Peter Ackroyd | Fotografía: thesundaytimes.co.uk

Los ojos de la ira | Peter Ackroyd

Traducción de Jordi Doce

 

Es tal vez la más famosa de las canciones de Blake, recitada por sus contemporáneos más cultos y cantada por los escolares del siglo xx como un himno profano:

The tiger

Tiger, tiger, burning bright,

In the forests of the night:

What immortal hand or eye

Could frame thy fearful symmetry?

 

In what distant deeps or skies,

Burnt the fire of thine eyes?

On what wings dare he aspire?

What the hand dare seize the fire?

 

And what shoulder, and what art,

Could twist the sinews of thy heart?

And when thy heart began to beat,

What dread hand? and what dread feet?

 

What the hammer? what the chain?

In what furnace was thy brain?

What the anvil? what dread grasp

Dare its deadly terrors clasp?

 

When the stars threw down their spears,

And watered Heaven with their tears,

Did he smile his work to see?

Did he who made the lamb make thee?

 

Tiger, tiger, burning bright,

In the forests of the night:

What inmortal hand or eye

Dare frame thy fearful symmetry?1

 

Blake escribió las tres primeras estrofas con bastante fluidez, como si hubieran estado resonando en su mente y sólo necesitaran pasar a su cuaderno; quizá ya las hubiera garabateado en un trozo de papel de los que guardaba en su bolsillo. Luego comenzó la cuarta estrofa:

 

Could fetch it from the furnace deep

And in the horrid ribs dare steep

In the well of sanguine woe

 

(Podría extraerlo del horno profundo

e impregnarse en las horribles costillas

en el pozo de aflicción sanguínea)

 

Se detuvo, tal vez incapaz de encontrar una rima para “woe” o descontento con la frase en sí, y ensayó un nuevo pareado:

 

In what clay & in what mould

Were thy eyes of fury rolld

 

(En qué arcilla y en qué molde

se formaron tus ojos furiosos)

 

Pero se estaba demorando en exceso en los atributos más grotescos de la bestia, y canceló la totalidad de la estrofa con rayas de tinta verticales. Prosiguió con las que terminarían siendo las estrofas cuarta y sexta, pero entonces pasó página y trató de crear un efecto totalmente distinto:

 

Burnt in distant deeps or skies

The cruel fire of thine eyes

Could heart descend or wings aspire

What the hand dare sieze the fire

 

(Ardió en Hondas simas o cielos

el fuego cruel de tus ojos

pudieron el corazón descender las alas ascender

qué mano sostuvo el fuego)

 

Era un intento de alcanzar lo sublime, pero prolongaba de manera demasiado insistente la cadencia y por tanto el sentido de los versos precedentes. Así que tachó la estrofa con tres rayas y volvió a empezar:

 

And did he laugh his work to see

What the shoulder what the knee

Did he who made the lamb make thee

When the stars threw down their spears

And waterd heaven with their tears

 

 

(¿Y rió él al admirar su obra?

¿qué hombros y qué rodilla?

¿fue quien hizo al cordero tu hacedor?

Cuando hundieron sus lanzas las estrellas

y bañaron el Cielo con sus lágrimas)

 

Con la súbita brillantez de estas dos últimas líneas, en las que se funden la observación astronómica y el acervo mitológico, supo que había encontrado el comienzo adecuado de la nueva estrofa: las numeró cuidadosamente con las cifras “1” y “2”, tachó “qué hombros y qué rodilla”, y numeró las otras dos líneas con las cifras “3” y “4”. Luego revisó la totalidad del borrador y numeró las estrofas en el orden en que nos han llegado. En cierto momento, en otra copia en limpio, parece dispuesto a omitir las estrofas segunda y cuarta; pero cedió, y el poema fue grabado finalmente en el reverso de “La voz del Antiguo Bardo”. También grabó y coloreó la imagen de un tigre; la imagen, en ese contexto, es absurdamente cómica: tiene la expresividad de un muñeco de peluche, con una mueca grotesca en el rostro, y puede tomarse como un contraste irónico con la invocación dramática de la voz poética. Pero también, por otro lado, podemos verla como una muestra de la incapacidad de Blake para dibujar otra cosa que no fuera la forma humana.

