Inti García Santamaría. Fotografía: Guillermo Borella.

Inti García Santamaría o Las estrellas que brillan hasta abajo | Pablo Piceno

a Alejandro Baca, agradecidos

 

Después de leer al menos un par de entrevistas hechas a Inti García Santamaría, resulta inevitable traer a la memoria ese “potro enfermo”, aquella famosa sentencia wittgensteineana que sostiene que “de lo que no se puede hablar, mejor es callarse”, o, de otro modo, lo que ––acompañado de unas palmadas en la espalda–– quiso manifestarle el filósofo vienés a su maestro, Bertrand Russell, quien había escrito la primera introducción al Tractatus logico-philosophicus: “No se preocupe, maestro. Sé que nunca lo va a entender.” La actitud de Inti no está emparentada con la pedantería; más bien, entre la afición por las máscaras en las lecturas públicas, su brevísima obra y sus lacónicas respuestas (cuando las da por ser el día de suerte del entrevistador), parece ocultarse una veneración casi religiosa por el mutismo, por el silencio ante la palabra que colma el mundo y frente a la cual tantas otras resultan un estorbo. Tras la publicación de Nunca cambies: poemas, 2000-2010 (Aldvs, 2011), García Santamaría, quien confiesa que lleva un par de años sin escribir poesía, se ha abocado a diversas empresas de difusión cultural y no da señas de perder la sagrada paz por escribir libros como paren los conejos.

No conozco a Inti en persona; sus poemas, en cambio, comenzando por el célebre “Taller de encuadernación japonesa”¸ aparecido en el número 154 de Letras Libres (enero de 2011) ––abandonado originalmente, revisitado años después––, me produjeron siempre la sensación de que hay estrellas que, por muy guardaditas, de tanto brillar quebrantan la ceguera y hacen del país extranjero, en que mora la poesía, el único país.

–El domingo 1 de mayo de 1983, El País publicó un artículo sobre Armamentismo y Paz, una serie de jornadas llevadas a cabo en Madrid para hablar sobre los movimientos pacifistas. El artículo se centraba en las declaraciones del austriaco Iván Illich, quien aparecía como un “ridiculizador del desarrollo” al solicitar que se evitara “la pornografía del genocidio”, la banalización del horror de las armas nucleares. Ante el peligro de su emergencia, sostenía Illich, habría que responder con el silencio, con un silencio activo que unificara amplios movimientos en pos de la paz. Precisamente ese domingo naciste tú. ¿Has oído hablar de Iván Illich? ¿También te aterra la actual “pornografía del genocidio”, probablemente más imperante hoy que en 1983?

–No conozco el pensamiento de Iván Illich, pero la situación actual de México es muy delicada. Los mexicanos nos hemos ido volviendo cada vez más insensibles ante la violencia. Si hace unos años sorprendía encontrar cinco personas decapitadas, hoy sorprende poco que se hallen 22 o 40 cuerpos con el tiro de gracia. El país está lleno de fosas con cadáveres sin identificar y ya nadie se escandaliza. El ex presidente Felipe Calderón y el presidente Enrique Peña Nieto, al igual que algunos mandos militares y policiacos, y los jefes de los cárteles, tendrían que ser juzgados algún día por estos crímenes. No creo que eso se logre a través del silencio ni sobrevalorando la paz.

–Así como Tedi López Mills habla de su nombre en el primer ensayo de su Libro de las explicaciones, el tuyo es un nombre extraño, poco común. Yo viví dos años en Perú y nunca escuché que nadie se llamara Inti –más que el equipo de Ayacucho, Inti Gas, y la moneda introducida por Fujimori, ambos extintos hoy en día––. ¿Soñaste con algún otro nombre de niño?

–Cuando estuve en Perú en 2005 y compraba boletos de autobús siempre me preguntaban de dónde era y me decían que en ese país nadie tenía ese nombre. Creo que sólo se llaman así algunos negocios turísticos. A mí siempre me gustó llamarme Inti, aunque tenga que repetirlo varias veces a algunas personas antes de que lo entiendan, o aunque de niño me dijeran E.T. A mí no me gusta guardar cosas, pero conservo un billete de diez mil intis, con la imagen de César Vallejo.

–Después de que esa chica, a la que escribiste cartas durante un año –de la que has hablado––, desapareciera, ¿empezaste a leer poesía? ¿Recuerdas alguna lectura que te haya significado algo en aquel entonces, a tus catorce años?

–En casa de mis papás sólo había dos libros de poemas: una antología de Federico García Lorca y una antología de Ernesto Cardenal. También había un libro para declamar y cuadernos con poemas que mi mamá escribía. Fue hasta los 16 años, cuando estuve en un taller de poesía con Raúl Renán, que empecé a leer más. Dos años después tomé un taller con Eduardo Milán y sus recomendaciones y la lectura de la revista El Poeta y su Trabajo, que editaba Hugo Gola, me ayudaron a definir mi gusto por ciertos autores.

