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Anotaciones para una teoría del fracaso, de Gabriel Bernal Granados | Juan Carlos Reyes

La ballena que juró vengarse

 

Gabriel Bernal Granados, Anotaciones para una teoría del fracaso, FCE, México, 2016, 191 p.

 

Hay escritores que proponen, provocan. En Gabriel Bernal Granados (1973) encuentro a uno de ellos. Un autor al que casi ningún género le es ajeno. Pero no sólo eso: me encuentro con un libro que refleja un oficio como pocos. En las páginas de Anotaciones para una teoría del fracaso pude leer el trabajo de Bernal Granados como editor, fundador de editoriales y revistas, traductor, narrador, crítico y, lo más interesante, un autor refinadamente relacionado con el mundo de los libros y la pintura. Habrá quien me diga que Bernal Granados tiene un lugar en las letras mexicanas desde hace mucho tiempo, pero me parece que con Murallas, su último libro de relatos, y ahora con Anotaciones para una teoría del fracaso adquiere una posición de madurez estilística francamente admirable.

Como lo dice el propio autor, el fracaso invoca. La decepción y el derrumbe han sido motivo de ríos de tinta. No es gratuito que el autor cite un texto de Pessoa de 1913 en el que el poeta afirma que “conformarse es someterse y vencer es conformarse, ser vencido. Por eso toda victoria es una grosería. Los vencedores pierden siempre todas las cualidades de desaliento con el presente que los llevó a la lucha que les dio la victoria (…) Sólo es fuerte quien se desanima siempre”. Sin duda, es en Fernando Pessoa donde Bernal Granados obtuvo el título, tan sutil como provocador. Vale la pena detenerse en él: si sigo un método parecido al del autor, habría que desarmar el título en el sentido de un desmontaje amplio.

Por principio de cuentas, podría parecer que su intención es realizar una serie de “apuntes” que eventualmente lleven a una serie de hipótesis que comprueben el origen o causas del fracaso, pero su lápiz es mucho más afilado. Me parece que utiliza el término “anotaciones” con modestia, como aquellas líneas que se escriben al margen, a pie de página. Notas para uno mismo mientras se lee un libro o durante el tiempo que se pasa de pie frente a un cuadro. El autor comparte esas notas con el lector, le pide que lo siga en su flujo de pensamiento mientras recuerda lecturas de la adolescencia o visitas a museos y galerías en las que se topó con obras que marcarían su vida. Y el fracaso, tema central aunque de ninguna manera único del libro, lo emplea como un gran aglutinante de conceptos afines, aunque nunca sinónimos. No es la simple falta de éxito o el fiasco de ciertas intenciones, sino caída, ruina, algo que muy en el fondo deja de funcionar, aquello que se colapsa bajo la presión de la traición, el descubrir que nos encontramos frente a una empresa imposible, inasible por sublime o evanescente.

Aunque alguien me lo ha mencionado, no considero insensato hablar de la materialidad de un libro (su papel, su portada), porque me parece que todo ello habla tanto de un objeto cultural como del contenido mismo. El libro –estoy convencido de que como editor Bernal Granados lo compartiría–, es, en efecto, su contenido, pero también el autor, el papel, su distribución y el empeño de sus editores. En el caso que nos compete, el Fondo de Cultura Económica ha realizado un excelente libro, de pasta a pasta.

Los diecisiete ensayos que componen el libro, algunos muy cortos y otros con un aliento mucho más extenso, fueron publicados antes en revistas, suplementos literarios y otros espacios a los que el autor agradece junto a sus editores:  Laberinto, Crítica, Mandorla, Biblioteca de México, Confabulario o La Palanca. El asunto me parece que va más allá de un agradecimiento; es una manera de hacer patente lo que en otro lugar de libro Gabriel explicita: estos ensayos fueron escritos a lo largo de casi diez años, quizá por ello la madurez de la que antes hablaba se puede encontrar en el libro. Un autor tan obsesivo como parece ser Bernal, con toda seguridad revisó y amplió cada ensayo hasta que lo consideró completamente listo para formar parte de un libro de mayor envergadura. Dice Gabriel: “Fui escribiendo los ensayos que conforman este libro a lo largo de diez años. A medida que los iba haciendo, iba cayendo en la cuenta de que estaba trabajando en contra de la noción generalizada de que el siglo xix había sido un periodo transitorio, aburrido y acartonado en comparación con los primeros años del xx”. Diecisiete ensayos que hablan de la obra y vida de escritores como Stéphane Mallarmé, Herman Melville, Pierre Michon y Jorge Luis Borges; pintores como Paul Cézanne, Edgar Degas, Caspar David Friedrich, Thomas Eakins, Egon Schiele o Lucian Freud.

