Lilia Luján

Yunkú | Emiliano Álvarez

 

Un álamo delata el secreto del cenote:

“sus raíces robustas necesitan acceso ilimitado

a los mantos acuíferos.” Del techo de la cueva,

gotean colmillos pétreos que, pacientes,

resurten lo profundo. Afuera se explayan

las catorce hectáreas de la hacienda

 

a la sombra de este árbol desmedido, icono

que anida en el trofeo de agua cristalina

habitado por murciélagos. “En la actualidad,

 

y después de varios años de restauración,

se ha habilitado la hacienda para fungir

como un lugar magnífico de placer y descanso.”

 

Y es que había que apuntalar los techos, traer

vigas potentes, resanar los orificios, hacer fuerte,

de nuevo, la osamenta maderosa de los cuartos.

 

En el cenote, los niños nadan, y el agua tan limpia,

tan destilada del pasado. La sombra del álamo

calla su testimonio y da un frescor generoso.

 

***

 

El resto del lugar tampoco defrauda

la descripción del folleto. “Sobre un camino

blanco (Sascab) y a unos cincuenta metros,

 

se ubica una recámara equipada con cocina,

que está en el corazón de la vieja fábrica.

La habitación es ideal para parejas.” Usamos

 

la llave voluntariamente antigua que nos dieron,

y el cuarto nos regala un aroma a yeso frío

y un racimo de colores mexicanos, puestos

 

a la vista meticulosamente. “Entre la maquinaria

—ruedas y engranajes, chimeneas— y esta singular

habitación se encuentran dos recámaras usadas

 

en su tiempo de bodegas.” Dormimos, cansados

por los cuarenta grados celsius que anuncian

en la tele, por el esfuerzo de flotar en el cenote.

 

***

 

De pronto, en el vaho de la sombra, surge un tufo

a quemazón y desaliento. La protección del álamo

se vuelve tímida y no alcanza a refrescar el ardor

 

que se respira. Es la fiereza del henequén

que va tejiendo sus amarres, sus latigueos fanáticos,

su fortaleza enorme. Gritos. Arañazos. Un tambor

 

de paredes y cadenas. Se suplica un poco de agua,

huele a mierda y a orín, y en los torsos se asoman

las costillas, y parece que la puerta de barrotes

 

se copia en esos cuerpos y aprisiona con más

fuerza y más íntimamente su resuello.

Bodegas, sí, pero a su amparo, no se amontonan

 

triques y herramientas, yuntas y cereales,

sino gente morena, lastimada en la espalda

y de estómagos huecos. Los veo y no me escuchan.

 

De pronto, un par de hombres les abre el encierro

y los conducen al pie de la escalera principal —la que va

del pasto a la estancia del patrón y su familia.

 

Comienza el Malebolge: un fuego que enrojece

aún más la pintura de la hacienda revela a un hombre

con camisón de lino. Junto a él, hay una hamaca

 

y, dentro, la desnudez, temblorosa y morena,

de otro hombre. El primero alza la voz y dice algo

del castigo y del perdón, de redención y de nobleza.

 

Tras un gesto, el capataz —robusto, decidido—

llega a su lado y con decisión de toro empuja

la hamaca a la pared, reiterada, reiteradamente.

 

Cuando la pared se humedece y se emplasta

y la sombra de la hamaca comienza a encharcarse,

el patrón, más blanco cada vez, se desnuda

 

y su piel es la de un animal fustigado.

Invoca a San Lázaro, de hinojos, se persigna,

obliga al hombre de la hamaca a levantarse.

 

Lo abraza con tanta estrechez que pareciera

amarlo. El fuego ilumina los estigmas de la lepra

y ambos cuerpos parecen una sola figura sudorosa.

 

***

 

“La Hacienda cuenta con dos corredores

al norte y sur de la casa principal. Desde allí,

se tiene una bellísima vista a los jardines

 

para disfrutar de la vegetación y el canto

de las aves.” En la mañana, además, unas risas

flotan en el aire desde el cenote hasta la casa.