ponerse pesado y acusa cierta pretensión, reflejada en líneas aparatosas: “Bajo los efectos de la hidrocodeína con acetaminofén un hombre masculla su vida entera” o “Cuerpos reflejados en gramática nodal”.

Si bien en la cintilla del libro los editores atribuyen a éste “cierta transgresión de los géneros literarios” y ubican a Cerón como “una de las voces esenciales de la poesía experimental mexicana”, Borealis aparece en mi lectura en otras coordenadas. El lector se encontrará con un libro de buena poesía con buenos poemas. No obstante, se trata ante todo de un libro de consolidación de un registro, el de una autora que conoce un repertorio de variantes y lo ejecuta de manera precisa y brillante. La transgresión de géneros no resulta evidente, pues el libro trabaja desde fórmulas muy frecuentadas por la poesía occidental de la segunda mitad del siglo xx. Hay una cercanía con los registros neo- y posbarrocos —desde Marosa DiGiorgio hasta Coral Bracho— que se asimilan con destreza y se llevan hacia una zona de neutralización: aquella que refleja una voz-primera persona lo suficientemente estable para no cuestionarse a sí misma. Por otra parte ,y para salvar las manidas discusiones sobre la forma —que muchas veces se reducen a un “eso ya lo hicieron hace un siglo los que sí fueron vanguardistas”—, me interesa pensar aquí el concepto de experimentación a partir de una idea que postula Henri Meschonnic en el ensayo “Manifiesto por un partido del ritmo”, aparecido en un número reciente de Crítica (…). Meschonnic sostiene “que hay un poema solamente si una forma de vida transforma una forma de lenguaje y si recíprocamente una forma de lenguaje transforma una forma de vida. (…) el poema hace de nosotros una forma-sujeto específica. Nos practica un sujeto que no seríamos sin él”. Si el poema plantea formas-sujeto y las practica, entonces el poema experimental ha de proponer, a su vez, nociones experimentales de sujeto puestas en cuestionamiento a través del lenguaje (poético). Aquí, sin embargo, el gesto formal de lograda hechura y más que interesantes momentos no alcanza esta condición, puesto que no pone en entredicho, no altera sintaxis culturales o lingüísticas, no hace devenir ni revisa condiciones subjetivas como la interconectividad, la multimedialidad, la violencia y la saturación de los individuos en una atmósfera de tensas condiciones políticas; la inmediatez y la evanescencia de la presencia y la palabra o la experiencia de ser y devenir lenguaje en un espacio y en un momento tan convulso como el de México y Latinoamérica. Por el contrario: creo que este libro apunta, en sus procedimientos formales, a establecerse muy en el centro de una tradición de poesía pulcra, bien ejecutada; pero se encuentra muy lejos de las lindes, las fronteras de lenguaje(s) en las que se explora y se ponen en cuestión, en este momento, muchas intuiciones y preocupaciones en la(s) lengua(s) de Latinoamérica. Realizado en el anhelo de coordenadas nórdicas y con la vista puesta en una aurora boreal, en las alturas, este libro está hecho a la distancia y ése es, en todo caso, su bien escrito presidio.