Arreola

Notas sobre La feria de Arreola | Por Felipe Vázquez

I

Hay obras cuyo título sugiere su propia poética, hay títulos que incluso cifran una visión del mundo. El título es, diría T. W. Adorno, el microcosmos de la obra. Y uno de los autores que acertaron en cada título fue Juan José Arreola. Desde Varia invención y Confabulario hasta La feria y Palindroma, cada título sugiere la propuesta literaria de cada libro. Titular una obra no es fácil. Basta revisar los títulos que los pintores modernos ponen a sus cuadros para ver que el título es una extravagancia, una arbitrariedad o una tomadura de pelo; podemos revisar también una antología de poemas para verificar que la mayoría de los títulos son agregados extraños al poema. Titular poéticamente un poema, decía Josu Landa, no es una actividad frecuente en los poetas. Pongo estos ejemplos para señalar que Arreola hacía literatura y teoría literaria desde el título. Hace varios años analicé la poética de los títulos arreolianos en un ensayo sobre el género varia invención, así que no repetiré lo expuesto. Sólo diré que los títulos de Arreola son una declaración de principios literarios, una suerte de manifiesto poético, una síntesis casi simbólica de una compleja propuesta literaria. Así sucede con La feria, publicada, según los datos del colofón, el 5 de noviembre de 1963.
Cuando Arreola decidió escribir una novela cuyo personaje principal fuera su pueblo Zapotlán, quizá imaginó el título antes de poner la primera línea sobre papel y, tomándolo como eje rector, empezó a configurar la trama, los personajes, la varia invención formal y las diversas líneas narrativas. Hago esta conjetura porque en el primer informe de Arreola dirigido al Centro Mexicano de Escritores (CME), fechado en “agosto 15-septiembre 15” de 1953, escribe:

Durante dos semanas me ocupé en refundir todas las notas y pasajes de La feria que llevo escritos hasta la fecha, con el objeto de disponer de un material claro y ordenado. He redactado todos los apuntes que corresponden a la primera parte (el entierro del mayordomo). He hecho el primer boceto del “temblor”, que es una de las partes importantes desde el punto de vista del estilo. En general, y a partir de la sinopsis verbal que hice aquí en nuestra primera reunión, he trabajado mucho en el plan general de la obra, que ya está bastante claro y casi completo.
He hecho una versión definitiva de “La parábola del trueque” cuento que leí hace unos meses en versión provisional. Redacté también un nuevo cuento, que con otro que tengo planeado formaré un grupo de tres “parábolas” sobre la vida conyugal. El cuento que menciono fue leído en análisis de manuscritos el día 3 de septiembre. En una semana más haré la versión definitiva.
Para el próximo mes, pondré en limpio dos pasajes de la novela y comenzaré la primera redacción general, que día a día toma mayor realidad y consistencia.

