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Nunca responda cuál es su libro favorito | Gabriel Martínez Bucio

Los escritores suelen aterrarse continuamente ante dos preguntas en apariencia inofensivas: ¿qué es la literatura? y ¿cuál es tu libro favorito? La primera siempre la hace una persona que, con la mala intención de exponernos o la buena de incluirnos en una conversación, suelta la interrogante. Los ingenieros, arquitectos y demás profesionistas sentados en la mesa, seguros de su valor de cambio en esta economía de mercado, esperan con ansias qué dirá el que se dedica a esa cosa tan extraña que para abreviar llamaremos Literatura. Debe ser una respuesta clara, tajante, que deje a todos satisfechos, pero que no caiga en la pedantería. Ante nuestra mente desfilan los formalistas rusos, el Círculo de Praga, los debates en la universidad (¿una lista de supermercado puede ser literatura?, ¿cambia la cuestión si fue escrita por Walter Benjamin?), el extrañamiento, Peter Bürger, las teorías del cuento, las lecturas que hubiéramos hecho de haber tenido más tiempo… Sin embargo, comúnmente abandonamos toda posibilidad de respuesta por considerar, de antemano, que el susodicho no entenderá esas teorías sofisticadas antes de que se enfríe el pavo.

¿Cómo va a comprender un profesionista lo que es una vocación? Nos colocamos en un escalón moral y estéticamente superior, y nos refugiamos en la soberbia intelectual para evitar que se asome nuestra ignorancia del oficio. Así que recurrimos a la salvación: “Mira, esa pregunta ya se la hizo Sartre, en ¿Qué es la literatura? Te lo recomiendo para no aburrir a nadie en esta cena. ¿Me pasan más vino, por favor?” Y descargamos la responsabilidad en el francés sabiendo que nadie comprará ese librito olvidado.

La segunda parece más cordial. Pero, por debajo, se teje una red de intenciones políticas y estéticas que aluden realmente a otra cuestión: “¿Eres de los míos o del otro bando?” Por ejemplo, si alguien hubiera contestado que su libro favorito es Viaje al fin de la noche, de Louis-Ferdinand Céline en 1933, habría sido aplaudido y considerado un hombre culto, a la vanguardia de las últimas letras francesas. Si la misma respuesta se hubiera dado entre junio y diciembre de 1940, probablemente no nos hubieran invitado más a ninguna otra cena por ser juzgado antisemita, y entre “estás a favor de la ocupación de París” y “me has decepcionado”, se abandonaría la sala cabizbajo. Por último, si la obra maestra de Céline fuese nuestra respuesta en 2017, obtendríamos la aceptación de los más entendidos en cuestiones literarias, quienes saben que la elección se debe a un placer estético y no a un posicionamiento político que parece haber quedado, si no en la noche, en el atardecer de los tiempos.

Las intenciones de este ir y venir nunca son inocentes. Plantean coordenadas dentro de un mapa intelectual y social de las personas que toman lugar en la conversación. Dime qué lees y te diré quién eres. Por esa razón, cuando se experimenta el otro lado, el del interrogador, se descubre con asombro que las mejores soluciones provienen de los que infirieron el propósito oculto y argumentan: “Ésa es la pregunta de qué libros te llevarías a una isla desierta. Pues mira, ninguno. Mejor una televisión porque ésa nunca se acaba y las lecturas, tarde o temprano, finalizan”.

Sin embargo, tras llegar a casa sonriendo y pensando que se ha salido bien librado de la situación, ¡zaz!, las cuestiones han estado esperándonos y repiquetean en nuestra mente. Comienzan como notas leves y románticas hasta crecer desmesuradamente y convertirse en el dramático “Concierto para violín en Re mayor, Op. 35” de Chaikovski. ¡Qué exageración! No tanto así, más bien, en una risueña sonata de Paganini que al principio es linda, pero luego de escucharla una y otra vez se entiende la profundidad de la composición. Así que uno reflexiona, es verdad, ¿cuál es mi libro favorito? He salido elegantemente de una irritante cuestión, pero por qué no la contesto para mí mismo…

Ante el espejo de nuestra memoria desfilan episodios, personajes, escritores. Se confunden en una bruma de recuerdos. Y, contentos, nos dedicamos a observar, por ejemplo, a una hembra tiburón, hermosa y negra, flotando envuelta en una tempestad de olas mientras le hace el amor al Conde de Lautréamont; a Cortázar vomitando conejitos de colores; o a un grupo de monjes que se abrazan tristes tras descubrir los nueve billones de nombres de Dios.

La remembranza nos deja complacidos y alegres. Son fantasmas que nos han acompañado y, a veces, han alentado nuestras decisiones. Sin embargo, no hay herida, no hay sangre, algo falla. Y uno desea toda la vida encontrarse con esos libros despiadados que lo marquen realmente… sin sospechar que siempre hay un precio qué pagar.

Entonces hay que cambiar las imaginaciones ajenas por el espejo real, el que cuelga sin romanticismos, sobrio, en nuestra sala de estar o en el baño para recordarnos nuestras íntimas vergüenzas y felicidades. Es ahí donde se encuentra el libro que nos hirió de muerte o nos salvó de ella. Sólo debemos poner en práctica la malsana facultad de la honestidad en medio de las máscaras literarias.

