RC Catalina de Prusia

Preludio a Los últimos días de la humanidad: el Segundo Imperio Mexicano | Por Andreas Kurz

RC Catalina de Prusia

En 1926, Karl Kraus publicó en Viena Los últimos días de la humanidad, una tragedia de dimensiones monstruosas (840 páginas en mi edición) que trata un tema monstruoso: la caída en el abismo de una civilización antigua y refinada. No sólo cae la monarquía austro-húngara con su viejo emperador Francisco José, también se esfuma un modo de vivir, un mundo basado en formas, normas y etiquetas: se esfuma la humanidad entera.
Anton Holzer, en un libro de 2007 (El otro frente: fotografía y propaganda en la Primera Guerra Mundial), presenta una serie de fotos que documenta las ejecuciones y linchamientos al orden del día en las ciudades y pueblos de la Monarquía durante los años de guerra. Kraus había coleccionado esas tomas e insertado algunas de ellas como ilustraciones en su tragedia. Quizá la más conocida (la que figura al comienzo de la edición moderna de la obra) sea una foto que de manera extraña se parece a la reproducción de la tortura de los mil cortes que impulsó a Georges Batailles y Salvador Elizondo a escribir Las lágrimas de Eros y Farabeuf, respectivamente. Seis oficiales del ejército y tres civiles exponen el cadáver de un hombre ahorcado. A diferencia de la fotografía de la tortura china, no hay heridas ni mutilaciones visibles en el cuerpo. Lo que produce el nexo entre las dos tomas es la actitud de los victimarios: no parecen estar conscientes de la atrocidad de sus actos. Esta falta de conciencia se manifiesta de diferentes maneras, pero es síntoma —quizá— de los últimos días de la humanidad vividos casi simultáneamente en la Monarquía de los Habsburgo y la remota China. Los torturadores orientales observan a su víctima (a punto de morir o ya muerta) con cierta curiosidad profesional. ¿Los cortes se hicieron bien? ¿Prolongaron debidamente el sufrimiento? ¿Se respetó el ceremonial? ¿Qué parte del cuerpo sigue? ¿Se trata del trabajo de expertos o de novatos? Posiblemente no se dan cuenta de la cámara que los enfoca. Si se percataran, su postura cambiaría: especulo que se acercaría a la de los verdugos monárquicos. Militares y burgueses posan. Un oficial agarra su sable. A su izquierda, un hombre de traje, con sombrero, dibuja una sonrisa burlona y coqueta debajo de su bigote. Otro hombre, corpulento, con aspecto de carnicero enriquecido, posiblemente el que hizo el trabajo sucio —¿qué diferencia hay entre matar una vaca y matar a un enemigo?—, expone al ahorcado: su risa es la del trabajo bien hecho, de la satisfacción que da una conciencia limpia, que da también el sentirse un miembro útil de la sociedad. A su izquierda otro militar se asoma, busca la cámara, quiere ser parte de la escenografía a pesar de su estatura pequeña. Todos muestran orgullo, no hay huella de espanto, no hay indicio alguno de que un acto inhumano acabe de cometerse, no hay empatía.
El autor de las fotos chinas había sorprendido a los verdugos en medio de un ejercicio profesional: cumplen con un deber sagrado, revisan la eficacia de la labor. Tampoco en esta constelación hay empatía. Creen los antropólogos que la existencia de ritos funerarios es un indicio de la concientización del ser humano: sabe que va a morir y se apiada de sus semejantes que mueren; pretende aliviarles el difícil camino hacia un más allá inseguro porque entiende que muy pronto tomará el mismo camino. Este ser se diferencia del animal que pasa por encima del cadáver de un congénere sin inmutarse porque no es capaz de relacionar la muerte ajena con la suya propia: no hay empatía. Las fotos de la tortura de los mil cortes y del ahorcado de la Primera Guerra Mundial expresan precisamente este estado bestial: regresamos a la época preconsciente de la raza humana, podemos maltratar, torturar y matar al otro sin ni siquiera percatarnos de lo abominable de nuestros actos porque el sufrimiento y el dolor de ese hombre no tienen nada que ver con nosotros.
Ambas fotos son testimonios de los últimos días de la humanidad que Karl Kraus describió en su obra maestra. Hay que agregar: ambas fotos se adelantan a las reproducciones mediáticas modernas de las torturas en Abu Ghraib, las que llevan el cinismo y la frivolidad a un extremo, las que reafirman la declaración en bancarrota de una humanidad vieja cuyas primeras muestras placativas se habían producido al comienzo del siglo XX en Occidente y Oriente.
