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Martín Kohan: Es un sujeto enamorado el que canta boleros y tangos | Francisco Serratos

 

Roland Barthes diseccionó el amor como un discurso, como una naturaleza muerta cuyo cuerpo, igual que los de un animal, está vacío y sobrevive como un prototipo: un esqueleto. Lo único que nos queda es su lenguaje, su retórica, sus fórmulas y sus canciones. Lo vivimos en la medida en que repetimos ese lenguaje y nos volcamos hacia los lugares comunes. A lo largo de la historia, desde el romanticismo, con ciertas variantes y rodeos, ese lenguaje se ha presentado como un discurso de la pérdida, de la imposibilidad y, muy pocas veces, como un acto revolucionario –pienso en los esfuerzos del feminismo actual por descolonizar el deseo–. De hecho, Fragmentos de un discurso amoroso fue publicado en 1977, a casi diez años del movimiento de 1968, un momento cumbre en la redefinición del amor y que Barthes, reacio al empuje de la época, pareciera criticar como un fracaso. Por el contrario, Alain Badiou –tal vez es el único filósofo contemporáneo que contempla el amor como una forma de revolucionar la realidad social– lo considera, junto con el arte, la política y la ciencia, como una de las circunstancias que definen al sujeto contemporáneo. Desde entonces, pareciera que otros pensadores y escritores evitan hablar del amor por no caer en el lugar común, aunque tampoco se atrevan a reinventarlo.

 

En su último libro de ensayos, Ojos brujos. Fabulas de amor en la cultura de masas, publicado recientemente por Ediciones Godot, Martín Kohan analiza dos momentos de ese lenguaje que definió la forma de amar de varias generaciones en Latinoamérica: el bolero y el tango. Más que tratarse de un ensayo sobre la música, es un libro sobre el amor, sobre dos formas particulares de vivir –o sufrir– el enamoramiento y su desengaño. Desde la primera leída se puede ver la sombra de Barthes sobre Kohan. Cuando le señalo su particular perspectiva, alejada de la visión de Jorge Luis Borges sobre el tango y los análisis nacionalistas y sociológicos, me responde.

–Te agradezco que lo señales. Creo que, en general, los abordajes de esta clase de materiales –y los de la cultura popular, en términos más generales– suelen hacerse más bien desde lo sociológico. Yo los abordo como lo que soy: un crítico literario. Y por ende me ocupo, en efecto, de hacer lecturas de los textos, una lectura del discurso amoroso –para lo cual, evidentemente, Barthes es una referencia ineludible–. Tiendo a pensar que esa opción es clara y legítima, pero en algún caso tropecé con el prejuicio de que el abordaje sociológico era el único válido: planteo desconcertante para mí.

–Sin embargo, Ojos brujos rebasa en gran medida el encajonamiento en los estudios culturales. No trata al boleto y el tango como piezas de literatura, pues tal comparación, en sí, ya connota cierto riesgo; por el contrario, nos enteramos de ellos como discursos independientes con una forma, una temática y una historiografía bien definidas. Para el autor, literatura y cultura popular pueden ir juntos.

–Yo sitúo el auge de los estudios culturales en el encuadre marxista de Raymond Williams, Richard Hoggarth, Stuart Hall, en la Inglaterra de los años cincuenta. De ahí en más, y con independencia de ciertas modas académicas (especulativamente ligadas a la obtención de financiamiento), la cultura popular no ha dejado de tener un lugar de relevancia en los estudios de la cultura y la literatura.

–De hecho, el libro abre con el miedo de los intelectuales a sonar cursis y a no recurrir a lugares comunes para expresar lo evidente. ¿A qué atañes este desdén a una postura clasista o meramente estilística?

