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Mis vuelos, mis lecturas: a la memoria de Ángel Rama | Andreas Kurz

Tengo miedo a volar. Esta confesión es ingenua. En mi caso, también es tragicómica. Gracias a mi lugar de nacimiento, que es un azar, y a mi lugar de residencia, que es otro azar, he atravesado unas cien veces el océano atlántico; gracias a mi profesión, el mayor de los azares, a veces tengo que volar entre ciudades mexicanas y, raras veces, latinoamericanas. Calculo que me he subido a unos 200 aviones en mi vida. Me acuerdo de mi primer vuelo: tarde ya, tenía 20 años, a Cuba, con una parada en Terranova para tomar queroseno. Del hielo polar al calor tropical en una línea aérea no muy confiable, pero nada de miedo, mucha fascinación y ––supongo–– mucho alcohol “gratuito” y cigarro tras cigarro. Me acuerdo de mi –hasta este momento- último vuelo: Aeroméxico en cooperación con KLM. Muy cómodo, bastante lujo, un avión última tecnología, pero mucho miedo. En cada turbulencia se me iba la vida, calambre en los brazos por agarrar con toda mi fuerza los asideros, dormir sólo por instantes, anhelar la pésima comida porque es distracción, observar el mapamundi con la línea que representa el avance del avión y pensar que un minuto equivale a unos quince kilómetros. Mi miedo se intensifica cada vez más. Peor: antes de cada vuelo pienso en el último libro leído, la última palabra dirigida a esposa e hijo, la última afeitada, la última vez que el espejo reflejó mi cara; pienso en el final y trato, en vano, de tranquilizarme con la estadística que dice que el avión es el medio de transporte más seguro, que cada día miles de aviones aterrizan bien, que… ¿Y qué? ¿De qué me sirve la estadística si precisamente este maldito avión se cae?

Esa vez viajé con un libro de Ángel Rama que me propuse leer para escribir un texto para Crítica. ¡Mala elección! Rama, no Crítica. Equivale a un accidente del vuelo Viena–DF que comienza con KLM en la capital austriaca el 5 de enero de 2017 a las 12:15 y continúa con Aeroméxico en Amsterdam a las 22:25. La escritura es exorcismo, es decir: con la oración precedente me protegía a mí mismo y a mi familia. Si de veras se hubiera caído el maldito avión, habría sido profeta. No se cayó y aterricé felizmente en el aeropuerto internacional Benito Juárez el 6 de enero de 2017 a las cuatro de la madrugada. Agrego que escribí estas líneas desquiciadas sobre las páginas en blanco de un ejemplar del libro de Rama.

Ángel Rama murió el 27 de noviembre de 1983, junto con Jorge Ibargüengoitia, Manuel Scorza, Rosa Sabater y cerca de 200 nombres que la historia literaria no registra. Habría cumplido 90 años en 2016. Podría vivir todavía, habría podido escribir textos de los que generaciones de intelectuales se alimentarían hasta la fecha: fuentes para ensayos innumerables, tesis doctorales, elucubraciones cerebrales sobre cualquier tema relacionado con América Latina. Un desgraciado error técnico (¿o humano?) truncó su vida y destrozó su pensar y leer. Creo que leer y pensar eran sinónimos en la vida de Rama. Se trata de una extensión del lema cartesiano: pienso luego existo=leo luego existo luego pienso. Importa mucho la jerarquía de esta ecuación que refleja la lógica perversa a la que nos enfrentamos en cualquier viaje aéreo. Vuelo y durante el tiempo del vuelo no hay ni alternativa ni escapatoria, por ende existo. A lo largo de las pocas horas de esa existencia pura sólo me queda el pensar, a pesar de todas las distracciones que ofrece la línea aérea. Quizás aterrizo mi pensamiento, quizás caigo, fracaso, me deshago.

La suma de nuestras lecturas se parece a la suma de nuestros vuelos de larga distancia. Estoy consciente de lo grotesco del símil que, por supuesto, sólo los que temblamos ante cada despegue lo entendemos.  Aun así: el símil me advierte de que hay un peligro latente en la lectura, un secreto que no quiere revelarse, terco, persistente y perturbador; una amenaza. Leer a Ángel Rama intensificó ese miedo irracional, más bien profundizó la ansiedad experimentada en todos mis vuelos, en casi todas mis lecturas.