El Centro Mexicano de Escritores le había otorgado una beca para que escribiera una novela. La beca empezó el 15 de agosto de 1953, duraría un año y recibiría 182.5 dólares cada mes. El becario estaba obligado a redactar un informe mensual y, al final, entregar la novela por duplicado.
Al solicitar el expediente de Arreola —que ahora está en el Fondo Reservado de la Hemeroteca Nacional—, descubrí que posiblemente estaba saqueado, pues sólo estaba el contrato firmado por Arreola y Margaret Shedd —directora del CME—, el primer informe que he citado en las líneas anteriores, y siete páginas mecanografiadas de una ficha curricular que sirvió de base para la entrada respectiva del Diccionario de escritores mexicanos (1967) de Aurora M. Ocampo y Ernesto Prado Velázquez. Hay también una fotografía, diversos documentos administrativos que no tienen relación con el periodo en que Arreola escribió La feria, y algunos recortes de periódicos que informan sobre actividades públicas de Arreola. Sobra decir que no está el proyecto que presentó para solicitar la beca, ni los informes mensuales, ni el original de la novela que Arreola estaba obligado a entregar hacia el final de la beca.
No es fácil realizar la historia del texto a partir del primer informe, por fortuna existe el “primer borrador” de La feria, fechado el 27 de enero de 1954, escrito en una libreta que durante varios años estuvo en poder de Sara Poot Herrera y ahora pertenece a la Casa Taller Juan José Arreola. En Un giro en espiral. El proyecto literario de Juan José Arreola (1992), Poot Herrera escribió que publicaría ese pre-texto de La feria acompañado de un análisis del mismo. Veintiún años después, es decir hace unos días, salió de la imprenta con el título De las ferias, la de Areola es la más hermosa, e incluye la versión facsimilar de la libreta, la transcripción del manuscrito y el estudio introductorio de Poot Herrera. Hace unos años, Vicente Preciado Zacarías transcribió los ocho primeros párrafos del manuscrito en sus Apuntes de Arreola en Zapotlán (2004), hecho que me permitió conjeturar que había una distancia insalvable entre ese primer manuscrito y la versión definitiva (editio princeps, en este caso). La publicación del pre-texto de La feria no agrega nada literario a la obra de Areola, pero permite asomarnos al proceso accidentado de la novela. Hay que precisar además que, en sentido estricto, no es un borrador de La feria, pues en la libreta aparece sólo un pasaje de la novela. En el primer informe, Arreola afirma que ha redactado el entierro del mayordomo y que ha hecho el primer boceto del temblor; sin embargo, en el pre-texto no hay nada parecido al pasaje del temblor de La feria definitiva; sólo aparece la narración lineal de la muerte y el entierro del mayordomo en relación con las fiestas pagano-religiosas de Zapotlán, y al final hay brevísimos fragmentos que corresponderán al pasaje de la zona de tolerancia. Arreola tenía, sin duda, un borrador del temblor, así como de otros pasajes, pero sólo pasó en limpio el episodio del entierro. ¿Por qué hay sólo una de las historias? ¿Por qué no dio continuidad a la novela? ¿Abandonó el proyecto de novela para dedicarse a escribir cuentos? Recordemos que en el primer informe dice también que está escribiendo “un grupo de tres ‘parábolas’ sobre la vida conyugal”. Cuando Arreola puso en limpio el primer pasaje de La feria faltaban siete meses para que concluyera la beca, ¿existe la versión final? Los herederos me comentaron que en el archivo de Arreola no hay borradores de la novela. A partir de sólo un pasaje (una historia), que en la editio princeps aparecerá dividido en varios fragmentos, es difícil conjeturar “el plan general de la obra” que, según el informe de Arreola, estaba ya “bastante claro y casi completo”.

II

La génesis de La feria y de Pedro Páramo es simultánea: ambas obras fueron escritas cuando Rulfo y Arreola eran becarios del Centro Mexicano de Escritores, promoción 1953-1954. Aunque Rulfo publicó su novela en 1955 y Arreola nueve años después de concluida la beca, ambas tienen orígenes similares, tanto temáticos como estructurales, ambas incluso cifran una suerte de poética en el título. Quiero aventurar además que Arreola tuvo en mente la novela de Rulfo cuando hizo la versión definitiva de La feria. Si considero el pre-texto de La feria y si tomo en cuenta las declaraciones de Arreola —transcritas por Emmanuel Carballo (“originalmente yo había pensado en un relato puro y extendido, esto es, continuo”) y Máximo Simpson (“La feria era originalmente una novela bastante tradicional”)—, diré que la novela no fue concebida de manera fragmentaria sino lineal, no estaba integrada a partir de varios géneros literarios, era un relato continuo, sin juegos formales ni estructura polifónica. Quizás la revisión minuciosa que hizo del original de Pedro Páramo le dio la clave para, años más tarde, reestructurar La feria. Recordemos que, según su propio testimonio, Arreola revisó y sugirió ligeros cambios en Pedro Páramo antes de que Rulfo redactara la versión definitiva. Aunque la novela de Rulfo no haya influido en la estructura fragmentaria de La feria, lo cierto es que Arreola tenía en mente la obra de Rulfo al redactar la versión que daría a la imprenta. Baste recordar un episodio y un personaje. El Odilón de La feria tiene rasgos coincidentes con Miguel Páramo: hijos del hombre poderoso de la región, prepotentes, donjuanescos e impunes. Por otra parte, el fragmento 29 de La feria narra el descarrilamiento del tren en la Cuesta de Sayula, hecho que también narra Rulfo en “El Llano en llamas”. Más allá de que Odilón y Miguel Páramo sean prototipos del caciquismo rural que ha prevalecido durante siglos, y más allá de que la crónica de Arreola tenga cierta objetividad histórica y que la de Rulfo esté ficcionalizada, no podemos obviar las coincidencias, las citas y los guiños cómplices.

