feat

Le extendieron una soba

Al centro de la moneda hay alguien. ¿Sabes

quién está al centro de la moneda?

Un hombre insigne que jamás mostró los pies.

Era una vergüenza traer los pies descalzos.

Desnudos. Mis pies son ortopédicos.

 

Quien sí los mostró y los uso para derrotar

tres veces a Robin fue Kato, el lazarillo de Linterna Mágica.

Con Bruce todo se ve como en el cine.

Kato usaba un antifaz que era una prótesis, ¡sh!,

como el clavo que llevo aquí en la pierna.

Con esa prótesis derrotó tres veces a Robin. Bueno,

la tercera Robin lo amagó con una de sus baticosas,

aunque no pudo arrancarle el antifaz,

porque ese antifaz era su cara. ¿Entiendes?

Pero las otras dos, Kato le extendió una soba, así,

como el metal de mi pierna.

 

Iba cruzando por una esquina y me agarró un VW,

el cuate más que vueltas, daba vueltas en “U”,

¡sh! y me arrancó la pierna de titanio.

Esos autos son hijos de Minna Wagner, no se creía,

el metal de los motores está hecho de aleaciones:

metal de sable para cortar otros sables.

 

De ahí vino lo que vino:

la misma herida me la repitieron en el Reclusorio Poniente.

De ahí estas cicatrices.

 

Me llamo Raúl Pérez. Mi abuela era Fanti

y se cambió el apellido a Franco. Una vergüenza, una bajeza

el tipo ése. ¡Sh!, quedé muy impresionado.

 

Entre mi Madre y el hospicio vi varios caballos.

Caballos que alimentaban otros caballos con su leche.

Quedé muy impresionado. Ahora los chinos con su botonitis

arrancan con sables sus motores y de esos metales

trabajan el metal de nuestros héroes.

Como cuando Lerdo de Tejada, siendo un estudiante

sacerdote- militar, le echó sus babas al café de Juárez para salvarlo:

las babas de un estudiante- sacerdote- militar en el pocillo de la Reforma,

el contra para los franceses, ¿entiendes?

 

¿Sabes quién armaba unos coches como el Batimóvil y los armaba

de otros coches, dotados de pedacería que iba encontrando,

junk de armada, chatarra de deshuesadero en los circuitos independientes?

El Aarón Mil Máscaras.

 

Sus autos rotaban la cajuela y de ahí sacaba la ametralladora,

¡sh!, varias antenas conectadas con el Procurador.

Quedé muy impresionado.

Todo esto no está en Las vampiras, ni en La llave mortal, no aún

en Las Bestias macabras de la colonia.

Se usaba para resolver trata de blancas, esclavos obligados hacia el Norte,

accidentes vistos a altas temperaturas. Torres aéreas, vistas aéreas

de grandes y pequeñas sobas, como el metal de mi pierna.

 

La gran gracia de este Señor era que debajo de una máscara cargaba otra

y debajo de ésa, otra y otra más. Máscaras que le diseñaba el pueblo,

hechas por el pueblo para la lucha contra el narco. Máscaras

que cubrían máscaras hasta llegar a una prótesis que era su cara.

 

La prótesis era un calvario y, como tal, varias gentes lo buscaban y lo adoraban,

lo creían entero el sufrimiento, la salvación, el souvenir.

Intentaban arrancarlo, ¡sh! Y lo arrancaban.

 

Entre mi Madre y el hospicio, había un hotel que manejaba una tía.

Una tía ciega que a nadie le importaba, salvo por su ceguera.

La gente es curiosa, pero no sabe nada.

 

El hotel era de paso y eso facilitaba las cosas.

En sus tiempos, se hospedaron ahí escuchas, develadores de misterios.

Protoespías, ¡sh!, como Chen Gangsheng,

antes de cambiarse el nombre y unirse al Circo Chino de Pekín.

 

Los chinos parten las cosas hasta volverlas muy pequeñas.

Una vez vi una pantalla que llevaba Chan, no lo creerías,

se rompía ahí, como en la vida, la Tierra desde el espacio:

la Tierra con sus montañas y marejadas, con sus ríos y murallas

hechos pólvora.

Basura. Una pantalla del tamaño de una billetera.

 

Mi Madre, y no mi tía, vio al mismísimo Flaco clavarse morfina

en uno de esos cuartos. Quedé muy impresionado.

Todo esto antes del hospicio, antes de Madrid y de Granada,

del recuerdo y la ortopedia.

Cuando el hombre, desde el Centro de la Mayor,

danzaba por las escalinatas de las seis montañas.

Tocando el suelo con los pies descalzos, esto es, antes

de la acuñación de los metales, de la grotesca ordinaria,

¡sh!, de la vergüenza.

Texto publicado en la edición 153 de Crítica


Escrito por Alejandro Tarrab