Rama nos familiarizó con dos términos cruciales para el buen o mal funcionamiento de la reflexión crítica sobre literatura, cultura e historia latinoamericanas: la transculturación y la ciudad letrada. El uruguayo no inventa ni el uno ni el otro, tampoco pretende inventarlos. Revela sus fuentes: Fernando Ortiz, por un lado; por el

otro, Fernand Braudel y Manuel González Prada, entre muchos que antes de Rama se habían ocupado del ilusorio poder de la clase instruida en América Latina.

Las ideas, decía mi profesor en la Universidad de Viena, son baratas. Todos las tenemos y todos las olvidamos. Incluso si no las olvidamos y somos capaces de darles alguna forma verbal, siguen siendo materia muerta. ¿Quién o qué –entonces- podría animarlas? Estoy consciente de que se trata de una pregunta ingenua y superflua, a primera vista. Sin embargo, se trata de una pregunta que concierne a todos los lectores, no importa si profesionales o aficionados. Leemos ideas, a veces disfrazadas como ficciones, a veces presentadas y analizadas fríamente. Son ideas ajenas, en muy contadas ocasiones nos impresionan tanto que las hacemos nuestras. El procedimiento común es: cierro el libro, la revista, al final o en medio de su lectura, la cotidianidad se impone y, cuando vuelvo a mi lectura, las ideas recibidas son otras, eventualmente ininteligibles o, peor aun, transformadas de brillantes y atractivas en opacas, insignificantes, incluso repulsivas.

De nuevo se impone la comparación con el vuelo: una vez en tierra y quizás acompañado de una cerveza, placer al que pocas horas antes había renunciado para siempre, el tiempo pasado en el avión se esfuma, diez o doce horas de encarcelamiento parecen nunca haber existido. Con el tiempo desaparece el miedo que ahora mi yo racional percibe como ridículo e ilusorio, hasta el siguiente despegue.

Cierro el libro de Rama y se desvanecen la ciudad letrada y la transculturación. Tanto del vuelo como de la lectura permanece, sin embargo esa leve e inefable sensación de que algo transcendental acaba de pasar: quizá la vida plena, sin tiempo que presione ni compromiso que obligue ni orden que amenace la vida que Julien Sorel y Mersault experimentan en sus celdas de condenados a muerte; quizá la revelación de una idea en medio de ese otro espacio atemporal que es la lectura: la ciudad letrada en toda su claridad y evidencia despiadadas, la transculturación operando en el día a día de cada uno, vivida, padecida, implacable. Esta sensación implica un temor duplicado: se relaciona con el miedo y el miedo la genera, miedo a lo largo de un viaje aéreo, miedo ante el libro y las ideas que encierra y, peor aun, miedo ante la escritura que pretende trabajar con ideas ajenas para ramificarlas y, en el mejor de los casos, producir otras ideas que otros ramificarán.

Es laberíntico y es desesperante: el miedo en el avión me permite sentir la vida pura, al mismo tiempo causa la necesidad de evitar los vuelos; esta vida pura la experimento del mismo modo durante la lectura. Las ideas recibidas se ligan, de manera extraña, con el miedo que me causa el volar. La consecuencia es nefasta: terminar la lectura, pero no regresar a las ideas, no practicar la lectura activa, es decir, la escritura.

Lo expuesto suena a la disculpa de un flojo que empezó este texto hace medio año y es incapaz de terminarlo. Admito que parcialmente es un pretexto, una excusa barata que a los miserables se nos ofrece con mucha facilidad: hacemos todo para intensificar nuestra miseria. Si ésta consiste en no haber escrito nada en meses, entonces hay que elaborar explicaciones complejas que de antemano impiden la resurrección de la escritura.

