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Amor que se atreve a decir su nombre | Por Francesca Dennstedt

Amor de un solo nombre

 

Mario Muñoz y León Guillermo Gutiérrez (comps.), Amor que se atreve a decir su nombre, Universidad Veracruzana, Xalapa, 2014, 303 p.

 

 

Desde el boom editorial de El vampiro de la colonia Roma, y con la emergencia de una nueva identidad gay a mediados de los setenta, el género ha sido una cuestión más o menos visible en la literatura mexicana. Hace casi dos décadas se publicó De amores marginales (1996), la primera antología de cuentos mexicanos de tema gay. No sólo es una de las primeras antologías en tener como eje central una identidad marginal, sino que Mario Muñoz hace evidente la vastedad del material literario disponible así como la urgencia de estudiar el género como una categoría de análisis en relación a la literatura. De amores marginales es un libro único que funciona como testigo y catalizador de su época: su publicación no sólo rompe con el silencio motivado por el episodio devastador del sida sino que representa, como el mismo Muñoz señala, un acto de resistencia ante la nueva ola conservadora de mediados de los noventa. Quiero decir que De amores marginales es un libro marcado por su tiempo y Amor que se atreve a decir su nombre es, ante todo, el atinado proyecto de re-visitar y re-editar esta antología que, desde hace tiempo, no se consigue en librerías.

Toda antología busca definir su propio corpus canónico. A mi parecer, uno de los puntos más atinados del trabajo de Muñoz, y ahora de León Guillermo Gutiérrez, es precisamente la selección de cuentos: el lector se topa con los nombres clásicos de la llamada literatura gay –Luis Zapata, Luis González de Alba o José Joaquín Blanco– y, a la vez, aparecen nombres de escritores poco conocidos como Dolores Plaza o Fidencio González Montes. Los cambios en esta selección no son muchos: dos nombres se eliminan –Jorge Arturo Ojeda y Héctor Domínguez Ruvalcaba–, en la segunda antología se cambia el texto “Tu bella boca rojo carmesí”, de Ana Clavel, por “Su verdadero amor” y el libro pasa de tener dieciséis cuentos a veinticinco. La mayoría de estos nuevos textos corresponde a cuentos publicados después de 1996 y, de nuevo, los compiladores mantienen el espacio de escritores ya consagrados –Eduardo Antonio Parra e Ignacio Padilla– abriendo un hueco considerable a otros nombres. De las voces nuevas, vale la pena mencionar el cuento “Gatos pardos”, de Iris García, en el cual se narra la historia de Martín Flores Romero, director de Averiguaciones Previas de la Procuraduría, quien, junto con el comandante Chucho el Loco, está investigando el asesinato de cinco pinches putos. El detalle está en que a Martín Flores le gustan los putos: “Flores se mete en el asiento trasero del coche. Chucho el Loco ya sabe lo que sigue: hacer de catador tocando las verijas de las putas, hasta encontrar una con huevos que le guste a su jefe. ‘Es el arte de hacerse pendejo’, piensa el Loco, porque Flores, sobre todo borracho, tiene ojo clínico para detectar a las vestidas. El loco está allí para asegurarle al licenciado, contra las evidencias, que son hembras de veras”.

Si bien es cierto que este personaje puede volverse cliché –el típico macho que no puede reconocer ni la posibilidad de acostarse con otros hombres–, el manejo del lenguaje no sólo literario sino machista hacen de “Gatos pardos” uno de los mejores ejemplos de la literatura gay que se escribe en la actualidad. Por las razones antes mencionadas, en Amor que se atreve a decir su nombre se propone un canon de cuentos de tema gay, pero el cuidado puesto en la selección revelan las atinadas intenciones de los compiladores: más que proponer una lista exhaustiva o definitiva, estos nombres son una invitación a seguir leyendo literatura gay.