Kraus era un puritano del lenguaje. Sabía que si le perdemos el respecto al idioma, dejamos de respetar la vida. Las palabras cambian de significado continuamente, cobran nuevos matices, se desarrollan y pulen. Desgraciadamente también pueden vaciarse, convertirse en recipientes para cualquier contenido con el que, al azar o de manera maliciosa, se vuelven a llenar. Esto lo sabe la filosofía francesa moderna (la “casilla vacía” de Deleuze), pero Kraus y Thomas Mann, Joyce y Proust, Kafka y Céline lo previeron décadas antes frente al triste espectáculo de las trincheras ensangrentadas de la gloriosa contienda de 1914.
Los últimos días de la humanidad comienza con un coro: voces que comentan la noticia del atentado de Sarajevo. Los comentarios son superficiales: lo trágico y trascendental de la noticia no se refleja en ellos. Las voces hablan de lo limpio y rápido que será la guerra. Aunque quién sabe si habrá guerra ya que los serbios no valen la pena… La muerte de Franz Ferdinand y su esposa Sofía en ningún momento se presenta como un hecho: sólo es una noticia, palabrería insignificante de los periódicos, irreal en cualquier caso. Reales son la siguiente fiesta, la parranda de la noche anterior, la actriz de moda, el affaire de un miembro de la casa imperial, etc. Real es también el funeral de la pareja asesinada en Serbia: “¡Va a ser un funeral como no lo ha habido jamás! Todavía me acuerdo cuando el príncipe heredero…”. El esplendor del rito funerario importa. Se trata de un acontecimiento social de primer rango, de una ocasión espléndida para ver y ser visto. Enterrar ceremoniosamente al otro ya no es una señal de empatía, ni siquiera una del miedo ante lo inevitable, sino un brutal acto egoísta que sirve para que el yo pueda exponerse y goce de su propia imagen. Una palabra se ha vaciado y rellenado con un contenido que es abominable para los que aún se acuerdan de otros sentidos, cómodo y reconfortante para los que aceptan y viven el nuevo significado.
“Serbien muß sterbien”. Con este coro los soldados austriacos empezaron su marcha hacia una debacle tan inútil como sucia. “Serbia ha de morir”. La traducción no refleja la agramaticalidad del original. “Sterben” sería el verbo correcto, mas no rimaría… La superficie bella importa más que la profundidad del lenguaje. El eufemismo opera: “sterbien” no es “sterben”, es más bien un morir en diminutivo, un simulacro de morir a la manera de Baudrillard. La guerra es la paz, ahorcarse con las propias tripas es la gloria y perder varios miembros del cuerpo es heroísmo. En cada escena de su drama Kraus expone este mecanismo. Los comentarios sobran. Los que aún saben ver (y leer) se espantan: por el poder del mecanismo, por su irreversibilidad y por su propia impotencia y marginación.
La etiqueta y las formas durante siglos generaron el esplendor de la monarquía austro-húngara, un reino que pocas veces basa su grandeza en conquistas militares, sino que confía en una política matrimonial en gran escala: “Tu felix Austria nube”. Militarmente débil y siempre al borde de la ruina económica, el imperio se celebra a sí mismo y construye un poder basado en el ceremonial que permite la convivencia sin roces tanto entre sus habitantes de diferentes nacionalidades, lenguas y religiones, como con sus vecinos potentes. Cuando los vecinos se hartan de las formas, hay guerra y Austria pierde algún territorio. Mucho no importa, dado que lo perdido se recupera mediante la exaltación de la etiqueta: Lombardía y Venecia serán territorio italiano, pero sus habitantes se comportan como austriacos. Los prusianos podrán humillarnos con sus rifles y su disciplina. Tampoco importa. Como no respetan la etiqueta, son bárbaros. Y a los bárbaros hay que tratarlos con desprecio. La fachada se mantiene hasta 1914. Cuando finalmente cae, lleva consigo a la humanidad entera. De ninguna manera pretendo responsabilizar a la monarquía de los Habsburgo por los cataclismos del siglo XX. Esto significaría darle una importancia histórica que no tiene. Tampoco quiero resaltar la culpa colectiva de la aristocracia europea. Existe, pero, igual que la caída del imperio austro húngaro, sólo es un síntoma de la mucho más trascendental caducidad de las formas.