III

Pese a mis varias indagaciones, no he podido saber si existió la versión final que Arreola debió entregar al Centro Mexicano de Escritores. En todo caso, los varios años que dejó en suspenso la novela me hacen pensar que Arreola había abandonado el proyecto, pues La feria es un cuerpo extraño en el continuum escritural de la obra arreoliana. Aunque hay textos que prefiguran La feria, como “El cuervero” y “Corrido”, no comprendo por qué Arreola emprendió la factura de una obra que estaba muy lejos de sus hábitos escriturales, lejos de su temple lírico. No tenía paciencia para acometer una obra de largo aliento narrativo, él era fabulador de tensos y relampagueantes poemas en prosa. Al recurrir a informantes y a la consulta y transcripción de archivos históricos, por ejemplo, cuando era el paradigma del escritor de imaginación, del escritor que hacía literatura a partir de la literatura, me parece una violencia contra su filosofía del acto creador. Si la novela estuvo abandonada durante varios años, y la retomó a partir de un contrato firmado debido a necesidades imperiosas de sobrevivencia, podemos suponer, con todas las precauciones, que Arreola había decidido no retomar la novela y menos publicarla, pues aunque participa decisivamente en la propuesta de la varia invención, La feria es un texto atípico en la concepción estética de Arreola. Para comprender estas afirmaciones un poco extremas, hay que leer el Confabulario total de 1962 y luego La feria, publicada un año después; sin duda la novela participa de la hibridación formal, de la factura impecable y de la imaginación lúdica, características del Confabulario total, pero se verá que hay una distancia definitiva entre ambas obras, quizá la más evidente sea que el Confabulario total está vertebrado por la poesía; en cambio, La feria, aunque incluye poemas en prosa, es narrativa estricta, prosa rasa donde espiga, aquí y allá, cierto aliento lírico.

IV

La versión definitiva de La feria sucedió entre noviembre de 1962 y agosto de 1963, pues Arreola firma un contrato con la editorial Joaquín Mortiz en el que se compromete a entregar la novela. Así lo explica en una carta a su padre, fechada el 24 de noviembre de 1962, donde le pide ayuda para conocer las labores del campo, los ciclos agrícolas, la historia familiar y los dichos de la gente de Zapotlán. La carta está incluida en Sara más amarás (libro que reúne las cartas de Arreola enviadas a su esposa) y quiero citar un pasaje extenso porque nos da una idea clara del origen comunitario de la novela y de los problemas escriturales y materiales que tuvo que afrontar para redactar la versión definitiva:

