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Los volcanes de Puebla | Kenneth Gangemi

Traducción de Armando Pinto

 

Alarma!

Durante el tiempo que viví en México, la principal revista de nota roja era Alarma! Era muy popular y vi que la leían por todas partes. En los Estados Unidos nunca presté atención a ese tipo de revistas, pero por alguna razón lo hice en México. En parte se debió a que era prominentemente desplegada y las espeluznantes fotos atrapaban mi mirada. Mirar el Alarma! era también una breve lección de español. Rara vez tuve una en mis manos o pasé más allá de la primera página. Pero siempre me detenía en los kioscos, muy a menudo en las agitadas esquinas de la ciudad de México, a mirar las llamativas fotos y leer los encabezados y los pies de fotos.

Alarma! y su imitador Alerta publicaban fotos de la morgue de las víctimas de asesinatos, yuxtapuestas con las  fotos de sus asesinos. También yuxtaponían fotos de las personas cuando estaban vivas con el rostro de sus cadáveres. El suicidio de jóvenes era un tema favorito, especialmente de los que se habían ahorcado. Aún recuerdo una impactante foto de una jovencita que antes se había sacado los zapatos.

Un típico encabezado del Alarma! era “Catorce asesinatos en la Huasteca”. Una vez vi la foto de un hombre que parecía triste; el pie de foto decía que había matado a cinco de sus seis hijos con un machete. Otro encabezado decía “Mató a la vieja para quedarse con la joven,” con fotografías de los tres. Una violación tumultuaria fue encabezada “La  noche terminó en tragedia para la romántica señorita”.

Me interesaban los comentarios, condenas y juicios morales que con frecuencia seguían a los encabezados de Alarma!, como: ¡Canallas!… ¡Depravado!… ¡Demente!..¡La bestia!… ¡Espantoso!… ¡Una atrocidad!… ¡Los zopilotes!… ¡Monstruo!… ¡Increíble!

Recuerdo una historia de soldados que estuvieron registrando a los pasajeros de un autobús en busca de armas de contrabando para las guerrillas. El agraviado encabezado decía: “¡Soldados tocan a mujeres en sus partes íntimas!” Para mí, leer eso en español (Partes íntimas)* en una frecuentada esquina de la ciudad de México, resultaba irreal. El encabezado más memorable de Alarma! fue este: “Violó el cadáver de su hija y luego se lo prestó a un amigo!”

 

Azotea

En las ciudades de los Estados Unidos la parte superior de los edificios de departamentos normalmente no se usa. Pero en la Ciudad de México los tejados son considerados espacios valiosos y se usan para múltiples propósitos. Miles de personas, por lo general estudiantes y ancianos, viven en los tejados en pequeños cubículos llamados azoteas.

Supe de ellas por primera vez cuando estaba buscando un lugar para vivir. Un cuarto amueblado o un pequeño departamento. Cada mañana leía los anuncios de los diarios de la ciudad de México. Recortaba los más probables, organizaba los recortes en orden geográfico y luego los pegaba en tarjetas.

Era una búsqueda difícil. Estaba compitiendo con mexicanos que conocían la ciudad de México, que tenían amigos y parientes, que hablaban español con soltura. Entonces, una mañana, vi este anuncio: Magnífica, amueblada, azotea, señor solo, honorable. Me gustaba el lugar, la renta era razonable, y corrí a buscarlo.

Para mi fortuna, encontré que el pequeño cuarto era ideal para mí. Era espartano como celda de monje, pero con dos ventanas y mucha luz. Estaba completamente amueblado, con una cama, una mesa y un librero.

Le pagué un mes de renta a la señora, recibí mi llave y el recibo, y luego me quedé las siguientes dos horas admirando mi nueva azotea. Estaba feliz. En dos direcciones había hermosos panoramas de la ciudad de México. El tejado también tenía un gato, un jardincito, una jaula de conejos, algunas gallinas y muchas macetas con flores. Viví ahí durante tres meses.