–Yo creo que ese temor es general, y no sólo asunto de los intelectuales. Si hablé de intelectuales, es porque estaba introduciendo un libro de análisis literario sobre materiales de la sentimentalidad: quería ponerme a un lado del prejuicio de que el abordaje pudiese ser distanciado o irónico, que no lo es en absoluto. Pero ese prejuicio es tan fuerte que quienes comentaron el libro sin haberlo leído no dejaron de suponerlo. Yo creo que la inhibición de lo sentimental no responde a una clase, sino en todo caso mucho más a un imaginario de género: son antes que nada prevenciones del machismo (y machismo hay en todas las clases, lamentablemente.

–No es la primera vez que el narrador y ensayista argentino aborda la cultura popular en su obra. Sin embargo, Ojos brujos es libro que toma por asalto a sus lectores. ¿Cómo llegó a ello?

–Me es difícil decir como llegué a eso, porque de alguna forma puedo decir que siempre estuve en eso: esa música y esas letras forman parte de mi vida casi desde siempre. Podría decir que les debo buena parte de mi educación sentimental. No hubo un disparador hacia el libro, hubo un disparador sobre cada uno de los textos que componen el libro: una escena, un relato, a veces una frase en una letra de algún tango o de algún bolero, disparó mi propia escritura en momentos distintos. Al reunirlos para Ojos brujos, descubrí que no eran otra cosa que una especie de acecho al amor: sabemos bien qué es el amor y a la vez no lo sabemos en absoluto.

–Asimismo, en la obra de Kohan abundan los temas amorosos o, mejor dicho, de desamor. Me apasionan (es decir, me angustian)”, dice en el último ensayo de Ojos brujos, “esas historias en las que un amor se logra, se consuma, se consolida; y sin embargo, en un momento dado, es preciso renunciar a él”. Los cuentos de Cuerpo a tierra (2015), casi todos, tienen que ver con el (des)amor: en “El amor” se narra el encuentro sexual entre el héroe nacional argentino Martín Fierro y Tadeo Cruz, personaje del mismo poema; la despedida de dos amantes en “El error” y el elocuente cuento titulado “El final del amor”. Por otro lado, las novelas Cuentas pendientes, en la que narra la historia de un hombre aciago cuyo desencuentro con el amor lo convierte en un monstruo decadente, y Bahía Blanca, en la que se cuenta el retiro de un profesor de literatura que huye de la vida y el amor, podrían ser dos tangos novelados.

Pero esta vez, en lugar de centrarse en el lado íntimo de la experiencia amorosa de ciertos personajes, Kohan optó por construir, à la Barthes, un sujeto a partir de la lírica tanguera o, en otras palabras, un sujeto que delega su sentimentalidad a la música popular. ¿Hay un riesgo en este otorgamiento de la palabra? ¿Es el amor en nuestra cultura del consumo una sensación teledirigida o hay otras formas de amor? Quiero decir, ¿las canciones populares nos enseñan a amar de una cierta manera?

–Yo creo que existe una inhibición social respecto del padecimiento amoroso: si nos ocupamos del tema, lo hacemos como si estuviésemos más allá de la sentimentalidad y sus cursilerías. Y lo cierto es que por amor sufrimos muchas veces como condenados. Esa represión social del sentimentalismo, condena del kitsch, encuentra una zona liberada en los boleros. Por eso me atrajo tanto la idea de escribir, no solamente sobre eso, sino también desde ahí. Ojos brujos es el único libro autobiográfico que escribí”.

–¿En qué sentido es autobiográfico?

–Digo que el libro es autobiográfico a pesar de no haber escrito en él ni un solo renglón que esté referido a mí mismo, porque esas fábulas amorosas o las escenas amorosas de las letras sobre las que escribí en más de un sentido me expresan. De hecho, funcionan de ese modo: así las escuchamos y así las cantamos. Lo cual me permitió la única forma de escritura autobiográfica que me interesa: una en la que no tenga que referirme directamente a mí en ningún momento.

