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Poemas | Frank Stanford

 

Versiones y nota de Hernán Bravo Varela

Leyenda aún oscura de la poesía estadounidense del siglo xx; a menudo comparado por con Whitman y Rimbaud, Frank Stanford (Richton, Mississippi, 1948-Fayetteville, Arkansas, 1978) se suicidó poco antes de cumplir los treinta años. Incursionó en el cine y la edición independiente. Pese a su corta vida llegó a publicar casi una decena de volúmenes, incluido El campo de batalla donde la Luna dice que te amo [The Battlefield Where the Moon Says I Love You], de 1977, un poema épico de más de quince mil versos sin estrofas ni puntuación. La poesía reunida de Stanford, What About This [¿Y qué me dices de esto?], publicada este año por la prestigiosa editorial Copper Canyon, ha llamado poderosamente la atención de críticos y lectores en todo el mundo, e incluye cientos de páginas inéditas en verso y prosa. Los poemas aquí presentados constituyen, con toda seguridad, las primeras versiones al español de la vasta, magnética y a menudo escalofriante obra de Stanford.*

El robalo

Salta muy alto,

desafía la noche,

hace sonar sus branquias

y anzuelos

en su dorso.

El indio dice

que parece un ganso

cuando pasa delante

de la luna.


El charal

Si aprieto

su cabeza,

le saltarán

los ojos

como estrellas.

Las ondas

que produce

pueden mover

la luna.


Poema

Cuando le cae la lluvia a la serpiente en la cabeza,

él, cerrando los ojos, querría estar

dormido en una llanta al borde del camino

para que los muchachos lo hagan rodar por siempre.


Narciso a aquiles

Ayer pasé por un puente,

vi una bota bajo el agua.

Tales pensamientos tuve,

que no te puedo decir.


Planeando la desaparición

de aquellos que se han ido

Dentro de poco haré mi aparición

pero debo quitarme antes los aros

y espadas colocarlos

en bancos de altramuces de aquel río prohibido

para llevar la cuenta de los días en que

me ido de esta tierra

no voy a usar los dedos


Belladona

La noche en que te conocí

llevaba puesta la camisa negra

llevaba el picahielos en mi bota

Subí al árbol en cueros

me colgué balanceando de una rama

Nadé todo el camino

bajo el agua

el cuchillo en mi boca

Como canción de cazador de cerdos

hay huellas que no pueden ser rastreadas

Una canción que se deshace

como un rosario

en la parte trasera de una iglesia

Oh bolero la noche en que te conocí

dejé de darle brillo a los zapatos


Los primeros veinticinco años de mi vida

Me encontré con mi padre en una biblioteca de Memphis, Tennessee.

Las abejas salían volando desde el sol.

El extraño país de la niñez,

como una libélula con collar para perros.

Ésta es la firma del doctor y éste es el dinero traído de la casa.

Antes, cuando los astros eran pececillos

que morían de muerte natural en la tina, nos fugábamos

de los demás en nuestros barcos.

Salíamos de mañana.

Había mosquitos en nuestro café

y las culebras rompían el hielo para nuestros viajes.

Querían morir los grillos.

Tu cabeza estaba en mi regazo.

Pescamos con curricán y doce cañas.

Como hacen esos búhos que llevaste al bosque,

te llamé de mil formas.

Era tu voz un tronco bajo el agua,

entre bagres azules.

No se interne en el bosque.

Las mariposas, antes de morir, sobrevuelan el puente por debajo.

Tomo mi sombra de los yacimientos de la luna.

Yo, nube que hace sombra, cubro de luz mi cuerpo, totalmente desnudo

ahora, mientras me llamo en sueños por mi nombre.


La luz que ven los muertos

Son muchos los que vuelven

después de que alisó el doctor la sábana

en torno de su cuerpo

y dejó el cuarto para hacer su llamada.

Han muerto pero viven.

Se les conoce como los muertos que vivieron a través de sus muertes,

y en mi familia

se les tiene por sabios y honestos.

Flotan fuera de sus cuerpos

y se prenden del techo como una palomilla,

siguiendo los afanes de todos los demás en torno suyo.

Las voces e imágenes de los vivos

se van desdibujando.

Un bramido los traga

bajo las ruedas de una tiniebla sin dolor.

