octavio_paz

Octavio, querido Octavio

 

Poema circulatorio[1]

(Para la desorientación general)

 

A Julián Ríos

 

Allá

Sobre el camino espiral

insurgencia hacia

resurgencia

sube a convergencia

estalla en divergencia

recomienza en insurgencia

hacia resurgencia

allá

sigue las pisadas del sol

sobre los pechos

cascada sobre el vientre

terraza sobre la gruta

negra rosa

de Guadalupe Tonantzin

(te. YWHW)

sigue los pasos del lucero que sube

baja

cada alba y cada anochecer

la escalera caracol

que da vueltas y vueltas

serpientes entretejidas

sobre la mesa de lava de Yucatán

(Guillaume

jamás conociste a los mayas

((Lettre-Océan))

muchachas de Chapultepec

hijo de la çingada

(Cravan en la panza de los tiburones del Golfo)

 

 

el surrealismo

pasó pasará por México

espejo magnético

síguelo sin seguirlo

es llama y ama y llama

allá en México

no éste

es el otro enterrado siempre vivo

bajo tu mármomerengue

palacio de bellas artes

piedras sepulcrales

palacios

municipales arzobispales presidenciales

Por el subterráneo de la insurgencia

bajaron

subieron

de la cueva de estalactitas

a la congelada explosión del cuarzo

Artaud

Breton Péret Buñuel Leonora Remedios Paalen

Alice

Geraso Frida Gironella

César Moro

convergencia de insurgencias

allá en las salas

la sal as sol a solas olas

allá

las alas abren las salas

el surrealismo

NO ESTÁ AQUÍ

allá afuera

al aire libre

al teatro de los ojos libres

cuando lo cierras

los abres

no hay adentro ni afuera

en el bosque de las prohibiciones

lo maravilloso

canta

cógelo

está al alcance de tu mano

es el momento en que el hombre

es

 

el cómplice del rayo

Cristalización

aparición del deseo

deseo de la aparición

no aquí no allá sino entre

aquí/allá

 

Octavio, querido Octavio:

 

Desde hace tiempo quería escribirle, aunque como usted sabe, no dejo de leerlo y frecuentarlo. Lo primero que le debo decir: a más de trece años de su muerte y desnacimiento, nos hace usted mucha, mucha falta, para vivir y pensar este país que usted dejó cuando apenas se empezaban a servir los primeros platos de sangre.

