Francisco Gálvez

Cuatro poemas | Cristián Gómez Olivares

 

CARBÓN, RETRATO DE MI PADRE, MILITANTE COMUNISTA, LOS GEMELOS, COPLAS A LA MUERTE, ETC.

I

 

Durante años mi viejo jugó al solitario

tirando las cartas sobre la mesa.

Formaba un rectángulo sobre esa madera

que no era de caoba sino un raulí

cubierto de un esmalte que durante algún

tiempo lo mantuvo a salvo de los almuerzos

y las comidas. Las cartas se iban acumulando

al lado de las notas de venta, los formularios

de despacho y los folletos que nos daban

de comer: pero en realidad no es como suena.

Era difícil arrimarse hasta la mesa sin sentir

un poco de miedo. Ahora juega delante

de una pantalla, pero se acuesta a la misma hora.

El rey y la reina están por encima de las demás.

Un as yace en el fondo, sepultado por su destreza:

la suerte de quién barajan esos números.

II

 

La suerte de quién barajan estos números

arrojados encima de una mesa de barnizado

raulí donde el mismo padre de siempre

arroja las cartas jugando al solitario.

Cifras que no suman, reyes que dependen

de una reina con tal de llegar hasta la cima,

en la cabecera se cortan y se dan con las manos

los destinos de tamañas jerarquías. Jugaba

hasta las tantas de la noche. Yo no me atrevía

a hablarle. El vidente podría cometer algún error

al llamarte por tu nombre. Ni siquiera levantaba

la vista para pronunciar la sentencia: jacta est.

 

Ahora a cruzar aquellos ríos.

 

 

 

 

QUE INEVITABLE EMPIEZA

 

Yo resistí la tormenta,

Yo derroté mi exilio.

E.P

 

Arrojarse al mar para que el agua se purifique

sólo lo puede hacer un adolescente vestido

con un uniforme de colegio y en la cara

 

el espanto de haberlo visto todo

con los ojos abiertos y cerrados,

pero insiste, pero insiste porque

 

es capaz de soplar más fuerte que el viento

para apagar las velas de una torta que

no celebra ningún cumpleaños,

 

un pastel maldito, una verdadera delicia

para los amantes de las calorías

y las grasas saturadas, una

 

receta con la que nuestras madres se aseguran

de que vamos a chuparnos nuestros

dedos delante de nuestros

 

invitados: enamórense, por favor,

enamórense en nuestro nombre, hagan

realidad eso de que la belleza

 

será no me acuerdo cuál era el adjetivo

o no será: yo fallé pero lo reconozco

yo también tuve mis tardes en esa plaza

 

tirados sobre el pasto engendrando

una cuenta de hospital de la que

haríamos por supuesto a otros

 

responsables, sacudiendo los chalecos,

limpiándonos el pelo de esas huellas

del tiempo perdido, de los dientes

 

de león heredados incluso

en nuestras ropas interiores,

libérense de ese lastre que significa

 

graduarse de cualquier cosa

y por lo que más quieran en este mundo

traidor como ninguno de los otros mundos que

 

conozco: olvídense, olvídense y olvídense.

No importa que la ropa sea prestada

siempre y cuando uno sepa ponérsela,

 

más importante que llegar sin invitación

es identificar rápidamente al dueño de la casa

averiguar si es hincha o no de algún equipo

 

y en el caso de haber entrado al velorio equivocado

saludar a la viuda dependiendo de la edad y de cuantos

hijos tenga. El resto se aprende con los años,

 

las calles de la ciudad se convierten en un mapa

después de mucho haberlas recorrido

cargando con las bolsas del supermercado

 

y esos libros que no vas a leer ni tampoco necesitas,

para dormir hay que dejar que las ovejas entren

al corral como las palabras que vamos

 

aprendiendo para derrotar al exilio es imprescindible

una adolescencia que alimente los recuerdos

porque resistir la tormenta es una cosa

 

otra muy distinta meterse al mar

sabiendo que las olas son un muro

que no necesita obreros ni ladrillos

 

para formar una casa si estamos dentro

para ser un puente si quisiéramos cruzarlo

ya estaba allí antes de que nadie lo construyera

 

y seguirá cuando terminemos de derrumbarlo.

 

 

 

BARE NUCKLE FIGHTS

 

Estaban ahí agarrándose a combos

sin protector bucal, sin guantes

ni nada en la cabeza que amortiguara

 

los nudillos de ese rival que recibiría

más o menos la misma cantidad

que su oponente, la bolsa

 

es para los apostadores, los que se ponen

con el local –clandestino, perdido en esos

bosques de los que nadie sabe salir

 

si no es con un guía de la zona. Uno

de los dos caerá pronto, porque seguro

la pelea está arreglada, como el destino

 

en las tragedias griegas: el oráculo ya sabe

cuál de los dos va a perder y cuál de los dos

tendrá que pedirle una fortuna a la fortuna:

 

todavía estoy esperando mi pelea con McGregor,

todavía quiero salir de estos andurriales perdidos

en medio de la anfetamina y esta vida que ni siquiera

 

es de clase media, mi sueño americano consiste

en que me revienten la nariz por un poco más de plata:

un bosque no es más que la posibilidad de ser un bosque.

 

Una pelea la oportunidad de ser un árbol.

Pero un árbol después del invierno.

Las ramas caídas y el tronco desnudo.

 

Pero en pie.

 

 

 

 

EL GRAN TORMO

 

Un tsunami que llegue hasta Los Andes.

Que arranque de raíz toda esa mierda.

Que se lleve las tumbas de los que nunca

fueron enterrados. Y todavía claman por serlo.

Que le pase por encima a esos lugares patrimoniales

abandonados por decreto desde el momento

en que se gestaron, como imbunches

salidos de ese útero maldito.

Que se trague a la clase media por completo.

Pero también a esos flaites de mierda que andan

con los pantalones colgándoles de las rodillas

siempre y cuando hayan acabado primero

con los flaites que estudiaron en los colegios

que sólo ellos podrían pagar excepto cuando

se les ocurrió la gran idea a una tropa de curas

comunistas de predicar la solidaridad a la fuerza

y meter a sus machucas en las aulas de la burguesía.

Una ola que le pase por encima a la llama de la libertad

y se lleve de paso La Moneda, la estatua de Allende,

la del conchadesumadre de Frei Montalva, los edificios

de los ministerios donde se apostaran para disparar

los soldados del ejército. Que arranquen los asientos

del Nacional y las torres de iluminación, que les devuelva

de una buena vez el Huáscar e inunde la mina a tajo

abierto más grande del mundo. El fuerte de Niebla

y el morro de Arica, la escuela militar y las estaciones

del Metro. Pero que ojalá dejara en pie la estación Central

donde todavía quisiera subirme a uno de esos vagones

que en menos de dos horas me dejaban en San Francisco

de Mostazal, antes de que existiera cualquier casino

y despedir los trenes a la orilla de la línea es lo único

que recuerdo del verano: un terremoto perfecto

que les caiga desde el cielo y con el cielo.

 

Francisco Gálvez

Francisco Gálvez