Acabo de confesar y acusar al mismo tiempo. No obstante, hay algo más que una justificación de la propia improductividad en estas elucubraciones: hay –estoy convencido- un acercamiento a una explicación de este “peligro latente en la lectura, un secreto que no quiere revelarse, terco, persistente y perturbador”. ¡Que valgan la repetición y la autocita! Se trata de un peligro del que todos los lectores, en algún momento o en muchos, se percatan; de un secreto a voces que se halla en el fondo de advertencias que se escuchan, disfrazadas y variadas, hasta en nuestro presente ilustrado y racional: ¡no lean! Es peligroso, pervierte, les da pensamientos raros y no deseados. Incluso la obvia incapacidad del actual presidente norteamericano de leer, su rechazo pueril de textos de más de media página son una forma de esta advertencia: no leas y serás el hombre más poderoso del mundo…

Desde las escuelas y universidades tratamos de impulsar la lectura, convencer a niños, adolescentes y adultos, que el acto de leer es noble, que enriquece, que ayuda a superarnos, que nos vuelve seres humanos mejores. Inventamos un discurso alrededor de esta actividad, inventamos disciplinas académicas nuevas, incluso investigamos cómo podríamos mejorar la competencia lectora en México y muchos otros países que, a pesar de ser alfabetizados, carecen de lectores. Se trata de una actividad de alto impacto social. Fomentar la lectura es una necesidad urgente de la que ningún gobierno, ninguna rectoría se atreverían a dudar.

El párrafo que precede se forma de casi cien palabras, una más hueca que la otra, carente de sentido. Como no pocos discursos pedagógicos, el formado alrededor de la lectura se ha vuelto inoperante, discurso puro. Así como muchos teóricos de la enseñanza no dan clases, muchos apóstoles del valor cuasi espiritual/religioso de la lectura no conocen las escuelas primarias y secundarias en las que la presencia de un solo libro es un lujo. Y peor: no saben qué significa leer, no sienten el peligro que encierra la lectura. Quizás se les/nos olvida precisamente que leer, a lo largo de siglos y en culturas diferentes, es una actividad prohibida, por un lado; censurada y limitada, por otro. Los que escriben saben de la prohibición y la toman muy en serio. El mecanismo se parece a la autocensura operante en épocas represivas, no importa si se trata de una represión abierta o de una institucionalizada y democratizada como la que toca vivir en Occidente. El escritor es el lector precipitado de sus propias ideas, las que, después de un proceso internalizado de adaptación y purificación, traza sobre el papel. Preciso, aunque tal precisión ya es superflua, que hablo de la ciudad letrada, no de los pocos rebeldes e inconformes que siempre serán una minoría que fácilmente puede ser callada. Entonces, ¿realmente se trata de las ideas de un individuo escritor? ¿Realmente se trata de ideas?

Regreso a mi profesor en Viena, a su idea de las ideas baratas. No puedo criticar su postulado, demasiado imponente es su autoridad para mí. Sólo me permito aplicarla a la lectura, específicamente a la de Ángel Rama. Las ideas son baratas porque todos las tenemos, dictamina mi profesor. Interpreto y varío este aforismo que, dicho sea de paso, posiblemente es una invención de mi memoria traicionera: nuestras ideas son baratas e inútiles porque son regaladas. Dirían los románticos que son productos de la inspiración. Y, de hecho, no hay cosa más gratuita y endeble que la inspiración. Las ideas surgen, productos de un sueño, de una borrachera, una tertulia, una conversación: son inestables y, si no se fijan pronto sobre el papel, se esfuman y desaparecen para siempre ––lo que no suele ser gran pérdida––. Aun si se fijan sobre el papel, su expectativa de vida es reducida: el papel se pierde, el apunte se borra, una mancha de café es capaz de destruir una idea cuya partera era la tan sobreevaluada inspiración. Doy la razón a mi profesor: las ideas así concebidas son fáciles (creo que también usó este epíteto) y baratas; agrego: inútiles, superfluas y vacías.

Ya lo mencioné: las dos ideas que, de una manera vaga y hasta este momento inexplorada, forman el núcleo de mi devaneo intelectual, no son de Ángel Rama. Ni la ciudad letrada ni la transculturación le pertenecen, es decir, no surgieron en su mente por arte de magia. Rama las leyó y la lectura se encuentra al inicio de la ecuación seudocartesiana “leo, luego existo, luego pienso”.

