"Agonía del viento" - Arte de Félix Enrique García Luna

Vela de Alberto Blanco

"Agonía del viento" - Arte de Félix Enrique García Luna

“Agonía del viento” – Arte de Félix Enrique García Luna

LA LUZ DE LA MEMORIA

Existe una luz cuyo origen, por más que nos esforzamos en descubrir, escapa a nuestra inteligencia, pero no a nuestra sensibilidad. Una luz que sigue allí, brillando en la oscuridad, aun cuando hayamos apagado ya la lámpara de noche, con los ojos irritados por el inminente reposo. Una luz que ilumina el sueño y otorga a sus colores una intensidad que muchas veces no alcanzan ni bajo el sol radiante del verano. Una luz que como guía me señala el principio: un centro que está en todas partes, de la misma manera en que los orígenes de los ríos se encuentran no sólo en los manantiales o los glaciares que al fundirse les dan vida, sino en las nubes que no saben de fronteras y en el mar que se evapora minuciosamente… y hasta en los mismos ríos que tarde o temprano desembocan en el mar. Una luz cuya circunferencia ciñe con su recuerdo todas y cada una de estas palabras.

De manera parecida intentar remontarnos hasta los primeros o más antiguos recuerdos en nuestra mente no es una empresa menos aventurada o absurda que buscar las fuentes de un río… el viaje termina por desembocar en la totalidad del mundo y, si no sonara tan grandilocuente y excesivo, me atrevería a decir incluso que en la totalidad del universo. La totalidad de nuestra vida. Un recuerdo lleva a otro y a otro y a otro, viajando a través de una densa y extensa red tejida por el lenguaje, bien sea éste íntimo y silencioso, o bien sea expresado públicamente en el trato con los demás. Una red que nunca deja de mostrarnos cómo hasta el más mínimo de nuestros recuerdos está imbricado en una intrincada telaraña de memoria, de tal manera que sólo concatenados, hilados, los conocemos, y no hay punto de partida que no nos haga desembocar, tarde o temprano, en el recuerdo total de nuestra vida.

Pero, por supuesto, hablar de un recuerdo total no deja de ser más que una hipótesis, aún en aquellos casos en que una persona que se propone recuperar el tiempo entero de su vida dedica todas sus fuerzas a este propósito, pues no hay forma de volver a poner en foco todos y cada uno de los detalles de lo que hemos vivido. Y no sólo aquellos detalles que sí alcanzamos a observar en su momento y que han ido conformando nuestra vida, sino de todos, bien sea que los hayamos advertido a la hora de vivir cualquier experiencia o no. El hecho de que todos esos innumerables detalles pasen por el estrecho filtro de la atención consciente no quiere decir que otros diez mil que han escapado a la misma no ejerzan tanta o hasta más influencia en nuestros actos, decisiones y olvidos, sentimientos y sensaciones, que aquellos otros de los que sí logramos conservar cierta memoria.

Además, hay que tomar en cuenta una circunstancia en extremo misteriosa de la memoria que, en la medida en que la ejercitamos centrándola en algún acontecimiento que por algún motivo atrae poderosamente nuestra atención, la experiencia recordada va cambiando, y se va viendo cada vez más influida y afectada por el recuerdo… es decir: por todas esas historias que platicamos —y que nos platicamos nosotros mismos— a la hora de recordar cualquier cosa. Así, entre más recordamos algo, más lejos estamos de la verdad del hecho originario, y más y más inmersos en el poder evocador de la literatura y su capacidad de inventar historias.

 

