Martín Peregrina

Cinco poemas | Eduardo Saravia

Barcos

Las primeras vivencias rara vez nos pertenecen. Viajamos a expensas de los padres, tres o cuatro fotografías lo documentan, confirman nuestra presencia aquí o allá, pero nos es imposible recordarlo. “Mira, aquí fue cuando empezaste a caminar, ¿en serio no te acuerdas?” La primera vez que recuerdo haber viajado en barco fue en el Ferry de Cancún a Isla Mujeres, y fue hace tanto tiempo que solo conservo algunos cuadros, rápidas imágenes a blanco y negro, más bien difusas. Después hay viajes en lancha, muchos de ellos. Pero un viaje en barco, un barco con 200 camarotes, restaurante, bar, como el de esta vieja fotografía, hablando de memoria, nunca lo he emprendido. No sé por qué me siento mal cuando en algunos puertos veo un transatlántico a lo lejos. No sé por qué tanta nostalgia.

 

Celdas

Jamás he estado en la cárcel. Recuerdo, sin embargo, un fuerte olor a humedad, un muro de 12 cuartas x 14 y una ventana protegida con barrotes. Aún puedo verme mirando la pared durante horas. Encuentro sus imperfecciones, descubro formas precisas en las manchas. Pasan días y días. Veo el mundo entero plasmado en una pared que ni siquiera existe. A veces, al entrar en un sanitario público, asustado me detengo, el olor me lleva hasta esa celda y debo darme un minuto para reponerme. Otras cierro los ojos e intento mirar por la ventana, ver lo que hay al otro lado, pero vuelve aquella sensación de horror y permanezco inmóvil, con la mente en blanco, como si a fuerza de mirar el paisaje desapareciera. Jamás he estado en una cárcel. No. Ni siquiera en los separos de una comandancia, donde te despierta el frío a media noche y las carcajadas se elevan desde el suelo hasta agolparse en un camastro improvisado.

 

Trincheras

En algún lugar soy el propietario de una tienda de tabaco. Abro a las ocho de la mañana (los fumadores no saben esperar) y me preparo para otro día de venta. Ordeno las vitrinas, charlo con algunos proveedores: no me quejo. El establecimiento es pequeño pero agradable. Predomina el color café; en general es silencioso; el piso es blanco. En las tardes de lluvia miro a través del ventanal y me pongo a recordar no sé qué instantes que me hacen sentir agradecido. Es posible. Se hace más y más real a medida que lo pienso, al otro lado de un agujero negro, en los límites del cosmos.

En algún lugar hay otro que también soy yo. Le gusta su trabajo y sale a caminar los fines de semana. No necesita anteojos, adora la pizza, jamás ha probado el cigarrillo. Cuando sale a correr, corre; cuando es hora de comer, come; cuando va a dormir, duerme. Adivino que también escribe, pero lo hace tras una plácida trinchera y lo hace bien. Sospecho que ninguno de los dos sería mi amigo.

 

Puentes

¿Había o no había un puente en esa carretera? Pasábamos por ahí para llegar al viejo cementerio, siempre de noche. Un grupo de chicos alocados, ávidos de fiesta y aventuras. La vida era eso que hormiguea en las manos y hay que ponerles cigarros y cerveza para contenerlas. Hay que golpear, besar, tomar otras manos para contenerlas. Éramos jóvenes. Íbamos al cementerio del pueblo en busca de fantasmas. No sabíamos que a los verdaderos fantasmas los estábamos fraguando, que los terminaríamos de fraguar más tarde, cada quien a su medida, y que nos perseguirían y serían más grandes y terribles. Hace poco encontré a un compañero de aquellas aventuras. Recuerda las noches en el cementerio, la carretera, pero no recuerda el puente. “Hay un puente peatonal, sí, pero no tiene más de cinco años”. Es raro. Tal vez trasladé ese puente de otro sitio, otro recuerdo. Lo cierto es que mi memoria lo necesita ahí. Precisa de ese fantasma para pasar al otro lado.

 

Habitaciones

Y todas son la misma. Al abrir la puerta te encuentras con una cajonera y casi siempre sobre ella una televisión. A la izquierda está la cama. Una cama matrimonial, suave, recién tendida, con dos buros en los extremos y con sus respectivas lámparas sobre ellos. Al lado de la cama, a veces unos cuantos pasos frente a ella, hay un pequeño escritorio y una silla. Sobre el escritorio una guía de turistas, un directorio telefónico y, otra vez, una lámpara. El baño se suele encontrar del lado izquierdo de la cama, más allá del armario, perfectamente equipado con toallas, jabones y acondicionadores. El azulejo es blanco. Al final del escenario se encuentra el huésped, yo, un cuerpo extraño de un metro con setenta y cinco y con ochenta kilos de peso. Sé cuánto espacio ocupo en una habitación, pero, ¿cuánto espacio ocupa dicha habitación en mí? Hay espacios que a nadie pertenecen. Sitios asépticos que nadie extraña y que a nadie esperan. Recuerdo mi primera habitación porque estaba llena de fantasmas. Había un monstruo en mi ropero y un cocodrilo debajo de la cama. Era mi habitación, la hice mía cuando dibujé un barco en una pared y tracé mi mano derecha en otra. Los cuartos de hotel ni son cómodos ni son hospitalarios. A medio camino entre lo público y lo privado son incapaces de proporcionar intimidad, de generar historia. He sido invitado a casas que dan la misma sensación. En ellas uno se imagina que hojea un catálogo de muebles. Son tan lindas, tan neutrales que hay que evitar tocarlas para no descomponerles el peinado. Lo más extraño de hacer un viaje es darte cuenta de que cambias de costumbres, de paisaje, de idioma, pero tu habitación es la misma.