Pocos poemas han sido sometidos a un escrutinio tan detallado o frecuente, pero los críticos han producido tal barahúnda de explicaciones que la mueca del tigre podría ser muy bien una sonrisa desafiante. Más adecuado, pues, puede ser dar un paso atrás y considerar “El tigre” desde otro ángulo; si, como aconsejan las tesis de Swedenborg, salimos a encontrar “correspondencias” y “analogías” del poema en el mundo que habitó Blake, entonces nos hallaremos al menos un poco más cerca de las fuentes de su poder. Blake puede haber visto tigres en Londres en varias colecciones privadas de animales: había dos en la Torre de Londres, “desmedidamente feroces y salvajes”;2 y durante el tiempo de residencia de los Blake en Green St. el curioso podía doblar la esquina y contemplar en directo las evoluciones de un tigre en Leicester House. De niño había visto imágenes de tigres: el cuadro de Stubbs se exhibía en el mismo edificio que albergaba la academia de dibujo de Pars en la época en que Blake había sido alumno suyo. Una de las escenas de asunto heroico que Barry había pintado para la Sociedad de las Artes portaba el comentario “El ministro de Dios era famoso por aplacar / la ferocidad del tigre y la ira del león”, mientras que, en escenarios más domésticos que la sala de reuniones del Adelphi, el tigre era un motivo popular en las telas “orientales”.

En este punto existen, forzosamente, conexiones infantiles más importantes, ya que su íntimo conocimiento de la Biblia lo había familiarizado con imágenes de furia y temor, bosques y bestias salvajes: “¿Rugirá el león en el bosque no habiendo presa? ¿Dejará oír su rugido el leoncillo en su cubil sin haber despojos?” (Amós 3:4). Y, por supuesto, Blake conocía las sublimes interrogaciones del Señor a Job: “De su boca salen llamas, se escapan centellas de fuego; sale de sus narices humo, como de olla al fuego, hirviente; su aliento enciende los carbones, saltan llamas de su boca” (Job 41:10-13). La historia natural de la época confirmaba este singular abanico de imaginería animal, en el que lo sublime y lo terrible se mesclan en una combinación inigualable. El tigre es descrito una y otra vez como una bestia feroz y hambrienta, “siempre sedienta de sangre… No tiene más instinto que la furia perpetua y una ciega e indiscriminada ferocidad… Ruge en presencia de todo ser vivo”.3 Había, asimismo, numerosos grabados que complementan esta descripción en A General History of Quadrupeds de Thomas Bewick, en la Description of Three Hundred Animals de Thomas Boreman, y en la Encyclopaedia Britannica. Pero los libros en los que había trabajado también incluían grabados: la cabeza de un tigre moteado en Physiognomy de Lavater, y el grabado “Baco con su tigre” en The Antiquities of Athens de Stuart y Revett. El tigre báquico es una figura bastante ridícula, y su recuerdo puede haber ayudado a Blake a diseñar su propia imagen; la asociación con Baco, en cualquier caso, es sugerente, y en los estudios de finales del xviii sobre cultos fálicos y rituales priápicos el tigre estaba conectado con el fuego y la destrucción que preceden inevitablemente a la creación. Blake había empezado a trabajar en Narrative of Surinam de Stedman, en cuyas páginas vería que “el tigre… posee ojos que emiten destellos relampagueantes” y que “el tigre rojo… tiene ojos prominentes y destellantes como estrellas” (vol. II, pp. 50-51). Esa hondura e intensidad estelar tenían ya residencia en los cielos, ya que una constelación de diecinueve estrellas descubierta por Helvetius era conocida como “El tigre”. Un abanico de asociaciones tan poderoso jugó sin duda un papel en la escritura de un poema que de por sí mezcla las estrellas y la furia, los bosques y la destrucción, de una manera tan intensa y elíptica. Existe, asimismo, una asociación privada que halla expresión plena en uno de los poemas últimos y más extensos de Blake:

 

They erected the furnaces, they formd the anvils of gold beaten in mills

Where winter beats incessant, fixing them firm on their base

The bellows began to blow & the Lions of Urizen stood round the anvil…

The tygers of wrath called the horses of instruction from their mangers.

