MARÍA-ZAMBRANO

María Zambrano: Una lectura del realismo español

MARÍA-ZAMBRANO

Más de dos décadas después de la publicación de Meditaciones del Quijote (1914), de Ortega y Gasset, su concepto de “salvación”[1] reaparece en el discurso de María Zambrano. “Salvación” de las cosas pequeñas, reconocimiento del otro, reaniman la lectura que la filósofa lleva a cabo del realismo español. Su segundo libro, publicado en el exilio, Pensamiento y poesía en la vida española (1939), no sólo plantea la existencia de un conocimiento poético, sino que despliega todo un entramado que insinúa una vuelta al realismo como una de las alternativas a la crisis del pensamiento occidental.

La defensa del realismo español en María Zambrano constituye una de las primeras confrontaciones con el pensamiento de Ortega y Gasset, aunque simbólicamente se suele situar esa primera confrontación en 1934, cuando la filósofa observa la necesidad de recuperar “un saber sobre el alma”. Sin embargo, será en los años posteriores, con la defensa del realismo español y la irrupción del tema de lo sagrado, cuando se confirme dicha cisura. No obstante, el reconocimiento de las cosas ínfimas que Zambrano intenta recuperar en esa época tiene sus raíces en la “salvación” que había emprendido Ortega de “las circunstancias” en Meditaciones del Quijote.

Como se verá, no es sólo la defensa del realismo español o la recuperación de un saber sobre el alma lo que separará a Zambrano de Ortega. En esos años, el acercamiento al pensamiento apócrifo de Antonio Machado y la posibilidad de un “conocimiento poético” muestran que ya no es sólo una razón vital la que buscaba Zambrano, sino una que descendiera a los ínferos, a las entrañas; una clase de razón que absorbiera las funciones que la autora percibía del arte, y que no era otra que la de redimir monstruos, la de reconocer aquello que el racionalismo había desconocido: el no-ser, el delirio, las pasiones, pero también la impureza de la tierra que habitamos.

María Zambrano interpreta el realismo español como una forma de ver la vida y, en consecuencia, de vivirla, una forma de estar plantado en la existencia; no se trata de una teoría sino más bien de lo contrario a ella. La pregunta es ¿por qué Zambrano lo interpreta como un “conocimiento poético” o en dónde reside lo poético en él? La cuestión quizá tenga que ver con lo que ella entendía por “lo poético”. En Filosofía y poesía nos había dicho que la particularidad de la segunda es “un estar en el mundo sin violentarlo”. Recordemos también que en su discurso la poesía forma parte de una comprensión ontológica y es, por tanto, apertura al ser y del ser. Siguiendo su discurso, el realismo deviene poético al fungir como una interpretación de la realidad sin el afán de transformarlo en un ideal; es la realidad misma transmutándose en palabra. Zambrano percibe en el realismo español una forma de conocimiento distinta a la que había ofrecido el racionalismo en tanto horizonte cultural.

Uno de los detalles que no hay que olvidar es que María Zambrano extiende su concepto de realismo más allá de Benito Pérez Galdós, y del esplendor literario decimonónico, para insertar en él la literatura española que le precede por sólo unos años, es decir, la literatura de la Generación del 98. Visto así, si revisamos la literatura española de esta época, lo que encontramos son precisamente ensayos de “salvación”. De Pío Baroja a Azorín lo que hallamos es la recuperación de los objetos triviales, de los casinos anónimos, de los provincianos ignorados, de las posadas, de los caminos polvorientos. Pareciera que la mejor literatura de la época fuese una especie de afirmación, de valoración de las cosas pequeñas, momentáneas, míseras, desconsideradas: aquello que ni en sueños entraría al mundo del pensamiento metódico, aquello que María Zambrano identifica como parte de la otredad olvidada por los discursos filosóficos.

La autora encuentra en el interior del realismo español una comprensión hermanada con la realidad, una forma distinta de tratar con el mundo. Una de estas formas la encontramos representada en la pintura de Murillo, cuando éste pinta junto a la sagrada familia un puchero. En esta pintura, a pesar de estar colocado junto a la imagen de la divinidad, el puchero no adquiere un halo de luz ni se espiritualiza, sino que aparece con todo su olor mezquino de olla recalentada y grasienta. Se presenta tal como es.

María Zambrano fue pionera en los años treinta del redescubrimiento de la obra de Benito Pérez Galdós, uno de los máximos exponentes del realismo en España. “El mundo de Galdós”, recogido en el libro España, sueño y verdad, es uno de sus textos más sobresalientes, así como aquel dedicado exclusivamente al autor de Misericordia y que apareciera en los años sesenta bajo el título La España de Galdós.

Quizás otro de los ejemplos de lo que Zambrano entendía por realismo esté dilucidado por el propio Ortega en un ensayo de 1911 titulado “Hombre mediterráneo”, en el que sostiene que el español figura ser el punto extremo de la cultura mediterránea y se caracteriza por su apatía hacia lo intrascendente, es un materialista extremo; hay en él una comprensión hermanada con la realidad por más mísera que ésta sea.

No olvidemos que la defensa del realismo español en María Zambrano constituye uno de sus primeros intentos por encontrar una forma de acercarse a la realidad, distinta de aquella que ondeaba el racionalismo. El resultado de ese primer intento quedará bajo la propuesta de un “conocimiento poético”, el cual llevará implícito una defensa del pathos, es decir, una defensa del orden de los sentimientos como orden privilegiado a través del cual el hombre entra en contacto con la realidad y consigo mismo.

 


[1] Las “salvaciones” en el discurso de Ortega se presentan como un “género literario”. En la introducción de Meditaciones del Quijote sostiene que éstas pueden verse como “salvaciones”: “dado un hecho —un hombre, un libro, un cuadro, un paisaje un error, un dolor— llevarlo por el camino más corto a la plenitud de su significado” Cfr. Meditaciones del Quijote (ed. de Julián Marías), Cátedra, España, p. 46

Texto publicado en la edición 153 de Crítica


Escrito por Leonarda Rivera