Pero no le escribo por esa razón. Le quería contar que se acaba de imprimir en México el libro El surrealismo de Piedra de Sol, entre peras y manzanas, de Víctor Manuel Mendiola,[2] a quien me imagino que usted recuerda bien; el poeta y editor del Tucán de Virginia que lleva el nombre del rey italiano Victor Manuel III, contemporáneo de Marinetti y de los futuristas y que estaba presente como personaje en la novela de Lampedusa El gatopardo. Sí, lo publicó el Fondo de Cultura Económica en su colección “Letras Mexicanas” en este 2011. El libro no ha sido mal recibido, trae no pocos aciertos, ciertos descuidos editoriales (como el de omitir a los traductores de las obras citadas, uno de ellos Tomás Segovia) y las inevitables erratas. Parte Mendiola en él de una reticencia suya ante el poema Piedra de Sol. Dice ahí: “En tres ocasiones interpelé a Octavio Paz por su poema. Las dos primeras en 1980. Le dije que algunos jóvenes leíamos en grupo su texto y que nos sorprendía y desconcertaba que una composición tan moderna tuviera como vehículo de desarrollo el endecasílabo (…) La tercera vez, en 1997, le expresé el deseo de publicar al margen de las pequeñas y grandes editoriales (…) esa gran pieza que se hallaba a partir de la segunda edición al final de Libertad bajo palabra (1960). Me contestó que prefería editar otros textos…” Mendiola vierte, y transmite, cierta incomodidad de su parte ante el poema Piedra de Sol, que fue reconocido y etiquetado desde un principio por Tomás Segovia, Ramón Xirau y José Emilio Pacheco como una “obra maestra”, un sello que, años más tarde, en la edición conmemorativa del Fondo de Cultura Económica, realizada por Hugo J. Verani, con la reproducción facsimilar y varios textos relevantes, también se le volvería a poner por los diversos autores (los ya mencionados, Segovia, Xirau y Pacheco, además de Maya Schärer-Nussberger, Pere Gimferrer, Jason Willson, Paul-Henri Giraud, Francesco Fava y Nicanor Vélez)[3] que ahí participan encareciendo el poema. Rótulo, el de “obra maestra”, que entra en chispeante y explosiva contradicción con la tentación surrealista que se actualiza en el poema. Usted mismo, en la carta enviada a Segovia el 6 de septiembre de 1965, reaccionó ante la calificación diciéndole a Segovia: “Por mi parte, te confieso que no sé qué quiere decir ‘una obra maestra’. Lo que me emociona, en cambio, es que hayas visto que yo me propuse hacer una obra —algo equidistante del desahogo y del ejercicio.”[4] En esa misma carta Paz decía que “Piedra de Sol es lo que está después de mis experiencias surrealistas y simultáneamente lo que va al encuentro del surrealismo”. Consta, por otra parte, que André Breton primero aceptó y, luego de tres años, declinaría hacer el prólogo a la traducción de Piedra de Sol hecha por Benjamin Péret, diciéndole a Paz —en una carta citada por Mark Polizotti en su biografía de Breton— que prologar dicho poema sería casi como presentar a un clásico comparable a La siesta de un fauno de Stéphane Mallarmé … Al parecer, la “maldición” de la “obra maestra” lo acosaría durante mucho tiempo poniéndolo en una situación incómoda, inclasificable, rara…

Pero aquí, querido Octavio, debo hacer un breve paréntesis personal. Yo nací en 1952. Piedra de Sol se publicó cuando yo tenía cinco años. Pero la frase, el lema, la realidad misma del calendario azteca, de la Piedra del Sol, me fue conocida desde mucho antes de conocer el poema a principios de los años setenta. De niño, como a los cinco o seis años, recién publicado su poema, yo había visto el famoso Calendario Azteca, la “Piedra del Sol”, en dos lugares. El primero, en el Museo de las Culturas de la Calle de Moneda, antes de que el monumento fuera trasladado al nuevo Museo de Antropología de Chapultepec en 1963. El segundo lugar donde vi la “Piedra del Sol” fue en la casa de ese mismo Raúl Noriega Ondovilla, el político cardenista, el exdirector de El Nacional y a la sazón oficial mayor de la Secretaría de Hacienda y editor del legendario Boletín Bibliográfico a quien usted cita en el breve texto en prosa que acompaña la edición príncipe del poema en 1957. Y resulta que don Raúl fue amigo y jefe de mi padre, y tenía en su casa, en la calle de Camelia, en la colonia Florida, una reproducción en fibra de vidrio, que a mis niñas infantiles le parecía monumental, donde estudiaba la piedra con concienzudo entusiasmo, entonces para mí incomprensible.