LOS SUEÑOS DE LA MEMORIA

Basta con que un recuerdo se encienda para que a su llamado comiencen a congregarse otros recuerdos, y gracias al contacto, al calor irradiado o a la simple y llana cercanía se enciendan, con razón evidente o acaso sin tener mucho que ver con el primer recuerdo. Así comienza a urdirse una vez más el laberinto de siempre donde unos recuerdos amados interpenetran a otros que tal vez nos resultan menos gratos, pero que, sin embargo, insisten en hacer acto de presencia concitados por el fulgor de un primer recuerdo. No es raro entonces ver aparecer escenas de nuestra vida que no sólo parecían olvidadas, sino que habían permanecido en el más estricto sigilo por décadas sin que la energía correcta, la motivación justa, el estrecho canal de neuronas, se prendiera hasta llevarnos al instante preciso, cristalizado al paso del tiempo en una forma perfecta, única, de acuerdo con una manera particularísima de hilvanar axones y dendritas en la sinapsis de nuestra memoria. Una forma que ya por sí misma nos dice más de lo que acaso pudimos sentir entonces y nos significa también mucho más ahora que recordamos aquella escena olvidada, que lo que quizás esa misma escena nos hizo pensar o sentir cuando sucedió por primera y, en un sentido estricto, única vez.

Claro que hablar aquí de forma no ha de reducirse a la forma visual de un recuerdo, que es la más socorrida; ni sólo a las impresiones auditivas que lo conforman, pues todos los sentidos participan en mayor o menor grado en la tarea de la vida y el recuerdo, y aún los sentidos que por limitaciones de nuestro idioma no sabemos o no podemos siquiera nombrar, y que otras culturas más antiguas o más sofisticadas sí han logrado traer a la conciencia. Bástenos pensar en las sutiles distinciones que desde tiempos muy remotos se hicieron en la India o en China, y que además de los cinco sentidos que nosotros reconocemos consideraban otros, que no por ser más sutiles resultan menos reales. Pero incluso si pensamos en nuestros buenos cinco sentidos, ya lo dejó sobradamente demostrado Marcel Proust en su saga en busca del tiempo perdido: existen más memorias ocultas en el aroma o en la textura de una magdalena, en la temperatura de una taza de té, en un gris atardecer parisino de primavera o en un cierto dolor corporal, que en la urdimbre de historias que el habla teje a su conveniencia y conforme a sus limitaciones.

¿Qué podríamos decir entonces de recordar los sueños? ¿Hasta qué punto el sueño recordado no es sino otro sueño, un sueño de la memoria?¿Y qué decir de aquellos recuerdos, no completamente en foco, de la duermevela? Foco, fuego, vela, sueño, duermevela. Ramillete de metáforas encendidas. Sueños de sueños. Recuerdos de recuerdos. Como bien lo vio ese extraordinario explorador, lo mismo de los sueños que de los recuerdos y de la llama de una vela, Gastón Bachelard: “la llama de la vela convoca a los sueños de la memoria”. Imán de imágenes, la solitaria llama de una vela nos convoca a la imaginación. Gracias a la llama, tomada como objeto de sueño, las más desvaídas metáforas llegan a ser realmente imágenes.

 

LA LLAMA DE UNA VELA

La imagen de un cerillo —un fósforo— que se enciende gracias a la energía de frotación que le ofrece la resistencia de un pequeño trozo de lija me trae de inmediato a la memoria aquella secuencia prodigiosa de una de las grandes películas de Tarkovsky, Nostalgia, en la que se puede ver a un hombre haciendo todo lo que está de su parte por mantener la llama prendida de una vela que le ha sido confiada en un paisaje en ruinas, contra el viento que sopla inclemente y que amenaza con apagar la vela en cualquier momento. El hombre protege con sus manos, con su abrigo, con todo el cuerpo, con su voluntad, sus movimientos extremadamente cuidadosos y su atención, la llama de la vela prendida, como si en esa humilde porción de paraíso calórico (o de infierno, dependiendo del uso que se le dé a la llama) se cifraran todas las posibilidades de sobrevivencia de nuestra especie. Cuando llega, al fin, exhausto al otro extremo del espacio limitado por grandes muros de piedra que ha tenido que recorrer con el sueño del pequeño fuego entre sus manos, nos recuerda cuán frágil es la condición humana, por una parte; la vida misma, incluso; pero también nos hace reflexionar en lo precaria que es la civilización que entre todos hemos construido a lo largo de miles y miles de años, y que un día sí y otro también se ve amenazada por la violencia, la sinrazón, la falta de confianza y el desánimo. Esa delgada cáscara de protección que es el arte, la cultura, no ofrece más seguridad que la tambaleante llama de la vela de Tarkovsky, pero, a la vez, encierra en el arduo corazón de su propia naturaleza todas las posibilidades del calor humano. El recorrido incierto de esa llama es una viva imagen del proceso mismo que nos ha ido convirtiendo en hombres. Reminiscencia del mito de Prometeo, legendario ladrón de fuego, cuyo altar alumbraba siempre en la célebre Academia de Platón, y en cuyo honor se llevaba a cabo cada año una carrera de antorchas encendidas.

