Héctor Manjarrez

¡Que 70 años no es nada! | José Ramón Ruisánchez Serra

Dijo Héctor Manjarrez, en 1989, pero lo sigo oyendo con nitidez, lo vuelve a decir cada vez que abro esta página: “yo empecé a escribir como escritor –como persona que se concibe a sí misma ante todo como escritor, antes que cualquier otra cosa– (…) en el año de 1963”. En esa etapa inicial de su carrera, agrega: “nunca escribí un cuento sin pensar antes cuán extraño debía de ser en la forma (…) Lo que me interesaba (y a los escritores, pintores, cineastas y músicos que eran mis amigos era crear formas raras en las cuales vaciaría posteriormente el contenido”.[1] Y un poco más adelante: “Entonces, como ahora, aquello que me parecía más extraordinario y disfrutable de James Joyce era ese maravilloso ojo suyo sobre los seres humanos, sus formas de hablar, de moverse, de pensar. Tal vez yo pensaba que este tipo de ojo sólo podía obtenerse, o recuperarse a través de técnicas insólitas.”

Empiezo por este ensayo, el que cierra El camino de los sentimientos –como podría empezar por otros muchos textos, que son otros cabos para jalar la madeja de la obra de Manjarrez–, porque encuentro aquí una serie de rasgos importantes. El primero de todos es algo casi invisible, pero importante: más que afirmar, el yo de su ensayo cuenta. O mejor: su manera de afirmar es contando. Usa la narrativa para ensayar, y lo hace poniéndose en estado de memoria. Y ése ya es un segundo rasgo.

Mucho de lo que me resulta más cercano y entrañable de lo escrito por Manjarez, creo que justo lo que hace ya casi veinte años, tras leer Pasaban en silencio nuestros dioses, me hizo invitarlo a cenar sin conocerlo, lo que me lo vuelve imprescindible en lo personal y también como uno de los que trabajan en ese proyecto que sigue a medio hacer que es el mapa de la literatura mexicana. Lo que me hace envidiarlo más (más en caso de que no se oiga, viene subrayado, porque hay mucho más después de eso que me hace envidiarlo más), lo que me hace quererlo tanto, es lo que sabe hacer con la memoria. La memoria recordada o la memoria inventada o una sabia mezcla de las dos.

El yo narrativo, la persona poética, el yo reflexivo de sus ensayos rememora y se implica en la rememoración: recuerda amorosamente. En muchos de sus mejores cuentos, muchas de sus novelas (incluso de las más imaginativas como La maldita pintura y Rainey el asesino), están inventados desde las potencias de la memoria. Y ni qué decir de ese género estratégicamente indeciso al que pertenece de un modo El bosque en la ciudad y de otro distinto París desaparece y de otro más Yo te conozco, que son memorias y son ensayos y son novelas (o bien que no son memorias ni ensayos ni novelas). En todos estos libros está este amor por quien fue, por aquéllos con quienes fue. Sólo con amor se puede decir yo de esa manera: “Yo empecé a escribir como escritor”, en la verdad pero también una página como ésta en la ficción de No todos los hombres son románticos:

 

–¿Tú también eres jipi?

–No sé. No creo. ¿Tus padres lo son?

–Obviamente. Tú traes algo adentro, ¿verdad?

–Tal vez

–Se te nota.

–¿En?

–No estás normal.

–Pero ¿estoy bien?

–Oh sí, genial. Me gusta estar contigo. A mi hermanito también. Eres bueno, lo aguantas.

–Es muy encantador.

–A mí también me cae bien, pero creo que abusa de la gente.

–¿Tú no eras así a su edad?

–No.

–¿Te acuerdas?

–Sí, claro. No hace mucho tiempo de eso.

–¿Y qué hacías?

–Platicaba. Siempre me ha gustado platicar.

–Con tu hermano estuvimos platicando de la luna.[2]

 

La memoria que al mismo tiempo es intensa y delicada. Y simultáneamente suena en español y resuena en lengua extraña; muestra, como quería Benjamin, la huella del inglés y de sus articulaciones distintas. El inglés pero también un inglés, hablado en cierta época, un inglés que se recuerda y por lo tanto se recupera pero siempre como tiempo perdido: posesión por pérdida. Esa luna de la que hablan y que los ilumina mientras hablan es la precisa luna a la que el hombre está por llegar por primera vez. Es una luna histórica, pero al mismo tiempo una luna personalísima. Y así, en esos lugares íntimos, la Historia de H grandona se junta con su historia.

Pero hay que decir que Manjarrez se impone también una memoria valiente, que ejerce con especial sobre los mismo puntos que le producen más amor: sobre el cuerpo que más ama o amó, el que encendió su deseo y le procuró placer. Y ahí dice también los espacios más mezquinos, dice el miedo, el odio, el asco, la fealdad inmediata o hasta simultánea con la belleza. Ahí dice valientemente pero sin dejar de amar. Y eso está cabrón, por decirlo zoometafóricamente.

