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Un jardín arrasado de cenizas: algo que uno se provoca | Alejandro Tarrab

Arte es poner las agujas de la intuición y la clarividencia para grabar, una y otra vez, la misma pieza: una pieza con variaciones e irrupciones íntimas.

En ese encuadre, la literatura es el gran palimpsesto. No sólo el arte de escribir sobre lo ya escrito –como hicieron los antiguos escribas sobre las pieles tildadas, lavadas y vueltas a borrar, para inscribir de nueva cuenta las letras de su alfabeto–, sino el arte de subvertir y lastimar con la voz ajena.

 

En torno a estas apreciaciones, si decidimos aceptarlas, podríamos ubicar Un jardín arrasado de cenizas de Víctor Cabrera y Alejandro Benassini.

Un libro-figura, un libro-reescritura, basado en una pieza del pianista estadounidense Thelonious Monk: “Japanese Folk Song”, interpretada por el cuarteto de Monk: el Monje al piano, Charlie Rousse en el sax tenor, Larry Gales al bajo y Ben Riley en la batería. Una pieza que se basa, a su vez, en otro tema de principios de siglo del compositor japonés Rentaro Taki: “Kōjō no Tsuki” (en español “Luna del castillo en ruinas” o “Luna del castillo desolado”).

Es decir, varios registros y tachaduras sobre una pieza de escalas orientales –la de Rentaro– que arrastra y exhibe su propio curso ante el peligro.

Serie de anotaciones, de omisiones y raspaduras –una larga historia– para convocarnos aquí, en este espacio de lectura: sala de presentaciones, página que habla sobre las páginas.

 

Me entusiasma imaginar que alguna nota, algún resabio de sonido, proveniente de Alberta Simmons –una pianista cuasi desconocida para la historia oficial del jazz, que no figura en ninguna entrada de ningún diccionario– se esconde tras las líneas de Cabrera y Benassini.

Quizás en el “ragtime afantasmado”, en el síncope, en la entrelínea del texto que abre este jardín arrasado, se oculte la prominencia de la zurda, algo –incluso– de la vida afroamericana de principios del XX:

Cortaré los dedos de mi zurda y tocaré con su recuerdo –con la pura ilusión de sus falanges– un ragtime afantasmado.

Del letargo de mi diestra en cambio nacerá un ramaje que el viento o el azar agitarán sobre la isla –su oscuro maderamen– para pulsar las notas de una melodía otoñal.

De mi mano derecha crecerá la ortiga del delirio. De mi muñón izquierdo la rosa cerebral. Su contrapunto.

En medio de la isla se yergue ahora un cerezo floreciente. Mi oscuro corazón es su semilla.

 

Es sabido que, antes de perderse para la memoria, Alberta Simmons dio clases de ragtime y turbó con sus fraseos al joven Thelonious.

Me gusta imaginar que detrás de la ortiga del delirio de la diestra, detrás de la rosa cerebral que crece del muñón izquierdo, detrás de la semilla oscura que se abre en el pecho, corazón, hay una entrada y una salida para la desconocida: Alberta Simmons.

 

Así, Un jardín arrasado de cenizas es la linterna de piedra del prado sintoísta; los archipiélagos de roca ordenados en torno al Mar Interior de Seto; el patio umbrío de un castillo aniquilado; el puro espectro de un castillo en ruinas; restos, eco de los restos; el muñón de rosas de Thelonious Monk; el balbuceo delirante de un hombre en algún corte de Harlem; el sueño de un senséi arrasado por la tuberculosis; la fúnebre góndola de Tranströmer; un monje ensayando mapas de niebla en un pliegue de la Isla; Shumi, el deseo de la roca; postales daguerrotípicas –quemadas y amarillas– de un jardín inexistente; el estrépito, la resonancia de un jardín imposible; el lado oscuro de la luna (la sombra del cielo no cambia); el rastro hiriente y débil de un perro fantasma; varios ideogramas provenientes de la prefectura de Nara, Sasagawa Bunrindo; las teclas de un piano dibujadas con hollín sobre el muro, sobre la mesa de la cocina –aunque mudas yo las tocaba y los vecinos venían a escuchar–; un biógrafo conturbado que imita la vida de su entrevistado y artista, toca el alcohol, toca el litio, el acorde extraviado y místico; una pieza dentro de otra pieza adentro de la simiente oscura, el corazón de la desconocida; si digo mente en blanco es porque invoco un jardín arrasado de cenizas.