Cada palabra que surja del ejercicio de evocación agotará la verdad, del mismo modo que se agota la verdad del sueño el relato del que ha soñado. Una sutil atmósfera de provocación y un insidioso magnetismo sensual comenzará a desprenderse de las honduras de la mente y, poco a poco, los vibrantes recuerdos se filtrarán como una luna llena a través del follaje. No habrá otra escapatoria más que escribir su extraña tosquedad, su carácter inacabado, su balbuceo sentimental. Pasar del estilo impersonal a la primera persona del singular implica descensos estilísticos que comprobará fácilmente. No se escandalice. Conforme la honestidad sea mayor, sus frases sufrirán un declive formal. Pero, por el momento, permita la gradual decadencia. ¿Acaso no sentenció Pessoa que todas las cartas de amor son torpes y son torpes porque son cartas de amor?:

Tenía doce años cuando me enamoré de Paula. Nos besamos detrás de un campo de futbol. Descubrimos tanto los pasillos más solitarios del colegio como los nervios de enfrentar a los hermanos mayores en las llamadas telefónicas. En nuestros pupitres siempre nos esperaban ingenuas revelaciones de amor. A los 16 años, exploró el labial, la sombra en los ojos, los hombres maduros de la universidad. A mí, al parecer, sólo me interesaba correr tras un balón. Nos separamos. Por las noches, para distraerme, unos tipos llamados Kazantzakis o Rulfos me mostraban mundos nuevos (aunque ignoraba que tardarían años en asentar esa sensibilidad en mí).

Al salir de la preparatoria, me inscribí en la licenciatura en Letras. Me mudé a la Ciudad de México. Paula y yo nos reencontramos a los 20 años. Ella comenzaba Historia. Le enseñé a Hobsbawm, Yourcenar, Benjamin; ella, la alegría de vivir, las decisiones imprevistas, los planes de un futuro. Era un gran intercambio. Volvimos a juntarnos. Estábamos listos para escuchar. Nunca cansados, nunca culpables, nunca tristes. Todo pareció previsto. Como buenos jóvenes, nos creamos una historia de un reencuentro triunfal; como malos jóvenes, nos creímos La Maga y Oliveira. Aquellas horas y aquellos días, no veo razón para que no hayan sido los más felices. Asistimos a fiestas, marchas, bodas. Visitamos los recónditos pueblitos mexicanos. Almohadas, viajes, risas: una encantadora película de Godard. Dos años duró el hechizo. Terminamos cuando se mudó a la Ciudad de México y conoció a los historiadores maduros con libros publicados. A mí sólo me interesaba correr tras la literatura.

Poco a poco fuimos abandonándonos. ¿Qué se le va a hacer? Acababa de ganar mi primer premio literario.[1] Ella no asistió a la premiación en una sala fría de la unam. Pensamientos nocturnos me acecharon. Hubo lágrimas y más pensamientos nocturnos invadieron mi casa. Pasé un año sin leer ni coger, dos cosas fundamentales para un escritor (¡y para un joven de 22 años!). Decidí nunca volver a buscarla.

Una tarde, el escritor cubano Manuel Pereira, exiliado en México, me recomendó un libro que le había regalado Lezama Lima en La Habana: El barón rampante, de Italo Calvino. Era una edición carísima, de Siruela, con una portada azul donde el escritor italiano parece asomarse al precipicio desde una azotea.

Fue una lectura en espejo, una palmada en el hombro. Me encontré a mí mismo en sus letras. Entendí este camino de ida llamada Literatura y resolví nunca abandonarla de nuevo. Y el soplo que me insuflaron las letras de Calvino continúa hasta estos días.

Cosimo Piovasco tiene doce años cuando decide –en un gesto de rebeldía–, trepar a un árbol y no descender nunca más. Se enamora de Viola Ondariva. Comienza a leer, discutir, y participa activamente de las situaciones políticas y sociales de su época sin jamás dejar su trinchera en las ramas de ese follaje mágico que le permite construir su propia personalidad y destino.

Como dice Vidal-Folch, hay libros que se escriben para una sola página, para un solo episodio hacia donde confluyen todos los demás. Y este fue el caso en los capítulos xxiii y xxiv.

Después de muchos años, Viola retorna a Ombrosa como una mujer caprichosa y encantadora. El amor parece renacer. Cosimo duda entre permanecer en el árbol o descender, y seguir al amor de su vida. Las páginas comienzan a tener un ritmo veloz, un agitado corazón, como el del lector que se asoma a sus páginas sin preguntar cómo acabará la historia sino cómo acabará él mismo.

Alguna vez, Wilde sentenció que Turner inventó las neblinas de Londres y luego la realidad se encargó de copiar su arte. Parecía que Calvino había escrito mi historia y yo repetía a ese antihéroe llamado Cosimo por las ramas de mi propia vida.

Como todo mundo sabe, el barón rampante nunca descendió de esa encina que simbolizaba su decisión. Esos capítulos son los más tristes y ridículos del libro. No puede seguir los pasos de Viola porque significaría renunciar a sí mismo. De igual forma, son las páginas más poderosas de la obra de Calvino. Cosimo sabe que es un error no declinar para ir en búsqueda de su felicidad. Destroza las ramas de un árbol, dos árboles, el bosque entero (no les voy a contar cómo quedó mi departamento). El pueblo juzga loco al loco del pueblo. Y él, desde las alturas de los árboles, comienza a escribir.

En efecto, hay que tener cuidado con lo que se desea. Esos libros significan una bocanada, un abrazo en tiempos difíciles que no se halla en ninguna otra parte de la realidad, un aliento que difumina la tristeza de perder a un gran amor para dedicarse con mayor convicción a nuestra propia sentencia: la Literatura.

Ahora entienden por qué nunca contestamos honestamente a este tipo de preguntas venenosas.

[1] ¡Qué anuncio tan vulgar he hecho sobre mi propia y breve obra! Pero sabrán disculparme. Se trataba de un ensayo sobre Macedonio Fernández a través de la pintura de Rembrandt. Algo que, hasta la fecha, nadie ha pensado regalarle al lector.