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Ritmo hesicástico, podemos empezar | Por Rolando Sánchez Mejías

Creo –o soñé que creía creer– que a cierto filósofo, al mostrársele una catedral, le inquirieron, entre malévolos, curiosos y cazurros: “¿Puede su señoría verla de golpe?” El filósofo, que como experto en pensamiento practicaba la astucia, respondió: “Es como un Libro Absoluto. Puedo verla, que es lo mismo que leerla, de un golpe de ojo o por partes bien delimitadas, y por qué no, si uno se aplica bien, por fragmentos. Pero el reto está en leer de golpe aquello que lo merece, un Libro Absoluto.”

Dijo un libro y no una catedral, lo cual podría traernos, y llevarnos, malentendidos. Pero el ilustrado sabía del arte y pasión que regula la lectura de la realidad, pues el romanticismo siempre será moderno, y en el fondo el romanticismo anula los géneros.

Anuló, nuestro lector de libros absolutos, las distancias, pues para llegar en coche se necesitan mulos o caballos de sabiduría a la vez parcial e infinita, artistas de la geometría inconclusa e infinita, de lo novelesco que avanza a trompicones, unas veces enlazando, otras dando saltos y recuperaciones. Pero, finalmente, todo lo absoluto radica en un gran salto

¿Es Paradiso una novela? Yo, por mí, diría que sí. Que sí, porque así lo aseguró su autor, Lezama Lima, y yo creo, cómo no, en la palabra de mis superiores, aunque lo aseguró siempre dando pertinentes rodeos, para que no lo confundieran con un novelista completamente moderno, de esa otra modernidad que quiere prescindir del romanticismo: se sabía actual, el autor, pero también en potencia, pues como buen romántico buscaba amor y conocimiento, Eros y Sabiduría. Qué zorrunos, los autores.

Ya en 1955 –en 1949 se habían publicado las páginas iniciales de su novela o novelón en la revista Orígenes– situó, o posicionó –escribir es también arte de la guerra–, su misión de novelista cercenando la modernidad del siglo xx en dos: “Gérmenes, orígenes, plasmas nuevos tienen que ser descubiertos por la nueva novela después de Proust, Joyce o Mann.” Y continuó, dejando claro, él, el autor-personaje, que no se refería a ningún retroceso, táctico o estratégico, al realismo, ni siquiera a la fundación de un nuevo realismo si el nuevo no se transmutaba en nuevas retortas y procedimientos alquímicos o de buena cocinería: “Una vuelta al realismo, sin una nueva posición frente a la realidad, es tan sólo un sadismo sin visión, un fragmento vanidoso que ladra su incomprensible pequeñez.” Visión; posición; realidad; fragmento; incomprensible; pequeñez. Toda una estética y ética del ars narratio.

Los años 1967 y 1968 –ya en 1966 había aparecido (y luego casi desaparecido, la censura es parte del arte, sobre todo en el totalitarismo), como en taconazo imperioso, la novela –ahora sí que novelón– en forma de libro, o, para mí, qué duda me cabe, el libro en forma de novela.

En esos años Lezama declara que él no es propiamente lo que se podría considerar un novelista profesional. Que ha escrito mucha poesía, mucho ensayo, mucho cuento y entonces, “ya al final de mi obra, como una súmula –lo que en realidad es el Paradiso–, como se decía en la Edad Media, creí que debía llegar a una novela para decir las cosas que tenía que decir en una forma más amplia, tal vez más visible y que estableciera la comunicación de una manera más armoniosa”.

Subrayemos de nuevo: súmula (suma o destino más que confuso, difuso o como mejor dijo él: “súmula, nunca infusa, de excepciones morfológicas”, lo cual anula, anuda, confusión y difusión, tal vez nombrando de soslayo esa cosa llamada Barroco); visible; forma; comunicación; armonía. Completamiento de su ars narratio y ars vivendi.

¿Es que no quería cobrar? Dejémonos de tonterías, también quería cobrar fuerzas, pues ninguna pequeñez era aquella avanzadilla que perturbaba los géneros literarios, como asimismo hizo con el ensayo, la poesía, el cuento. Qué esfuerzo, qué fuerza de trabajo, qué gastos, si uno escribe por revelación, acortando lejanías. No sólo el ojo de la mente, ni del demente, pues la cordura y la locura en literatura requieren correspondencias, analogías, enlaces súbitos o imprevistos, lo invisible acordando, hilando, trenzando lo visible. De ahí: “es una novela-poema en el sentido en que se aparta del concepto habitual de lo que es una novela. Paradiso está basado en la metáfora, en la imagen (…) Yo no me puedo considerar, no me he considerado nunca, un novelista. El poema siempre ha si-do mi forma de expresión; pero llegó un momento en que vi que el poema se habitaba, que el poema se iba configurando en novela, que había personajes que actuaban en la vida como metáforas, como imágenes; vi cómo se entrelazaban, cómo se unían, cómo se diversificaban y entonces comprendí que el poema podía extenderse como novela y que en realidad toda gran novela era un gran poema”.