–Es verdad: Ojos brujos es un ensayo hasta cierto punto tímido –tal vez frío– en su tratamiento del amor, lo lee con un cierto distanciamiento crítico que no impide, por otro lado, dejar notar la pasión entrañada en la lírica del tango y el bolero. Hace una distinción entre dos campos, el lírico habitado por un sujeto desaforado y el sujeto real, inhibido y afásico, cuya liberación acontece sólo cuando delega su sentimentalidad a la música popular.

Para Kohan el tango y el bolero no son una manifestación sino el síntoma de una civilización demasiado enfocada en el sexo y todas sus variantes tanto sociales como científicas (matrimonio, familia, bisexualidad, homosexualidad, heterosexualidad, etc.). Hemos mitigado los motores sentimentales de nuestras relaciones y pareciera que es un mal momento para estar enamorado porque al amor ya no significa una ruptura de los valores establecidos sino una afirmación.

–Es una idea que ya aparece en Barthes y allá por los setenta lo verdaderamente reprimido en nuestras sociedades no es tanto lo sexual como lo sentimental. Una observación a mi entender muy justa, que por otra parte no ha dejado de confirmarse con el paso de los años. Hacer de toda sentimentalidad una forma de sentimentalismo, subsumirlo todo en una noción de cursilería cargada de negatividad, todo eso no se dispone sino para inhibir lo amoroso. Pero hay en la música popular una zona liberada, que es a la que uno puede recurrir.

–Pero esta inhibición del sentimentalismo, ¿funciona para todos?

–Creo que esa inhibición se aplica especialmente a los hombres, dados los estereotipos que el machismo produce y asigna. Lo que aparece en el tango, que es territorio del machismo mayormente, son momentos de quiebre, tramos de resquebrajamiento, en los que me ha interesado detenerme precisamente por su carácter de tales.

–De hecho, Kohan dedica un capítulo al tema de la amistad y camaradería masculina en el tango: es el tópico (lugar y tema) donde la masculinidad se ablanda y se necesita la compañía y la camaradería de dos hombres desgraciados: “para matar el recuerdo del amor de una mujer parece precisarse la amistad de un varón: que el otro también tome, tomar juntos y hacerse amigos”, dice en el libro, y para ello dos cosas son importantes: “la confesión y el juramento”.

Los capítulos dedicados al bolero pudieran sorprender por el descubrimiento de una tradición sólida del bolero en Argentina, tal vez porque se la ha reducido al tango a pesar que contó con varios intérpretes que alcanzaron su apogeo en otros países, por ejemplo, Leo Marini salió a Cuba y Libertad Lamarque a México, donde se convirtió en un figurón del cine. ¿A qué se debe que el bolero argentino (si hay tal cosa) no se tan de conocimiento popular como el tango? ¿Cuestión de nacionalismo?

–Hay que decir que incluso el tango puede plantear problemas a las pretensiones de autoafirmación del nacionalismo: de hecho, es música de Buenos Aires y no de toda la Argentina; en el resto del país los géneros musicales representativos son otros. Y en rigor, de verdad, no es música de Buenos Aires, sino del Río de la Plata: también de Montevideo, Uruguay. Así que los mapas culturales y los mapas políticos no coinciden nunca del todo, por suerte; y la circulación (en este caso, de boleros) no queda atada a las taras del nacionalismo. Hay producción de boleros en Argentina, claro que sin la amplitud de México o de Cuba; pero más que eso, hay interés por lo que se compone y se canta en otros lados.

Al final del libro dices que el amor se cuenta mejor en las canciones, pero hay también buenas novelas o poemas sobre el amor. ¿Cuáles obras, cuyo tema es amoroso, son tus favoritas?

–Menciono apenas algunas, porque mi memoria de lector es muy mala: Boquitas pintadas, de Manuel Puig; Cuando ya no importe, de Onetti; “El Aleph”, de Borges; los poemas de Idea Vilariño; El pasado, de Alan Pauls; Antes de conocernos, de Julian Barnes.”