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Qué es una buena reseña | Joseph Wood Krutch

(WEB)

Traducción de Ezequiel Valderrábano

De todas las formas literarias, la reseña de libros es una de las más cultivadas y a menudo menos estimadas. Para muchos, la sola frase “forma literaria” puede sonar pretenciosa cuando se aplica a una clase de escritura que por lo general es muy informal; y la carencia de forma es, en verdad, la única forma de muchos comentarios de libros. Sin embargo, la reseña de libros puede convertirse en arte, y lo sería con más frecuencia si el reseñista ambicioso se dedicara sólo a cultivar las virtudes particulares de la reseña en vez de pretender demostrar, como sucede a menudo, su capacidad para producir “algo más que una reseña”. La mejor reseña no es la que intenta ser algo más. No es un ensayo independiente sobre el tema del libro en turno ni un discurso estético sobre uno de los géneros literarios. La mejor reseña de libros es la reseña del libro en cuestión y es tanto mejor cuanto más se apega a su objeto.

Decir esto no es decir que una buena reseña sea fácil de escribir; bajo ciertos aspectos técnicos es, por cierto, la más difícil de todas las formas de la crítica literaria: en ninguna otra se le pide al escritor hacer tantas cosas en tan corto espacio. El ensayo crítico, sin importar lo extenso que pueda ser, no está obligado a alcanzar ningún grado particular de consumación. Puede suponer —de hecho lo hace— que el lector está lo suficientemente familiarizado con el trabajo bajo análisis como para hacer innecesaria la descripción, y limitarse por lo tanto a cualquier aspecto del objeto que el crítico elija.

Pero la reseña de libros, como forma literaria, implica consumación; no cumple realmente su función a menos que, para comenzar, ponga al lector en posesión de los hechos en los que se basa la crítica y salvo que su examen —por pequeño que sea— resulte completo. Por muy penetrante que pueda ser un escrito, no es una buena reseña si deja al lector preguntándose cómo es el libro como totalidad, o si sólo se ocupa de alguno de sus atributos.

No pretendo decir en qué proporción las reseñas publicadas en The Nation, o en cualquier otro lado, cumplen realmente las exigencias distintivas de la reseña, pero algunas lo hacen, y la sensación de satisfacción que proporcionan puede ser siempre atribuida al hecho, aparte de cualquier otra cualidad que posean, de que cumplen las tres tareas mínimas del reseñista de libros. Describen el libro, trasmiten algo de sus cualidades y expresan un juicio sobre él.

Cada una de estas tareas es diferente de las otras, pero sólo la última se toma con el cuidado debido tanto por el lector como por el escritor. La descripción adecuada supone un simple recuento del alcance del libro y de su contenido; su presencia garantiza que no se deje al lector preguntándose, para decirlo con palabras llanas, de qué trata el libro. “Transmitir la cualidad” supone, por otra parte, un ejemplo en miniatura de lo que por lo común se conoce como “crítica impresionista”; lo cual quiere decir que el reseñista se las arregla de algún modo para recrear en la mente del lector una reacción aproximada a la producida por el libro en su propia mente. Y no importa la baja estima que esta forma de crítica pueda tener (Mr. Eliot la considera resultado más de la debilidad del instinto crítico que de su fuerza), en la reseña es indispensable —para que cumpla con la función que se supone debe cumplir y se convierta en lo que se supone que es— no un mero informe del libro, por un lado, o una pieza independiente de crítica, por el otro, sino un breve ensayo crítico que incluya todo lo necesario para hacerla comprensible y significativa.

El “reseñista” muchas veces envidia la posición más elevada del “crítico” porque se supone que éste es leído por sí mismo, mientras que el reseñista debe asumir que el lector es atraído más por el libro discutido que por el reseñista mismo. Por esa razón, probablemente trate la reseña como un asunto casual o como una oportunidad para escribir, con la apariencia de una reseña, algo más. Pero podría ser más feliz, y hacer también más felices a sus lectores, si en lugar de eso se tomara el trabajo de preguntarse cómo debe ser una reseña y examinara su propio trabajo a la luz de sus conclusiones. No es fácil hacer, en el espacio de unas mil palabras, o menos, las tres cosas enumeradas. Todavía menos fácil es combinar la descripción, la impresión y el juicio en algo que parezca no tres cosas por lo menos, sino una sola.

¿Cuántos reseñistas de novelas, por ejemplo, parecen saber cuánto de una historia particular debe contarse para proporcionar una base sólida a la impresión que intentan transmitir? Y si han decidido que debe relatarse una parte de la historia, ¿cuántos saben, como lo sabe un narrador, si los incidentes son lo suficientemente atractivos como para contarse en primer lugar o deben presentarse acompañados de algún comentario que provoque interés? Una buena reseña, a pesar de su mínimo tamaño, plantea precisamente los mismos problemas que las narraciones o exposiciones extensas, y cada uno de ellos tiene que resolverse con ingenio si la reseña ha de alcanzar la belleza de la forma de la que es capaz. Sin duda, el mejor de los reseñistas difícilmente puede esperar que su arte sea apreciado por el público. Pero es una razón muy importante para que él lo respete.

The Nation, 17 de abril de 1937