portada-octavio-paz-su-siglo_1

Octavio Paz en su siglo, de Christopher Domínguez Michael | Gabriel Wolfson

Adiós al maestro

Christopher Domínguez Michael, Octavio Paz en su siglo, Aguilar, México:,2014, 651 pp.

 

No de muchos escritores mexicanos habré leído más páginas que de Christopher Domínguez. Entre mi libro favorito de los suyos, Tiros en el concierto, más la biografía de Fray Servando, La sabiduría sin promesa, La utopía de la hospitalidad, las introducciones a cada sección de su Antología de la narrativa mexicana, decenas de reseñas, textos coyunturales y ahora estas más de seiscientas páginas sobre Paz, queda claro no sólo que quizá convendría variar mi afirmación inicial de “no de muchos” a “de muy pocos” (Reyes, Monsiváis, tal vez Guzmán y García Ponce y, quién sabe, tal vez Paz), sino que se trata de un punto de referencia, una puerta de entrada a aquello en lo que se supone que me ocupo, la literatura mexicana, una figura imprescindible de mis tenues aprendizajes y de mi actualidad: por eso lee uno tantas páginas de la misma persona, no todas de obras acabadas o importantes. Con Christopher, a quien no conozco, he discutido varias veces, y me imagino que ya dice mucho el hecho de que lo nombre así, sin apellido, la misma confianza medio alucinada con que solemos referirnos a jugadores de futbol a quienes, por fortuna, no trataremos nunca. En realidad, junto con algunos de mis amigos y algún otro escritor, Christopher ha sido en ocasiones uno de esos fantasmas en los que uno piensa al escribir, lectores disparatados que uno se inventa –y que, no importa, no se concretan como lectores reales–: proyecciones de rigor, arrojo, sapiencia, desprecio, que uno a ratos siente necesarias para ajustarse a sus imaginarias exigencias o para medirse con ellas.

Pues bien, ese espejismo se ha diluido con esta biografía de Paz. Valga la ironía: alguien podría sugerir en mi lectura de esta obra malograda la última enseñanza del maestro, capaz incluso de decepcionar al alumno para animarlo a hacerse de nuevos, más retadores espejismos. No dudo que acaso me aproximara ya con ánimo adverso, predisposición derivada de las molestias del centenario el año pasado –de los senadores que viajaron en primera clase a España para promover la figura de Paz a la avidez cínica de varios organizadores de congresos; de la oquedad ornamental del Estado a los desgarros de vestiduras de muchos puristas o sólo cursis en los medios–. Pero es un hecho que el libro no ayuda: sí, esa materialidad dificultosa que es algo más que el texto, ese enfadoso trámite en que intervienen diseñadores, secretarios, correctores, encuadernadores. O no intervienen mucho, como en este caso: un libro hecho aprisa, o más bien mal hecho, muy mal hecho, explicada su insensata desesperación, me imagino, por el puro objetivo simbólico-económico de llevar orgulloso en su hoja legal la cifra mágica: 2014. Aunque sea noviembre rayando diciembre pero 2014. Centenario o muerte, se habrán dicho en la editorial, y ya encarrerados, algún espíritu práctico agregaría: y con suerte, lo presentamos en la fil. No creo exagerar: no sé en quién piensen los editores de un libro como este, pero dudo que ningún lector real merezca, según mis cálculos conservadores, las 3 mil erratas que lo engalanan (y hablo no sólo de sutilezas, como si las comillas cierran antes o después del punto, sino de maravillas como un “Abría sido” o un “León Ebreo”).

Pero la prisa no fue sólo de los hacedores materiales del libro. La prosa de Christopher, siempre insidiosa, tensa, alcanzado en sus mejores momentos un ritmo infrecuente, el de la oscilación entre el largo periodo conceptuoso y la breve frase fulminante, entre la imagen sintética y el regodeo confesional, no sólo pierde filo en este libro, recuperado apenas en los ratos donde asume el papel de abogado defensor –ya para descalificar a los acusadores de Paz, ya para, en algún caso, resolverse a coincidir–, sino, antes que nada, pierde brújula. No son pocas las oraciones que no llevan a nada, callejones sin más salida que un arbitrario punto; menudean los anacolutos, las faltas de concordancia, los párrafos que el lector ha de trabajar como dentista o minero para extraer al fin la idea. ¿De qué me habla todo esto? De Octavio Paz en su siglo como un libro datado, inevitablemente señalado por el centenario: escrito con premura, quizá ensambladas algunas páginas pensadas para otra cosa –así el capítulo dedicado a El laberinto de la soledad, un ensayo de crítica literaria inserto a la mitad de esta vida–, sin revisión porque no hay tiempo, sin tiempo justamente para tomar distancia y corregir y reconsiderar.