Años más tarde, cuando leí los 590 versos de su poema, aquellas imágenes de la realidad de la “Piedra de Sol” se impusieron poderosamente en el reojo de mi lectura, y me llevan a preguntarme, todavía, de dónde le vino a usted la idea de bautizar con el nombre del “Calendario Azteca” o “Piedra del sol” esos versos iniciales que le fueron “dictados” a usted, según su testimonio a Elena Poniatowska, desde alguna de las provincias del aire. Esto me recuerda algo que me dijo su amigo, el poeta, diplomático, editor y director del Fondo de Cultura Económica, don Jaime García Terrés, hacia 1980. Decía don Jaime que en aquellos tiempos de “Poesía en Voz Alta” —no me dejará mentir José Luis Ibáñez— usted se había dado a leer con fervor y entrega a los clásicos españoles —y en particular la poesía de Lope de Vega, del cual, por cierto, hay más de un rastro semi-explícito en Piedra de Sol (como Filis, o ese “ir y quedarse y con quedar partirse”, citado por Mendiola); que al igual que Manuel Altolaguirre y José Bergamín usted se sabía de memoria —par coeur: con el corazón— tiradas enteras de Lope de Vega. Ese arte de la memoria, querido Octavio, fue el mismo que le abrió a usted las puertas de la amistad de Rafael Alberti y de Miguel Hernández, cuya relación personal conquistó usted a pulso memorioso, del mismo modo que su amigo Juan José Arreola se había ganado a Pablo Neruda con sus recitaciones en fulgurante ráfaga de los 20 poemas de amor y una canción desesperada. Ese arte de la memoria —tan caro a los que cultivan la improvisación— es el mismo que el italiano Giussepe Bellini registró al comentar, con entusiasmo, en una temprana reseña, las tensas relaciones de Piedra de Sol con la poesía de Quevedo y de Lope. Recuerdo, de paso que usted, Octavio, en su ensayo sobre Pablo Picasso (“Picasso: el cuerpo a cuerpo con la pintura”),[5] a quien usted trató y conoció mucho en Francia en sus primeros años, ofrece un paralelo consistente entre él y Lope de Vega —ambos creadores proteicos—, sellando la alianza milagrosa entre surrealismo y poesía clásica española, que tanto desconcierta a los lectores de miras estrechas. Esa alianza, en el sentido metalúrgico de la palabra (aleación) la descubrió usted muy pronto gracias a las teorías sobre la versificación irregular que le reveló Pedro Henríquez Ureña, y que le servirían a usted no sólo para comprender la poesía por fuera, sino a crearla por dentro. Pero vuelvo, vuelvo querido Octavio, al libro de Víctor Manuel Mendiola. ¿Que qué me parece? Sabe usted que yo no soy un reseñista convencional. Sin embargo creo que el libro sitúa admirablemente bien el momento mexicano en que se dio la escritura de Piedra de Sol, y sobre todo la transcripción de ese inclasificable volumen que es ¿Águila o sol? haciendo énfasis en lo que podría llamarse, más allá o más acá de Paz, la historia del surrealismo en México y, más allá, de los avatares de las diversas vanguardias artísticas en las regiones americanas, como pudo ser, por ejemplo, el estridentismo, ese futurismo de los pobres que diría Luis Cardoza y Aragón.[6] La obra de Mendiola podría haberse llamado también, y sobre todo, El surrealismo de ¿Águila o sol?, pues ese libro misceláneo de cuentos, narraciones, poemas en prosa (al estilo de Aloysius Bertrand, el fundador del género y de Baudelaire), aforismos, arranques de novela, resulta el más marcado por la impronta explícita de lo surreal. Mendiola hace el trabajo solvente sobre la primera recepción de los tres libros que son ¿Águila o sol?, Piedra de Sol y El arco y la lira, aunque deja de lado otros textos coetáneos.  Si en la obra de Luis Mario Schneider, El surrealismo en México[7] —no citada por Mendiola—, donde se reconstruye la recepción polémica y crítica de André Breton, el surrealismo y Gerard de Nerval en el México donde actuaban y debatían, junto con usted (años antes de que se “convirtiera al surrealismo”), Xavier Villaurrutia y el olvidado crítico y filósofo Adolfo Menéndez Samará, lector de Max Scheller y adversario filosófico de André Breton, la obra de Víctor Manuel corre el riesgo de no ver el paisaje en su conjunto, al despojar asépticamente la recepción de las vanguardias, como el futurismo, el fauvismo y el surrealismo de profundidad histórica y geográfica, y al desvincular su ubicua presencia en el mundo de las artes y de las artes plásticas. Y quizá, perdóneme, hasta lo llega a situar a usted mismo, aunque él nunca lo diga así explícitamente, como un discípulo ambiguo de André Breton (quien, por una parte, asume su causa con un fervor de converso y, por la otra, da signos de querer distanciarse de ella, sin, en modo alguno, romper abiertamente, como hicieron muchos otros surrealistas franceses, pero usted, Octavio era mucho más joven y, además venía de ese país encantador llamado México) y no como un aliado de la misma guerra artística y cultural. Mendiola se centra más en el libro inclasificable ¿Águila o sol? que en el anunciado en el título Piedra de Sol:

 

¿Es ¿Águila o sol? el primer libro mexicano que acepta de manera absoluta el surrealismo? ¿Este libro encarna el surrealismo en una república literaria donde no hay surrealismo o donde éste ha sido asimilado con acotaciones críticas? ¿Rompe ¿Águila o sol? con la sincronización que los Contemporáneos habían utilizado para comprender el surrealismo, pero al mismo tiempo para mantenerlo a distancia? Desde una perspectiva inmediata todo nos haría pensar que sí. Este texto practica de manera indudable una libertad creativa al establecer una red de vasos comunicantes entre la realidad y el sueño, entre el objeto y el sujeto, entre la prosa y la poesía. El libro es el resultado de un efecto doble: del diálogo directo, en persona, con Breton y la asimilación de sus ideas, como de su creación de un hondo análisis sobre el lenguaje y el mundo —una asimilación que implicaba la comprensión de la vanguardia francesa en el movimiento de la rebelión de la poesía contemporánea—. Paz aprovechó el ideario de Breton. Muy bien podríamos decir que lo volvió suyo no sólo en el terreno de la poesía sino también el plano mucho más amplio de una teoría del amor y de una visión del hombre. Esto se observa claramente cuando releemos Nadja, El amor loco y Arcano 17 y verificamos la traslación de tópicos, figuras y personajes del poeta francés al poeta mexicano en los libros El arco y la lira, Las peras del olmo y Piedra de Sol como en La estación violenta. En Paz, el surrealismo juega el papel de una auténtica idea embrionaria, raíz de poemas y de ensayos. Las dudas y a veces el trastrabilleo ante el surrealismo obedece más que nada a la estrechísima relación estética y psicológica que Paz guardaba con esta visión. Habría que valorar detenidamente cómo esta concepción y estética de la vida transformaron a Paz y cómo éste reelaboró las visiones y pensamientos de Breton hasta volverlos una solución muy personal. La solución no de Breton. La solución de Paz.”[8]

Subrayados de AC [¿La solución surrealista que desconfía del principio de identidad y arroja la moneda viva (La monai vivant) en la alcancía de los arquetipos?]

 

El surrealismo, como se dice en el ensayo “Octavio Paz: la otra poética del surrealismo”,[9] es algo más que una escuela (de ahí que no pueda haber discípulos), algo más que una ideología (de ahí que no sean bienvenidos los partidarios), algo más que… Es, era y acaso será una actitud, un método, una forma de conectarse con las tradiciones negadas y denegadas de la cultura en Occidente.

Además, el surrealismo, no era muy bien visto en ese México de los años cincuenta, donde campeaba la euforia progresista, y donde todavía punzaban las cicatrices de la guerra cristera, un México gobernado por un puñado de buenas familias en última instancia defensoras de las instituciones y de la religión, contra las cuales se encaraba precisamente el sospechoso surrealismo. Por lo demás, cabría admitir que, si Octavio Paz está presente en la historia de la literatura mundial del siglo xx, es, en buena medida, gracias a que participa, desde la periferia americana tanto como desde la de una segunda generación, del espíritu, genio, talante o duende surrealista que movió y conmovió al mundo aunque sólo fuese en la superficie en el siglo xx. La parábola que traza la vida pública y literaria de Octavio Paz cabe ser contrastada con las órbitas de otros poetas de la vanguardia, ya no sólo surrealista, póngase, por ejemplo incómodo, al admirable, polimorfo, camaleónico y perverso, Jean Cocteau, quien terminaría sus ingeniosos días en la Academia y hasta pintando frescos para una cierta capilla católica.