Firmé hace tres días un contrato para entregar La feria (novela casi mitológica) a la nueva editorial que dirige Joaquín Díez Canedo y que está sacando libros valiosos y muy bellamente editados. El compromiso es muy serio puesto que recibí, contra todas las reglas del oficio editorial, un anticipo para remediar urgentes necesidades, porque este último sanatorio y medicación no me lo pagó la presidencia (…) Así es que estoy trabajando en mi libro, duro y tupido. Estoy llegando a la mitad del material puesto en limpio. (…) yo necesito de su ayuda y quiero que usted lleve adelante por escrito esos recuerdos y relatos, que creo no le serán difíciles ni ingratos. (…) además de las memorias agrícolas que le pido, necesitaré platicar mucho con usted y con algunos familiares y amigos para acrecentar mi repertorio de chismes. Tengo ya más de cien pero necesito alrededor de trescientos. Quiero consultar también periódicos (…) de las épocas que me interesan. También quiero hablar extensamente con Esteban Cibrián a propósito de la lucha por la tierra y los tlayacanques. Necesito obtener documentos de distintas épocas para transcribir y glosar pasajes congruentes. Porque La feria, que es una pachanga, debe tener un profundo sentido social e histórico. Tal vez Librado pueda también aproximarme a gentes que conozcan bien estos enjuagues. Yo le pido sobre todo anotar cuanto se le ocurra acerca de hechos anecdóticos, legendarios y pintorescos acerca de nuestra tierra. Como don José María Chávez, estoy dispuesto a pagar los chismes a veinticinco centavos.

Imagino el tremendo rompecabezas oral y textual que Arreola debió ordenar, articular y reescribir. Con base en el primer informe dirigido al Centro Mexicano de Escritores, podemos afirmar que la gestación de La feria duró diez años: de agosto de 1953 a agosto de 1963 (aquí considero los meses de septiembre y octubre para la producción del libro, que aparecerá a principios de noviembre).
Una vez publicada, la historia de La feria es más conocida: la primera edición consta de cuatro mil ejemplares; luego la novela obtiene el Premio Xavier Villaurrutia correspondiente a 1963, esto quizá detonó el éxito de ventas, pues se publica la segunda edición en octubre de 1964 con un tiro también de cuatro mil ejemplares. La recepción exitosa de la novela sucede, sin duda, debido a la maestría literaria que Arreola había ya demostrado en Varia invención (1949), Confabulario (1952), Punta de plata / Bestiario (1958) y Confabulario total (1941-1961), publicado por el Fondo de Cultura Económica en 1962, libros que habían tenido gran acogida tanto por la crítica como por los lectores.

V

Los críticos han abordado La feria desde múltiples estrategias de análisis; han hecho interpretaciones polifónicas, históricas, sociológicas, geopoéticas, indigenistas, satíricas, e incluso han hecho una relación detallada de los hábitos sexuales de los personajes. Asimismo han visto las posibles influencias y coincidencias de la novela con obras como La hija del bandido o los subterráneos del Nevado de Refugio Barragán de Toscano, Zapotlán de Guillermo Jiménez y Pedro Páramo de Juan Rulfo (novela