Francisco Gálvez

Dos poemas | Nanne Timmer

 

Soñando con Coimbra

para una poeta anónima

 

Cuando tenía cinco años yo soñaba con Coimbra

y ahora hace treinta y nueve que

no había soñado con aquello:

calles, escaleras, árboles y una piedra. Y de repente

me encuentro con un gesto y mirada de Coimbra,

una mano, y una poeta escribiendo sobre ella.

Incertidumbre, como tenía que ser. Ya nos hablaremos,

me dijo y se hizo de noche.

¿Qué habrá querido decir? ¿Que nos hablaríamos?

¿o que nos íbamos a quedar callados? ¿o que alguna

vez íbamos a abrir la boca? ¿o que había algo

específico que decir que algún día nos diríamos?

¿o que un hasta luego y adiós, y que se hablaría,

ni ella ni yo, sino otros, en impersonal? ¿Que las cosas

hablarían a través de nosotras, de los versos y el pan?

Cosa sencilla para poetas: ya nos hablaríamos,…

 

 

 

Un hombre y su sombra

 

para G.I.

 

A su clase se puede entrar con pistola, con ganas

de suicidio o enseñando las piernas. Todo eso, poco es.

A su clase se puede entrar con pucho, vino malo o

peste a noche anterior. Todo eso, lo mismo da.

Aun si fuera con mugre en los pies descalzos y las manos

sucias, comiendo frutabomba. No que eso pase en los países

de las universidades asillonadas. Pero poder, se podría, eso sí.

El profe se lo permite todo al estudiante, menos

que no sepa volar. Regla número uno en clase del hombre

de la sombra. Allí va él, en busca de la Ciudad Oculta,

los laberintos de los mataderos de las salas del Witte Singel,

que demasiado blancas aparentan ser.

Weniger Licht! Exclama, quiere ver, y así flirtea

con su propia sombra. Su sombra se ríe de él, y él

se ríe de su sombra. No que esto le sea angustioso,

en el fondo se lo pasa bien. Y cuando uno

menos se lo espera, tirachinea a los que le rodean

en plena luz. Nada de otro mundo: un pequeño gesto

de agresión contra lo intangible e inocente.

Así dos pájaros de un tiro: matar el aburrimiento con juego de tirachinas,

y lanzar el aullido como anuncio del apocalipsis. Le ronca la luz, le ronca.

Le ronca el día y la peca ingenua, le ronca.

A lo lejos se le sale un viejo anhelo a comunidad perdida,

llama, grita, llama otra vez. Busca

una mirada conjunta,

una voz hermana,

una desde abajo,

desde la noche que se cree la más oscura.

Sin mucha esperanza prueba a ver si hay respuesta.

Silencio, y después

se queda solo, confirmado

en sus ideas del statu quo del apocalipsis que ya fue.

Nada nuevo: relamiéndose los jugos de la carne, masticando

huesos y escupiendo dientes, el profesor perro del desierto.

Pero hay días en que ocurre distinto: en que luz y sombra

se ponen de acuerdo para dejar ver, dejar hablar, dejar entender.

Cuando uno ve la sombra de la luz a la luz de la sombra.

Le ronca la amistad, dice, y se ríe. La inevitable y generosa compañía

de los solitarios perros del desierto, aunque al profesor le ronque.

Un acontecimiento que uno sólo puede ver a la luz de la noche,

como si de un soneto del acantilado se tratase: la amistad.

 

Francisco Gálvez

Francisco Gálvez