En la distancia

hay alguien

parecido a un guardavía que agita una linterna.

La luz aumenta, crece una flor blanca.

Se vuelve muy intensa, como música.

Ven los rostros de gente a la que amaron,

los que en verdad murieron y hablan dulcemente.

Ven en un sembradío a su padre, sentado.

Terminó la cosecha, y su silla de mimbre quedó lista.

Lleva una toalla alrededor del cuello

que huele a tónico de ron.

Luego ven a la madre

de pie, a espaldas suyas, con un par de tijeras.

Sopla el viento.

Ella le corta el pelo a él.

Los muertos han contado historias como éstas

a los vivos.


Todos los que están muertos

Cuando un hombre ya sabe que otro

lo anda buscando,

el hombre no se oculta.

No se espera

a pasar otra noche

con su esposa

o a acostar a sus hijos.

Se pone una camisa limpia y un traje oscuro,

y va a la barbería

para dejar que otro lo rasure.

Cierra los ojos,

se recuerda a sí mismo cuando niño, desnudo

y recostado en una roca junto al agua.

El hombre pide, luego, la loción especial.

Los viejos se colocan junto a la silla, en fila,

y el barbero rocía un poco a cada uno

de ellos en las manos.


A veces, en el sueño, acariciamos

el cuerpo de otra

mujer y despertamos

y sabemos de las primeras noches

cuando llegan visitas de verano

a esa casa de tres pisos de la infancia.

No importa lo que recordamos,

el pelo más oscuro

peinado frente al más oscuro espejo

del cuarto más oscuro.


Moscas en la mierda

A los señores del sur

a los turistas del norte

que escriben poemas sobre el sur

a los pendejos estudiantes

les quiero hacer una pregunta estúpida

han visto alguna vez una regata de moscas

navegando en un montón de mierda

y regresar a hacer un pícnic en la mierda

han oído aunque sea alguna vez

en su vida a las moscas en la mierda

porque yo me curtí con moscas

que flotaban en la mierda


Para saber llegar

Vé al cementerio.


Luz de río

Lado a lado, mi padre y yo nos recostamos.

Él está muerto.

Alzamos la mirada para ver las estrellas, el sonido insistente

del viento al encender la noche como un ventilador.

Éste es nuestro hogar.

Recuerdo la obra en él como si fuera

la amargura en los caquis antes de una nevada.

E imagino la forma en que él tenía miedo,

el suelo oscureciéndose en la lluvia.

Ahora, él se levanta.

Y sueño que me mira hacia abajo, a los ojos,

y que me ve morir.


the bass // He jumps up high / against the night, / rattling his gills / and the hooks / in his back. / The Indian says / he is like a goose / passing in front / of the moon.

the minnow // If I press / on its head, / the eyes / will come out / like stars. / The ripples / it makes / can move / the moon.

poem // When the rain hits the snake in the head, / he closes his eyes and wishes he were / asleep in a tire on the side of the road, / so young boys could roll him over, forever.

narcissus to achilles // Yesterday, I passed over a bridge / and saw a boot underwater. / Such thoughts I had, / I cannot tell you.

planning the disappareance of thse who have gone // Soon I will make my appearance / But first I must take off my rings / And swords and lay them out all / Along the lupine banks of the forbidden river / In reckoning the days I have / Left on this earth I will use / No fingers.

belladonna // The night I met you / I had the black shirt on / I had the ice pick in my boot // I climbed the tree buck naked / I swung out on a limb // I swam all the way / Under the water / With the knife in my mouth // Like a song of hog blood / Footprints you cannot track // A song that comes apart / Like a rosary / In the back of a church // O bootblack the night I met you / I quit shining shoes

the first twenty-five years of my life // I met my father in a library in Menphis, Tennessee. / Bees flew out of the sun. // The strange country of childhood, / Like a dragonfly on a long dog chain. // This is the signature of the doctor, the money from home. / Before, when each star was a minnow / Dying naturally in a tub, we slipped off / From the others in our boats. // We left in the mornings. // The mosquitoes were in our coffee / And the snakes broke ice for our journeys. / The crickets wanted to die. / Your head was in my lap. / We trolled twelve poles. // Like the owls you bulldozed into the woods, / I called you many names. / Your voice was a log under the water, / Blue channel there. / Do not reach into this wood. // Butterflies hover under the bridge before death, / I take my shade in the borrow pits of the moon. // Cloud making shadow, I cover my body now buck naked / With light, calling my name in my sleep.