Mendiola no saca todo el provecho que habría podido para llevar agua a su molino: no detalla ni se detiene en la amplia red de amistades que supo usted tejer en la república literaria francesa desde sus primeros años con Luis Buñuel, Jacques Prévert, Pablo Picasso, Georges Bataille, Jean Paulhan y el mismo Paul Eluard en cuyo departamento se quedaba en París, usted Octavio, según me cuenta el ya citado José Luis Ibáñez. Tampoco reconstruye el paisaje de las rupturas con las amistades que sostuvo usted en su juventud, como, por ejemplo, la de Efraín Huerta. Otras figuras cuya interrogación se soslaya son las de sus inquietantes amigos e iniciadores André Pierre de Mandiargues y Bonna Tibertelli de Mandiargues, la autora del expresivo dibujo que acompaña la primera edición de La estación violenta  (he oído decir que alguien en París tuvo entre sus manos la nutrida correspondencia, hasta ahora inédita, que sostuvieron usted y ella por esos años y donde se asoma la figura de esa Melusina —no hay otra palabra— que lo inició a usted en el conocimiento y la práctica del yoga, del tantra y de tantas otras cosas como el I Ching o libro de Los cambios). Y aquí, querido Octavio, perdóneme, no resisto la tentación de transcribir una anécdota que consigna el escritor peruano Julio Ramón Ribeyro fechada en París el 18 de noviembre de 1960. Dice Ribeyro:

 

Divertida anécdota de Ricardo Paseyro, protagonizada hace algunos días en la Galería Druot, durante el vernissage de Betancourt. Se encuentra con Octavio Paz y con P. de M. a quien ataca al grito de cocu (la mujer de P. de M. vive con Octavio Paz). Octavio Paz trata de defenderlo, pero Paseyro, que es delgado pero violento, les pega a los dos. La mujer de P. de M., al ver maltratados a su esposo y a su amante, se lanza sobre Paseyro y le muerde un dedo. Paseyro grita: Concubine!, y cae al suelo de dolor. Octavio Paz y P. de M. lo rodean y le gritan al unísono: Faux poete! Faux poete!*

 

Sí, ya sé que la anécdota poco tiene que ver con Piedra de sol, y quizá menos con el libro de Mendiola… pero sí, según yo, con el ambiente de libertad y de altura espiritual desde la cual está escrito, enunciado ese poema de gran aliento que se llama Piedra de sol, donde la historia privada, y aun íntima, cobra una fuerza épica y un arriesgado vigor rayano en lo trascendental, como hubiesen aplaudido Lope, Picaso y Breton.

En una entrevista para la televisión española de 1977, citada por Jean-Claude Masson, en las notas que acompañan la traducción al francés de Piedra de sol hecha por Benjamin Péret e incluida en las Œuvres de la Pléiade de Gallimard,[10] recuerda usted que su abuelo Ireneo es el autor de una novela, Piedra de sacrificios, y que quizás, en filigrana, ese tema del sacrificio ronda en el paisaje de su poema, que no sólo se llama como un calendario, sino que es él mismo un almanaque, un diario de duelo por el amor perdido tanto como un calendario de resurrecciones y una cartografía de los amores por venir, siempre, siempre carte du tendre, mapa sentimental: piedra de sacrificios. Es el calendario de los amores muertos.