Ahora bien, el cambio más notorio es el propio título de la antología: De amores marginales. 16 cuentos mexicanos se convierte en Amor que se atreve a decir su nombre. Antología del cuento mexicano de tema gay. A primera vista, este cambio puede parecer acertado porque se declara que tanto la literatura como la identidad gay están fuera del clóset. Al mismo tiempo, es importante notar la decisión de utilizar la palabra gay porque así se demuestra que el sujeto homosexual se produce discursivamente: no se elige la palabra homosexual por su carga peyorativa y por sus implicaciones patológicas sino que se escoge una palabra que automáticamente sitúa al lector después de los setenta, en la visible y organizada emergencia de nuevas identidades. Dejando de lado el hecho de que la selección de cuentos parece indicar que ni en literatura lo gay se atreve a mostrarse libremente, que la puerta del clóset sigue entreabierta, es importante preguntarse cuáles son las implicaciones de trazar una antología siguiendo la línea de una política identitaria particular: hombres que tienen sexo y aman a otros hombres. Y al hacerlo, ¿quién está siendo excluido y cuáles son las implicaciones de dicha exclusión? ¿Qué política se esconde detrás de la tarea de antologar cuentos de tema gay? ¿Se puede sostener esta decisión si se piensa como una estrategia política? Y si lo es, la pregunta que permanece es estrategia política para quién. Con políticas identitarias me refiero a la tendencia de utilizar una identidad personal como base teórica para la construcción de comunidades coherentes y visibles socialmente. En este caso lo gay. entendiéndose en términos meramente masculinos, funciona como la base para construir y dar a conocer la literatura gay mexicana. Básicamente, quiero poner en cuestión esta decisión porque implica la exclusión no sólo de otras sexualidades marginadas como lesbianas o transexuales sino que la antología parece enfocarse en cierto tipo de gay, curiosamente en aquel que sigue defendiendo su posición de macho y rechazando a todo aquel que no se le parezca.

Para este punto, me parece pertinente pensar en el cambio del texto de Ana Clavel que mencioné anteriormente. Es fácil imaginar que la modificación puede deberse a cuestiones de calidad literaria, pero ambos textos cumplen con las exigencias del género, incluso podría afirmar que “Tu bella boca rojo carmesí” es un cuento más interesante simplemente porque la historia es menos trillada: Carlos saca provecho de las salidas de sus hermanas y madre para vestirse con sus ropas y salir a la calle a ser admirado. Quiero decir que lo que parece ser diferente es precisamente la representación de la identidad gay. En “Tu bella boca rojo carmesí” no está claro si a Carlos le gusta dormir con otros hombres –lo gay en la antología parece definirse a través de con quién se acuestan los personajes– o si solo disfruta ponerse vestidos de mujer. A diferencia de Carlos, los personajes de “Su verdadero amor” definen su identidad no sólo porque se acuestan con hombres sino por su condición de machos. Es inevitable pensar que esta historia está más en sintonía con el resto del libro que el cuento de Carlos.

Mis sospechas giran en torno al hecho de que pareciera que los compiladores prefieren abrir el espacio para identidades más estereotípicas de lo gay –aquellas atrapadas entre ser un macho o rebajarse a ser mujer, un puto– en lugar de poner en cuestión por qué esta representación es la típica y por qué es necesario seguirla alimentando. Entiendo que en una sociedad machista, donde además hay pocos lectores, es más fácil hacer visible la literatura gay y vender un libro que mantiene los códigos de lo femenino y de lo masculino: un libro que representa a lo gay como hombres que aspiran a ser mujeres –ese sexo débil, tenebroso y, por supuesto, despreciable– y, por ende, necesitan reafirmar su masculinidad. Cabe mencionar que uno de los pocos cuentos, si no es que el único, que problematiza la identidad gay más allá de hombres que aspiran a ser mujeres, es “El alimento del artista”, de Enrique Serna. Sin embargo, temo que lo que pese más, en este caso, sea el nombre del autor y no el acto de romper con la línea de la antología. En fin, esto necesita ser contestado y más aún si se piensa en las palabras con las que Muñoz cierra su prólogo: “Persistir en una actitud insumisa, pese a la comercialización de los sentimientos y de los cuerpos, es la difícil tarea que la literatura gay cumple en la contracultura nacional”. Para permanecer insumiso es necesario reconocer la identidad como múltiple y problemática, que escapa a una definición fija. La difícil tarea parece que radica en reconocer que, al fijar dicha identidad, el sujeto silenciado/invisibilizado puede ser, simultáneamente, un sujeto opresor que silencia y excluye.

