Tres poemas | Por Adalber Salas Hernández

XIV

para Alejandro Castro

Apenas estaba empezando la adolescencia,
cuando leí en la carátula de un
libro la frase El 18 Brumario de Luis
Bonaparte. No lo compré.
Debo haberme llevado de la librería
algo de ciencia-ficción, seguramente
Isaac Asimov. Sin embargo,
ese título se me quedó en la cabeza.
Un brumario sólo podía ser
una antología de la bruma, un volumen
capaz de encerrar toda la niebla
del mundo.
No tenía idea de quién había sido
ese tal Luis Bonaparte, ni me importaba.
Tiempo después lo averigüé
y francamente siguió sin importarme.
Nada más pensaba en aquella bruma
obstinada, redundante, colándose entre los huesos
como artritis. Un espesor pálido
donde tragedia y farsa compartían
el mismo peso idiota. Una blancura
como un animal triste.
Imaginaba que en su interior
andábamos a tientas, convenciéndonos
de saber hacia dónde, sin percatarnos de las ratas,
los insectos mudos e insistentes, las criaturas
de las profundidades oceánicas, que
no han cambiado en millones de años
–los verdaderos dueños de la historia,
sin antecedes, pruebas o linajes,
los herederos de la tierra en toda su aridez:
los que no testimonian
por nada ni nadie,
los que no piden perdón o salvación,
los únicos que saben leer en el brumario
la repetición sorda de la vida.

XXI
(Cadáveres para Néstor Perlongher)
Hay cadáveres con y sin rostro, con y sin
miembros, con y sin ataúd, y aunque dicen reconocerse
como iguales, no han logrado resolver aún sus rencillas,
formar una república independiente de ultratumba,
ni tan siquiera sindicalizarse.

Hay cadáveres que cavan túneles para escapar
hacia el otro lado del planeta, hacia
una nueva vida –o al menos una muerte más prometedora.

Hay cadáveres que sólo pueden caminar
de espaldas, con pasos tímidos, como quien
se pone tacones por primera vez.

Hay cadáveres que, orgullosos, siguen votando en
sus países de origen; algunos incluso han llegado
a vestir la banda presidencial.

Hay cadáveres que fueron lanzados al mar
para que sólo el agua recordara sus nombres
(pero no fue así).

Hay cadáveres que padecen de anorexia
porque nadie habla de ellos.

Hay cadáveres que insisten en grabar sus rostros
sobre paredes, cortezas de árboles,
sudarios: selfies milagrosos.

Hay cadáveres que pactan con los gusanos
que los devoran; con ellos fundan una nación
subterránea, un pequeño país en descomposición.

Hay cadáveres que dejaron sus retratos
en palacios, ministerios y cuarteles, creyendo
que podrían espiarnos desde ellos
(pero no fue así).

Hay cadáveres que llegaron puntuales
al olvido, pero impuntuales a la muerte.

Hay cadáveres que están a punto de ser echados
del panteón nacional –hace décadas que no pagan
con hazañas la renta.

Hay cadáveres que por nada del mundo se quitan
el uniforme, las insignias, las
medallas, convencidos de una inminente
resurrección de la carne (pero no es así).

Hay cadáveres que regresan porque la inmortalidad
que imaginamos para ellos está mal amoblada, las
lámparas no encienden y siempre se cae la señal del wi-fi.

Hay cadáveres que no pueden hablar de estadísticas,
números, desapariciones, porque se les traba
la lengua. Aún esperan la oportunidad
de testificar contra los vivos.

XXIII
(san John Coltrane en los infiernos)
Prefiere tocar aquí, aunque haya pésima
acústica y apenas se escuche la respiración
áspera del saxofón. Prefiere montarse en escena a pesar
del micrófono dañado, la mala ventilación, los tragos
sin hielo. Aquí, a tan sólo quince minutos
de la eternidad, si no menos, entre los yonquis
y las putas trasnochadas, entre los condenados por anfibios
o ambidiestros, por faltos de simetría, aquí, bien lejos de
los coros celestiales, donde ya no queda espacio
para un ascenso más. Porque esta música solamente
puede subir, fue hecha con esas cosas que se derrumban
sin un crujido, sin pedir perdón. No separa la carne del día
de los huesos de la noche, no se sienta a la diestra
de nadie. Lluvia dura, viento de hojalata, cielo
inconcluso y terco, música que lleva en el costado
una herida que no sangra, luz que busca
hacerse polvo entre las manos.