Ha corrido mucha tinta, querido Octavio, sobre la condición circular del poema. Sin embargo, poco se ha interrogado la cuestión misma del poema-calendario. ¿Qué cuenta esa feria de los días, de qué trata? ¿Qué se desgrana en ese tren de ondas instantánea que oscila entre la experiencia amorosa y la experiencia de la historia? ¿Se trata, querido Octavio, de un poema revolucionario no tanto, o no sólo, porque ponga en escena la guerra y la revolución, sino porque está construido en revoluciones, es decir, en ciclos, en círculos que se cierran y abren sobre sí mismos y cuyos textos giran y se articulan en sucesivos encabalgamientos, que se piden y dan aventón, relevo y estafeta, un poema capaz de revolucionarse a sí mismo en el curso acompasado de su respiración incesante? Por eso quizá más que revolucionario sea Piedra de sol una armadura verbal revolucionada, es decir, abierta al movimiento y la evolución, o a la fijeza, a la involución contemplativa. Se ha hablado mucho, querido Octavio, de que se trata de un poema-río, como supo acusar Ramón Xirau, tan bien leído por Víctor Manuel Mendiola, quien no siempre cierra las puertas que abre. Sí, querido Octavio, todos coincidimos en que se trata de un poema iniciático o de iniciación, de una recapitulación de aprendizajes, que se trata de una suerte de narración casi cinematográfica, puesta en partitura lírica, donde la técnica del flash back y del collage y de la sucesión de cuadros o viñetas sucesivas fluye amena y gallardamente, como en el poema de Apollinaire “El músico de Saint-Merry”. Por cierto, en uno de los caligramas de este poeta compuesto para su hermano residente en México aparece curiosamente la expresión “Pierre de Soleil” (Piedra de Sol)[11] Calendario de inicios, sí, querido Octavio, pero también calendario de terminaciones, conclusiones, balances. Siempre he pensado, querido Octavio, que esta construcción puede y debe leerse también como un poema-testamento, el poema que escribe una persona que se da cuenta de cómo se va transformando ella misma en una época, según usted mismo dijo pocos meses antes de publicar Piedra de Sol al recordar la novela del poeta ruso Boris Pasternak (cuya lectura, por cierto, le aburría y le parecía una lata a Alfonso Reyes). En Piedra de Sol, querido Octavio, se da una elevación no sólo estética sino ética que le permite a usted descubrir que la arena de la historia es un espacio de sacrificio. Piedra de sacrificios, la novela de su abuelo sobre el drama del mestizaje, engranaba, según recordaba usted con el argumento profundo, quizás abismal de su propio poema Piedra de Sol. Tengo para mí, querido Octavio, que en Piedra de Sol se da ese momento de nacimiento y testamento que se le revela a aquel que, mediante la escritura de la palabra poética, descubre el oficio de la auto-observación, el trabajo de la meditación, la práctica de la escritura como un oficio de la concentración mental y espiritual que permite reconciliarse con el otro, con los otros. Precisamente Piedra de Sol es, según yo, uno de los dos instrumentos con los cuales usted exorcizó la presencia envenenada de la hija del teósofo Garro, la fatal Elena, La hija de Rapaccini, la hija del brujo. Constato que tanto en la edición de su Obra poética (1978) como en la de la Pléiade vienen estampadas, una detrás de otra, como hermanas mellizas, Piedra de Sol y La hija de Rapaccini. Debemos precisa y preciosamente a su amigo André Pierre de Mandiargues la certera introducción a la obra teatral que se reproduce en la edición de la Pléiade, y que es una lástima que no aparezca en la edición en español.

Sí, Víctor Manuel, sabe tender puentes entre el libro de poemas en prosa ¿Águila o Sol?, El arco y la lira y algunos otros textos poéticos que él lee como una serie o cadena o carrera de relevos que transmite de un recipiente a otro el tenso magma de la inspiración. Sin embargo, inexplicablemente sólo menciona de paso el alto y cristalino poema dramático que es también una vertiginosa composición surrealista al estilo de los cuadros de Leonora Carrington, a quien está dedicada la obra y que usted escribió para “Poesía en Voz Alta”, titulado La hija de Rapaccini (1956). Por cierto, recuerdo que esta pieza se publicó casi al mismo tiempo en un número de la Nouvelle Revue Française, dirigida por Jean Paulhan. (Me corrijo, lo menciona de paso y sin darle mayor importancia, rompiendo su regla de analizar con minucia la obra poética previa.)

