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Dos poemas  | Derek Walcott

Traducción y nota de Rafael Vargas

Un hombre que ama las islas

 

Nacido en 1930 en la isla de Santa Lucía, el caribeño Derek Walcott, poeta y dramaturgo, es uno de los más notables creadores contemporáneos en lengua inglesa –el mejor, diría otro poeta distinguido hace pocos años con el premio Nobwel: Joseph Brodsky.

En la decena de libros que hasta ahora ha publicado, Walcott, obsedido por la historia y el mar, explora y reinventa la cultura antillana con un aliento cuyo poder fabulador le permite equipararla a la de ese otro archipiélago que llamamos “la cuna de la civilización”: Grecia. Es entonces natural que sus poemas y sus obras de teatro estén llenos de referencias a la mitología clásica. Por ello, y por su infatigable meditación en los dilemas ´políticos del Caribe, Walcott ha sido llamado en varias ocasiones “un Shakespeare de las Indias Occidentales.”

No obstante el amplio reconocimiento que su trabajo ha tenido en los Estados Unidos (donde vive desde 1976, impartiendo cursos de escritura en la universidad de Boston) donde la crítica ha elogiado la aparición de cada uno de sus libros, aún son muy pocos los poemas de Walcott que se han vertido a nuestro idioma. Gran parte de ello se debe a las dificultades que plantean a los traductores su estilo, su extraordinario y riquísimo vocabulario (que emplea con igual provecho cultismos y la jerga del caribe inglés) y la extensión de sus poemas –a veces tan extensos como Another life, de más de cuatro mil veros. Es deseable que su espléndida obra merezca una mayor atención por parte de los lectores mexicanos.

 

XXVI

El sol ha vuelto mi rostro de terracota.

Llevo el color de su fragua por toda la casa.

Amo sus asperezas como aquellas del azul, rugoso mar.

También un horno ha curvado las lancetas del balandre;

cínifes perforan diminutos pozos en los contornos del cacto,

y el humo de una rama de palo de campeche dibuja extraños signos.

Una pequeña casa de piedra aguarda escaleras arriba.

Su blanco pórtico resplandece.

Escribiré un secreto que me ha confiado la marea:

si tienes paciencia, verás pasar a Helena, trasparente como la llama

de una vela bajo la luz del sol, e ingrávida como el humo de un leño

Que oscurece la arena sin proyectar sombra.

La piel se desprende entre mis dedos cual escamas de trucha

en seco banco de arena; mis palmas están marcadas por la trama

de las líneas que he tensado por más de cuarenta años.

Jonia es para mí el olor de la hierba quemada, la oxidada manivela

de un pozo delatando las herrumbrosas islas de agosto;

ahora las líneas que amo tienen todos sus nudos.

Dejo mi casa abierta al viento descalzo.

Bajo el bochorno de la tarde, cuando hace demasiado calor para pensar

y la musa de este océano interior aguarda un nombre

la tensa línea del horizonte nada logra pescar en esta salina, oscura habitación.

Espero. Las sillas trasudan. Papeles arrugados tapizan el suelo.

Una lagartija boquea sofocada en la pared. El mar relumbra como zinc.

Entonces, contra la luz que entra por la puerta, no Niké, desatando su sandalia.

 

Archipiélagos

1

Al final de esta frase, comenzará a llover.

Donde acabe la lluvia asomará un velero.

 

Lentamente perderá de vista las islas;

la fe en los puertos de toda una raza

se perderá en la niebla.

 

La guerra de diez años ha acabado.

El cabello de Helena es una nube gris.

Troya, un foso de cenizas

junto al brumoso mar.

 

La bruma es apretada como las cuerdas de un arpa.

Un hombre con ojos nublados recoge la lluvia

y escribe con ella el primer verso de la Odisea.

 

 

Texto aparecido originalmente en Crítica No.50