–Es obvio que la voz de la enunciación poética y el poeta son dos, pero de pronto a uno, leyéndote, le viene pensar que, como dices en “2001”, tu lengua sí “es el árbol de la noche triste”. José Emilio Pacheco decía que él era todo menos un poeta triste, y, con todo, su pesimismo y melancolía ––que no nostalgia, como él mismo corregía–– permanente en los poemas. ¿Y tú?

–No lo sé. La mayor parte de los poemas que he publicado los escribí hace diez años, cinco años. A veces siento que los escribió otra persona. Un poema es mucho más que un estado de ánimo. John Cage decía que si un autor declara explícitamente tristeza o alegría está chantajeando al público.

–¿Sigues en contacto con Hugo Gola? ¿Qué recuerdas más de aquella etapa de El Poeta y su Trabajo, de Hugo mismo?

–La última vez que vi a Hugo Gola fue a finales de 2013, en Buenos Aires. Lo visité en un departamento donde estaba al cuidado de su esposa y sus hijas. No he conocido a ninguna persona que tenga mayor conocimiento y generosidad hacia la poesía, como es evidente al releer las revistas que editó en México durante más de veinte años. Para mí era una gran alegría poder leer un nuevo número de El Poeta y su Trabajo cada tres meses. A muchos de mis autores favoritos como Edoardo Sanguinetti, Edison Simmons, Décio Pignatari o Sandro Penna los leí por primera vez ahí. No creo que en la actualidad haya ninguna revista hecha con el mismo cuidado.

–Hace once años, la idea de crear un blog sobre poesía no pasaba por tantas mentes como sucede hoy. ¿De dónde, en aquel entonces, la idea de un blog y por qué Nueva Provenza? ¿Qué opinas de la actual proliferación de los blogs de poesía?

–Sí pasaba, pero eran blogs más selectivos y menos autopromocionales, importaban más los textos que las fotografías de los autores. Era la época de Messenger y algunos amigos con los que chateaba tenían blogs de diversos temas. Así empecé a subir poemas a Nueva Provenza. Le puse ese nombre porque me gustaban los trovadores provenzales como Arnaut Daniel y también me gustaba que en México hubiera poblaciones con nombres como Nueva Italia. Contra la mala distribución que suelen tener los libros de poesía, los blogs son un buen medio para leer algunos materiales, pero siempre será más rica la lectura directa de un libro. De pronto Facebook y Twitter han reducido la poesía a comprimidos de mala calidad. La sobresaturación dificulta las cosas. Se engaña quien crea que puede poner diez links con buenos poemas diario. Esas listas de nuevos talentos como las que publica Luna Miguel en Playground también son un fraude.

–¿Qué recuerdos tienes de la Prueba de soledad en el paisaje, de esas cuatro semanas en el Espacio Quiñihual?

–Recuerdo haber sido feliz, recuerdo haber sido sacado del mundo, parafraseando a Héctor Viel Temperley. Tener cuatro semanas para dedicarme exclusivamente a leer y escribir, en ese paisaje, fue algo extraordinario. Tanto la soledad como la breve compañía de poetas como Arturo Carrera y Tamara Kamenszain fueron algo invaluable.

–Dylan Thomas comienza diciendo en uno de sus poemas más célebres: “Oh, make me a mask and a wall to shut from your spies”. ¿Es por los espías que usas una máscara en tus lecturas? (Antes usabas lentes de sol, lo cual resulta muy curioso: Inti, el dios sol del Tahuantinsuyo, se anda cubriendo de sí mismo, o, tal vez, del oriens ex alto, del sol cristiano, o del sol tenebroso del que habla Vallejo en Trilce…)

–Al principio usé máscaras por timidez, ahora las uso por vanidad.

–¿A cuántos e-mails enviaste “Cumplir años (poema spam)” y por qué, a la hora de la hora, sí lo imprimiste? ¿O de por sí lo ibas a imprimir?

–Ese poema nació como un regalo de cumpleaños para alguien. Iba a imprimir un ejemplar nada más, pero como en la papelería me obligaron a comprar cinco pliegos de papel para que los guillotinaran del tamaño que yo quería, imprimí más ejemplares. La idea de poema spam, o sea, de un poema hecho con frases arrojadas después de buscar algo en Google, se la copié a Charly Gradín, que tiene un libro justamente llamado (spam), hecho con este procedimiento. De ahí a la bandeja de entrada de mis amigos sólo hubo un paso.

–¿Alguna vez asististe a un taller de encuadernación japonesa o a la muerte de una mulita?