Para los espectadores de aquella época Prometeo era conocido, en primer lugar, a través de los famosos poemas de Hesíodo. Pero a los atenienses también les era conocido, sobre todo, por la fiesta local de las Prometeia, que incluía una carrera de antorchas que constituía un verdadero ritual de renovación del fuego. Entre más rápidamente franqueaba el fuego, la distancia entre su punto de partida —el del fuego nuevo— y su punto de llegada —el sitio en que se encendería nuevamente— mejor conservaba toda su potencia original. En su calidad de ladrón de fuego, Prometeo era la encarnación divina del arte y la tecnología —que no eran entonces dos cosas distintas—, esos rasgos que distinguen al hombre del animal, pero cuya conquista tan caro cuesta.

En el poema “The Torch-Bearers’ Race” (La carrera de los portadores de antorchas) Robinson Jeffers compara esta carrera con el proceso de relevos de la civilización. El mejor ejemplo de conservación de la llama de esta vela podría ser el que nos dieron los monjes irlandeses en cuyas manos vino a quedar depositada la civilización de Occidente por más de cien años. “Es difícil de creer —escribió Kenneth Clark— que por tanto tiempo la cristiandad de Occidente sobrevivió en inhóspitas rocas en medio del mar como Skellig Michael, un pináculo de piedra que se eleva 700 pies sobre el nivel del mar a muchísimas millas de la costa de Irlanda.” Sin el trabajo devocional de los monjes irlandeses y su labor de copistas y escribas en los siglos VI, VII y VIII de nuestra era, se habría perdido prácticamente todo el legado de Occidente y sería impensable el mundo tal como lo conocemos. Y todo gracias a la frágil llama de la civilización.

Todas nuestras esperanzas están puestas en la luz de profesión bailarina de esa llama. Y conste que no se trata de pecar de ingenuo optimismo. Porque, como bien dice John Berger “no es lo mismo la esperanza que el optimismo. El optimismo es acaso la consecuencia de un buen pronóstico, sobre la Bolsa, por ejemplo. Pero la esperanza es como la fe, sostiene a la gente incluso en la oscuridad. Es como la luz de una vela”. Por eso nos resulta absolutamente indispensable mantener la llama prendida. Aún si —como acontece en la citada secuencia de Nostalgia— la llama de la vela se apaga en el camino. Porqué, ¿quién no ha sufrido más de una vez en su vida las contrariedades del viento? ¿Y quién, que haya vivido lo suficiente, no ha experimentado el viento furioso de una tormenta o de un ciclón? Pero para eso está el ingenio del ser humano y nuestra capacidad de perseverar… hay que volver a prender la vela. Una y otra vez, si la vela se apaga hay que prenderla de nuevo. Porque aquí ya no se trata de optimismo ni de pesimismo. Es simple y sencillamente que para vivir es necesario que, en medio de la oscuridad, la luz de la esperanza esté prendida siempre. Como decía Ivan Malinowski: hay que vivir como si hubiera futuro, como si hubiera esperanza.

“Quisiera saber de qué color es la luz de una vela cuando está apagada…” —decía Lewis Carroll—, para rematar un poco después: “pues eso mismo es la esperanza: la luz de una vela cuando está apagada”. Luz apagada. Luz silenciosa. Luz negra. Ya vamos viendo de qué luz estamos hablando para entrever acaso, así sea del modo más oscuro, qué clase de iluminación podemos esperar de semejante llama. Una clara luz que viene de dentro. Una luz propia de una segunda naturaleza. Una luz que no se recibe, sino que se irradia. Quien vive y ha comprendido todo este proceso, soñando sin sueños, pensando sin pensar, ya no recibe la luz desde fuera sino que la irradia: belleza de la creación.

Texto publicado en la edición 152 de Crítica


Escrito por Alberto Blanco