que, a su vez, acusa influencia de Mientras agonizo de William Faulkner y Spoon River Antology de Edgar Lee Masters), además de que Arreola mismo señalara que su novela era deudora de El aplazamiento de Jean Paul Sartre y de Contrapunto de Aldous Huxley. Unas lecturas me parecen más legítimas que otras pero todas contribuyen a ensanchar la comprensión de la novela; en este apartado, sin embargo, quiero comentar algo que se ha considerado poco: La feria concebida como una feria de formas literarias, como una feria de voces donde cada voz tiene una forma específica de escritura. La novela concebida como una puesta en escena donde se hibrida lo polifónico con lo hipertextual.
Como sugerí al principio, antes de ser escrita, La feria ya tenía título. Un título sugerente y ambiguo, un título que se abre como un abanico de posibilidades narrativas. La primera imagen que viene a la mente se refiere a las fiestas pagano-religiosas de Zapotlán, pero si uno desconoce esas fiestas, la feria llega a tener significados diversos: los juegos mecánicos, las exposiciones comerciales, el carnaval, las fiestas populares, e incluso una tragedia colectiva podría devenir en feria. Una feria nos remite siempre a una celebración comunitaria: la feria es lo plural, la diversión colectiva, el ritual compartido, la danza de las otredades, el coro de monólogos en un espacio abierto, el juego cómplice de enmascaramiento y desenmascaramiento. Sin embargo, más allá de las acepciones comunes, quiero considerar La feria desde el punto de vista de la forma literaria.
Hay estudios sobre la polifonía de La feria —la voz de Zapotlán es el conjunto de voces de sus habitantes, la vida del pueblo es la suma de vidas humanas que le dan ser, el personaje Zapotlán es el conjunto de personajes históricos y presentes que le han dado y le dan rostro—, pero esta polifonía no ha sido asociada a la forma en que cada una de esas voces se expresa. Es decir, el hipertexto Zapotlán es una suma de textos sincrónicos y diacrónicos, donde cada texto es una voz y cada voz es una forma literaria. En este sentido es una novela cuyas voces crean un efecto de poema sinfónico; novela archipiélago cuyas islas están articuladas para dar la imagen total de un espacio geográfico, histórico y literario; novela simultaneísta cuyas líneas narrativas convergen sin jerarquías en un espacio literario abierto; novela collage donde las diversas formas literarias se yuxtaponen, se hibridan y se carnavalizan; novela no lineal cuyos tiempos históricos e individuales, pretéritos y presentes, se conjugan, re-flexionan sobre sí, se disgregan y se rearticulan de nuevo para formar otros ritmos, otras formas del devenir humano y textual.
Aunque en la tradición mexicana estaba el poderoso precedente de Pedro Páramo, la propuesta narrativa de La feria era singular y novedosa en una tradición que aún privilegiaba la secuencialidad —aunque incluyera analepsis y prolepsis—, la unidad formal y la construcción de personajes; criterios narrativos que, además de Pedro Páramo y La feria, novelas como Rayuela (publicada en 1963) habrían de desterrar de la novelística latinoamericana.