¿Por qué no se incluyen lesbianas o transexuales en Amor que se atreve a decir su nombre? Se me ocurren dos posibles respuestas. Primero, la antología implícitamente sigue una lógica separatista, es decir, aboga por entender el lesbianismo como algo diferente de la homosexualidad masculina. Segundo, las razones son meramente comerciales, una estrategia de venta. Es curioso notar que Muñoz hace referencia únicamente a este último punto y reconoce que si las prácticas homosexuales generan repudio (aquí habla específicamente de finales de los noventa), lo suscita más el lesbianismo. Por ende, el lector infiere que el lesbianismo sigue siendo totalmente marginal y que, por el bien mayor –¿de quién?, ¿de los hombres gay?, ¿de la literatura gay?, ¿de las ventas?–, las lesbianas fueron excluidas de la antología. En cuanto a la lógica separatista tan defendida en los ochenta por escritoras como Monique Wittig, deja de tener sentido cuando se piensa el género como performance pero también como estrategia política puesto que se basa en tensiones, en crear relaciones adversas que se sostienen al borrar al otro. Además, en un país donde la lesbiana sufre doble marginación, ser mujer y elegir un género fuera de la norma, antes de escribir su propia historia necesita el espacio para hacerlo. Me parece bastante difícil aceptar que la respuesta sea la exclusión de lesbianas y demás identidades queers con la esperanza de que trabajen en una especie de antología queer cuando Muñoz reconoce, de manera implícita, que difícilmente habría el espacio para que se trabaje en dicho proyecto. En México, el movimiento LGTB fue encabezado por Nancy Cárdenas y es triste reconocer que en pleno 2014 la literatura gay se empeña en ser no sólo masculina sino patriarcal al borrar a las lesbianas y otras identidades. En fin, tenemos que repensar las prácticas basadas en políticas de exclusión. En el caso de la literatura, la tarea es poner en cuestión categorías como literatura gay. Amor que se atreve a decir su nombre, al elegir una categoría esencialista como marco, no solo sigue estas dinámicas sino que refuerza la misma estructura de poder que pretende cuestionar al fortalecer el binarismo ser un macho o ser un puto.

No podemos saber segura o definitivamente si Amor que se atreve a decir su nombre está contribuyendo a la confirmación o desestabilización del machismo y a la exclusión o inclusión de sexualidades marginales, pero si podemos agotar todas las posibilidades hasta encontrar mejores respuestas. Una posible respuesta es una antología sin un género “correcto”, una antología más queer. Ya en 1997, en el canónico ensayo “Ojos que da pánico soñar”, José Joaquín Blanco imaginó una comunidad de amantes más radicales, una minoría que no necesitaría hacer de la identidad la base de la resistencia: “Homosexualidades, heterosexualidades y otros membretes desaparecerán entonces”. Diecisiete años después, da pánico reconocer que proyectos como Amor que se atreve a decir su nombre se empeñan en probar lo contrario. La tarea es seguir cuestionando, voltear las cosas hasta encontrarles una nueva cara. Si en De amores marginales Muñoz sospechaba del regreso de los fantasmas del moralismo y conservadurismo, en Amor que se atreve a decir su nombre no cabe duda de que están ahí y, más que fantasmas, son monstruos de carne y hueso: el empeño en separar lo gay de otras sexualidades marginadas o, peor aún, pensar lo gay en términos fijos que se traducen en la dicotomía macho/puto, son algunos ejemplos. Pero no basta con ahuyentar a los monstruos, hay que combatirlos si se quiere eliminarlos de una vez por todas. En Amor que se atreve a decir su nombre la identidad gay no solo tiende a seguir patrones machistas y patriarcales sino que falla porque no logra reconocerse dentro del mismo sistema que pretende poner en jaque.