Reafirmo entonces: lo que experimentamos cuando leemos equivale a lo que experimentamos los que temblamos y nos angustiamos a lo largo de un vuelo internacional de doce horas: vida pura. Estoy en un avión, luego existo; estoy en las páginas de un libro, percibo las ideas atrapadas en él, luego estoy consciente de que soy un ser consciente. Ambos actos (si es posible hablar de actos) son peligrosos y producen miedo en el actor y, mucho más importante, en los otros, los lectores. Volar me permite viajar, conocer el mundo, desentrañar sus significados ocultos, aceptarlo en el mejor de los casos, rechazarlo en el peor. Leer me permite lo mismo. Ambas actividades, por ende, se prohíben o limitan o manipulan. No estoy formulando una teoría de la conspiración, sino que intento adaptar un antiguo mito griego a la modernidad: tratar de entender el mundo es peligroso y genera un castigo que, en primer lugar, protege al yo de sí mismo, en segundo a la sociedad de los yoes demasiado curiosos.

El público aéreo es escogido; los precios elevados de los vuelos y la incomodidad que va en aumento son los criterios que se aplican para formar la élite de los aviones. Los criterios de selección aplicados a la lectura son mucho más variables y sutiles. El costo sigue siendo uno de ellos, a pesar de e-books, pdf, red y comunidades de lectores en Facebook. El producto adquirido puede ser gratuito, el medio para adquirirlo cuesta y es elitista. Los editores agregan otros criterios de selección. En los grandes consorcios (Bertelsmann, Random House) ya no trabajan lectores como Siegfried Unseld, amigo de Heinrich Böll y Günter Grass, quienes sacrificaron ingresos y ganancias a la necesidad de distribuir ideas y abrir el espacio para su discusión, sino gerentes que fríamente calculan las reglas de la oferta y la demanda. El espacio ofrecido a las ideas se relega a proyectos editoriales alternativos. Alternativo equivale a decir marginado, de pocos recursos, sin la capacidad de promoción y distribución como Gutenberg manda. Equivale, en palabras que no remiten a lo puramente mercantil, a la creación de un nuevo elitismo intelectual que seduce a una minoría que se siente dueña exclusiva, aunque ignorada, de las ideas y de la verdad. Es curioso pero difícil negarlo: la comercialización y la supuesta democratización del mercado editorial, del negocio con libros e ideas, tiene como efecto lateral una nueva sacralización de escritores y lectores: Bertelsmann se forma y los que no encuentran lugar o no se hallan a gusto en sus estantes recuperan la actitud elitista del romanticismo alemán y las vanguardias literarias de comienzos del siglo xx; monopolizan el capital ideal y excluyen el mundo real de su cápsula habitada por estetas y pensadores puros –puros por muertos de hambre y no preparados para adaptarse a las reglas nuevas––. Muchas veces, no cabe duda, se trata de una actitud necesaria, noble y productiva. Las ideas grandes e impactantes no suelen pensarse en Bertelsmann, sino precisamente en cápsulas intelectuales aisladas. Con suerte Bertelsmann las publica luego, ya masticadas y digeridas por los habitantes de la cápsula ––se cierra el círculo vicioso––. Ideas digeridas, ideas inoperantes y baratas: vuelve a escucharse la voz de mi mentor académico.

Ángel Rama encontró, con la ayuda de varios antecesores, el término “ciudad letrada” para este proceso frustrante, este círculo vicioso inquebrantable. La malla protectora del poder político, la casta de los que saben leer y escribir, de los que, durante el desarrollo colonial de la ciudad, son capaces de producir ideas que potencialmente cambian el rumbo y el quehacer del poder político al que aíslan del resto del mundo, de la realidad. Esta malla protectora sigue operando y –no sé si Rama lo había intuido- se extiende de manera sutil a las culturas que la generaron, que construyeron en el tan antiguo nuevo continente las ciudades utópicas, geométrica y herméticamente trazadas que no se habían podido construir en el tan joven viejo mundo. Traté de describir su funcionamiento en el mundo de la lectura y de la generación de ideas, es decir, en el mundo que la alberga.

