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Blanco Trópico de Adrián Curiel Rivera | Por Gabriel Bernal Granados

Plano para la conformación de una isla

 

Adrián Curiel Rivera, Blanco Trópico, Alfaguara, México, 2014, 372 p.

Después de Vikingos (Libros Magenta, 2012), una incursión en el terreno de la ficción pura, Adrián Curiel Rivera regresa con Blanco Trópico a una forma de hiperrealismo, o de realismo exacerbado, casi delirante, para contar la historia de Juan Ramírez Gallardo, un estudiante mexicano que vive en Madrid mientras termina un doctorado en economía. Como resulta previsible tratándose de quien se trata, un hombre alucinado por la sombra de su propia desdicha, Juan Ramírez Gallardo dedica su tiempo libre a la literatura. Escribe cuentos. De hecho, un solo libro lo ha obsesionado durante los últimos años, un libro que lo ha rondado en la forma de una pesadilla: una garza de ojos grandes picotea el espacio que queda libre entre la cabecera de su cama y la almohada, mientras Juan duerme. A ese libro imposible, que nunca terminara de escribir, Juan lo ha bautizado La garza ojona. (Todo el tiempo, Juan Ramírez Gallardo está rozando el calembur sin entregarse por completo a la vulgaridad que esta práctica supone.)

Una vez que ha terminado sus estudios de doctorado, Juan debe tomar la decisión de volver, en compañía de su esposa, a México; aquí se aclara el panorama del exilio como única posibilidad de supervivencia profesional, económica y moral para ambos y el hijo que esperan. Una isla en medio de la nada, en el mar Caribe, se convierte a partir de ese momento en el principal escenario de su travesía. Blanco Trópico es el sitio, demacrado, infértil, pintoresco, donde se recrudecen las acciones de esta novela.

Juan y su mujer, Marcia, obtienen sendos empleos en la universidad de Blanco Trópico, y de esta condición existencial, ambos adheridos a un aparato burocrático universitario, se desprende el sentido de sus predicamentos y el motivo de sus reiteradas disputas.

La vida de Juan con Marcia y Emiliano, el hijo de ambos, en una isla confeccionada a propósito para transparentar las emociones del primero frente al fenómeno de lo segundo (el hecho de estar casado y haber tenido un hijo), ocupa las más de trescientas páginas de este libro, decidido morosamente a recabar los detalles que integran la biografía de este personaje el cual, por una razón o por otra, se niega a tomar partido. El lema de Juan Ramírez Gallardo, tal como lo delata su actitud frente a la posibilidad de terminar su libro de cuentos, podría ser el de la procrastinación y la indiferencia frente a los hechos de una vida absurda que no puede ser modificada a riesgo de pervertir su esencia. Y la esencia de cualquier forma de vida humana en nuestro mundo está definida precisamente por su resistencia frente a la posibilidad del cambio. Juan Ramírez Gallardo acepta con una sumisión que raya en el cinismo los absurdos que acontecen en Blanco Trópico, recurriendo al paliativo de una ironía despiadada y por momentos escalofriante que aplica, en primer lugar, contra sí mismo y en segundo lugar contra todo lo que le rodea, incluidos su esposa y su hijo.

Si bien es cierto lo que observan los editores en la contraportada de su libro, cuando afirman que con Blanco Trópico Adrián Curiel teje los hilos de un diagnóstico elaborado y contrario a las manías que aquejan a las burocracias universitarias, también es cierto que las reflexiones del autor se sienten poderosamente atraídas por el imán de la vida conyugal y los conflictos de alcoba. Juan Ramírez Gallardo soporta con estoicismo admirable –y también es cierto, porque no le queda de otra– que su esposa lo llame Claudito y lo reconvenga por no haber madurado todavía, de la misma forma en que soporta la cadena de humillaciones a la que la vida lo somete con una dureza igual de implacable. El método de venganza de Juan Ramírez Gallardo se encuentra en la capacidad que él mismo desarrolla para la caricaturización de la realidad. Al contar su historia, en primera persona en la primera parte de este libro, Juan Ramírez Gallardo parodia y, al parodiar, volatiza la esencia negativa de los hechos mismos, llevando a cabo con esta operación una reductio ad absurdum. Si la postergación es el lema de las derrotas de Juan Ramírez Gallardo, la crueldad de sus observaciones podría, en sentido contrario, ser el punto culminante de su venganza privada.