A Víctor Manuel Piedra de Sol le sirve para armar, con fervor y entusiasmo historiográfico, una suerte de pintura mural artística y cultural sobre el poema relacionándolo con esa corriente del alma romántica moderna que se llamó o se llama, en parte, surrealismo, y que se remonta a la poesía provenzal y al mismísimo Dante Alighieri de La vita nuova, de quien usted derivó el tema y la práctica de la “personificación”. Esa práctica, lo pienso ahora, lo salvó a usted del nihilismo y le permitió transmutar el duelo por la separación de los amantes en un poema aéreo: Piedra de Sol, que es casi un himno y cuyo narrador podría ser, me atrevo a decirlo, el “Mensajero” de La hija de Rapaccini. Tiende puentes Mendiola entre ¿Águila o sol?, El arco y la lira y Piedra de Sol con buenos pero mejorables resultados. Sí, el libro se lee rápidamente y es posible despacharlo de una sentada o durante un viaje, digamos, de México a Guanajuato, y, si se quiere relectura, de Guanajuato a México. Busca reconstruir, como ya dije, el ambiente de los años cincuenta, aspira a recrear la recepción de su poesía en México fundamentalmente a través de las revistas Estaciones y Metáfora. En buena parte lo logra. El mayor mérito de este libro de Víctor Manuel Mendiola es el que traduce su fidelidad y entusiasmo por el poema, sus ganas de haber estado ahí, de haber vivido con usted, con ustedes aquellos momentos dorados de la creación poética encarnada en su persona, arraigada en aquel oasis de la transición histórica que fueron los años cincuenta, los años “del plan Marshall” en Europa, de donde usted regresó al México de Ruiz Cortínes para escribir estos versos.

En fin, el libro funciona a veces como una máquina célibe, a veces como una máquina deseante, aunque restringe la presencia surrealista a la figura de un momento de la vida de André Breton; estrecha la caudalosa, múltiple, diversa vida de las vanguardias artísticas, culturales y literarias a la del surrealismo en cierto momento tardío; atenúa la presencia y el ascendiente de otros amigos suyos como George Bataille, Louis Aragon, Paul Eluard y D.H. Lawrence (citado por Masson) cuyos poemas mexicanos, los dedicados a Quetzalcoatl y Huitzilopoxtli tienen no poco que ver con el magma de ¿Águila o sol? y Piedra de Sol; aísla los hechos estrictamente literarios del ámbito más amplio de las artes plásticas y, en fin, renuncia a ver la presencia de Piedra de Sol en el futuro de su propia obra, como cualquier profesor que cree en el tiempo… Y aquí un elogio para Mendiola: ha escrito un libro no exento de rigor académico fuera de la academia.

Así pues, querido Octavio, y para cerrar este pliego, si alguna vez algún editor me llegara a preguntar mi parecer sobre si este libro podría traducirse a otro idioma, por ejemplo al francés, recomendaría su publicación desde luego, aunque sugeriría que citara la edición francesa de sus obras hechas por Jean-Claude Masson para la Pléiade de Gallimard. Hay que agradecer este ejercicio admirable de arqueología literaria y de reconstrucción de la sintomática recepción crítica que tuvo Piedra de Sol en México. Cito, para cerrar, el poema con que el entonces joven crítico José Emilio Pacheco saludó en verso la publicación de su vertiginoso himno:

 

Piedra de Sol[12]

 

De piedra y sol el aire suspendido,

intersticio sin voz y piel del día,

va ciñendo su tacto, espuma fría,

a la presencia de su sol vertido.

