Extinciones de Josu Landa

Hundo la azada en la misma tierra donde tantos cosecharon tantos frutos.

Un pedazo de lata, una pila oxidada, girones de una bolsa de plástico, algún hueso indescifrable, es lo que desentraño ahora.

Demasiadas cosas recordándome la muerte.

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Tiene que venir el crepúsculo, para descubrir que he estado todo el día en medio de la luz, sin percatarme de ello.

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Cada vez que el agua limpia pasa por mi cuerpo, sale sucia.

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El fresno avienta miríadas de semillas a la acera, al pavimento.

Nunca germinarán.

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Llegan dos pájaros a guarecerse en el alero de mi ventana.

Pían confiados, se picotean el cuerpo, hinchan el plumaje, estiran las alas, se rascan el pico…

Viven sus vidas, mientras no se percatan de que los observo.

Todo está bien hasta que aparezco en su escenario.

Yo: el espantapájaros.

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Desde aquí veo a la luna dando la luz que le dan.

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La telaraña ha pescado diamantes en la noche.

La araña los mira con desdén y espera a que el sol se los lleve en la punta de sus rayos.

Al sol, lo que es del sol.

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Uno trata de pasar en silencio, pero la vieja puerta chirria.

¿Qué me quiere decir?

¿Que también le duele el tiempo?

¿Que también se hartó de tanta soledad?

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Acabo de abofetearme.

La mosca que debí haber aplastado, en mi mejilla, huyó otra vez a lugar seguro.

Cada uno de sus asaltos a mi piel ha de confirmar mi olor a muerto.

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¿A qué espera esta calma?

¿Qué viene después de esta reverberación muda del aire, este vaho de metales muertos?

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No me ha hecho nada.

No me consta que haya matado para vivir.

Y, sin embargo, la aplasto: de noche, a la cucaracha, cuando se atraviesa en mi camino.

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Esta mañana, el sol apenas se fijó en mi piel.

No le gustó mi carne fría.

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Después del aguacero, como si se me hubiera empapado, me pesa más la soledad.

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Todo sigue su curso con libertad: los pájaros, las nubes, los perros callejeros, los transeúntes…

Todo menos uno, varado eternidades en otro embotellamiento.

***

Ladra el perro a mi paso por la calle.

Su irritación aumenta según me acerco a él.

Como si acabara de morder mi aura rancia, amarga.

Texto publicado en la edición 145 de Crítica


Escrito por Josu Landa

Josu Landa (Caracas, 1953) ejerce la docencia en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de México. Poeta y filósofo, su ámbito de investigación se centra en la filosofía de la literatura y la ética, en publicaciones como Más allá de la palabra (1996) y Poética(2002). Es autor de siete poemarios –entre los que destacan Treno a la mujer que se fue con el tiempo (1996) y Estros (2003)–, así como de Zarandona (2000) –la primera novela endógena de la diáspora vasca que comenzó en 1935–.