En 1970 –¡qué década más terrible da paso este año para la vida y literatura cubanas!– amplía sus precauciones, sus preocupaciones, quizás para que no lo confundieran del todo –un poquito sí, diría santa Teresa, la de Ávila– con la rotulada nueva novela latinoamericana de Gabriel García Márquez, Julio Cortázar, Mario Vargas Llosa… Un poquito sí, pues para Lezama (como para García Márquez y Carpentier) “la raíz” también estaba “en lo americano”, el paisaje, y el volumen que contiene y da espesor al paisaje, omnívoro, totalitario: “Ya para nosotros… por lo menos es mi caso, la novela no es un problema de técnica, ni un problema de estructura, ni un problema de asunto, sino un problema de lenguaje… Nuestros afanes son totalmente distintos de lo que se interpretaba como novela en otros tiempos.”

¡Qué astucias las de nuestra señoría! ¿Es que quería que jugáramos al juego de las decapitaciones, sustituciones, nombramientos no ajenos a su padre, el coronel? ¿Es que Cemí, Foción, Fronesis, Licario, no son personajes y sí, y sólo sí, símiles y metáforas, como dijo el autor? ¿Es que los capítulos no son cuadros que evolucionan a lo largo y ancho y hasta por retracciones y retroacciones, sin olvidar la futuridad que pide una novela? ¿Es que yo ya no soy yo, parcializado lector, y ni habito en la Casa del Alibi? ¿Es que no se puede leer de punta a rabo, ejercitando lo fragmentario en la continuidad? ¿Es que no hay alivio para el lector, pasando en lentitud o fulguración una página tras otra?

Dice Lezama que es un problema de lenguaje, cree en la frase, en el fraseo perpetuo, en la acumulación y progresión de las palabras, en vencer al género con un lector que avance a paso de mulo, fajado con el abismo.

¿Cómo leerla, si es novela, o novelón, o novela-poema? Muy simple: en extensión y en profundidad, practicando, nuevo Euclides, tajos y trazamientos del volumen voluble, trabajando a la vez en el tiempo y en el espacio.

Leerla, vivirla, soñarla, como la formación de un carácter, de un infante convertido en joveneto y asistido por la familia, y por la ausencia de la familia, y por la amistad –el diálogo en Paradiso es un crecimiento de la amistad como conocimiento, como completamiento del carácter, no es una “técnica narrativa”, como pensarían los falsos modernos–; y finalmente por la encarnación de la claridad en la oscuridad o viceversa, pues con tales autores nunca se sabe.

La madre, el padre, Fronesis, Foción, Licario: recorrido de gentes averiguando, evitando, formando y deshaciendo la destrucción, o restituyendo el sentido, en calles-parajes de La Habana, vividas, imaginadas, en sueño y vigilia.

Así, del capítulo i al xiv, avanza Cemí –¿que sí, que no es Lezama, este tal Cemí?– para cerrar, por contracción y dilatación, en hombre y poeta, o por qué no: en el hombre-poeta. ¿Qué más trama podemos pedir si hasta tenemos final, como en las buenas y malas películas?: “Iba saliendo de la duermevela que lo envolvía. La ceniza de su cigarro resbalaba por el azul de su corbata. Puso la corbata en su mano y sopló la ceniza. Se dirigió al elevador para encaminarse a la cafetería. Lo acompañaba la sensación fría de la madrugada el descender a las profundidades, al centro de la tierra, donde se encontraría con Eulenspiegel sonriente. Un negro, uniformado de blanco, iba recogiendo con su pala las colillas y el polvo rendido. Apoyó la pala en la pared y se sentó en la cafetería. Saboreaba su café con leche, con unas tostadas humeantes. Comenzó a golpear con la cucharilla en el vaso, agitando lentamente su contenido. Impulsado por el tintineo, Cemí corporizó de nuevo a Oppiano Licario. Las sílabas que oía eran ahora más lentas, pero también más claras y evidentes. Era la misma voz pero modulada en otro registro. Volvía a oír de nuevo: ritmo hesicástico, podemos empezar.”

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