Asuntos muchos de ellos que pueden mejorarse en una siguiente edición (la sintaxis tortuosa, las costuras del armazón, desde luego las miles de erratas; no así, o no tan fácil, la densidad que echo de menos en la prosa), cuando estemos más bien con el centenario de Rulfo encima y circulen monedas de cincuenta con su cara: el momento ideal para efectivamente reeditar Octavio Paz en su siglo. Requeriría otro tipo de trabajo, en cambio, una de las cuestiones para mí más espinosas de este gran tomo, aderezado por cierto con buenas fotos: la medianía de la labor biográfica. En las primeras páginas Christopher advierte: “este libro no es una biografía definitiva, si es que las hay. Es el testimonio de un crítico contemporáneo que tuvo la fortuna no sólo de leer a Paz, sino de estar cerca de su irradiación personal e intelectual”. Pues bien, mi argumento es que no termina de funcionar ni como biografía ni como testimonio.

Sobre lo primero, la palidez biográfica: Christopher se pliega a la mirada de Paz sobre su propia vida. Paz, me parece, acumuló muchas páginas, en prosa o verso, donde fue dibujando pasajes, estados anímicos o ideológicos, momentos concretos –sus comidas y cenas con los Contemporáneos, los enfrentamientos con Neruda, la felicidad de su segundo matrimonio, el multicitado recuerdo del padre muerto, etcétera– con los cuales, se lo propusiera o no, estableció una guía de lectura, la síntesis de la materia de su vida que él pensaría necesaria para entrar a sus textos o para categorizarlo como autor, un canon con que los biógrafos habrían de lidiar. Dos ejemplos concretos: la casi ausencia de infancia en ese catálogo de imágenes –para Paz, su vida comenzó en la prepa– y el predominio de las figuras masculinas cuando se trataba de hablar de su familia. Los lectores de Paz sentimos conocer un poco su adolescencia, sus paseos agitados por el viejo barrio universitario del df, o bien la biblioteca del abuelo y la punteada presencia de su padre el abogado. ¿Y de su niñez? ¿Y de su madre, que a diferencia del padre murió ya muy vieja y, me imagino, sí estuvo siempre en la casa? ¿Y de una media hermana, de quien me enteré en un renglón de este libro, por no hablar de la plausible existencia de primos y tíos o amiguitos de la primaria? Emerge la idea de que la familia fue en general un entorno difícil para Paz: de su obra ya podemos inferir que se reduce a un pasado tenso y más o menos doloroso o bien a un ambiente, una idea de la que hay que escapar, alejarse sin culpas para comerse el mundo (una pareja, podríamos decir que felizmente, ni de cerca es sinónimo de familia para Paz, ningún trampolín hacia la domesticidad). Pero si hacerse una vida renunciando al tibio cobijo de lo familiar fue una decisión, una voluntad incluso encomiable de Paz, para el biógrafo tendría que haber constituido uno de los verdaderos retos: investigar a como diera lugar esas zonas que el propio Paz había dejado fuera, contarnos todo lo posible de ellas, aun si era poco, y de una vez ofrecer el material que nos permitiera conjeturar por qué la huida fue su forma principal de relación familiar.

Y lo mismo, o más, sobre las dos (H)Elenas. Su primer matrimonio y su paternidad no fueron, en resumen, buenas experiencias para Paz. Poco habla de ellas. ¿Pero un biógrafo? Christopher parece de nuevo acatar el canon de su biografiado, quien además escribió el grueso de sus páginas autobiográficas cuando su tortuosa relación con Garro tenía tiempo de concluida y podía entonces hacerla a un lado. Y es que en Octavio Paz en su siglo la fuente principalísima son las páginas del propio Paz, y luego un puñado de trabajos –los de Guillermo Sheridan, Jaime Perales, Jorge Volpi o Patricia Rosas Lopátegui– que buscaron indagar en múltiples fuentes para reconstruir algún pasaje específico de esa vida (en este sentido, el libro suele generar la impresión, en muchos momentos, de ser la puesta en orden de un material que ya conocíamos, el recorrido cumplidor por los puntos obligados de la vida de Paz –en buena medida, los que él mismo adjetivó así–. Exagerando: una vulgata comentada). De lo que resulta, entonces, que se habla durante varias páginas de la larga crisis matrimonial pero sin que parezca decirse gran cosa: sin lograr una imagen, una atmósfera, una pintura poderosa de esa cotidianidad marital, cuando tal atmósfera, creo yo, casi siempre adversa para Paz, sería tan importante para el lector de su biografía como, digamos, el ambiente enrarecido de los años noventa mexicanos. Todo es “según Elena” o “según la hija”, el ordenamiento cronológico de los datos, la correcta didascalia con las voces, y listo, a otra cosa, a otra amistad intelectual imprescindible, a otra epifanía ideológica o, como en los cincuenta, a una mujer con la que por fin Paz se siente a gusto. Porque de los nudos, insisto, hay poco o nulo testimonio del propio Paz. Pero mi reclamo no es a Paz (véase la página 256, donde Christopher a su vez le reclama a un crítico por reclamarle a Paz haber “ocultado” a Garro de su escritura) sino al biógrafo: ¿no habría podido ofrecer algo más sobre estos vacíos? Por ejemplo, sobre un misterio para mí: ¿por qué tardó tantísimo Paz en separarse de Elena? O bien –sin duda no un nudo sino un pasaje alegre, estimulante–, la India. Se nos habla de lo que podríamos llamar la etapa india de Paz –sus libros, sus reflexiones, sus contactos– pero no de la vida en la India: logramos hacernos más idea de ella con ese videíto de dos minutos alojado en youtube donde Paz baila con su esposa y los Cortázar que con las páginas de este libro centradas en esos años. Simplificación cursi: la etapa de una obra –una Gran Obra–, no la vida de un sujeto.