Por eso me gusta tanto su párrafo con el que abrí estas páginas. Escribí queriendo ser raro. Y confiesa que fue necesario atravesar el error de la heterodoxia obligatoria de los sesenta para encontrar su manera de compartir una verdad. La de las “formas de hablar y de moverse y de pensar”. El error no desaparece. El error se explora con la pluma en la llaga. Escribe las ganas de matar a alguien para robarle veinte monedas de plata. Escribe la venganza que se equivoca. Escribe la traición a la amistad por deseo.

Manjarrez sabe que estas dos maneras de su memoria, la amorosa y la valiente, son una sola. Que juntas, aliadas, hacen que ardan sus páginas: nadie puede escribir con tanto dolor sobre lo que abruma y aburre y aplasta de París y de Londres y de ese país que ya no existe, la antigua Yugoslavia; nadie puede escribir con tanto dolor sobre una amistad que se quiere volver forma de vida y se quiebra por la colección de moderados egoísmos que atraviesan incluso a los más generosos; nadie puede decir tan bien de un escritor cercano, amado, necesario que tiene páginas pésimas.

Además Manjarrez recuerda sin olvidar desde dónde recuerda. Recuerda sin olvidar que mucho de lo que recuerda se ha vuelto necesario, valioso, bello, porque ya no está, porque se ha perdido irremisiblemente y a veces, muchas veces, para bien. Héctor recuerda mostrando, sobre todo como fondo, el hic et nunc cambiados, contrastantes que acaso lo han invitado a volver a un paraje de la memoria. Pero cito de una página más, ahora del Bosque en la ciudad, para seguir:

 

Se me olvidaba un momento muy hermoso de la primavera local: antes del florecimiento de las jacarandas, el de los duraznos. Me acuerdo del asombro y la emoción con aquel árbol, en mi dúplex de Calzada de Tlalpan, en los ochenta, que medía unos cuatro metros de alto y que nunca daba duraznos, pero nunca dejaba de dar flores.

Los amigos venían a verlo. La gente entonces tenía tiempo (aunque tuviera hijos) para ir a mirar un durazno y tomarse unas chelas (que entonces se llamaban cheves) e improvisar algo delicioso para comer.[3]

 

Aquí está todo junto: la memoria amorosa y la valiente, que va pero se obliga también a regresar desde el pasado y narrar, ensayar, cantar, criticar el aquí. El presente es un lugar desde el que se va al pasado, pero también terminus, punto de llegada que se modifica desde el pasado y sobre todo, gracias a la memoria.

Y por cierto, ese ir y venir, está desde el primer cuento de Acto propiciatorio de 1970, que recordábamos hace poco Paloma Villegas y yo. Un cuento en que una familia recibe a un cowboy que rueda desde la pantalla de la televisión a su casa de la Colonia Roma. Aunque esta colección no se haya reeditado, ya estaban en ella latiendo esos tiempos que se tocan, un ir y venir.

Me falta decir algo importante. Que acaso ya con las pocas citas que he leído resulte evidente. Manjarrez sabe encontrar no sólo las palabras justas, sino que también sabe resucitar en el momento necesario las que alguna vez se usaron para un sentir común, para un estar juntos: sabe decir cheves, sabe decir despacito, sabe decir bello. Pero también sabe decir más:

 

Esta casa tiene una buganvilla

un peral y otras plantas

cuyos nombres desconocidos

me infunden gran tranquilidad.[4]

 

El horizonte de la palabra es siempre la imposibilidad de agotar con lo dicho la densidad, la riqueza, el misterio de lo real. Lo que lleva a escribir y sobre todo a seguir escribiendo. Pero también a la sabiduría de reconocer que por más que se forje una precisión (y Manjarrez es prodigiosamente preciso) hay un momento en que hay que rendirse: y en estos versos el poeta se rinde de manera ejemplar, gozosa.

La memoria está hecha de palabras sabidas y olvidadas. Repetidas, sobadas, gastadas. Nuevas. De palabras y del límite de las palabras. De silencios sabios. Elipsis elegidas.

No es entonces coincidencia, abuso de confianza o de autoconfianza que haya concentrado saberes y, tongue in cheek, haya publicado también un Útil y muy ameno vocabulario para entender a los mexicanos. (La parte de entender a los mexicanos a lo mejor no he acabado de entender cómo usarla.)

Hasta aquí me he limitado al espacio abarcable de ciertas páginas, sin pensar de manera cabal lo que es y hace un libro completo de Héctor Manjarrez. Primero que nada hay que decir algo que es obvio cuando uno se refiere al novelista –pero que no lo es necesariamente cuando uno piensa en el cuentista, el poeta, el ensayista–: Manjarrez planea la unidad y las unidades de sus libros cuidadosamente.

