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Asfódelo, flor aún verde. Libro II | William Carlos Williams

 

Versión y nota de Hernán Bravo Varela

 

Contenido en Viaje al amor (1955), “Asfódelo” es el gran poema de vejez de William Carlos Williams (1888-1963). En él, conformado por dos “libros” o capítulos, el estadounidense hace gala de una peculiar versificación que dominó la última etapa de su poesía, bautizada por el propio autor como “pie variable”. Dicho pie es el vaso y la medida, si bien caprichosos, con los que Williams intentó reproducir las sinuosidades del habla (una no coloquial sino poética), y que parecería provenir de la terza rima de Dante. Si para Franc Ducros ésta representa la caminata del florentino en busca de Beatriz, donde los cambios estróficos hacen visibles los abismos de sentido que se abren en el más allá de la Comedia, el “pie variable” es, para Williams, la huella del tránsito o del “viaje al amor” otoñal —una especie de terza rima en verso libre.

Gracias a la “trasposición” que publicara Octavio Paz (W. C. Williams, Veinte poemas, 1973), el primer libro de “Asfódelo” llegó a ser bien conocido en nuestra lengua. [Representó, incluso, la obra de Williams en Una antología de la poesía norteamericana desde 1950 (1992), realizada por Eliot Weinberger.] Dejo a un lado las asombrosas coincidencias estructurales y tonales entre “Asfódelo” y “Carta de creencia”, poema amoroso del último Paz. No deja de sorprender, sin embargo, que el mexicano excluyera de su selección la segunda mitad de “Asfódelo”, sin la cual este poema-río —o, antes bien, poema-escalinata— pierde plenos poderes. (Algo parecido a leer el “Infierno” de Dante sin culminar en su “Paraíso”.)

“¿No es esa la mejor definición de la poesía —se preguntaba Paz en el prólogo a aquellos Veinte poemas—: un lenguaje que no dice nada, salvo para la imaginación?” En la versión que hoy presentamos, “Asfódelo” revela la otra mitad oculta a la imaginación de los nuevos y pacientes lectores del Dr. Williams.

 

Cercanos a la muerte,

la muerte del amor, como se piensa,

ya no alcanzan

las distinciones para diferenciar

los detalles

de espacio y condición

que nos son conocidos

desde hace mucho tiempo.

Todo luce

como si apareciera

titubeando en el agua.

Despertamos llorando con un grito

de reconocimiento

pero enseguida los contornos

se vuelven imprecisos nuevamente.

Si hemos de entender nuestro tiempo

debemos encontrar su clave,

no en los siglos dieciocho

y diecinueve

sino en épocas más tempranas, salvajes

y oscuras…

Así, para saber lo que debo saber

sobre mi propia muerte,

si será verdadera,

la debo hacer a un lado.

¿Qué piensa tu generación

sobre Cézanne?,

le pregunté a un artista joven.

Las abstracciones de la pintura hindú,

me replicó,

son lo que me interesa por ahora.

Le gustó mi poema

sobre las partes

de una botella rota,

la que yacía verde en las cenizas

de un patio de hospital.

También tenía presente

aquél sobre un vistoso papel tapiz

y del que había oído

pero que no leyó.

Le di las gracias

por sus atenciones.

¿Te acuerdas

de cómo en Interlaken

hicimos una espera de cuatro días

para ver el Jungfrau

pero estaba lloviendo sin cesar?

Entonces,

justo antes de que partiera el tren

y gracias al consejo de una de las meseras,

corrimos

a la Gipfel Platz

¡y allí estaba!,

a lo lejos,

cubierto de recién caída nieve.

Cuando estuve en Granada,

lo recuerdo,

el calor sofocante

al escalar una árida colina

que miraba a la Alhambra.

Tras llegar a la cumbre,

dos niñitos

que habían jugado

allí

se esfumaron.

Cuando empecé a bajar

por una nueva senda,

unas gitanas

se me acercaron inmediatamente

hasta rodearme,

podía hablar un poco de español

y, guiados por una jovencita,

me indicaron

la ruta.

Éstos fueron los puntos culminantes.

Las muertes que sufrí

comenzaron en las cabezas

a mi alrededor, mis ojos

fueron muy diestros

para no ver

la mezquindad del mundo.

