Lilia Luján

Dos poemas | Damaris Calderón

Caballo de atar

 

El viento puede enloquecer a una mujer

a un hombre

caballo de atar rompe los cercos

salta la empalizada

doblega el cerebro más fuerte

como un campo de gavillas de trigo.

Ahora soy mi padre recostado junto a la ventana

que me pregunta con sus ojos muertos

“¿Estás aquí o en La Habana?”

Ahora soy mi padre

su navaja de afeitar

la herida que corre

el hilillo de sangre

y el tajo que quisiera más profundo.

¿Estoy aquí o en La Habana?

Lo que antes fue literatura

es un río que me desborda

una tierra me segrega me expulsa

el dolor recorre mis piernas sus posesiones.

Soy mi padre.

La hija del difunto.

La extranjera.

La otra.

Ninguna.

 

 

 

Para cerrar los ojos

 

Toda mi vida soñé con los caballos.

Ser un caballo.

Astas de viento.

Ancas de viento.

El vigor de los jóvenes potros.

 

Ahora que voy a morir

déjame ver los caballos otra vez.

 

Cuando la lengua se deshace

sin palabras ni tierra que pronunciar.

Cuando la espuma deja a mis pies

un cerco efímero

Y todo es borrado por las aguas

barrido por la niebla

déjame ver los caballos otra vez.

 

Una carrera.

Otra carrera.

Ninguna carrera.

Cuando el manzano es la memoria del manzano

su cáscara.

Déjame ver los caballos otra vez.

Puro vigor.

Puro deseo animal.

El macho monta a la hembra.

Muerde el pelaje.

Dobla las patas.

La penetra.

Escucho el relincho.

Tiemblo más que la hierba húmeda.

Vencida.

Despojada del hábito de ser humanos

déjame ver los caballos otra vez.

 

Lilia Luján

Lilia Luján