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Pedro Serrano: arqueología del poeta moderno

En La construcción del poeta moderno, Pedro Serrano ofrece un documentado registro de las estratagemas y maniobras ejecutadas por T. S. Eliot y Octavio Paz para entronizarse como gerifaltes de la poesía y la cultura en el siglo xx.

pedro-serranoA ese mérito, este nuevo libro de Pedro Serrano agrega otros de no menor relieve. Baste con destacar una actitud de irreverencia crítica, que contribuye a una sana desmitifación de las vidas y las obras de Eliot y Paz: dos de las principales encarnaciones del intelectual moderno; un examen riguroso del proceso de delineación de ambos personajes como prominentes referencias éticas y artísticas del siglo xx; consideraciones pertinentes respecto al espinoso asunto de los vínculos entre vida y escritura, así como sobre las no menos complejas ligas entre el arte y la moral; una fecunda lectura personal de las andaduras de los referidos poetas, sin menoscabo del recurso a una esencial bibliografía de apoyo; un repaso de las relaciones entre la poesía de Eliot y la modernidad poética mexicana.

Toda obra es la estación final de un camino, de eso que en griego se llama méthodos (método). Ésta que ahora entrega Pedro Serrano al lector ha recorrido una ruta crítica y heurística trazada con una evidente voluntad de rigor, nimbada por una infrecuente mezcla de audacia y precaución. El propio autor da las pistas de ese recorrido. Para empezar, advierte que La construcción del poeta moderno no es un fruto más de los tradicionales estudios de literatura comparada, sino del examen de la manera en que Eliot y Paz afrontaron, en su labor crítica y en su poesía, sus emociones y su formación estética y ética, además de sus limitaciones personales. Explicada de esa manera, la decisión metódica de Pedro Serrano se ve un tanto empequeñecida. A riesgo de parecer impertinente —e incluso de serlo— pienso que su aportación en este punto va más allá de lo que él mismo reconoce. Por sobre un comparatismo de fondo —por lo demás, inevitable en una iniciativa como la que ha emprendido: habiendo dos poetas en juego, cae de suyo un permanente cotejo—, lo que Serrano ofrece en este libro es el rastreo de una serie de constantes en las trayectorias de dos autores que permiten identificar el proceso de formación de sendas “figuras de autoridad” artística y ética en los dominios de la cultura. Ese proceso —que, como el autor señala desde el título de su libro, es una construcción— rebasa los paralelismos anecdóticos y se sustenta en regularidades estructurales de alcance universal.

Para lograr ese resultado, el autor ha debido considerar analíticamente las diversas vetas que se entreveran en la humanidad de fondo de sendos universos literarios: el de Eliot y el de Paz. Eso explica el interés puntual de Serrano, tanto en el componente estético como en el biográfico, el ético, el político… integrados en la existencia y en la obra de esas inmensas figuras de la historia cultural del siglo pasado.

El despliegue de esa labor crítica multidimensional exigía una estipulación clara de las nociones de poesía moderna y poeta moderno. Pedro Serrano afronta esta exigencia y asienta la idea de que, a su criterio, “la poesía moderna es el periodo que comienza, en términos generales, a finales del siglo xix, como reacción ante el romanticismo y el simbolismo…” Esta definición —literalmente, este establecimiento de unos límites, unos bordes que permiten identificar el objeto de atención heurística— aclara el campo de intervención crítica del autor, pero podría haber ganado en fecundidad teórica si se hubiera cebado en la palabra “reacción” —traída a cuento por él mismo—. En efecto, “reacción” refiere una actitud, un fenómeno psíquico-ético, que tal vez nombre mejor el vocablo “espíritu”, pese a que es el más vaporoso y vagaroso de todos. Lo que quiero decir es que el avatar de la poesía que, para los efectos de la investigación de Pedro Serrano, merece la calificación de “moderna” es la que responde a un espíritu bífido: por una parte, reniega del modernismo que motivó a sus ascendientes románticos y simbolistas, al tiempo que, por la otra, abre las escotillas de la tradición a la entrada de innovaciones formales y de valores estéticos y éticos que se controlan, ofrecen y promueven como la nueva modernidad. Pero, en su esencia, este modus operandi no es privativo de ningún poeta o movimiento cultural dado. Es, más bien, el signo distintivo de todo artista que encarne el mencionado espíritu modernizador. Así que considerar la convencionalmente llamada poesía moderna como la expresión de un “espíritu” específico permitiría hacer algo que Pedro Serrano, en atención a sus obsesiones, acaso haga en el futuro: colocar el modernismo de Eliot y de Paz en la senda de un espíritu moderno transtemporal, es decir, presente por momentos a todo lo largo de la historia de la poesía en Occidente.

