Jorge Brandon Salazar Marín

Cinco poemas | Juan Antonio Masoliver

Cada vez que bajo la escalera

me encuentro a Isabel rota,

muerta, mirando a ningún lado,

como si se hubiese olvidado de mí,

de la vida, de los años atrás

en los pubs de Londres,

en las noches de lágrimas,

de Ángel durmiendo en un armario.

Le pido que no regrese. Su ausencia

es dolorosa. Ya sólo me quedan

los recuerdos y aquella tarde

inolvidable en la que me susurró

algo que no entendí y que ahora

entiendo: no vuelvas, Juan Antonio.

Como si yo me hubiese ido

a algún lado desconocido

con orquídeas y aros y veleros

en la luz del Escorial. Y no volví.

E Isabel está lejos. Y la vida

está lejos. Y bajo la escalera

y allí está la muñeca rota,

una anciana que perdió el equilibrio

antes de entender las trampas

de la vida que incesantemente

la asediaron. Con los ojos

abandonados. Con todo lo que fue

hecho añicos. Y este dolor que siento

donde está el corazón

que no nos sirve de consuelo.

y duele enormemente

como un féretro que se aleja

para olvidarse de nosotros.

 

 

*

 

A Antonio Gamoneda

 

Le pedí al poema

que me enseñara el camino

de lo indescifrable.

Me enseñó un seno, una puerta

llena de árboles nórdicos

como nórdico es mi corazón

y las palabras donde se esconde

el secreto de lo que escribo,

el aroma de tu amor cuando susurras

palabras tristes que oyen

las gacelas que huyen continuamente

pues continuamente las busco.

Y también me enseñó la caligrafía

de Antonio Gamoneda, el jeroglífico

y los signos que ocultan las estrellas

en torno a la catedral de León

donde una jauría de niñas

enamoradas busca el corazón

del poema, algo que dé razón

a esta inexistencia

de tantos años envejeciendo.

Y es en las palabras del poeta

ante el que me arrodillo dos veces

en la misma nave, donde encuentro

lo que nunca hubo y busco

tenazmente. Palabras en el cielo

luminoso para el corazón

insatisfecho.

 

*

 

 

“Alguien prepara grandes sábanas”

Antonio Gamoneda

 

Sábanas en los tendales como sudarios.

El cielo sin luz.

La memoria sin luz.

Las aves ciegas gimiendo en el espacio.

La niña que dejó de ser niña.

La que orinaba en el jardín

en pleno día. La mujer arrodillada

pidiendo perdón por los pecados

ajenos. El día de la lujuria

y el día de la cruz en el lecho

donde hicieron el amor.

Los pechos de una madre desconocida.

Y muy lejos, los trenes de la ausencia.

Cuchillos de luz como

un poema de Gamoneda. Mares

ausentes en el corazón.

Busco a Dios en la maleza.

Busco los días de la eternidad

en las cloacas. Veo una mano

en mi corazón, sus palabras,

la luz de su sortija.

Y escucho en la hierba

las voces del pasado

que me llegan como primaveras

marchitas. Busco

en el laberinto de las palabras

lo que dice mi voz

en esta oscuridad. Amanece

en los tendales vacíos. La muerte

se ha dormido.

 

*

 

La tarde se ha desbaratado.

Los ojos que veían luz y alma

se han desbaratado. Y todo el amor

que sufro como un mar en lo más hondo.

Escucha de nuevo lo que ya escuchaste

aquel día de la cama y del amor

sin más sentido que este futuro.

Escucha lo que nunca más oiremos.

Sirenas. Astros. Aire azul

en la mirada. Todo lo que veo

lo vi. Todo lo que vi se borra.

Fuego en el vello.

Y ahora el fuego es ceniza. Y en la ceniza

arde todo lo que he sido

y lo que soy. Centro. Herida.

Todo el amor que cantaron los poetas

se desvanece, y en tus ojos

se aleja tu mirada. Y finalmente

soy lo que fui en las nalgas

de la infancia, en el jardín

donde el tiempo como un oleaje

vuelve, se va, desaparece

en los guijarros. Abre mis ojos.

Allí encontrarás el sagrario

vacío de palabras.

 

*

 

El empecinamiento de la cal

al resquebrajarse el sol.

El cutis de las mujeres.

Los párpados. Los ojos grises

en luz de la muerte. Espejo.

Aire. Cántaros. Flores

falleciendo en el jardín.

El sol absorto en su luz,

indiferente a los amaneceres

y a los ocasos.

La luz indiferente a la totalidad

de lo que ilumina.

Sol que se resquebraja. Cutis

que se resquebraja

al encontrarse con los ojos.

En la verja del cementerio

un pájaro canta una melodía

hermosa como el cutis

de un adolescente

la primera vez que se ve en el espejo.

 

Jorge Brandon Salazar Marín