Como ningún otro escritor, Joseph Roth sabe de los beneficios y peligros de la etiqueta, sabe que la superficie de las cosas es tan amena como resbalosa. Dos novelas cortas presentan los polos opuestos: La rebelión (1924) y La leyenda del santo bebedor (1939). En su último relato, terminado el día (o la noche) de su muerte, Roth anhela, en un mundo que dejó de ser el suyo, que no puede ni quiere entender, la comodidad de las formas. Un pordiosero en París, sucio y harapiento, recibe dinero y, sin jamás intentar reintegrarse a la sociedad burguesa, logra moverse en ella sin llamar la atención: frecuenta restaurantes buenos, se hospeda en un hotel caro, corteja a una actriz que, ella misma marginada y etiquetada, le hace caso aplicando las reglas del juego amoroso. El clochard actúa correctamente porque se acuerda de las formas que habían regulado su vida de antaño, antes de la catástrofe. Muere, ebrio como siempre, pero muere literalmente en el seno de la verdadera fe, en una pequeña iglesia parisina. Roth describe la nostalgia, un mundo perdido al borde de otra catástrofe; describe al mismo tiempo un mundo nuevo que permite el caos amorfo: los totalitarismos de Mussolini y Hitler. No sé si Roth está consciente, en medio de su ebriedad perenne, de que precisamente la exaltación de la forma y la veneración de una superficie pulida permitieron el surgimiento del caos, enseñaron a los nuevos amos que tenían que inventar una nueva etiqueta, un ceremonial grandilocuente, que garantiza su supervivencia.
En La rebelión, el narrador había renegado de la etiqueta. Un soldado regresa de la guerra, le falta una pierna. Hay una fisura en la superficie: el soldado no es presentable, además simboliza la penosa derrota bélica. Pero un papel sellado y firmado lo salva, le da oficialmente el derecho de ser un mendigo, de tocar su órgano y recibir, si tiene suerte, un par de monedas: el sueldo justo para un guerrero humillado. Un buen burgués, enriquecido gracias a la guerra, reta al mendigo porque su apariencia rota le molesta. Rompe el papel sellado y firmado. Ya no hay ni forma ni etiqueta. El mendigo es “vogelfrei”, libre como un pájaro. El término pertenece al derecho medieval en el que designaba un castigo mayor: un delincuente sin derechos civiles ni espirituales, con el único privilegio de que cualquiera lo puede matar sin ser juzgado. En el caso de Andreas, el soldado mendigo de Roth, las nuevas instituciones republicanas se encargarán de matarlo: la cárcel, luego un trabajo en un sanitario público: había vivido en medio de las heces de las trincheras, ahora le tocará limpiar la mierda de quienes salieron ilesos de la guerra, mantener una superficie limpia y sin olor.
“Serbien muß sterbien”. Con este grito se fueron a la guerra, con uniformes intachables, respetando la etiqueta, guiados por ella. Regresaron mutilados, rotos por la etiqueta. Terminaron preservando inútilmente la forma que los había matado. Quizá fueron esos días, después de la Gran Guerra, los definitivamente últimos de la humanidad: cuando una forma de vida ya caduca aún pretendía sobrevivir. Ese intento grotesco llevó a la siguiente Gran Guerra, a la forma que disfraza el caos.
Hace 150 años, el 3 de octubre de 1863, una delegación mexicana se presentó en el Castillo de Miramar para ofrecer el inexistente trono azteca al archiduque Maximiliano de Habsburgo. Maximiliano no quiso dar una respuesta definitiva porque un error formal se había cometido. Faltaba un documento que comprobara que todos los mexicanos —excepto los juaristas que representaban lo deforme— querían la monarquía con un soberano austriaco. Unos meses después, el documento apareció. Un fraude, por supuesto. A pesar de lo obviamente falso de la encuesta, Maximiliano aceptó el trono, con las consecuencias que todos conocemos.