Posiblemente sin percatarse de ello, nuestras ciudades letradas siguen protegiendo al poder político porque sólo permiten el paso hacia fuera ––la transgresión en un sentido bastante literal de la palabra––, a ideas neutralizadas e inofensivas, ideas mal gastadas por la élite intelectual que las produce y aísla, que opera, por ende, contra su potencial práctico y contestatario. “Son mis ideas. No pertenecen a la plebe que no las entiende. No las suelto”, parecen decir. Pero cuando Bertelsmann toca, las sueltan. Pero Bertelsmann sólo toca para adquirir ideas que el elitismo de sus creadores ha vuelto inútiles.

El elitismo y la queja sobre el elitismo son dos ingredientes básicos de nuestra ciudad letrada. Se desarrollan de manera simultánea en sus habitantes. Las ideas no transgreden, topan contra las murallas de la ciudad. Hay, especulo unas ocho horas después del despegue en Amsterdam, dos maneras de enfrentarse a ese dilema que, en un principio, debe ser frustrante para cualquier intelectual, pensador, escritor, filósofo, académico, artista, para cualquier residente de la ciudad letrada. La primera: aceptar el elitismo como una faceta normal del pensamiento; recurrir al consuelo que Stendhal y Karl Kraus inventaron, que Pierre Bourdieu formuló como teoría sociológica, el consuelo del capital simbólico que es –duele aceptarlo- escatológico: algún día mis ideas se van a (re)conocer y entonces operarán y se (re)conocerá mi genio y mi compromiso con la sociedad que no me quería entender. No es menos decepcionante que la promesa escatológica del cristianismo: algún día serás feliz; es improbable que esto ocurra antes de tu muerte física, pero ocurrirá. Puedes ser feliz en medio de tu sufrimiento, tu dolor y tu soledad si piensas que éstos algún día te harán aún más feliz. En sus obras, ni Stendhal ni Kraus pecan de teleológicos. Su esperanza, que algún día sus ideas se comprenderán, es mucho más una prueba para la necia persistencia de sistemas escatológicos que una herramienta con la que se puedan abrir los muros de la ciudad letrada.

La primera manera es, entonces, doblemente deprimente: implica un regreso a creencias que se creían superadas y, al mismo tiempo, se resigna a la inoperatividad de las ideas en el aquí y ahora que las podría usar mucho mejor que el más allá y después.

La segunda manera podría llamarse freudiana, es decir, la transferencia del elitismo a una esfera no relacionada con sus orígenes, alejada de la ciudad letrada; una transferencia que, por ende, permite al creador de ideas vivir con su elitismo, acomodarse en la cárcel formada por la ciudad letrada y percibir el elitismo como democrático, la cárcel como campo abierto. No yo soy elitista, sino los que no me escuchan lo son.

El desastroso éxito político de un conservadurismo rancio en Estados Unidos, y aún controlable pero ya presente en Europa, ha revelado el peligro que esta transferencia implica. Poco después de la triste victoria de Donald Trump, Saturday Night Live emitió un sketch que resume la frustración culposa de las élites liberales estadunidenses, de esa clase “inteligente” cuya reproducción artística más lograda se halla, sin duda, en muchas películas de Woody Allen, películas que se burlan sutilmente del esnobismo cultural neoyorquino cuyo representante prototípico es, por supuesto, Woody Allen. No sorprende, entonces, que el público que aprecia las películas de Allen, cuyo humor coincide con el de Manhattan, se ríe de sí mismo en Estados Unidos, Europa, América Latina y Asia, y desprecia a los que no comparten su sentido de humor y se quedan dormidos en la sala de cine. Elitismo, incesto cultural y la imposibilidad de romper el hermetismo de la ciudad letrada se reflejan en la actitud de muchos aficionados de Allen, actitud representada al mismo tiempo en las películas del cineasta –un círculo tan vicioso como viciado––. El sketch de Saturday Night revela el vicio y concreta la metáfora de la ciudad letrada. Trato de reconstruirlo, aunque estoy seguro de que mi memoria lo manipula y tergiversa.

