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Qué me encantaba | Ellen Bass

Versión de Rodrigo Flores Sánchez

¿Qué me encantaba de matar a los pollos? Déjenme comenzar

con el camino hacia la granja, cuando la oscuridad

se hundía de nuevo en la Tierra.

La carretera húmeda y brillante como el listón plateado

de un caracol, y el huerto

con sus ramas escuálidas. Me encantaban los delantales amarillos

de goma y el modo en que Janet anudaba mi tirante roto.

Y los altares de acero inoxidable

que blanqueábamos, Brian afilando

los cuchillos, probando el filo con la uña de su pulgar.

Las ochenta y ocho gallinitas agazapadas en sus cajas.

Envolviendo con mis manos

sus alas blancas, las metía en la urna cónica.

Algunas se mostraban desprevenidas al estrecharse el mundo;

algunas cacareaban y revoloteaban; algunas luchaban.

Asía una por una, doblaba sus patas brillosas,

sacaba su cabeza a través del embudo para sacrificio,

su pico de queratina y la hirsuta y vascular cresta roja

que alguna vez las mantuvo frescas

cuando picoteaban en su mansión de herbaje.

Yo no veía esos ojos pétreos. No pedía perdón.

Deslizaba la navaja entre las plumas y hacía

rápidos cortes semicirculares, cercenando

las arterias justo debajo de la mandíbula. La sangre escurría

como vino de una botella. Después, al ver su miga de corazón,

me cuesta creer que una estrella tan pequeña

pudiera brillar de esa forma. Levantaba cada cuerpo, lo sumergía en agua caliente

hasta que la escamosa membrana de las patas

se desprendía bajo mi pulgar.

Y luego de ser lanzadas al desplumador,

me encantan las aves recién desnudas.Al separar

con precisión cabezas y patas de las articulaciones: riquezas

de un hombre pobre para un caldo dorado. Hacer

una grieta, alcanzar su cavidad,

liberar los órganos, el derrame del intestino, las mollejas teñidas de azul,

las bolsitas de los pulmones, los corazones majestuosos,

y aflojar, escrupulosamente, de la vesícula el hígado fofo,

su amarga bilis. Y la fascia desplegándose

como un abanico transparente. Cuando jalo el esófago

por el pescuezo, me encanta la succión y la distensión

al desprenderse. Luego cerceno el ano con su grisácea perla

de caca. Una y otra vez, mis manos exploran

cada cueva, aprenden a ver con las yemas de los dedos.

Como forastero en un país desconocido,

entrando en iglesia tras iglesia. En cada una, las mismas figuras

de la Virgen, el Cristo crucificado,

que siempre consideré aterrador,

hasta que Marie dijo que era tierna,

la imagen más tierna, cada santo y cada prisionero político,

cada poeta encarcelado y cada monje en llamas.

Pero aunque tengo todo el tiempo del mundo

para pensar pensamientos así, no lo hago.

Estoy en blanco al enjuagar cada esqueleto,

y esto es lo que más me gusta.

Como cuando se apaga el refrigerador y escuchas

el silencio. Mientras el sol ascendía

nos quitábamos nuestras sudaderas y trasladábamos las hieleras a la sombra,

pero salvo eso, no transcurría el tiempo.

No tenía hambre. No deseaba detenerme.

Estaba tomando aire de una reserva luminosa.

Doblábamos cada pollita, colocándola en una bolsa de plástico,

las congelábamos y las subíamos a los coches.

Amaba la verdad. Incluso en esta única cosa:

ver de frente a lo terrible,

el pacto unilateral que hacemos con lo vivo de este mundo.

Al final, restregábamos las mesas, con la manguera limpiábamos la sangre seca,

la mancha que florecía a través del agua.

what did i love // Ellen Bass // What did I love about killing the chickens? Let me start / with the drive to the farm as darkness / was sinking back into the earth. / The road damp and shining like the snail’s silver / ribbon and the orchard / with its bony branches. I loved the yellow rubber / aprons and the way Janet knotted my broken strap. / And the stainless-steel altars / we bleached, Brian sharpening / the knives, testing the edge on his thumbnail. All eighty-eight Cornish / hens huddled in their crates. Wrapping my palms around / their white wings, lowering them into the tapered urn. / Some seemed unwitting as the world narrowed; / some cackled and fluttered; some struggled. / I gathered each one, tucked her bright feet, / drew her head through the kill cone’s sharp collar, / her keratin beak and the rumpled red vascular comb / that once kept her cool as she pecked in her mansion of grass. / I didn’t look into those stone eyes. I didn’t ask forgiveness. / I slid the blade between the feathers / and made quick crescent cuts, severing / the arteries just under the jaw. Blood like liquor / pouring out of the bottle. When I see the nub of heart later, / it’s hard to believe such a small star could flare / like that. I lifted each body, bathing it in heated water / until the scaly membrane of the shanks / sloughed off under my thumb. / And after they were tossed in the large plucking drum / I love the newly naked birds. Sundering / the heads and feet neatly at the joints, a poor / man’s riches for golden stock. Slitting a fissure / reaching into the chamber, / freeing the organs, the spill of intestine, blue-tinged gizzard, / the small purses of lungs, the royal hearts, / easing the floppy liver, carefully, from the green gall bladder, / its bitter bile. And the fascia unfurling / like a transparent fan. When I tug the esophagus / down through the neck, I love the suck and release / as it lets go. Then slicing off the anus with its gray pearl / of shit. Over and over, my hands explore / each cave, learning to see with my fingertips. Like a traveller / in a foreign country, entering church after church. / In every one the same figures of the Madonna, Christ on the Cross, / which I’d always thought was gore / until Marie said to her it was tender, / the most tender image, every saint and political prisoner, / every jailed poet and burning monk. / But though I have all the time in the world / to think thoughts like this, I don’t. / I’m empty as I rinse each carcass, / and this is what I love most. / It’s like when the refrigerator turns off and you hear / the silence. As the sun rose higher / we shed our sweatshirts and moved the coolers into the shade, / but, other than that, no time passed. / I didn’t get hungry. I didn’t want to stop. / I was breathing from some bright reserve. / We twisted each pullet into plastic, iced and loaded them in the cars. / I loved the truth. Even in just this one thing: / looking straight at the terrible, / one-sided accord we make with the living of this world. / At the end, we scoured the tables, hosed the dried blood, / the stain blossoming through the water.