La modernidad y el espíritu que le es propio expresan un modo de relación con el tiempo. La actitud moderna alberga una paradoja: es intempestiva —es unzeitgemäss, como la llamaría Nietzsche; es decir: está conflictuada con el tiempo, por no decir que está, de pleno, contra lo actual, contra la época— pero de ningún modo se aviene con una tradición estancada y superada. O sea: no puede celebrar el presente ni puede asumir el pasado; tampoco puede prescindir de ninguna de esas dos dimensiones del tiempo. Pedro Serrano capta esta contradicción cuando asegura que “los valores del poeta moderno estuvieron, en muchas ocasiones, en oposición directa a los valores principales de la sociedad moderna”. Se le escapa, sin embargo, en parte, la fecundante complejidad de ese modo de ser en el mundo, en lo tocante a aquello que Paz intuyó como “la tradición de la ruptura”; oxímoron en el que se cifra la fuerza y el sentido de un ímpetu crítico y creativo, dándose como potencia innovadora, de vanguardia, vocada a una casi maquinal impugnación ética y política, además de artística, así como a la búsqueda febril, a la experimentación. No basta con recurrir al fondo emocional del despliegue de esa actitud ni a las estratagemas que ella propicia en el ámbito crítico-creativo, ese “esquema común de estrategias y movimientos retóricos”, que Serrano señala con insistencia en los poetas a los que dedica su libro. Habría convenido afrontar, también, su faceta trágica, puesto que en ella —en lo que tiene de tensión entre lo más vital y lo más necroso— se cifra la más radical humanidad de esas encarnaciones del genio posromántico que fueron T. S. Eliot y Octavio Paz.

Esa limitación no desdice la pertinencia de la ruta heurística emprendida por Pedro Serrano, de modo que, al apuntalar su idea del espíritu moderno, adviene con naturalidad la presencia de un aire de familia compartido por Valéry, Rilke, los surrealistas, Celan, connotados poetas de los primeros años de la revolución bolchevique, Kavafis, Seferis, Huidobro, Cernuda y, desde luego, Eliot y Paz. Acierta, pues, el autor cuando delimita una zona de la tradición poética, apelando a estos nombres que remiten a “una manera común de entender la naturaleza de la poesía y de verse a sí mismos como poetas”.

Una de las audacias teóricas de este libro es la que consiste en asignar un peso mayor que el habitual a los nexos entre la vida y la obra de un autor, en el ejercicio de la crítica. Pedro Serrano se fija en dos poetas que, según su criterio, “tuvieron que ejercer diferentes movimientos estratégicos, tanto en sus vidas como en sus obras”. Colocado frente a este hecho, todo crítico encararía una dificultad ante la que Serrano no se arredra: a la evidencia de un vínculo íntimo y raigal entre vida y obra, le sigue la sombra de la imposibilidad de ser conocido a carta cabal. Esta paradoja no tiene solución, si por tal se entiende una elucidación clara de los términos en que las biografías de Eliot y de Paz determinan sus poemas y ensayos. Pero eso que, en un principio, se antoja debilidad y error de perspectiva se trasunta en la faceta más fecunda y atractiva de este libro.

El primer punto destacable, a este respecto, es el esmero y la enjundia con que Serrano reconstruye un proceso que empieza mostrándose como una negación aposta del vínculo entre vida y poesía por parte del propio poeta, continúa al modo de una implantación generalizada del supuesto de la autonomía de la obra entre críticos y lectores y termina en el momento en que ésta es extirpada del mundo de la vida y convertida en “un monumento” (p. 168). De acuerdo con la mirada psicologista de Pedro Serrano, ese complejo haz de maniobras y movimientos se explica porque el poeta se ve en la necesidad de encontrar, por caminos distintos al reconocimiento de la incidencia de cierto modus vivendi sobre la obra, “una manera más enérgica de afirmarse a sí mismo en la vida real”, de cimentar su autoridad y de proyectar su figura pública (p. 169).

Siguiendo la misma lógica de Pedro Serrano, cabría tal vez reconocer un elemento adicional en ese proceso: el ajuste de cuentas con la tradición y el contexto actual. A no ser que, con entera licitud, Serrano incluya esa impreterible determinación entre las que integran la “vida real” de los poetas que estudia. Como sea, en la amplia copia de ejemplos puntuales que aporta Serrano en relación con este asunto —y que sería inviable abordar aquí en bloque— resalta el de las operaciones ético-poéticas de Eliot a costa de la figura de D. H. Lawrence. Según el ameno relato de Serrano, Eliot se castiga a sí mismo en cada una de sus imputaciones contra Lawrence, maniobra que permite al autor de The wast land reestructurar un rígido ethos de la poesía y de la vida. En palabras de nuestro crítico, Eliot “mezcló estructuras religiosas con valores románticos, de una manera ideológica, para reducir lo que llamó el exceso de liberalismo e individualismo en contra del orden social.” (p. 152)