En “The Bubble”, una compañía ofrece por el módico precio de unos 40 millones de pesos departamentos en el paraíso de lo políticamente correcto y de las mentes abiertas. No hay que renunciar a nada: la conexión más rápida a internet está a nuestra disposición. Hay comodidades y seguridades para cada grupo minoritario y marginado, grupos que –es lógico–– forman el núcleo de la comunidad “bubble”, es decir, se transforman cómodamente en mayoritarios y céntricos sin que tengan que renunciar a su estatus de extravagancia y un coqueteo romántico con una represión que nunca podrá ser real. Tampoco tienen que renunciar a productos naturales, ni a la vida campestre en medio de la más refinada civilización urbana. Al final del sketch se escucha una frase reveladora: “It’s Brooklyn with a bubble on it”. El afuera no entra, se estrella contra esta burbuja de acero formada, entre muchos otros materiales, por la selectividad de la Red y su capacidad de convertir lo real horroroso en realismo mágico. Las risas que acompañan el sketch son, desgraciadamente lo son, las de los pobladores de ese paraíso apocalíptico.

No cabe duda de que “The Bubble” existe: es la ciudad letrada del siglo  xxi, es la materialización del concepto analizado y propagado por Ángel Rama. Nos hace pensar que el uruguayo quizá nunca había usado el término como metáfora, sino que se lo había imaginado como algo muy concreto y tangible, duro e impenetrable. El afuera se estrella y los que habitan este afuera sólo pueden aborrecer y menospreciar a los de adentro. Se cierra el círculo, ya que esta actitud de rechazo es percibida por los de adentro como el elitismo de la ignorancia. Y más a gusto se sienten en su burbuja y más se acurrucan frente a unas fogatas que se ven como fogatas, pero no podrían ni calentar ni incendiar nada. Luego se sorprenden y escandalizan si un candidato de los otros gana, bruto e ignorante como todos los de afuera, pero el escándalo pronto se asimila, pronto se adapta a la burbuja que sigue protegiendo y nos hace pensar que hasta resistiría a una explosión nuclear.

¿Ángel Rama dixit? No lo sé. Posiblemente mi avión acaba de comenzar su caída desastrosa.

La transculturación podría ser el proceso que finalmente abre la ciudad letrada. No liberaría a sus habitantes, dado que éstos no quieren saber mucho de liberación, pero permitiría la entrada de los y lo de afuera. Quizá se trata de una operación matemática bastante simple: 5 + 5 = 10. Hay un resultado, una suma que fijamos y que será inamovible, el diez. Los elementos a la izquierda del = podrán moverse, mientras que no alteren el diez. Cuatro más seis también da diez, pero no es lo mismo; tampoco lo es seis más cuatro, aunque los matemáticos digan que sí lo es porque opera la ley de la conmutación. Afortunadamente las leyes matemáticas no siempre funcionan en procesos sociales y culturales.

En Transculturación narrativa en América Latina (1984), Rama describe y analiza minuciosamente cómo la literatura del nuevo continente refleja e instaura parcialmente la modernización en vastas regiones latinoamericanas. El crítico descubre esta función de la literatura de la que los autores pocas veces están conscientes. Rama representa a un puñado de lectores que sería incapaz, debido a su reducido número, de darle operatividad y prestigio a la literatura del continente. En otras palabras: Rama rescata la literatura latinoamericana, la libera de los preceptos de editores y lectores europeos que, en los años setenta y ochenta, estuvieron a punto de convertirla en un acervo gigantesco de sus propios sueños e ilusiones políticos, sueños románticos, pesadillas mágico realistas muchas veces. Se trata de un objetivo lateral del uruguayo que, al mismo tiempo, puede ejemplificar el proceso de transculturación.

Los grandes narradores del boom ––Gabriel García Márquez, Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes, Julio Cortázar y, con anticipación, Jorge Luis Borges y Alejo Carpentier–– son autores que escriben inmersos –alguno más, alguno menos–– en la tradición europea. Aportan temáticas nuevas pero aprenden el oficio en Francia y Estados Unidos. Se parecen, de manera curiosa, a Baudelaire: temas poéticos nuevos vestidos con formas antiguas transgredidas por los temas, Franciscae meae laudes.