Toda forma narrativa comporta una secreta venganza. Pero toda forma narrativa comporta y requiere de la construcción de un lenguaje propio. En el caso de Blanco Trópico, el lenguaje que lo informa está hecho a partir de la mezcla, casi inverosímil, casi ficticia, de argentino, español y mexicano. A partir de esta mezcolanza heterogénea, Adrián Curiel va tensando la cuerda de un relato nada fácil de armar. El interés que Blanco Trópico despierta en sus lectores se encuentra en esta forma de tensión psicológica, alterada por las cualidades, a veces felices, a veces discordantes, de su propio lenguaje. Yendo aún más lejos en este sentido, no es arriesgado ponerse a pensar en que el verdadero carácter ficticio de Blanco Trópico –es decir, la entidad y la reciedumbre de la novela– se encuentra en la invención de su propio lenguaje; algo que hubiera dado gusto a Flaubert, si se piensa que, para el inventor de la novela moderna, el lenguaje y la estructura del relato en su conjunto se encontraban por encima del desarrollo de una anécdota, la cual, por regla general, tendría que ser algo muy próximo a lo baladí.

La estructura de Blanco Trópico se asemeja a una bitácora de viaje. De hecho, la travesía de Juan y Marcia, su mujer, comienza en Madrid y termina en una supuesta Isla Morgan, bautizada así en honor al pirata, con sus respectivas escalas en cuatro “temporadas”: Heladez 2004 (y aquí me refiero al índice del libro), Huracanes 2005, Calor 2006 y Agua 2007. Antes que pensar en la furia de los elementos y la soledad del individuo frente a los desenfrenos de la naturaleza, la valencia estructural de Blanco Trópico remite a dos de sus referentes narrativos principales: el Robinson Crusoe, de Defoe, y La isla del tesoro de Stevenson. No hay gratuidad en esta afirmación si se piensa sobre todo en el carácter migrante de ambos libros, los cuales tienen en la isla el principal de sus escenarios y siendo ambos reflexiones concentradas o tangenciales sobre la moralidad de quienes las habitan, aunque sólo sea de manera transitoria. Blanco Trópico concentra la fuerza de su batería reflexiva en el comportamiento de Juan Ramírez Gallardo dentro del entorno restringido de su isla. Así resulta pertinenente la pregunta de hasta qué punto está justificada o no la abulia y el desdén que acompañan la perplejidad de Juan Ramírez Gallardo frente a los hechos de su propia vida. Frente a todo lo que ve, siente y escucha como si fuese la encarnación isleña de un insecto kafkiano, Juan se decide por no hacer nada. No se pronuncia nunca ni a favor ni en contra de las injusticias que padece ni mucho menos se rebela –acaso porque únicamente lo asiste el derecho a narrar lo que le ocurre y en la narración encuentra la forma ideal de una redención carente de compromiso con la realidad ambiente.

Así pues, todos los actos de Juan Ramírez Gallardo desembocan en la lubricidad de la nada y nosotros, junto con un personaje cada vez más desposeído de sí y cada vez más absorbido por el aparato burocrático del que tanto abomina, nos preguntamos al final de la novela si todo lo vivido en Blanco Trópico ha tenido sentido. Acaso toda esa cadena de insulceces que ha vivido Juan Ramírez Gallardo ha valido la pena en la medida en que todo se ha trasladado a la dimension de lo escrito y todo se ha convertido en la materia –temperamental y gozosa– de una novela.

Al final, Juan Ramírez Gallardo no se metamorfosea tanto en Adrián Curiel Rivera, su alter ego definitivo, cuanto en la fabulación que es Blanco Trópico: un compuesto atemporal de variantes idiomáticas de una sola lengua. Estas variantes sirven al autor para distanciarlo del ánimo corrosivo de su sátira, que está dirigida en contra de las formas de administrar el poder en nuestro tiempo y a favor, si caben las muestras a favor en nuestro mundo impío, de la literatura vista como una herramienta para la desconstrucción de nuestro personaje desde la perplejidad, el buen humor y el desencanto.

 

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