 

Pero, ¿por qué no nos contentamos con el original?, ¿por qué buscar la variación?

Porque el original, como la verdad, no existe o no es posible.

No puede mirarse de frente: la verdad falseada por su reflejo.

El hombre mira su expresión en el espejo y lo que mira, realmente, es una reproducción de su-ser-él-mismo.

Ni la voz que los antiguos dioses se dirigen a sí mismos –parafraseando a George Steiner– es en stricto sensu un monólogo.

La variación es nuestra voz más sencilla, la más natural, la voz que nos llena de gracia.

 

Un jardín arrasado de cenizas de Víctor Cabrera y Alejandro Benassini no revive a Thelonious, suscita un Thelonious personal; un Thelonious fantasma que abandona por momentos el piano y dispone sus manos sobre un teclado plano e inconcluso, trazado con tizne sobre un muro. Ahí toca el fantasma, un Thelonious tartamudo, más cercano a la iluminación que a la parodia.

 

Lo que se reproduce, lo que se graba y suscita en este libro es el jardín devastado de cada uno.

 

Si una línea fuera capaz de contener las visiones, las impresiones a partir de Un jardín arrasado de cenizas sería esa línea del propio libro: ver y leer esto, leer y tocar y ver y sujetar esto y darse a sacudir, turbado y sosegar por esto como si entrara en la corriente de cabeza.

 

Se cuenta en el prólogo del libro que… En un viaje hacia México para encontrarse con su familia, Pannonica de Koenigswarter, la Baronesa del jazz, hizo una parada en Nueva York para despedirse del pianista Teddy Wilson. Antes de decirle adiós, Wilson le mostró a Pannonica la pieza “Round midnight” de Monk. La Baronesa quedó tan prendada de este nuevo sonido, bebop, que no sólo perdió el avión, sino que abandonó a su familia para instalarse definitivamente en N.Y. y consagrar su vida al monje: “aquello era –según Stanley Crouch– una especie de versión en vinilo de un hechizo ejercido sobre una persona, pero no era un embrujo de por sí, sino algo que uno mismo se provoca. Uno mismo. Sólo uno mismo”.

 

Arte es entonces poner las agujas de la intuición y la clarividencia para grabar la misma pieza desconocida: la misma pieza antigua y universal, premoderna, ulterior y ficticia, tocada por la magia de una respiración ajena.

 

Cuando la Baronesa del Jazz escuchó por primera vez “Round midnight” de Thelonious Monk, lo que hizo fue escuchar los himnos inauditos de la tribu. En esos cantos resonaron sus ancestros más remotos y futuros.

Repetir: el acto de poner la aguja otra vez para escuchar la misma melodía que es siempre distinta.

Así las tres o varias veces que leamos el jardín, “Luna del castillo desolado”, “Japanese folk song”, Un jardín arrasado de cenizas: las pavesas y el polvo serán otros; los objetos y elementos que alguna vez estuvieron en pie –viento, piano, linterna de piedra, agua representada por la arena– seguirán consumidos por una combustión completa.

 

Ahora mismo –esto es real– estoy tirado en el sillón de un hospital en la Ciudad de México (no como paciente sino como acompañante). A través de la cortina azul, de tela traslúcida, veo un bonsái o lo que quiero que sea un bonsái. Son la seis de la mañana y preparo mentalmente las últimas líneas para una presentación. Thelonious está sentado en la cama, al otro lado de la habitación; su gorro marroquí le recuerda que hay un orden más alto que el humano, el orden de la música. Me mira, aunque yo no puedo verlo porque le doy la espalda, porque miro el bonsái, los mecanismos de tránsito que nos mueven de la noche al día. La ciudad, mi propio jardín arrasado de cenizas.

En otra mesa, formando un triángulo entre los elementos que he dibujado en este espacio, está el libro.

 

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