La literatura latinoamericana vuelve a archivarse en los estantes destinados a los exóticos en el momento que los autores europeos adaptan su oficio a los nuevos temas y tonos. Patrick Süskind, en Alemania, y Salman Rushdie, en Inglaterra, están entre los primeros que escriben realismo mágico europeo y tienen éxito. Lo había anticipado Alejo Carpentier cuando afirmaba que la literatura europea siempre va a predominar porque sus autores se saben hasta los últimos secretos del oficio; tienen más colmillo que los otros. Quizá también Carpentier intuía que lo real maravilloso es maravilloso en París; en Regla sólo es real.

Sin embargo, Rama comprende el fenómeno de otra manera: sabe más que los actores y protagonistas principales del boom. Durante siglos, la tradición cultural europea había penetrado en América Latina, en las colonias primero, las incipientes repúblicas después. La clase criolla parecía europea, la novela decimonónica era un apéndice del romanticismo y realismo franceses. No se trata de un 5 + 5, sino quizás de un 7 + 3 o un 2 + 8. Novelas como María o Cecilia Valdés, un poco más tarde los textos de un indigenismo aún paternalista cambian y reordenan la estructura literaria decimonónica. No importa que ningún escritor francés los conociera. Los modernistas y decadentistas finiseculares, Rubén Darío en primera fila, le dan más visibilidad y, sobre todo, más autoestima a este proceso que implica una reorganización: ¿no podría ser reorganización sinónimo de transculturación? Así lo entienden los teóricos de los sistemas. Es imposible cambiar de lugar una pieza, aunque nimia, en un sistema, sin que cambie el todo, sin que surjan nuevas estructuras, constelaciones, relaciones de atracción y repulsión.

El mismo Darío nos proporciona un ejemplo elocuente, además de tan raro como muchos de sus artistas favorecidos con un retrato en Los raros. En París, centro y cumbre de la cultura decimonónica, el nicaragüense polemiza con Max Nordau, el médico húngaro que, después de la muerte de Theodor Herzl en 1904, se convertiría en líder del movimiento sionista a nivel mundial. Sin embargo, este papel histórico trascendental de Nordau es ofuscado por su libro más difundido hasta la fecha: Entartung (Degeneración). Se trata de una constelación rara en varios sentidos: el intelectual que se opone al antisemitismo y advierte que no hay cura para la fanática intolerancia europea , se vuelve famoso gracias a un libro dogmático que es, sin piedad, un auto de fe de toda la cultura occidental cuyo carácter decadente se postula sin que medien juicios o análisis racionales algunos. Todos los artistas, a partir de Baudelaire, son degenerados, enfermos mentales, asesinos y violadores potenciales. Nordau no acepta excepciones a esta regla. Es un libro totalitario que, de manera espantosa, configura las hogueras que los nazis erigirán para los libros de autores incómodos, incluso el término “Entartung” se volverá clave para la ideología milenaria del Tercer Reich.

Es raro, es triste, pero no falta el matiz cómico en la historia, matiz que se halla precisamente en la polémica del Dr. Nordau con un marginado poeta latinoamericano.

A manera de venganza y burla sutiles, Darío había incluido un retrato de Nordau en Los raros de 1896. El autor de Azul… sabe que sus escritores preferidos, sus ídolos artísticos, gozan de fama a finales del siglo xix gracias a las acusaciones de Nordau; sabe también que él mismo pertenece a una escuela (no importa si la llamamos decadentismo o modernismo) que sin la ayuda del húngaro posiblemente jamás se habría popularizado. En este sentido, la inclusión de Nordau en Los raros también puede entenderse como homenaje y agradecimiento, los que, por supuesto, no agradaron mucho al homenajeado.

Éste ataca entonces ataca a Darío desde las páginas de una revista parisina. Se escuda en las palabras de Maurice Le Blond, yerno de Émile Zola y crítico reconocido en los primeros años del siglo xx. El simbolismo y todas sus secuelas son del pasado: “hemos extirpado el virus”, es el argumento principal de Nordau/Le Blond que se ofrece a Darío: “¿Qué le parece a Ud. esto, estimado Rubén Darío?” Y al estimado le parece bien. Pues sí, argumenta, el simbolismo, el naturalismo, el decadentismo viven y mueren, crecen y decaen. Con una simple argumentación que recurre al biologismo vence al médico húngaro, quien había usado los mismos argumentos para mandar a la hoguera a los decadentes, y decadentes todos eran después de 1850.

