Martín Peregrina

Cuatro poemas | Luis Vicente de Aguinaga

 

A una cicatriz

 

 

Tanto sin verte, compañera.

Y, sin embargo, ahí estuviste

todo el tiempo, ligeramente curva,

como el último trazo

de una inscripción en lengua extraña.

La barba de dos días

parece haberte subrayado,

y en la luz de un espejo que no me reconoce

viajan sustancias de otro siglo

menos que microscópicas:

una caída, un golpe, un labio abierto.

 

Cuánto duró, en segundos, esa herida:

fracciones, miligramos. Cuánto

la pezuña del animal

sobre la tierra.

 

Nada. Pero la huella

vuelve a marcarse cada tanto,

no sé si roja o ámbar,

debajo de mi boca.

 

 

 

Caminata de jueves

 

Estoy de cuerpo entero en un zapato,

el derecho,

arrinconado entre los dedos

de un solo pie,

de un solo paso a ningún lado.

 

Qué importa si no estoy en mis palabras.

Qué importa

si estoy en mi cabeza o en la tuya.

En el zapato

izquierdo.

 

Qué importa si no estoy

en el cabello,

en los huesos del cráneo,

en la terca materia de las uñas.

 

Muy poquito se ve

desde la punta del zapato.

Apenas la próxima zancada.

 

 

 

El codo

 

Tengo dos codos, por lo visto,

como tengo dos brazos,

pero el derecho me importa especialmente.

 

Un rayo me alcanzó en el codo,

aunque ya no recuerdo en qué tormenta.

Una piedra. La piedra de la honda

de David. El mal de ojo

me alcanzó en el codo.

 

Se lo digo a mi esposa.

Se lo digo a mi madre

y a mi abuela:

cuídenme. No puedo con el codo.

 

No es que me muera de dolor.

No es que me desmaye.

No es que las óperas, las guerras, los cursos de cocina

se detengan

por compasión, por solidaridad conmigo.

 

Pero el codo derecho

me importa, y debería

importarle a todo el mundo especialmente.

 

 

 

Oración de año nuevo

 

 

Despierta, porquería.

Ponte de pie, basura, hilacho,

cajón de mala muerte.

 

Despierta. Son las diez. Revive.

Las doce de la madrugada.

Bébete, botella

desechable. Ya es la una.

Cómete, plato

con restos de frijoles.

Anda, enderézate, sacúdete,

cerveza tibia, mosca de panteón,

fastidio de domingo.

 

Zúrcete, sábana raída.

Levántate

de tu saliva y de tu mierda.

Súmale voces al estruendo,

polvo al polvo,

arrugas a tu cara y a mi cara.

 

Martín Peregrina

Martín Peregrina