El grupo surealista en el Café de la Plaza Blanche, marzo de 1953. En la foto: Man Ray, Marise, Max Ernest, Giocometti, André Breton, Benjamin Pérez, Zimbacca, Clovis Trouille, Bédouin, Dupré, Jacqueline Dupré, Dora Mitrani, Hantaï, Suzanne Cordonnier, Julien Gracq, Elisa, Goldfayn, Ado Kyrou, Legrand, Paalen, Wifredo Lam, Sara Sluger (en el círculo blanco), R. Bernart. (foto: Jacques Cordonnier, Col. Elisa Breton)

Historia de Sara, o la pierna que pintó Picasso | Daniel Chirom

Fue la compañera del pintor cubano Wilfredo Lam. De su mano conoció a muchos de los artistas más célebres de la cultura de nuestro siglo: Picasso, Ernst, Caeré, Giacometti, Simon, Char, Breton, Tzara y ManRay fueron algunas de sus amistades.

París, algo más que una ciudad, un mito. ¿Quién no se ha sentido parte de él aunque sea a través de las innumerables crónicas que se han escrito de su época surrealista o de sus tiempos sartreanos? Sara Sluger, como muchos de los habitantes de Buenos Aires, también soñó con ser parte de la capital de Francia. Un día hizo sus valijas y se embarcó hacia la ciudad Luz. Tan sólo quería palpar sus calles, respirar el aire bohemio del barrio Latino y de Montmartre. Pero obtuvo mucho más que eso. Ser la compañera del pintor cubano Wilfredo Lam le permitió intimar con algunos de los hombres más célebres de la cultura de nuestro siglo: Picasso, Max Ernst, André Breton, René Char y Giacometti, por sólo nombrar algunos de los que formaron parte del universo cotidiano de Sara. Su testimonio privilegiado es único en nuestro país.

Sara Sluger vive en un pequeño departamento en el barrio de San Telmo. Su hogar es un modesto santuario surrealista. Las viejas paredes exhiben cuadros de Lam y de Jacques Harold, fotos desconocidas de Picasso, poemas inéditos de Char en infinidad de libros que sólo figuran en la biblioteca de unos pocos: el FataMorgana de Breton, con ilustraciones de Lam, o El muro de la ligustrina de Char con grabados de Lam, de los que no existen más de doscientos ejemplares.

Sara, una mujer que orilla los 65 años, es extremadamente coqueta y le ruega al fotógrafo que la tome de su mejor perfil. Tiene una vitalidad increíble. Es tan vehemente en sus conversaciones que uno termina por sentirse parte de su mundo, un universo que aflora en sus ojos chispeantes.

¿Qué hacía antes de viajar a París?

Trabajaba en el diario France Journal que aparecía en Buenos Aires. Escribía la columna bibliográfica. Además, traducía libros y daba clases de francés. Obviamente, mi cultura estaba ligada a París.

¿Por qué se decide a viajar?

Yo siempre había tenido ganas pero me faltaba el dinero. El detonante fueron las cartas que me enviaba Simón Feldman y el escultor Aurelio Machi. En ellas me instaban a ir diciéndome que sólo gastaban cien francos al día. La idea me enloqueció. Imagínese, viajar en aquellos tiempos –comienzos de 1950- no era tan fácil como ahora, sobre todo cuando uno era pobre. Cuál sería mi miedo a la pobreza que me embarqué con un cajón repleto de latas de conserva por si allí me iban mal las cosas. ¡Y el dinero sólo me alcanzó para comprarme un pasaje en barco de ida!

¿Cuál fue su primera impresión de París?

Cuando llegué me di cuenta que me habían engañado. Claro, vivían con cien francos pero sólo comían una vez al día sopa con papas y pan. Apenas me instalé en el hotelucho que mis amigos me habían conseguido –quedaba en Place d’Italie-, se abalanzaron sobre mi cajón de conservas. Era tanta la ansiedad que Feldman se cortó el dedo con un abrelatas y, debido a que comían tan rápido, yo creí que se lo habían tragado. ¡Era una antropofagia que duró dos meses! Desde entonces no puedo probar corned-beef. Para colmo, la habitación del hotel era helada y fea. No había ni siquiera ducha en el pasillo, por lo que me tuve que acostumbrar a ir a los baños públicos una vez por semana. ¡Estaba tan deprimida! París era lo que yo no esperaba.

¿Cuándo empezó a cambiar la situación?

Llegó la primavera, comencé a arreglar mi cuarto, empezó a florecer un jardín que estaba al lado de mi ventana. ¡París me había atrapado! Mis familiares no entendían nada, pues mis primeras cartas eran tristes y las últimas comunicaban una alegría contagiosa.

¿Cómo conoció a Lam?