Aún a bordo de la Novara, antes de conocer el clima infecto de Veracruz, el archiduque empieza a formular el Reglamento para los servicios de honor y ceremonial de la corte cuya versión final de 1866 tendrá más de 500 páginas. En los tres años de su gobierno, este documento se convierte en una obsesión: dicta hasta el detalle más nimio de la organización de fiestas; la jerarquía cortesana; las condecoraciones y otras distinciones; los uniformes de lacayos, damas de la corte y personal de servicio; comportamiento en las comidas, etc. Hay una serie de reglas grotescas, pero todas ellas reflejan el afán desesperado de la pareja imperial —más desesperado conforme empeora su situación política— de organizar y controlar todo, de reducir la autonomía individual en su entorno a un grado que ya no constituya peligro alguno. Si aceptamos las tesis de Karl Popper en su monumental La sociedad abierta y sus enemigos, entenderemos que este afán refleja el mecanismo de una sociedad cerrada, es decir, una sociedad feliz cuyos individuos no tienen miedo, no se preocupan por nada porque hay instancias reguladoras que todo lo prescriben. Maximiliano intuye que sólo podrá independizarse de los franceses y establecer un poder personal carismático si limita la facultad de improvisación de sus nuevos súbditos. La improvisación es irregular: con ella comienzan el caos y la anarquía. Si los mexicanos sabían que, sentados a la mesa de su soberano, debían dejar de comer cuando él ya no lo hiciera; si sabían que debían salir de su oficina sin mostrarle la espalda; si sabían con qué cubiertos debían comer qué platillos y qué ropa ponerse en cada ocasión, entonces se cancelaría la improvisación y la estabilidad del imperio estaría garantizada.
No cabe duda de que Maximiliano dedica más tiempo y energía a la creación de una etiqueta que a la lucha contra los juaristas y la regularización de sus finanzas desastrosas. Sin embargo, no se trata de un capricho, mucho menos de ineptitud, sino de una política calculada y aprendida gracias a la tradición habsburga que prefiere una boda real bien organizada a una guerra sucia y caótica. La tarea es difícil por dos razones: Maximiliano tiene que imponer una nueva simbología y un nuevo ceremonial a una tradición nacional que los primeros románticos mexicanos habían construido sobre las ruinas ilusorias del pasado precolombino. Además, el emperador se encuentra en medio de una guerra, pormás que muchas veces pretenda negarlo. En una guerra hay un enemigo que genera su propia simbología, opuesta a la fuerza que pretende detener el poder. Maximiliano, heredero de una tradición milenaria y convencido del don divino para gobernar, no entiende la lógica de ceremoniales divergentes. La etiqueta que el soberano nato propaga quiere ser válida en todo tiempo y lugare: una ética universal. Ignorarla es actuar como bárbaro, equivale a salirse de la comunidad de los sensatos. Maximiliano no entiende que sus oponentes no son nobles como él, sino representantes de una nueva era. El emperador no puede percatarse de que la guerra contra Juárez es también una contienda entre la tradición aristocrática europea (la sociedad cerrada) y la tradición democrático-económica en ciernes (la sociedad abierta) que Estados Unidos está a punto de formar.
“Nadie se atreve a ejecutar a un archiduque austriaco”. Este credo, además de la hipocresía del padre Fischer y del partido monárquico mexicano, impide en 1866 la abdicación de Maximiliano en Orizaba. El archiduque regresa a la capital, sigue a la cabeza de su imperio de opereta y se encamina a Querétaro para defenderlo y darse cuenta de que, en México, sí se atreven a fusilar a un Habsburgo.
El 3 de octubre de 1863, Maximiliano había insistido en un error formal que impedía su viaje a México. Corregido éste con la ayuda de un plebiscito engañoso, se embarcó en abril de 1864. Días antes otro problema de protocolo habría vuelto a cancelar la aventura. Su majestad, Francisco José I, viaja personalmente a Miramar para conseguir que su hermano firme el Pacto de Familia. Maximiliano debía renunciar a sus derechos de heredero del trono de los Habsburgo si aceptaba la propuesta de la delegación mexicana; nunca sería emperador de la monarquía austro-húngara. Francisco José sólo es dos años mayor que el archiduque, un hombre joven y, a diferencia de su hermano, sano. En 1858, de su matrimonio con la mítica Sisi, había nacido Rodolfo. Es decir: Maximiliano había sido relegado al segundo lugar de la lista de herederos. Las posibilidades de que hubiera podido suceder a Francisco José eran mínimas; un espejismo en realidad. Aun así, el archiduque comprendió el pacto como una ofensa, un acto ilegal. Él era un Habsburgo y nadie, ni siquiera el emperador, podía obligar a otro Habsburgo a renunciar a su derecho nato de eventualmente gobernar el reino que —en mejores tiempos— había dominado medio mundo, defendido la verdadera fe católica y construido una fachada brillante que ofuscaba el esplendor de los Tudor y los Borbones. Maximiliano tuvo que decidir entre seguir en Miramar y esperar pacientemente a que su hermano mayor y su sobrino murieran; ser emperador de un país mucho más grande que la monarquía, pero sin gloria ni prestigio algunos. La balanza se inclinaba hacia la inactividad espléndida en su castillo de Trieste.