 

(Erigieron los hornos, diseñaron los yunques de oro batido en fábricas

Donde bate incesante el invierno, afirmándolos sobre su base

Los fuelles comenzaron a soplar, los leones de Urizen rodearon el yunque…

Los tigres de la ira echaron de sus comederos a los caballos de instrucción.)

 

De los bosques de la noche proviene el oscuro carbón que sirve para forjar el hierro de las planchas de cobre donde Blake inscribe el tigre: los yunques de oro son como las listas anaranjadas en los flancos del tigre, imagen combinada de la creación y la destrucción. Una vez más Blake celebra los procesos materiales involucrados en la creación del tigre, la creación de la palabra sobre la plancha de cobre con ayuda del ácido y el barniz, y la creación misma de la bestia, salida de la oscuridad del bosque. La plancha sexta de Jerusalén muestra a Los, la Imaginación Poética, atareado con el matillo y el yunque en su labor incesante ante el brillo furioso de la forja. El poema irradia su poderosa concentración en virtud de la asociación que Blake establece entre “night” y “bright” y los fonemas asociados de “eye”, “thine”, “aspire”, “fire” y el mismo “tyger”, como si en la paradoja de la oposición e identidad entre “night” y “bright” pudieran resolverse todos los contrarios del poema.

Existen, asimismo, connotaciones más inmediatas. Justo cuando Blake trabajaba en el poema los revolucionarios franceses eran identificados con la imagen de una bestia voraz. En septiembre de 1792, tras las masacres de París, un estadista inglés declaró que “una república de tigres en algún bosque africano no sería muchos mejor”,4 y los periódicos hicieron referencia a “un tribunal de tigres” (Pedley, p. 245). En fecha posterior, los ojos de Marat fueron comparados a “los de un tigre” (Pedley, p. 245). Vemos que un racimo de asociaciones significativas toma cuerpo alrededor del concepto blakeano de la bestia salvaje, tan cautivador en su imaginería y tan perturbador en su doble invocación de la ira y la celebración. Las estrellas del cielo y las palabras de la Biblia, las fuerzas de la revolución social y las imágenes de cultos antiguos, son elementos forjados en una sola materia con las herramientas que Blake dibuja en la plancha sexta de Jerusalén. Una última fuerza, además, fluye en el interior del poema. Es la fuerza de Jacob Boehme, cuyos extraordinarios escritos forman parte de la herencia espiritual de Blake: “El cielo está en el infierno y el infierno en el cielo, y sin embargo ninguno de ellos se muestra al otro… Así pues, los ángeles no ven la oscuridad; ven sólo la luz del poder divino; pero los diablos sólo ven la oscuridad de la ira de Dios.”5 Son palabras en verdad oscuras, pero que arrojaron su luz en el corazón del mundo visionario de Blake. En esas palabras se aloja en parte el misterio del tigre concebido en el marjal de Lambeth.

 

1EL TIGRE // ¡Tigre, tigre, que ardes puro / en los bosques de la noche!,/ ¿qué mano u ojo inmortal / ciñó tu cruel simetría? // ¿En qué cielos, en qué simas,/ ardió el fuego de tus ojos? / ¿En qué alas ascendió? / ¿Qué mano sostuvo el fuego? // ¿Y qué hombros y qué arte / urdieron tu corazón? / Y cuando empezó a latir, / ¿qué mano, qué pie terrible? // ¿Qué martillo? ¿Qué cadena? / ¿En qué horno tu cerebro? / ¿Y cuál la forja? ¿Qué garra / sabrá dominar tu espanto? // Cuando hundieron sus lanzas las estrellas / y bañaron el Cielo con sus lágrimas, / ¿sonrió él al admirar su obra?, / ¿fue quien hizo al cordero tu hacedor? // ¡Tigre, tigre, que ardes puro / en los bosques de la noche!,/ ¿qué mano u ojo inmortal / ciñó tu cruel simetría?

2Goldsmith, citado por Colin Pedley, “Blake’s Tiger and the Discourse of Natural History”, en Blake: An Illustrated Quaterly, verano 1990, p. 242.

3Buffon, citado por Pedley.

4Citado por Asa Briggs, The Age of Improvement, Londres, 1959, pp. 134-135.

5Citado por Franz Hartmann, Jacob Boehme: Life and Doctrines, Londres, 1891, p. 117.

  • Ricardo Moreno Botello

    Magnífico artículo!