Antes conocí a Picasso. Cuando yo llegué a Francia, desembarqué en Cannes. En el viaje conocí a un muchacho francés que vivía en Vallauris, el lugar de veraneo de Picasso. Cuando llegó el mes de julio, él me invitó a pasar las vacaciones en esa villa. Allí conocí al pintor Manolo Ángeles Ortiz, íntimo amigo de Picasso. Era su protegido y había sido muy amigo de García Lorca, que fue el padrino de su hija. Una anécdota conocida por todos los residentes de la villa era que Picasso, para darle trabajo a Manolo, le presentaba todas las norteamericanas millonarias que querían hacerse retratos. Pero el español era un galán tan enardecido que nunca llegaba a cobrar sus cuadros porque antes, claro, se acostaba con sus modelos. Bueno, el asunto es que Manolo (en la película La edad de oro, de Buñuel, es el que dispara con un rifle a un niño) me hacía la corte y para congraciarse me invitó a la playita donde iba su protector.

¿Cómo era Picasso?

Durante ese mes compartí, con él y sus amigos, todos los días. Recuerdo que estaba su mujer Françoise Girod, su hijo Claude, su chofer Marcel, una amiga mía que se llamaba María y el pintor surrealista Dominguez. Todas las conversaciones que manteníamos con Picasso eran muy domésticas.

En las mañanas, durante un par de horas, él, Manolo y Domínguez se apartaban del grupo y hablaban entre ellos riéndose a carcajadas. Después me enteré que se contaban chistes verdes.

¿Cómo se le ocurrió a Picasso pintarle la pierna?

Una mañana nos invitó al taller, su lugar sagrado, donde casi no dejaba entrar a nadie. En esos días estaba dedicado a la escultura. En un determinado momento me dice: “¿Quiere que le haga un dibujo?” Yo pensé en un papel, pero él me dijo: “En la pierna.” Por supuesto, acepté.

Si le hubiera pedido dibujarle en otra parte del cuerpo, ¿hubiera aceptado?

Bueno, en esa época yo era tan estúpida en algunas cosas que seguramente no le habría permitido. Me obligó a poner la pierna en un banquito y con un bolígrafo dibujó el retrato de un chico. Luego me pidió el rouge y con él pintó los labios. Fue todo un revuelo, mis amigos no me dejaban bañar. Un marchand disparatado me ofreció comprarme la pierna. Me dijo que, después de todo, con la plata que sacara me podía hacer una de oro. ¡Esas vacaciones deben haber sido las más hermosas que pasé en mi vida!

¿Cómo conoció a Wilfredo Lam?

Fue en 1952. Había llegado un amigo de Buenos Aires, Juan Andralis, y lo invitamos a comer a un restaurante griego. Íbamos allí porque la comida era abundante y barata. Estábamos hablando y notamos que en una mesa cercana había un grupo charlando en español con acento centroamericano. De pronto todos los comensales, menos uno, se fueron. Éste se nos acercó y nos preguntó de dónde éramos. Le preguntamos su nombre y nos dijo: “Yo me llamo Wilfredo Lam.” Entonces Juan le dijo que había un pintor surrealista, cubano, con el mismo nombre. Cuál sería su sorpresa cuando nos dijo “soy yo”.

¿Cuándo empezó su relación con él?

Un día me llamó, no recuerdo muy bien por qué. El hecho es que lo invité a cenar. Después me enteré que le había preguntado a Andralis si yo tenía novio. Como yo era pobre, preparé arroz con almendras peladas (en París las almendras son baratas), salteadas a la manteca con salsa de ají y tomate. Cuando él llegó, vio el arroz. Me preguntó si tenía más y, ante mi respuesta afirmativa, tiró todo el arroz que había en la cacerola. Entonces comenzó la ceremonia del arroz. Ésta se repetiría durante los seis años que estuvimos juntos. Era famoso en todo París por su habilidad para preparar el arroz, parecían perlas brillantes.

¿Dónde vivían?

Alquilábamos un atelier en el 23 de la calle Ville D’ Alesia. ¿Sabe quién era nuestro locador? Claude Simon, el premio Nobel. Él estaba casado con una bisnieta del célebre compositor francés Camile Saint-Saëns. Lo gracioso es que nos había dejado a nuestro cuidado un piano antiguo con candelabros de bronce que había pertenecido al músico. Allí yo tocaba tangos, que a Lam le encantaban. Nuestra amistad fue cordial, pues Claude había sido pintor. Era un hombre inteligente pero, para ser sincera, yo me quedaba más tranquila cuando él no estaba, porque vivía acosándome con sus lances.

¿Quiénes fueron sus amistades más íntimas?

A quienes recuerdo con más cariño son a Yvonne y Christian Zervos. Éste fue el director de la famosa revista Cahiersd’arts, gracias a la cual se difundió el cubismo. Su casa era un museo impresionante: estaban todos los cuadros que se quiera imaginar, Ellos fueron como mi familia. Íbamos a cenar allí una vez por semana. En esa casa –las reuniones nunca tenían más de seis personas- conocí a Max Ernst y a su esposa, Dorotea Tanning. Con ellos también nos hicimos muy amigos. Dorotea me enseñó a tejer una corbata que luego Wilfredo no se quitaba ni para dormir. Max era un ángel, dulce, sencillo y humilde. ¡Y conocí a tantos otros!, pero la lista sería interminable. Pero hay alguien a quien no quisiera omitir: la amistad con él perdura aún hoy.