the light the dead see // There are many people who come back / After the doctor has smoothed the sheet / Around their body / And left the room to make his call. // They die but they live. // They are called the dead who lived through their deaths, / And among my people / They are considered wise and honest. // They float out of their bodies / And light on the ceiling like a moth, / Watching the efforts of everyone around them. // The voices and the images of the living / Fade away. // A roar sucks them under / The wheels of a darkness without pain. / Off in the distance / There is someone / Like a signalman swinging a lantern. // The light grows, a white flower. / It becomes very intense, like music. // They see the faces of those they loved, / The truly dead who speak kindly. // They see their father sitting in a field. / The harvest ir over and his cane chair is mended. / There is a towel around his neck, / The odor of bay rum. / Then they see their mother / Standing behind him with a pair of shears. / The wind is blowing. / She is cutting his hair. // The dead have told these stories / To the living.

everybody who is dead // When a man knows another man / Is looking for him / He does’nt hide. // He does’nt wait / To spend another night / With his wife / Or put his children to sleep. // He puts on a clean shirt and a dark suit / And goes to the barber shop / To let another man shave him. // He shuts his eyes / Remember himself as a boy / Lying naked on a rock by water. // Then he asks for the special lotion. / The old men line up by the chair / And the barber pours a little / In each of their hands.

you // Sometimes in our sleep we touch / The body of another woman / And we wake up / And we know the first nights / With summer visitors / In the three storied house of our childhood. / Whatever we remember, / The darkest hair being brushed / In front of the darkest mirror / In the darkest room.

flies on shit // To the gentlemen from the south / to the tourists from the north / who write poems about the south / to the dumb-ass students / I’d like to ask one lousy question / have you ever seen a regatta of flies / sail around a pile of shit / and then come back and picnic on the shit / just once in your life have you heard / flies on shit / because I cut my eye teeth on flies / floating in shit

to find directions // Go to the graveyard.

riverlight // My father and I lie down together. / He is dead. // We look up at the stars, the steady sound / Of the wind turning the night like a ceiling fan. / This is our home. // I remember the work in him / Like bitterness in persimmons before a frost. / And I imagine the way he had fear, / The ground turning dark in a rain. // Now he gets up. // And I dream he looks down in my eyes / And watches me die.


* Los primeros seis poemas corresponden a Los cuchillos que cantan (The singing knives), 1971; el siguiente a Un permanente desconocido (Constant stranger), 1976; luego, “La luz que ven los muertos”, a Muerte de cuna (Crib death), 1978; el noveno y el décimo poema pertenecen al volumen (You), publicado póstumamente en 1979; las “Moscas en la mierda” se encuentra en La parra ardiente (Smoking grapevine), sin fecha, también publicación póstuma, mientras los dos últimos tuvieron cabida en La última pantera en la meseta de Ozark (The last panther in the Ozarks), sin fecha y de publicación póstuma. (N. de la R.)

  • Valdemar Ayala Gándara

    Estupendo tu trabajo Hernán, en todos sentidos y frentes, y muchas gracias por hacer visibles en nuestro contexto a poetas tan vibrantes como Stanford. Tuve el gusto de conocerte hace un año y poquito más en Arteaga, Coahuila, y en La Besana, en Saltillo, en el festival de poesía. Y también recuerdo con gran gusto tu presencia en el programa de Nicolás Alvarado y Federico Patán hablando de José José, buenísimo todo lo que planteaste. Muchas felicidades por tus labores, y hace poco profesionalmente leí un texto padrísimo que le hiciste a tu madrina Beatriz Salcedo, pues le hicimos en la editorial en que trabajo, Quintanilla Ediciones, su Salsario, con presentación tuya dedicada a otro escritor que aprecio muchísimo, Juan Villoro. Enhorabuena y aprovecho para preguntarte cómo demonios puedo hacerle para conseguir un ejemplar de tu antología “Prueba de Sonido” ya que la he buscado bastante acá en el Norte, pero también por encargo con amigos en el DF y nomás nanais. Escribe Valdemar Ayala Gándara, amigo del buen Julián Herbert ¡Un abrazo!