Es difícil averiguar por qué finalmente se decidió en favor de México. No cabe duda de que las palabras lisonjeras de Gutiérrez Estrada y José Manuel Hidalgo y Esnaurrízar, los padres intelectuales del Segundo Imperio, influyeran en él. Sin embargo, más decisivos deben haber sido las ambiciones de Charlotte. La futura Carlota de México es hija de Leopoldo I de Bélgica, rey desde 1831. Su abuelo materno, Luis Felipe I, también es un monarca. La etiqueta y las tradiciones importan en su familia, pero no es una Habsburgo. Sabe que un gobierno exitoso se basa en el trabajo concreto —la administración, las leyes, las intrigas palaciegas, las finanzas, las amistades— y que este trabajo se puede desarrollar en cualquier país. Sabe, por ende, que no existe el don divino de gobernar. Carlota es pragmática y posiblemente este pragmatismo, tan ajeno al carácter de Maximiliano, convence al orgulloso y ofendido archiduque. Hay que ser emperador, de esto se trata; el asunto latoso del Pacto de Familia se podrá arreglar sobre la marcha. Y sobre la marcha se arregla: durante el viaje la pareja imperial esboza una protesta que declara ilegal el documento. Envían a Viena la protesta, pero Francisco José la ignora olímpicamente. Cuando el emperador, el de la monarquía milenaria, se percata de que el otro emperador, el del imperio de opereta, está perdido, manda a México un decreto que restituye los derechos de su hermano. La carta es interceptada por los juaristas pocos días después de los fusilamientos en Querétaro.
Los errores formales se acumulan. Maximiliano cree en la etiqueta y en la escritura que garantiza la honestidad y la autenticidad de las palabras. El archiduque confía, consecuentemente, en el Tratado de Miramar firmado por él y Luis Napoleón en abril de 1864. El emperador de los franceses se compromete a respaldar económica y militarmente al imperio mexicano. Cuando, dos años después, aumentan la presión norteamericana y la oposición interna y comienza el retiro de las tropas francesas, el Habsburgo debe entender que su mundo se halla en declive, que la destrucción de un código de honor basado en la palabra es inevitable. Maximiliano no había aprendido la lección impartida por Klemens von Metternich y su propio hermano: las normas construyen una cárcel en la que se puede vivir cómodamente. Sin embargo, cuando los presos se hartan de las rejas, hay que construir cárceles más herméticas, hay que cambiar el código, adaptarlo a las nuevas necesidades. El emperador de México concibe la adaptación como una traición, no entiende que la tradición y el don divino de gobernar son fenómenos movedizos y manipulables, no quiere aceptar el hecho de que un mecanismo que mantiene vivo el imperio podrido de los Habsburgo acelera la caída de su propio reino.
Georges Bataille y muchos otros saben que el nomos social nos protege porque pretende impedir la intromisión del mundo pasional en nuestra existencia. Sin embargo, lo irracional (dionisiaco, orgiástico, violento) siempre hallará brechas que le permitan filtrarse en lo reglamentado y normado. Exactamente dos años después de la primera cita de la delegación mexicana en Miramar, Maximiliano comete el error formal decisivo. El 3 de octubre de 1865 firma, quizá presionado por el mariscal Bazaine —figura satanizada por la historiografía y la literatura cuya influencia real en el Segundo Imperio aún no ha sido analizada debidamente—, un decreto mediante el cual los republicanos se convierten en bandidos que deben ser fusilados, si portan armas, un día después de ser capturados. No creo que Bazaine —ni Carlota— tuvieran que presionar mucho al archiduque. Maximiliano estaba convencido de lo legítimo del decreto. Benito Juárez había atravesado la frontera con Estados Unidos, decían sus informantes. Con este acto, el presidente errante se desacreditaba como representante legal. Consecuentemente, sus seguidores eran simples criminales y malhechores que merecían la muerte. La lógica de este pensamiento producido en la mente de un Habsburgo es impecable. La premisa, como sabemos, es falsa. Con el decreto del 3 de octubre Maximiliano vuelve a acercarse al partido ultraconservador y mocho cuyas simpatías había perdido; no entiende que gracias a este acercamiento, cuyas causas él mismo detestaba, pierde el apoyo de los que habían creído en su liberalismo y en su honestidad. Maximiliano juega mal el juego, corrige una parte del código que había funcionado bien. Debido a esta corrección errónea la violencia orgiástica se apodera de su gobierno, precisamente esa esfera que el Reglamento para los servicios de honor y ceremonial de la corte, la obra maestra del Habsburgo, debía mantener a distancia. De esta manera, el decreto del 3 de octubre de 1865 puede interpretarse como un antecedente directo del atentado de Sarajevo. El 28 de junio de 1914 el caos se infiltrará en la sociedad cerrada de los Habsburgo y destruirá la seguridad ontológica de la monarquía. “Se muere mejor en compañía”, parecen decir los nobles europeos y arrastran medio continente con ellos al cataclismo. No cabe duda de que las consecuencias de la contienda mexicana son menos drásticas, aunque la crueldad del conflicto pide poco al sadismo de la guerra de las trincheras. Aun así, a partir del día del decreto de sangre firmado por la mano limpia y pulida del noble Maximiliano, el preludio a los últimos días de la humanidad se representa con todo esplendor en tierras americanas.