¿Frecuentaba al grupo surrealista?

No se olvide que Lam era uno de ellos. Pero antes quisiera referirme a Giacometti. Vivía cerca de nuestro taller, era un hombre muy solitario pero extremadamente sensible. Volviendo a los surrealistas, nos encontrábamos con ellos todas las semanas en el café de la Place Blanche, cerca de Pigalle. Allí estaban todos: André Breton, BenjaminPeret, su íntimo amigo y uno de los pocos que no fue expulsado del movimiento; ManRay, que era un tipo con mucho humor, el pintor Jacques Harold y ¡tantos otros! Sin embargo, al tiempo dejamos de ir y fue por mi decisión.

¿Por qué no deseaba reunirse más con los surrealistas?

Tenga en cuenta que cuando los conocí eran personas grandes. Yo esperaba sus famosos escándalos pero ya estaban más reposados. Y como Lam, que era muy celoso, no quería dejarme sola, también dejó de concurrir.

¿Cómo fue su vida con Lam?

Era un hombre muy sensible, un gran conversador y uno de los más seductores que jamás haya conocido. Me hizo crecer espiritualmente. Un detalle curioso es que no le gustaba hablar de pintura. Lo mismo sucedía con Picasso. En cuanto a sus aspectos negativos, eran parecidos a los de muchos grandes artistas que conocí. No hablemos del egoísmo, de la vanidad a un grado superlativo, sino de la mezquindad que supone no compartir los triunfos sino sólo los fracasos. Además estaba la cuestión del dinero: era muy tacaño. En este sentido me recuerda a TristanTzara, de quien todo París decía que nadie jamás había visto su billetera. De no haber sido por estas cosas, yo hubiera pensado que éramos la pareja más feliz del mundo.

¿Por qué se separa?

La segunda vez que fui con Wilfredo a Cuba, aproveché la oportunidad para conocer New York. Si bien la ciudad me impresionó, el frío demencial agravó la depresión que venía arrastrando debido a mis conflictos con él. Regresé a La Habana pero mi situación no mejoró; por el contrario, siguió empeorando. Entre ambos decidimos que lo mejor sería que yo regresase a Buenos Aires para restablecerme al lado de mi familia. Aquí comencé a tratarme psicoanalíticamente y a mejorar. Luego nos seguimos escribiendo, pero ya nunca volveríamos a vernos.

¿Qué cosas realizó en Buenos Aires?

Siempre me había gustado de alma el periodismo radial. Inventé un programa que se llamó “Viajando a París en tercera clase” y donde se hablaba de cómo era la vida allí y cómo se debía hacer para viajar más barato. El éxito fue enorme porque el programa duró seis años. Ya en la década del sesenta entré en Radio Municipal donde actualmente soy jefa de prensa. Hice varios programas sobre el folklore universal; una “Antología sonora” que jamás nadie volvió a realizar, y “Sábadomingo” que, sin dejar de ser un programa cultural, era muy escuchado.

¿Y ahora, Sara?

Hace tres años que dejé de hacer programas. Es mi gran amor pero no sé qué pasa, habría que preguntarles a las autoridades. Hay mucha gente que me pregunta cuándo voy a volver. Debido a esto entiendo que obtuve bastante repercusión. Además fui becada por Francia para estudiar radiofonía. Mientras tanto, a pedido de una editorial francesa, estoy escribiendo mis memorias.

Siempre Francia en su vida.

Sí, me gustaría volver a París sin plazo de estadía, como la primera vez que fui por tres meses y me quedé siete años.

Esta entrevista fue publicada por primera vez en 1985.

 

El grupo surealista en el Café de la Plaza Blanche, marzo de 1953. En la foto: Man Ray, Marise, Max Ernest, Giocometti, André Breton, Benjamin Pérez, Zimbacca, Clovis Trouille, Bédouin, Dupré, Jacqueline Dupré, Dora Mitrani, Hantaï, Suzanne Cordonnier, Julien Gracq, Elisa, Goldfayn, Ado Kyrou, Legrand, Paalen, Wifredo Lam, Sara Sluger (en el círculo blanco), R. Bernart. (foto: Jacques Cordonnier, Col. Elisa Breton)

El grupo surealista en el Café de la Plaza Blanche, marzo de 1953. En la foto: Man Ray, Marise, Max Ernest, Giocometti, André Breton, Benjamin Pérez, Zimbacca, Clovis Trouille, Bédouin, Dupré, Jacqueline Dupré, Dora Mitrani, Hantaï, Suzanne Cordonnier, Julien Gracq, Elisa, Goldfayn, Ado Kyrou, Legrand, Paalen, Wifredo Lam, Sara Sluger (en el círculo blanco), R. Bernart. (foto: Jacques Cordonnier, Col. Elisa Breton)

Texto aparecido en Crítica 65