Me parece interesante mencionar mi propio cambio de parecer en lo referente a las pequeñas imágenes de algunos de los cuadros que el autor refiere a lo largo del libro: imágenes pequeñas y sin mucha resolución que casi siempre aparecen al final de los ensayos. En un principio, pensaba que hubiera sido una excelente idea tener reproducciones de mayor tamaño y a color. El segundo paso fue irlos buscando en libros o en Internet para tener una mejor referencia, pero pronto caí en la cuenta de que estaba cometiendo un error. Me parece que esas imágenes están simplemente a manera de referencia, un guiño para que el lector no se sienta tan perdido, pues el autor realiza excepcionales descripciones de los cuadros, que son uno de los placeres más delicados del libro. Por ejemplo, habla del cuadro de Edgar Degas, Después del baño, mujer secándose el cuello: “El cuerpo de una mujer, adivinado por el tacto del artista que ha comenzado a quedarse ciego, rompe las franjas verticales del fondo de la composición con las ondulaciones de su silueta. El cuerpo, sin embargo, está tallado a base de trazos verticales de crayón, que perfilan la sombra de omoplatos y espalda y contaminan de verde y de naranja la carnación del cuerpo en su conjunto”. Otro tipo de descripciones sumamente logradas son las que abren textos como “Eakins”, el cual da comienzo con una extensa descripción: “En este cuadro…”, y después de largos párrafos de confiarnos poco a poco una obra de arte a la que tenemos que ingresar a tientas confiando en las palabras del autor, finalmente sabemos que es un cuadro de Thomas Eakins. A manera de apunte, en este ensayo el autor juega con las posibilidades que la imagen del cuadro de Eakins abre, cosa que me recordó la manera en la que Georges Perec juega con las posibilidades de eventos, cuadros o imágenes en varios de sus libros.

El estilo de Bernal Granados no es sólo visible en las admirables descripciones sino, de manera general, me parece que su prosa tiene logros a lo largo de todo el libro. Anoto otro ejemplo: “Los vestidores huelen a herrumbre y saliva, añejada por décadas. La ropa, los vendajes y las grasas que se untan al cuerpo para engañar la hondura del guante contrario, acrecientan la sensación de sudor gélido y desasosiego que anquilosa los músculos del peleador antes de subir al cuadrilátero”. Si bien este estilo es rastreable en casi todos los ensayos, Bernal Granados no busca tan solo artilugios, fuegos artificiales que “engalanen” la prosa de manera estéril, también busca entre los intersticios de sus propias ideas. Como lector, uno se puede perder tanto en lo dicho como en lo que el autor calla. Espacios entre cuadros y libros unidos por ensayos, personajes, colores que no vemos pero que se encuentran allí.

Hay una conciencia de la escritura, como cuando el autor habla en uno de los ensayos: “Mientras escribo esto…” Existe también un constante diálogo con el lector, una clara invitación a penetrar tanto en el texto, o en cada uno de los ensayos, como en todos los libros, autores, pinturas, anécdotas que el autor va hilando con probada consistencia. Hablando de Los músicos de la orquesta, de Degas, dice: “Para tal efecto, [el pintor] nos ha colocado justo detrás de los primeros violines de la orquesta, y su pintura es una invitación a mirar desde ese particular punto de vista”. En otros casos es mucho más directo en su interlocución con ese lector ideal: “(vean los reflejos de la luz de las lámparas, cómo se concentran sobre la superficie de los vasos y las copas, definiendo la sensualidad de sus contornos)”.