Pero mucho más importante es otro argumento de Darío que devalúa precisamente las pruebas médicas y criminológicas que Nordau había acumulado: la literatura no puede ser juzgada con criterios extraliterarios, la literatura es un fenómeno autónomo que genera un discurso especializado y sólo este discurso y sus pruebas pueden ser los jueces de poesía, novela y teatro. Sorprende la modernidad del argumento dariano. Sorprende aún más su cinismo, que refleja mucha autoestima y mucha conciencia de su propio papel como representante principal de la periferia cultural, una periferia tan construida como inoperante alrededor de 1900.

Darío publica su respuesta en julio de 1903, en la Revista Moderna del periférico México. No le interesa el público francés; los latinoamericanos deben enterarse de que ya no son periferia, por lo menos no en cuestiones culturales: deben saber que el vertiginoso viaje del modernismo a través de todos los ismos decimonónicos ha tenido como resultado no sólo la independencia de la literatura latinoamericana, sino también su potencial de alterar el sistema cultural supuestamente controlado desde París, Londres, Roma, Viena y Berlín. Deben entender sus coetáneos que 5 + 5 da el mismo resultado que 3 + 7, pero no es lo mismo, es decir, deben asimilar, muchos años antes de Ortiz y Rama, que un proceso de transculturación y reagrupación se vive en América Latina, Europa, Estados Unidos, Japón, siempre al mismo nivel, sin que parte alguna domine, sin centro ni periferia. No hay “bubble” que proteja, no hay elitismo que excluya y aísle, no hay, no debe haber ciudad letrada.

Pero Darío predicó en un desierto y las conclusiones y propuestas de Rama se evaporaron en un avionazo.

A 115 años de la polémica entre Nordau y Darío estamos en la misma situación: la gran literatura (además de la que se vende bien) se escribe –pocas excepciones hay–– en Europa, mientras que América Latina y, cada vez más, África se encapsulan en una burbuja de periferia y marginación, en sus respectivas ciudades letradas, como si lo marginado automáticamente generara el valor literario de una obra, su capital simbólico. Parece que aún no entendemos la ironía de Darío: lo raro no es raro en el sentido de poca cantidad, sino lo es porque desconcierta, cambia rumbos, reta; raro no es cerrarse si no puede ser sinónimo de apertura.

La transculturación de Ángel Rama, a quien sigo leyendo en mi avión, agarrado del asidero, podría ser entonces el arma prefigurada por el propio Rama para que la hermética ciudad letrada abra sus puertas.

Desgraciadamente parece más cerrada que nunca. Es más cómodo insistir en la incapacidad de entender de los demás, aceptar y alegar una y otra vez la falta de un público a la altura de los autores, que retar a un público que sí existe, pero que se resigna ante esa postura arrogante y despreciativa de los habitantes de la ciudad letrada.

Hay que romper la burbuja, con la ayuda de Darío y Rama, si no queremos que ganen los Trump, que Paulo Coelho tenga más lectores y seguidores que Guimarães Rosa, que Francisco Martín Moreno pueda autoproclamarse historiador, etc. Escogí ejemplos al azar y entiendo que Trump y Moreno no disponen del mismo potencial para causar daño, pero reflejan el mismo fenómeno:  si no se abre la ciudad letrada, si los intelectuales y letrados seguimos viviendo protegidos por nuestra burbuja, entonces la mentira, la falsificación histórica, el dogmatismo y la intolerancia van a ganar el partido. Si asimilamos la lógica de la transculturación, se abre. Rama analizó y describió, al final de su vida, un problema cuya solución había encontrado algunos años antes. Esta paradoja epistemológica vale la pena y es de una actualidad espantosa: las soluciones están desde hace mucho tiempo, los problemas se revelan apenas, peligrosos y amenazantes.

Es posible que en este momento mi avión se estrelle contra una montaña o se hunda en el mar.