Con igual eficacia expresiva —y, a veces, aun de manera descarnada— Pedro Serrano exhibe las mañas que se da Octavio Paz para forjar una narrativa de sí mismo a conveniencia. Valga, a título de ejemplo, el meticuloso examen de las omisiones, medias verdades e inventos de cariz heroico con que el poeta arma su relación de una peligrosa experiencia de cuando participó en el célebre primer Congreso Internacional de Escritores para la Defensa de la Cultura, en Valencia, en 1937, es decir, en plena Guerra Civil Española. Los detalles puede encontrarlos el lector en la páginas del libro de Serrano. Lo que en este momento interesa resaltar aquí es la voluntad de construcción de sí, que yace en la raíz de la imagen que ostenta el Poeta con “p” mayúscula y el caudillo cultural en que finalmente se convirtió Octavio Paz. Lo que conviene estimar también, en el análisis de Pedro Serrano, es la afinidad que éste detecta entre los procederes de Paz y las prácticas de los principales exponentes de muralismo mexicano, a la hora de elaborar y propagar su pregnante mitología estético-política (p. 182 y ss.).

Sabíamos que no era gratuito que Eliot y Paz impusieran “sus propias ideas y creencias sobre las de otros”, que la poesía que ellos defendieron estratégicamente se volviera “la escritura poética que adquirió mayor autoridad”, que encarnaran un ideal hegemónico de poeta y que así devinieran fuentes de poder. El mérito principal de este libro estriba en que cimienta, con datos e interpretaciones lúcidas, eso que ha sido una intuición básica de todo intelectual contemporáneo, dentro y fuera de México, al margen de la empatía o la aversión que tales figuras totémicas susciten en cada caso. Puede decirse que el más jugoso fruto de esta obra de Serrano brota de una arqueología del proceso de fabricación de quienes hayan sido, tal vez, los últimos poetas-universo, tardíos albaceas mallarmeanos del esencial lenguaje de la tribu, al mismo tiempo que entusiasmados pontífices de divinidades hiperbóreas; hitos y consumadores definitivos de la Poesía —otra vez con “p” alta—, por ende, irrepetibles y ajenos a la turba de poetas —de “p” minúscula— royendo las migajas caídas de la mesa de las Musas por fin idas.

Al emprender esa labor, de manera a un tiempo audaz y equilibrada, Pedro Serrano evidencia la magnitud del poder de ese par de colosos, Eliot y Paz, justo en la actitud de buena parte de la crítica literaria —es decir, poética y cultural— implicada en la recepción de sus obras y de sus imágenes públicas. En el rastreo efectuado por Serrano, al menos en lo que hace a encarar la figura de Paz, apenas descuellan los gallardos empeños de Jorge Aguilar Mora, capaz de sacudirse la fría cuanto deletérea mirada del Tótem. La mayoría de los demás dan muestras de sucumbir a la seducción o al temor, con lo que de hecho confirman los alcances de todo un efecto de poder.

Todo eso es encomiable, en la medida en que fecunda el sentido crítico y los posibles debates que éste pueda estimular, pero exige una vuelta de tuerca más, que el psicologismo ha sustraído a las páginas de este libro. En un primer acercamiento a sus tesis, me quedo con la impresión de que Pedro Serrano adscribe las maniobras de Eliot y Paz al ámbito de ciertas pasiones demasiado humanas y no al más amplio campo de los efectos de poder. Lo que, en primera instancia, evidencian los modos con que se conducen esos dos señores de la poesía es una implacable voluntad de poder, un sustrato en el que coexiste lo más miserablemente egoísta con lo que de más grande puede alcanzar lo humano.

Los problemas teóricos relativos a la relación yo-otro, autor-orden cultural, vida-obra, exigen colocarse en perspectivas situadas más allá del psicologismo. Si tanto Eliot como Paz devinieron “poetas terminales” —es decir, dejaron un testamento de silencio, que por fortuna nadie ha querido usufructuar— no fue sólo por obra de sus estratagemas y sus pulsiones. El propio discurso de Pedro Serrano trasluce los límites del escrutinio psicologista cuando tantea sin éxito la hipótesis de la senectud de Paz y Eliot como eventual explicación de esa deriva escandalosa. Acaso se aclare la visión del crítico cuando considere que los poetas en referencia encarnaron una fuerza transvaloradora —tanto en los dominios de la poíesis como en los del ethos— en un contexto decadente. Así que, más allá de la tensión yo-otro (que no se puede preterir), en sus casos tal vez opere con mayor intensidad trágica la contradicción entre la miseria ética y póetica de un mundo de la vida y de un individuo en trance de barbarización y la esperable vocación de grandeza de unos poetas orgánicamente dotados de una potente voluntad de vivir. Sé que nociones como la de grandeza suscitan aversión, en el presente, y exigirían que me ruborizara al proferirla. Eppur si muove: más allá de los pruritos inducidos por un ethos crítico demediado, no puedo dejar de imaginarme a Eliot y a Paz sino como cruzados de la grandeza de la Poesía con “p” mayúscula, no por efecto de una soberbia personal en sí —cuyas manifestaciones tampoco se pueden negar— sino de una modernista pasión aristocratizante, en general bastante sana, como contrapeso ante los excesos de la mediocridad infatuada, propia de un mundo de la cultura decadente y sometido a la lógica del capital, en la que se inserta la llamada industria cultural. Hay, pues, en Eliot y en Paz un heroísmo de la poesía, cuyo sentido viene dado por algo que el propio Pedro Serrano demuestra haber intuido, cuando afirma que los afanes de estos poetas están directamente relacionados “con la total falta de autoridad de la poesía, que llega hasta el descrédito dentro de la sociedad moderna”.