No quiero dar la sensación de que de este libro esperaba chismes (aunque una biografía sin chismes no le haría mucho honor a su género). Lo que echo de menos son los flancos privados de un escritor que, ya de por sí, sin necesidad de biógrafos, se prodigó en lo público. ¿Que eso no interesa, las minucias sentimentales o las miserias hogareñas, en todo un “jefe espiritual”, como llama Christopher a Paz? ¿Que lo que tocaba con una figura de ese tamaño era una biografía intelectual? Pues bien: tampoco se satisfacen tales hipotéticas expectativas, lastradas no sólo por la falta de profundización y de distancia (muy visible, por ejemplo, en el trato apresurado a las relaciones entre Paz y Casa de las Américas o entre Paz y La cultura en México de los setenta, que apareció como contrapeso de Plural; para Christopher, en una página para mí tristísima, se reducen al supuestamente oportuno “coscorrón” que Paz dio a Krauze, uno de aquellos ‘jóvenes airados’, merced al cual, me imagino, este habría reencauzado su vida entera: de nuevo, Paz como la fuente principal para narrar e interpretar a Paz), sino por el frecuente rol asumido de defensor a ultranza. Entiendo, como ha dicho Christopher en alguna ocasión, que ante los impugnadores fanáticos de Paz quien lo admire, y más aún, quien haya tenido con él una relación personal, sienta el deseo de defenderlo. Pero los destinatarios de este libro éramos muchos y muy diversos, no sólo ‘enemigos’ de Paz ni, menos aún, ‘enemigos’ del ‘grupo Vuelta’ al completo o del ‘grupo Letras Libres’ o comoquiera que se diga. En Octavio Paz en su siglo pareciera a ratos colarse el lenguaje paranoico de la guerra fría y sus concreciones literarias mexicanas, cuando casi toda crítica a Paz es un “ataque” y muchos de sus autores “ignorantes y mezquinos”; cuando la ocurrencia new age de Paz en Postdata sobre la matanza de Tlatelolco en tanto actualización de los sacrificios aztecas es defendida al conceder sólo su posible “falta de tacto” y no su insensatez, que en cambio sí se atribuye a los críticos de Postdata, siempre coléricos, arrebatados, ruines; cuando para intentar sostener un libro tan frágil como El laberinto de la soledad se apela incluso a trucos casi folclóricos como “el duende del poeta” o artimañas lógicas como que el inocultable esencialismo de Paz en ese libro compensaba el supuesto exceso de existencialismo de los Hiperiones o de Martínez Estrada –cuando, en todo caso, con quien había que haber medido El laberinto… era con el Villoro de Los grandes momentos del indigenismo en México, publicado también en el 50–, lo que sea para disfrazar o difuminar ese ‘poético’ esencialismo nacionalista y estatal, no un exceso acaso limable en El laberinto… sino su verdadera base enunciativa.

