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Atar de ser de Mónica Sánchez Escuer | Por Felipe Vázquez

Los significados del silencio

Mónica Sánchez Escuer, Atar de ser, Instituto Mexiquense de Cultura, Toluca, 2013, 87 p.

El poeta debe tensar el lenguaje para hacerlo decir lo indecible. Para tensarlo debe prevalecer una actitud crítica no sólo frente al lenguaje sino ante una tradición poética, aunque no olvidemos que la actitud crítica frente a la tradición adquiere al cabo la forma de un diálogo. Atar de ser, el poemario de Mónica Sánchez Escuer, cumple estas premisas. Los epígrafes diseminados a lo largo del libro señalan el diálogo que Mónica sostiene con Emily Dickinson y Luis Eduardo Eielson, pero no es un diálogo parasitario ni hedonista sino problemático, es decir no recrea pasajes de la vida de los poetas ni parafrasea sus poemas, sino que aprehende los mecanismos de enunciación poética. Y ¿cuáles son esos mecanismos?
Por principio, el lenguaje de Atar de ser es sobrio, nervioso, decantado. No cede al facilismo de la tendencia coloquialista ni a los palimpsestos aglutinados de la corriente que en términos generales podemos llamar neobarroca. En contra de la proliferación verbal de ambas tradiciones, el lenguaje de Atar de ser es ascético y críptico. Si hemos de tomar en cuenta la advertencia que la poeta dispuso al inicio de su libro, diremos que los poemas están penetrados por el desierto, los versos están fracturados por esa sed que llamamos silencio. En efecto, parecen surgidos del vacío, hacen resonar el vacío en su interior y esa resonancia está habitada por múltiples posibilidades significantes.
Ahora bien, la tensión del lenguaje se basa en la fractura de enunciados y palabras para que surja un espacio de posibilidad significante, a su vez esos espacios crípticos se desdoblan en significados inéditos. El lenguaje ascético desemboca en la polivalencia de sentido. Podemos ver este procedimiento desde el título del libro. Si Sánchez Escuer hubiese titulado su libro Atardecer, habría sido un título sin capacidad seductora e incluso un poco romántico; en cambio, al fracturar la palabra, la abre a otras posibilidades sintácticas y significantes. Si para Heidegger la poesía es la casa del ser, para Mónica la poesía es atar de ser (el verbo atar está además sustantivado), la poesía implica la atadura de ser, el poema es una de las formas de aprehender el ser. Ahora bien, hay que tomar en cuenta que la palabra ser tiene varios significados, uno de ellos se refiere al sí mismo, ser referido a uno mismo. Desde este punto de vista, la poesía es atar el ser de uno mismo, el acto de la poesía implica la atadura de nuestro ser; pero atar el ser implica un reconocimiento de nuestra esencial otredad, es decir que nuestro ser está desatado e incluso alterado. La conciencia de que nuestro ser es un hacerse continuo, que nuestro ser es también un ser-otro con el que deseamos reconciliarnos, que nuestro ser es búsqueda de ser, nos conduce a concebirlo como carencia de ser. Y como carencia, el ser aspira hacia la completud de ser, desea a atarse a sí mismo. En varios poemas del libro hallamos la puesta en escena de esta búsqueda, signada por una angustia irónica que cede a veces a una crueldad fina y desengañada.
Si pasamos del título a los capítulos del libro, veremos que la propuesta de Sánchez Escuer continúa desplegándose de manera crítica: los cuatro títulos se forman a partir de la combinatoria semántica del título del libro: “Atar”, “Tarde”, “Arde” y “Ser”. A su vez, cada poema despliega de manera prismática los significantes. El último poema es un claro ejemplo de lo que digo, pues se titula “A tarde ser”. Si reunimos estos títulos, quedaría un calambur que es ya un poema, un poema que recuerda incluso los experimentos de poesía concreta del grupo Noigandres:

Atar de ser
Atar
Tarde
Arde
Ser
A tarde ser

La palabra “atardecer” no se enuncia pero está implícita. ¿La atadura de ser sucede al atardecer? ¿Arde el ser si tarde se ata? Este juego de palabras, por cierto, guarda cierto eco del famoso calambur de Villaurrutia:

y mi voz que madura
y mi voz quemadura
y mi bosque madura
y mi voz quema dura

Más allá de los ecos, vemos que la propuesta sintáctica y polisémica se mantiene desde el título hasta el final del libro, ello nos exige una labor lúdica de articulación y desarticulación de las unidades de significado.
Al lenguaje ascético y crítico corresponde, en otro plano, el lenguaje metapoético y erótico. Estos cuatro ejes se interpenetran y complementan en cada poema. Hay poemas críticos que se vuelven eróticos, poemas eróticos que al final son metapoéticos o poemas metalingüísticos que se resuelven en una confesión que revela más por sus reticencias que por sus aseveraciones. Más allá de los poemas de tema erótico, hay un flujo de erotismo en todo el libro que, como dije, puede tener un desenlace metapoético; sin embargo está muy lejos del erotismo hedonista —ése que celebra las gracias del ser amado pero en realidad sólo edulcora la imagen depositaria del deseo—; no, el erotismo de Atar de ser es una de las formas de la reflexión, incluso cuando el poema reflexiona sobre sí mismo; y este erotismo verbal, en su deseo de consumar la atadura de ser, toca a veces los márgenes de la amargura y el desengaño.
En párrafos anteriores hablé de lenguaje ascético. El ascetismo se basa en una renuncia a la materialidad del mundo para acceder a un orbe espiritual, pero en esta renuncia hay un ingrediente de crueldad, pues hay que aniquilar los deseos, hay que suprimir el goce de los sentidos, hay que incinerar el cuerpo para que florezca el espíritu. Cuando me refiero al lenguaje ascético de Atar de ser, hablo de un lenguaje que prescinde del aspecto comunicable y “gastronómico” del lenguaje y opta por un lenguaje condensado, prismático, breve, y críptico debido a la extrema voluntad de síntesis. Sánchez Escuer articula palabras y enunciados sobre la página como si dispersara un puñado de huesos y piedras en la vasta arena del desierto, traza un signo en la blancura, en el vacío, pero ese signo, debido a la disposición estratégica de sus breves elementos, se abre como una flor de signos, una flor cuyos bordes pueden estar, como en algunas plantas del desierto, pobladas de filos hirientes. Esta analogía no es gratuita, el lector que se asome a la poesía de Mónica Sánchez Escuer descubrirá que los poemas incluyen, acorde con su condición ascética, una visión áspera que limita con cierta crueldad, sin embargo esos signos afilados que asoman por el silencio de la página están habitados por la revelación.

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