 

Y el poeta levanta del olvido

las palabras de ayer, la lejanía

del paisaje sumiso que varía

para quedar en piedra, comprimido

 

en ese verso que trazó la alada

mano exacta y segura del poeta,

arquitectura firme, edificada,

 

perfecto sueño que el silencio reta.

ni mañana ni ayer, en la completa

poesía en una voz eternizada.

 


[1] Octavio Paz, Obras completas, t. 6, colección letras mexicanas, 1a edición (Círculo de Lectores, Barcelona), 1991; 2a edición (FCE, México), 1994, pp. 331-333.

Escrito para la exposición El arte del surrealismo, organizada por el Museo de Arte Moderno de Nueva York en la ciudad de México (1973). El poema fue pintado en el muro de una galería espiral que conducía a la exposición. [N. de OP].

[2] Víctor Manuel Mendiola, El surrealismo de Piedra de Sol, entre peras y manzanas, Fondo de Cultura Económica, colección Letras Mexicanas, México, 2011.

[3] Hugo J. Verani, Lecturas de Piedra de sol, Antología y prólogo, Piedra de sol. Edición conmemorativa por el cincuenta aniversario de su primera edición/Octavio Paz (2 tomos), Fondo de Cultura Económica, México, 2007. Además, como se sabe, Verani es autor de la imprescindible Bibliografía crítica de Octavio Paz (1931-1996), publicada por El Colegio Nacional, México, 1998. Ahí se pueden encontrar muchas de las referencias citadas en este texto, como por ejemplo la de Giussepe Bellini.

[4] Octavio Paz, Cartas a Tomás Segovia, fce, México, 2008, p. 62.

[5] Octavio Paz, Obras completas, t. 6, Colección Letras Mexicanas, 1ª edición (Círculo de Lectores, Barcelona), 1991; 2a edición (FCE, México), 1994, pp. 75-82.

[6] Luis Cardoza y Aragón, El río. Novelas de caballería, Fondo de Cultura Económica, colección Tierra Firme, México, 1a edición, 1986; 2a edición, 1996.

[7] Luis Mario Schneider, México y el surrealismo (1925-1950), Arte y Libros, México, 1978.

[8] Víctor Manuel Mendiola, Op. cit., p. 57-58

[9] Adolfo Castañón, La gruta tiene dos entradas, Vuelta, México, 1994, pp. 221-228.

* Julio Ramón Ribeyro, La tentación del fracaso. Diario personal, 1950-1978, prólogo de Ramón Chao y Santiago Gamboa, Seix Barral, Barcelona, p. 245.

[10] Octavio Paz , Œuvres, Ed. de JC Masson, Bibliotéque de la Pléiade Éditions Gallimard, París, 2008.

[11] Serge Fauchereau, Les poetes surrealistes au Mexique et Octavio Paz, Critique revue génerale des publications françaises et étrangers, París, diciembre de 1990. Separata.

[12] José Emilio Pacheco “Piedra de sol”, en Estaciones, núm. 9, México, Primavera de 1958, p. 99, citado por Víctor Manuel Mendiola.

 

Publicado en la edición 147 de Crítica


Escrito por Adolfo Castañón

Adolfo Castañón nace en 1952 en México, pero es un pensador universal. En un sentido borgiano, se trata de un autor del gozo, pues según decía el ciego visionario “no hay placer más profundo que el que provoca el pensamiento”. Aurelio Asián, asimismo, ha dicho: “Quizá no hay más puro escritor que Castañón, quizá no haya persona más esencialmente literaria que él. En Castañón, oralidad y literatura, pensamiento y expresión, intuición y sintaxis, surgen como simultánea profundidad y superficie”. Cultivador de poesía, ensayo y crítica, entre su obra destaca La gruta tiene dos entradas (Paseos II), con la que obtuvo el Premio Mazatlán de Literatura, La batalla perdurable y Alfonso Reyes: caballero de la voz errante.