VI

La hipertextualidad de La feria habría sido imposible si el autor no hubiese recurrido a una estructura fragmentaria y abierta. En párrafos previos señalé la coincidencia estructural entre la novela de Rulfo y la de Arreola, sin embargo la estructura fragmentaria es muy diferente en cada obra.
En Pedro Páramo cada fragmento está cohesionado por un silencio de múltiples significaciones; en La feria cada fragmento es un diálogo, un monólogo o un testimonio en una gran feria de conversaciones. En ambas novelas, no obstante, el espacio entre fragmento y fragmento está poblado por historias posibles, conjeturables o indecibles.
En Pedro Páramo cada fragmento está rematado por una poderosa tensión poética, por ello podemos decir que la novela es también un extenso poema en prosa; en La feria cada fragmento está yuxtapuesto en una suerte de rompecabezas textual, es una feria de diálogos y monólogos que configuran la crónica (o la microhistoria) de un pueblo.
Pedro Páramo, debido a la tensa ambigüedad y a la fragmentación radical de la historia narrada, nos da la sensación de un tiempo circular e incluso abolido; La feria, en cambio, la mayor parte de los fragmentos se refiere a los seis meses del periodo de siembra y cosecha, y a los preparativos y el desenlace de la fiesta del santo patrono, por ello, pese a la fragmentación, es posible establecer una continuidad de la historia; en este sentido, Pedro Páramo es una novela combinatoria y, La feria, una novela simultaneísta o perspectivista.
En Pedro Páramo los fragmentos crean un tiempo multidimensional de orden vertical, en el cual no hay límites entre la vida y la muerte ni entre pasado y futuro; en La feria, pese a los vacíos estratégicos en la trama, los fragmentos sugieren tiempos que se complementan para formar un tiempo horizontal, una sucesión histórica.
En Pedro Páramo los espacios en blanco, los silencios, potencian la capacidad significante de los fragmentos, podríamos decir incluso que la novela está vertebrada por los silencios de la trama; en La feria, cada fragmento está articulado por los asteriscos de Vicente Rojo —viñetas que aluden a las ferias populares de orden pagano-religioso o a la historia que se cuenta entre un fragmento y otro—, en este sentido hay, a su vez, una suerte de diálogo entre texto e imagen.
En Pedro Páramo los fragmentos fisuran y alteran de manera radical la narración, al grado de tocar el margen de la no-novela; en La feria, el conjunto de los fragmentos, al participar de múltiples géneros, da un efecto de feria textual, de hipertextualidad vital.
En Pedro Páramo cada fragmento oscila entre la narrativa estricta y el poema en prosa; en La feria, cada fragmento se mimetiza en un género, sea literario o paraliterario, y entonces en el curso de la lectura hallamos crónica histórica, artículo de periódico, sermón, confesión, poema en prosa, lírica popular, refranes o dichos, manual de labores agrícolas, cartas personales, cartas de relación, diario personal, cuento, literatura popular (mitos, leyendas, oraciones, poemas de arte menor, etc.), a su vez cada género puede incluir una paráfrasis, una cita, un plagio o una alusión de textos provenientes de diversas tradiciones, tanto literarias como extraliterarias.
En Pedro Páramo la historia sucede desde la llegada de Juan Preciado a Comala hasta su muerte, hecho que dura unos cuantos días, pero en esos días el tiempo de la historia se multiplica y extiende —según las conjeturas de Carlos González Boixo—, desde 1865 hasta 1927; el tiempo de la historia, en La feria, sucede entre mayo y octubre, una temporada de siembra y cosecha, pero las interpolaciones narrativas hacen que la historia se extienda desde la conquista hasta la época contemporánea.
En Pedro Páramo hay una historia rectora (la pasión de Pedro Páramo por Susana San Juan) y en torno a ella se articulan vidas e historias (el regreso del hijo en busca del padre, la infancia y el ocaso de un cacique rural, la vida relampagueante de Miguel Páramo, la huida constante de Susana San Juan, la revolución mexicana, el movimiento cristero, etc.) que en el curso de la novela adquieren una consistencia mítica, una hondura simbólica de múltiples interpretaciones; La feria, por su parte, está vertebrada en torno a dos historias rectoras (la celebración de la fiesta del santo patrono de Zapotlán y el problema del despojo de la tierra protagonizado principalmente por los tlayacanques) y entreveradas con las historias principales hay historias que dan a Zapotlán una personalidad (el ciclo siembra-cosecha del zapatero metido a agricultor, la historia de los hermanos enemigos: el licenciado y don Abigail, la serie de confesiones pícaras del niño-adolescente, el diario del joven poeta enamorado, las desventuras del Ateneo Tzaputlatena, el nudo de historias que convergen en la secuencia del terremoto-confesión, las voces que tejen el episodio de la zona de tolerancia, las vidas paralelas de don Fidencio el cerero y don Salva el tendero que se intersectan en un punto trágico, etc.) cuya resultante nos da una alegoría.
En Pedro Páramo, Comala es un pueblo de muertos, la atmósfera es violenta y desolada, y el protagonista es un cacique reticente y camaleónico; en La feria, Zapotlán es un pueblo de vivos, la atmósfera es festiva y de bancarrota en todos los órdenes, y el protagonista es el propio pueblo de Zapotlán.
Arreola decía que su novela era un “apocalipsis de bolsillo”, podemos decir que Pedro Páramo nos planta de entrada en un escenario posapocalíptico.
Ambas coinciden en escenificar la formación de los latifundios y los problemas de la tenencia de la tierra; pero en La feria adquiere, en algunos pasajes, la forma de una denuncia social; en Pedro Páramo, en cambio, la resultante de las varias desheredades apunta hacia una orfandad cósmica.
El lector, por su parte, en ambas novelas debe articular in mente la totalidad de los fragmentos: desde el primero, la lectura crea un suspenso sostenido y sólo será hasta el último fragmento que el lector esté en la posibilidad de articular la novela en su conjunto. En ese punto comprendemos con amplitud que el título es, en efecto, el microcosmos de la obra.


Escrito por Felipe Vázquez