Christopher-Domínguez-Michael

Christopher Domínguez Michael

Paz me parece un personaje fascinante, con su determinación, su poderoso encanto, su avidez de mundo, su exactitud para estar en el momento y el lugar idóneos e intervenir en muchas grandes conversaciones con algo si no siempre oportuno sí atractivo. Fascinante también por su egolatría, esa sí genial, que deriva en otros rasgos cuya proximidad no me habría gustado disfrutar: su violenta idea de la lealtad, su terca vigilancia, para empezar con su propia obra, su antifanatismo fanático. Y también derivada de ese ego descomunal –que a Christopher, no sé por qué, le parece “irrelevante”, siendo que al mismo tiempo genera lo mejor de la escritura paciana–, su virtud, todo lo involuntaria que se quiera, para legarnos defensores obsesivos de su palabra. Desde luego, cada quien puede hacer lo que le dé la gana, incluso una hagiografía, que es, pese a las advertencias autoriales en contra, lo que a ratos leo en Octavio Paz en su siglo; no deja de extrañarme, sin embargo, que en nuestra época de incredulidad y desesperada ironía se dé eso, la voluntad hagiográfica, y más aún, que su objeto sea quien se entregó, según sus propias palabras, al combate de los fanatismos, las teorías devenidas iglesias, los cultos a la personalidad. No de otra forma que bajo el signo de la veneración –y por eso entre otras cosas no es irrelevante aquella egolatría, por sus influjos y herencias– puedo leer las páginas dedicadas al Paz de los ochenta hasta el final como las de la construcción de su ya citada “jefatura espiritual”, una noción básicamente amorosa que no obstante sirve en esos capítulos como único método de comprensión de todo lo problemático, lo incómodo y, a veces, lo timorato del Paz de esa época, tan contrastante por cierto con el estupendo Paz de los sesenta y primeros setenta; una noción, pues, conmovedora pero inútil para sortear esos pasajes donde Paz “no podía privarse de usar” la tribuna que le ofrecía Televisa (¿no? ¿Por qué no, además de porque el párrafo de Christopher se quedaría sin argumentos?) o donde pedía extrema lentitud en la aún más lenta transición política mexicana: el Paz que, para la desesperación del propio Christopher de 1988, evocaba al viejo don Porfirio cuando deslizaba que el pueblo mexicano no estaba aún maduro para la democracia.

Pero es en esas mismas páginas finales, sin embargo, donde a la vez encuentro lo que antes, por escaso, había privado al libro de ser un verdadero testimonio. Son los capítulos que orbitan en torno a las elecciones del 88 y donde Christopher, que trata siempre de entender y justificar a Paz, también abre la puerta a lo que él mismo pensaba y en lo que difería del Paz de entonces –mediante transcripciones de su diario o de mails de Manjarrez–: páginas jugosas porque corresponden a un tiempo que a Christopher ya le tocó vivir desde dentro, donde su presencia como personaje asumido –y no sólo como biógrafo y juez– compensa las lagunas de investigación de varios capítulos previos. Ahí, en el último tramo, reconozco intermitente al Christopher al que me referí al principio de esta reseña. Su moral de la convicción –para usar sus propios weberianos términos– lo habría llevado, creo, a defender a Paz de cada crítica y a respaldar cada una de sus posturas, resultado comprensible de una admiración apasionada. Pero entonces entra en juego su moral de la responsabilidad –la del crítico capaz de leer las novelas completas de un completo antagonista como Taibo ii para escribir una enorme reseña; la de quien, contra todo lo que acaso le costaba, logró transmitirme su entusiasmo por Aguilar Mora– para aceptar el fin de la intocabilidad de las grandes obras, no sólo con el legendario ensayo de Krauze sobre Fuentes sino con el fundamental principio: justamente, el libro de Aguilar Mora sobre Paz.

Lo curioso, al final, es cómo una y otra moral se mezclan, se prestan mutua ayuda. Christopher busca situar las reacciones y posturas de Paz en los contextos en que se produjeron, aquellos que les daban sentido. Quiere hacernos ver, a quienes apenas experimentamos la realidad de la ceguera ideológica de la guerra fría, las condiciones que permearon la obra de Paz, imprescindibles para leerla. Ahora bien, más allá de que en algún momento dicha contextualización pierda hondura histórica y se vuelva un tic (por ejemplo, el comentario sobre la amistad de Paz con Azcárraga Milmo, sólo explicada porque quien se había declarado soldado del pri era objeto de odio de “la izquierda”), la buena labor de Christopher en este último tramo de Octavio Paz en su siglo termina, me parece, suscitando la conjetura de que la obra de Paz está obsesivamente datada, de que, en efecto, leerla suponga advertir primero las específicas y a la distancia pequeñas luchas a que tal o cual página respondía, fueran la disputa por el uniforme surrealista o la controversia sobre el verdadero carácter del régimen priísta; de que sus continuas reescrituras, en vez de levantar los textos por encima de su efímero suelo cotidiano, no hicieron más que grabarles a fuego el tiempo, la materia fugaz que nos moldea. El propio Paz, se me ocurre, acaso se habría espantado con esta conjetura. Yo en cambio no tengo ningún problema: no creo en dios, en la homeopatía ni en la atemporalidad o universalidad de ninguna obra maestra.

 

portada-octavio-paz-su-siglo_1