–Sí. Como los libros de la editorial Compañía, que hacíamos Hugo García Manríquez, José Luis Bobadilla y yo, llevaban este tipo de encuadernación, tomé un taller. Y cuando llegué a Estación Pringles me contaron que había mulitas, que eran una especie de armadillo. Pasé varios días esperando ver alguna, hasta que vi una, muerta, en medio del camino, como la piedra del poema de Drummond de Andrade.

–¿Las notas para aidé se han extendido?

–No. Una vez que publico una serie de poemas me olvido de ella y no la retomo.

–¿De qué va el Antiguo Museo de la Poesía Contemporánea que ni es antiguo ni es un museo, como reza uno de los carteles contenidos en el archivo de su tumblr?

–El Antiguo Museo de la Poesía Contemporánea era un proyecto de lecturas de poesía que organizábamos Radjarani Torres y yo, en lo que fue nuestra casa, como también lo habíamos hecho Alejandro Albarrán y yo cuando compartíamos departamento y teníamos un proyecto llamado Salón de Usos Múltiples Ulises Carrión, o como antes lo hizo Jorge Solís Arenazas con Casa Vacía. Ya no existe el Antiguo Museo, pero se pueden ver los videos de esas lecturas en Youtube.

–Tanto en tus libros como en tu blog, los carteles y el espacio en que se desarrollan las lecturas del Antiguo Museo de la Poesía Contemporánea se nota un cuidado especial por lo bello, lo estético ––lo que sea que eso signifique––. ¿Tienes alguna preparación artística en esos términos? ¿Alguna fijación?

–Todo eso fue trabajo y buen gusto de Radjarani, quien también diseña la revista Mula Blanca y los libros de la editorial Mangos de Hacha.

–Ya que sueles empezar tus lecturas con un pase de lista variable (por ejemplo: “Nueva Provenza: presente”, “Producciones Autismo: presente”, “Estación Pringles: presente”), ¿no te resultó una situación incómoda el que las manifestaciones por los 43 contuvieran, muchas de ellas, un pase de lista entre sus actividades principales? ¿También a ti te resultó bizarro escuchar que dos de los estudiantes –Luis Ángel y Leonel–– se apellidaban Abarca? ¿Qué hay detrás de un pase de lista?

–Los pases de lista durante las manifestaciones por la presentación con vida de los 43 normalistas desaparecidos y el castigo a los responsables son una invocación muy dolorosa. Después de eso dejé de hacer en mis lecturas los pases de lista que mencionas. Es muy diferente que un pase de lista arroje presencias a que arroje ausencias. Y de lo otro, como yo tengo el apellido más común de todos, García, no me llaman la atención las repeticiones de apellidos.

–Sabrás que a Raúl Zurita le gusta citar una parte de la tragedia Helena, de Eurípides, en que se reproduce el siguiente diálogo: “Helena: Yo jamás estuve en Troya, fue sólo mi sombra (…) /Menelao: ¿O sea que sólo por una sombra sufrimos tanto?”

En tus poemas, dígase del Cuaderno de los rombos que florecen, de Tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida, dígase en realidad de casi toda tu poesía, parece tratarse de encuentros amorosos efímeros, de apenas vislumbres, sombras que hacen sufrir y desorbitan. ¿Es por esas brevísimas visitas de Helena que escribes, a comparación de otros contemporáneos tuyos, tan poco?

–Los trovadores del siglo xiii decían que podían cantar o besar, pero que la boca no podía hacer las dos cosas al mismo tiempo. Y sí. Escribo poco porque soy muy distraído, porque no tengo disciplina, porque disfruto más ir a comer alitas que sentarme a escribir.

–Cortázar sostenía en una entrevista con Plinio Apuleyo: “Yo vivo en un país donde la escritura es una profesión, los escritores son en general profesionales. Es gente que tiene ya un status de escritor. Yo no me he considerado nunca ni me consideraré nunca como un escritor profesional. Me considero un aficionado, realmente un aficionado.” Witold Gombrowicz dice, en el epígrafe que incluyes en Corazoncito, que un escritor “no escribirá porque ya está maduro y consiguió la forma, sino justamente porque es todavía inmaduro y sólo en la humillación, ridiculez y sudor se esfuerza por atraparla”. ¿Inti García Santamaría se entiende a sí mismo como un inmaduro aficionado de las palabras?

–No sé. Pienso, por ejemplo, en el Premio de Poesía Aguascalientes, considerado el más importante en México. Ocho de cada diez de los libros que lo han ganado me parecen mediocres, si no es que francamente malos. Autores con un trabajo mediocre premiados por jurados cuyo trabajo también es mediocre. Prefiero los poemas de un minero, como Jorge Leónidas Escudero, o los cuentos y las novelas de un dentista, como Jesús Gardea, que los libros de un escritor profesional. Yo llevo como dos años sin escribir. Yo soy un humilde corrector de estilo.

 

Inti García Santamaría. Fotografía: Guillermo Borella.

Inti García Santamaría. Fotografía: Guillermo Borella.