Cuando la presión y la desesperación alcanzan un grado casi insoportable, Maximiliano renuncia definitivamente a su código de Habsburgo, atenta contra él de manera atroz: el emperador se olvida de su caballerosidad y permite el viaje de Carlota a Europa. Una mujer de 26 años, cuya salud mental desde antes del viaje estaba a punto de quebrantarse, debe salvar lo que la ceguera de un Habsburgo confiado en normas inoperantes no había podido construir. De las ambiciones y la arrogancia aristocrática de Carlota no se puede dudar, tampoco de que el viaje fue por su propia iniciativa. No obstante, permitir la aventura a sabiendas de que la emperatriz se enfrentaría a Napoleón III y Pío IX, dos de los políticos más astutos y diabólicos de la época, es un acto tan desquiciado como las muchas muestras de locura que Carlota manifestaría a la postre. De nuevo, las consecuencias no son comparables; sin embargo, el mecanismo del acto mediante el cual Maximiliano expone a su esposa, y el mecanismo con el que Francisco José manda a sus soldados a una carnicería sin par, sí son comparables: falta de empatía, una etiqueta monstruosa que se come a sí misma.
En Imperio. La novela de Maximiliano (2012), Héctor Zagal describe los últimos días del emperador en Querétaro. Se trata de una novela calculada, escrita explícitamente para el mercado prometedor de la nueva novela histórica. Sin embargo, Zagal acierta en su descripción de uno de los últimos miedos de Maximiliano: “No pasaré a la historia como el emperador que se zurró frente al pelotón de fusilamiento. Diré lo que he ensayado. Pronunciaré unas palabras solemnes. Me mostraré firme.” Maximiliano de Habsburgo muere en condiciones iguales a las de los soldados que, cincuenta años después, su hermano mayor manda a la Primera Guerra Mundial. Una etiqueta (auto) destructiva, no obstante, ha de respetarse: “Voy a morir por una causa justa, la de la independencia y libertad de México. ¡Que mi sangre selle las desgracias de mi nueva patria! ¡Viva México!” La forma destruirá hasta estas nobles palabras.


Escrito por Andreas Kurz

Estudió lit­er­atura com­parada en la Uni­ver­si­dad de Viena, así como una Maestría en Letras His­páni­cas en la Uni­ver­si­dad de las Améri­cas– Puebla. Se doc­toró con una tesis sobre la influ­en­cia francesa en el mod­ernismo finisec­u­lar mex­i­cano. Impar­tió clases en la Uni­ver­si­dad de Viena, la UDLA-P, el Tec de Mon­ter­rey, el ITAM, el Claus­tro de Sor Juana y la UNAM. Es pro­fe­sor de tiempo com­ple­mento en la Uni­ver­si­dad de Gua­na­ju­ato. Su último libro pub­li­cado es Cratil­ismo. De la pesadilla mimética en lit­er­atura y dis­curso (Puebla 2010). Pub­licó libros sobre el mod­ernismo mex­i­cano y el nar­rador cubano-francés Alejo Carpentier.

Actual­mente inves­tiga sobre la influ­en­cia de la filosofía irra­cional­ista en la cul­tura mex­i­cana, así como sobre las teorías de la lit­er­atura fan­tás­tica. Es colab­o­rador de La Jor­nada Semanal.

Obra grá­fica de Ale­jan­dro Barreto.