Pude aceptarlo

como mi destino.

Yo desafié

a los ricos

o no a ellos,

porque ellos tienen sus costumbres,

sino a quienes les siguen el ejemplo.

Viví

para aspirar encima del hedor

sin saber de qué modo, en carne propia,

sería finalmente

derrotado. Me perdí

fracasando en el poema.

Pero si vine del océano

no ha sido para estar

embelesado

por el destello de las olas.

Ese libre intercambio

de la luz sobre su superficie

que comparé

con un jardín

no debería engañarnos

o ser

una figura tan difícil.

El poema,

si refleja el océano,

sólo refleja

su danza

sobre esa depresión profunda

donde

pareciera triunfar.

La bomba pone fin

a todo eso.

Se me recuerda

que también

la bomba

es una flor

con todo

dirigida

a destruirnos.

La sola imagen

de la bomba que explota

nos fascina

tanto que no podemos esperar

a postrarnos

ante ella. No creemos

que el amor

arruine nuestras vidas a tal punto.

El fin

vendrá

a su tiempo.

Mientras,

estamos hartos

de la bomba

y su pueril

insistencia.

La muerte no es respuesta,

no hay respuesta

para un viejo invidente

cuyos huesos

tienen el movimiento

del océano,

un anciano asexuado

para quien esa muerte es un océano

del que sus versos

están hechos.

No hay un poder

más grande que el amor,

que es un océano,

que es un jardín

tan perdurable

como los versos

de aquel ciego invidente,

destinados

a no morir jamás.

Pocas personas creen

                    que tampoco los juegos de los niños.

Ellas prefieren creer

en la bomba

y morirán a causa

de la bomba.

Comparemos el viaje de Darwin en el Beagle,

un viaje de descubrimiento, si hubo alguno así,

a la muerte,

aislados

y en la silla,

de los Rosenberg.

Es signo de los tiempos

que, aun al condenar

cuanto ellos defendían,

podamos admirar su fortaleza.

No obstante, Darwin

nos abrió los ojos

a los jardines del mundo

cuando ellos los cerraban.

O pensemos en ese otro viaje

que prometía tanto

pero debido al mundo y su avaricia,

que engendra odio

a través del miedo,

culminó de manera desastrosa;

un viaje

en el que estoy profundamente interesado:

el de la Pinta,

la Niña

y la Santa María.

El mundo, ¡cómo abrió los ojos!

¡Era una flor

sobre la cual

abril había bajado de los cielos!

¡Qué amarga

desilusión!

Después de todo,

esto, en buena medida,

me condujo a las muertes que he sufrí.

¡Se habían encendido

más mentes

que aquellas de los descubridores

y puesto a bailar

a un compás,

a un nuevo compás!

Que pronto se perdió.

El propio compás

está perdido

y sufrimos por ello.

Llegamos en silencio

a nuestras muertes.

Habla la bomba.

Todas las represiones,

de los juicios por brujería en Salem

a las últimas

quemas de libros,

revelan

que la bomba

ha entrado en nuestras vidas

para destruirnos.

Cada taladro

que choca con la tierra

por petróleo se hunde en mi costado

también.

¡El desperdicio, el desperdicio

domina el mundo!

Se lo debemos a la bomba.

¿Qué fue, si no, el incendio

del Jockey Club de Buenos Aires

(malos aires, debiéramos decir)

cuando, con visto bueno de Perón,

destruyeron los vándalos,

además de los libros,

los invaluables Goyas

que estaban ahí expuestos?

Tú sabes cuánto atesorábamos

esas pocas pinturas

a las que todavía nos aferramos,

en especial a esa

del muerto

Charlie Demuth.

Con tus sonrisas

y otras trivialidades de ese tipo,

mi vida secreta

se ha reconciliado,

la vida de un bebé

que sin mi intervención

se habría perdido.

Pero de las palabras

hechas sólo de aire

o ni siquiera,

que vinieron

del aire

e insistieron

en ser escritas,

de su gran mayoría me arrepiento

—les ha llegado

su hora.

Pues, a pesar de todo,

todo eso que yo mismo me busqué,

creció la sola imagen

que idolatro

contigo

y que así

nos unió.