Frente a fenómenos evidentes como la distorsión del gusto, el desdén hacia los valores estéticos más exigentes, la confusión de criterios artísticos, poetas de la envergadura de Eliot y Paz pretenden construir sus propios castillos, los reductos de un nuevo avatar de la grandeza poética, sobre la base de una refundación de los valores que habrían de orientar la Poesía y la vida del Poeta —siempre con “p” mayúscula—, al menos durante el siglo xx. De ser cierto esto en algún grado, habría que leer el libro de Pedro Serrano como el informe de un proceso de canonización fuertemente determinado por la voluntad de poder de los propios implicados. De hecho, el rédito canónico de ese movimiento se habría repotenciado al enzarzarse con otras instancias y fuerzas canonizadoras, como la academia y la propia industria cultural.

Si esta hipótesis resultara probable, habría que cuestionar también el esencialismo subyacente en el peso que Pedro Serrano le adjudica a lo que denomina “retórica” en el proceso de construcción y canonización del poeta moderno a la Eliot y Paz. No parece sostenible la idea de que “la literatura es una estructura retórica extrema”, como asegura Serrano. Según la estipulación que ofrece en su libro, por “retórica” se debe entender, por un lado, “el sistema constructivo interno de una obra literaria y, por el otro, un método crítico de lectura” (p. 17). Si las maniobras en el discurso y en la elaboración de una narrativa de sí, así como en la lectura de la tradición crítica y poética, efectuadas por el norteamericano y el mexicano, resultan eficaces de cara a sus fines artísticos, morales y políticos, no es tanto por la retórica en sí cuanto por el hecho de haber impuesto un orden de valores éticos y estéticos, en el que esas operaciones adquieren legitimidad y reclaman la aprobación de las instancias y factores de canonización dotadas de mayor poder en el mundo de la cultura. Las poéticas y las retóricas de Eliot y de Paz aparecen, así, como sustentos técnicos de un proceder intencional, abierto a una comunidad cultural, a una estructura de relaciones intersubjetivas, en la que opera una axiología más o menos compleja e incardinada a un hegemónico haz de referencias valorales.

Éste es un libro compuesto por alguien que es poeta, crítico de poesía y promotor de la poesía, a la vez; en suma, alguien consagrado al hecho poético en todas sus posibilidades. Esto se hace patente en la cauta pasión y la notable originalidad con la que aborda problemas críticos y teóricos de importancia suprema, como los que se han referido de modo sumario en las líneas precedentes. También en la buena ambición que instiga a una aproximación todavía incipiente, limitada, a una serie de tópicos no menos relevantes, tales como la universalidad del modelo poético personificado por Eliot y Paz, los vínculos entre poesía e ideología, la relación entre construcción del poeta-personaje y el canon poético, el peso real del Poeta Tótem —es decir, un ser autorreferencial hasta rayar en el solipsismo— en un universo poético necesariamente comunitario, las contradicciones inherentes a la pretensión de encarnar al Poeta Moderno a partir de prácticas premodernas y otros. Tanto por la lucidez de lo que dice como por lo sugestivo de lo que calla o murmura apenas, este libro Pedro Serrano está destinado a dar mucho que hablar durante un buen tiempo.

Texto publicado en la edición 154 de Crítica


Escrito por Josu Landa

Josu Landa (Caracas, 1953) ejerce la docencia en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de México. Poeta y filósofo, su ámbito de investigación se centra en la filosofía de la literatura y la ética, en publicaciones como Más allá de la palabra (1996) y Poética(2002). Es autor de siete poemarios –entre los que destacan Treno a la mujer que se fue con el tiempo (1996) y Estros (2003)–, así como de Zarandona (2000) –la primera novela endógena de la diáspora vasca que comenzó en 1935–.