Si bien todos los ensayos están logrados, como en cualquier colección de textos existen algunos que sobresalen. En este caso, los textos que me parecen más entrañables son aquellos en los que el autor inserta cuestiones personales dentro de digresiones y reflexiones sobre el fracaso, la  pintura o la escritura. En “El hundimiento del Pequod”. habla de un rompecabezas que armaron su hermano y él por separado. A él le tomó casi el doble de tiempo. En aquella época, nos cuenta, parecía que su hermano sería arquitecto. “Mi hermano no se convirtió en el arquitecto ni en el pintor que parecía en aquellos años. Se convirtió en ingeniero. Supongo que se trata de un logro suficiente, una profesión que ha llevado el sustento diario a la mesa de su casa. Sin embargo, algo me dice que mi hermano, en un momento dado de su biografía, se traicionó, traicionando, por así decir, el espíritu del Pequod”. Podemos ver más a Gabriel Bernal Granados en ensayos como este, al mismo tiempo que demuestra una de las afirmaciones más antiguas acerca de la literatura: la escritura es un proceso personal en la que se muestra la vida interna de quien escribe. En casos como éste, de manera directa; en otras, dentro del mismo libro, tal vez de manera velada. En el mismo ensayo cuenta cómo su hermano se ve impedido para realizar un brindis en su escuela porque está enfermo y lo sustituye alguien más que lo hace igual, o tal vez mejor. “A partir de entonces la vida de mi hermano fue cuesta abajo. Nunca volvió a ser el mismo y el movimiento pendular de la nave que viaja en alta mar en pos de la ballena blanca fue sustituido por la cruz del barco que se hunde hasta la punta del más egregio de sus mástiles”.

A lo largo del libro Gabriel equipara el tema del fracaso con el del naufragio. Será tal vez por ello que los ensayos que mencionan a Melville y Moby Dick son de los más seductores. Tal vez es el motivo más representativo del libro porque habla de una lucha con el absoluto, con lo sublime que nos supera. Ese naufragio es también una metáfora de la desolación que encuentra el hombre perdido, olvidado, que ha sido derrotado por su propia naturaleza o, en este caso, por el “espíritu moderno de una época”. Hombres y mujeres –aunque éstas se echan de menos en el libro– que “dejaron de ocupar un lugar central y se convirtieron, por voluntad propia, en entidades marginales”. Por ello el libro de Melville es central para el Bernal Granados. Una novela que destruyó a un autor, una historia que devoró a su artífice como la propia ballena blanca devora al Pequod, al capitán Ahab y al propio Melville.

Otra metáfora del fracaso la encontramos en Entre rounds, de Thomas Eakins. El autor dice que podemos ver únicamente al hombre derrotado: “No sabemos contra quién pelea, no sabemos en qué condiciones se encuentra su adversario, y esto es ya de por sí significativo: al sustraer al contrincante de nuestro campo de visión, Eakins nos permite vislumbrar la trama de un soterrado fracaso, que a diferencia de la victoria, no precisa de los demás para consolidarse”. Con esta metáfora no puedo sino recordar un cuento de Ricardo Piglia, “El Laucha Benítez cantaba boleros”, la historia de un boxeador que convierte el más grande de sus fracasos en la única razón para mantenerse con vida. Como lo dice Bernal Granados: “En un mundo gobernado por iconos mediáticos lo que ha cautivado la imaginación de escritores y de artistas no ha sido tanto el peleador invicto como el fracasado. No es difícil encontrar una respuesta para esta predilección: los héroes que concitan la admiración de nuestra época se alimentan de una humillación no retribuida”.

Se podría creer que el único tema del libro es el fracaso, y en ello también Bernal Granados encuentra un lugar en el que trabajar a profundidad con su escritura. Si bien el fracaso funciona como un centro rector de otros temas, éstos son en algunos casos casi tan importantes como el primero, ya que logran responder, cuestionar y dinamitar en cierto sentido el objeto cultural al que el autor se acerca como crítico. Además del fracaso, Bernal Granados se ocupa de la huella que en algunos pintores y escritores del siglo xix dejaron sus padres, como es el caso de Cézanne, Degas o Proust. Figuras de profundo respeto, hombres impregnados del espíritu racional y económico de la modernidad, padres que pronosticaron el fracaso en vida de sus propios hijos.  Aparecen, asimismo, la autobiografía, el boxeo, el ajedrez, el cambio de siglo como síntoma, todos temas en los que algo está en juego. Todos potenciales fracasos: “Todas las empresas de los hombres parecen condenadas al fracaso, porque todas nuestras acciones terminarán estrellándose contra la pared de lo inconmensurable”. Tal vez la más fracasada de esas empresas ha sido la propia modernidad, ese complejo entramado de valores y conocimientos que construyeron la identidad del hombre que cabalgaba entre los siglos xix y xx. Tal vez ese fracaso en un lugar que nunca encontramos, que se escapó entre los deseos de razón, economía y lógica absoluta. O quizá, como lo dijo el propio Melville, “It is not down in any map; true places never are”.

 

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