Por ejemplo, su más reciente colección de cuentos, Anoche dormí en la montaña, no es solamente un volumen de textos breves y extraordinariamente bien escritos. Son textos que hablan entre sí, que se enriquecen, que quieren estar en el mismo libro. No solamente porque varios de ellos cuentan una Semana Santa huichola, y porque en ellos está Concha, la memorable protagonista de El otro amor de su vida. El resto de los cuentos no suceden en la Sierra Madre Occidental, sino en la Ciudad de México, en Managua, en Londres, en La Habana. Pero todas sus protagonistas son mujeres y en todos impera no la pregunta sobre “el eterno femenino” sino la pregunta concreta sobre mujeres concretas, que han vivido en lugares y tiempos que las determinan en cierta medida, pero estas mujeres también, además de habitarlas, sortean esas determinaciones volviéndolas extraordinariamente singulares.

Pero además de la unidad del libro mismo, encerrada entre sus pastas, Manjarrez crea unidades en sus libros de cuentos, en sus colecciones de ensayos: unidades que pueden llamarse “Infidelidad” como la primera del libro que mencionaba; “Gracia”, como una de las partes de El camino de los sentimientos, o sencillamente estar encabezadas con número como en las tres partes de las colecciones de cuentos No todos los hombres son románticos y Ya casi no tengo rostro. Estas separaciones, incluso cuando son una mera cifra, invitan (o por lo menos me invitan) a pensar la comunidad entre dos o más textos. Invitan –después de haber gozado, sentido, paladeado las palabras que rescatan, la música que hacen poner, los cuadros que habitan y, sobre todo, los otros libros que reavivan– a pensar en la figura que forman.

Del mismo modo que los trabajos de la memoria de los que he hablado antes, modifican también el presente, estos títulos obligan a una activación temática de los textos que encabezan: sean un fragmento de una novela o un grupo de cuentos. Me hacen pensar en cómo, lo que he leído, se transforma e invita a la meditación sobre el tema que los une. El yo, la pasión sexual de los cuerpos, la juventud y el envejecimiento, el vivir en una ciudad a la que no le hago falta, el fracaso de una opción política más generosa pero que deja una huella en otra parte. Dos o más textos escritos de manera cuidadosamente distinta, cristalizan por la unidad que los reúne. Incluso en el caso de las novelas, los capítulos invitan al guiño teatral y a ser leídos como los actos en una pieza.

Pero no quiero terminar sin proponer una posible unidad que ofrece la obra misma; no como ese elefante en cuero y papel cebolla que iría del Acto propiciatorio y Lapsus de principios de la década de los setenta a la flamante París desaparece  y lo que siga pasado mañana, que siempre sorprende, pero al mismo tiempo bebe de las mismas inagotables aguas elementales:

Este corpus está atravesado por cuerpos. Desde los muy directamente dichos, como estos del temprano El golpe avisa:

 

Debí, sí, debí beber tu sangre

y mascarte el click por un ciego instante mudo

antes de agotarnos, mucho antes del baño.

Ahora tu cuerpo casi musculoso,

grotescamente blanco, coñirrojo

y pelirrubio, está tan inmaculado

tan quant à soi

como el mío. Que no te di casi nada

es cierto. Que me diste el revival

de un viejo aborto es tan estremecedor

que lloro de no ponerme sentimental

como tu ciudad.[5]

 

De nuevo, cuerpos, en plural. Porque incluso los intensos momentos de soledad son, sobre todo, de añoranza o de desgarramiento respecto a otro cuerpo. Concreto o por concretarse. Cuerpos puestos en palabra, pero en una palabra que por muy perfecta, por muy cimentada en las más altas cumbres de la cultura, mejor: gracias a que ha dormido en la montaña de la cultura, no abandona nunca a los cuerpos.

Pero como dice Badiou: hay cuerpos, hay lengua y hay también verdades. Y la verdad requiere no sólo de la revelación deslumbrante –el brillo del amor, la herida de la belleza, la convicción–, sino de lo que Badiou llama fidelidad y yo he preferido llamar valentía. La obra de Manjarrez no es la de un sentimental ni la de un nostálgico ni la de un hedonista. Los sentimientos, la memoria y los placeres son siempre lo que está por pensarse, lo que desde su hacernos sentir, desde su habernos hecho sentir nos obliga a pensar.

Para Manjarrez, además, el pensar exige un decir muy elevado. A nivel de la palabra elegida, a nivel de la perfección de cada texto, a nivel de la relación entre textos y al final, al final de su obra completa que es uno de los retratos de historia íntima más completos, más complejos, más conmovedores con los que contamos. Un decir que al mismo tiempo proteja la verdad de los cuerpos que lo originaron. Y en esa constelación veo la singularidad de su brillo.

[1] Héctor Manjarrez, El camino de los sentimientos, era, México, 1990.

[2] No todos los hombres son románticos, era, México, 1983.

[3] El bosque en la ciudad, era, México, 2007

[4] Canciones para los que se han separado, era, México, 1986.

[5] El golpe avisa, era, México, 1977.