Tres poemas | Por Jesús Ramón Ibarra

MANÉ O DEL ALIENTO
AL ENTRAR en su cuerpo
Mané quema las naves
Deja ceniza a orillas del misterio
Un túmulo amansado
y la resignación
de los que no salen indemnes
de la guerra
Al entrar en su cuerpo
Mané se instala en los rincones
Fija su hiel entre sombras
Pasea los perros de su lengua
Donde la voz
cruenta
elabora dictámenes precisos
Al reconocer las galerías de su cuerpo
Mané busca la sangre
De un bolero enconado
La miel grávida de su nota
Y el pulso inamovible de su caza
ELSA SOAREZ se despidió cantando.
En la noche, un bolero izó su velamen
y se dispersó en silbos
por la escollera.

Elsa Soarez se despidió
con notas de su sangre cautiva.
Caminó –incondicional vigía del viento–
por el malecón y su voz de colmenar,
su voz de avispero en la noria,
su voz de arena movida por el peso del aire
alimentó la playa de Sao Paulo
y tomó el camino de los misterios.

Elsa Soarez no pensaba en Mané,
ni en su triste condición de enfermo
que atraviesa a caballo una fiebre de pájaro roto.

No pensaba en aquellas tardes,
juntos, entre el cauce del fontanar,
en un jardín de Ámsterdam,
y los cuerpos acunados en un mismo
y doloroso temblor de amantes
que se despiden.

Ella se despidió cantando y el bolero
–un barco de luz marchitada,
un bajel de piedras vivas y flores–
se la llevó consigo entre la niebla de un otoño lento.
Interminable.
AL FUEGO de la voz
Se cocinaba el hambre
Al fuego de la sangre
Oscuros bocados palpitaban
Al fuego de la lengua
Donde la tensa nota
Desplegaba su tizne
El hambre
Transitaba con lauro
Abrazaba las piedras
de la casa
Le daba flor y polvo
A sus cimientos
Al transitorio gesto de los hijos
Al aullido tenaz en que dormían


Escrito por Jesús Ramón Ibarra