 

Casa

En un pueblo mexicano, una casa a menudo aparece como un muro mirando a la calle con una puerta en él. El visitante extranjero pronto aprende que todo está detrás de esas paredes. Vista desde afuera, la casa es pura defensa: muros ásperos de mampostería, barrotes de acero en las ventanas, una pesada puerta mirando a la calle. Pero adentro un  hombre puede estar leyendo tranquilamente un periódico en un hermoso patio, lleno de plantas y flores, expuesto al sol y al cielo.

Mi tipo favorito de casas, y también de ciudades, ha sido aquel cuyo origen está en la vecindad del Mediterráneo. Las palabras clima mediterráneo siempre me han atraído. Con respecto al diseño de las casas, este clima es una gran ventaja. Pues, en primer lugar, hace los patios posibles. Creo que el patio español o mediterráneo es uno de los más nobles logros del hombre.

La arquitectura española estaba ya bien desarrollada cuando fue transportada a México. Era ideal para el clima y los materiales de construcción disponibles. Esta elegante y eficiente manera de construcción ha sobrevivido a la Revolución Industrial y toda la subsecuente tecnología. Siempre admiré la arquitectura española o mexicana cuando viví en México. Es simple, elemental y funcional. Las galerías y portales, por ejemplo, que están protegidas del sol: ningún país con clima caliente ha mejorado eso.

Cuando viví en el pueblo llegué a identificarme con la casa amueblada al estilo colonial. Era mínima y se adecuaba a mi temperamento ascético. No había calefacción; siempre era frío el interior, y por lo general usaba un suéter.  Recuerdo las paredes blancas, el metal pintado de negro, los materiales baratos, las vigas de madera contra el techo blanco, los pisos de piedra sin alfombra, los pesados muebles de madera. Me sentía en casa en esos cuartos silenciosos y escasamente amueblados. Había una agradable sensación de simplicidad, reclusión y permanencia.

 

Abanicos de techo

En mis recorridos por México llegué a apreciar el abanico de techo o ventilador. Era uno de mis requerimientos irrevocables de un cuarto de hotel en las zonas húmedas y calientes, en especial a lo largo de la costa del Golfo. Los ventiladores de techo usualmente tienen cinco o más velocidades. Son eficientes instrumentos enfriadores y usan relativamente poca electricidad. También contribuyen a alejar los mosquitos. Por varias razones prefiero los ventiladores de techo al aire acondicionado. Todas las ventanas de un cuarto con ventilador de techo pueden abrirse, mientras que en un cuarto con aire acondicionado tienen que estar cerradas. Los ventiladores de techo son instalados a menudo en nuevos hoteles, de modo que ciertamente no son cosa del pasado.

 

Fiesta

Los mexicanos están enloquecidos con los fuegos artificiales y probablemente piensan que las medidas de seguridad son para mariquitas. Recuerdo una celebración del 16 de septiembre en la ciudad de San Miguel de Allende. Me vi atrapado por una muchedumbre a tres metros de un gigantesco despliegue de fuegos artificiales; unos  niños pequeños pateaban un carrito por la calle; y el rebozo de una mujer junto a mí se prendió. La mujer sólo reía y su acompañante daba palmaditas para apagar las chispas en su pelo como si todo fuera muy divertido. Recuerdo que los globos de helio eran utilizados como blancos para los cuetes, en realidad una ingeniosa idea. Un cuete accidentalmente estalló en la estación de policía y luego en el chapitel de la catedral.

 

Chicas

Para un norteamericano con un español limitado, tal vez sea más fácil subir el Monte Everest que tener éxito con la típica chica mexicana. Puede lograrse, pues las actitudes están cambiando lentamente, pero tienes que estar dispuesto a emplear mucho tiempo y esfuerzo. Muchos hombres piensan que no vale la pena. Hay muchas mujeres norteamericanas, canadienses y europeas viajando por México.

El trato con las chicas mexicanas es, con frecuencia, exasperante, pues son muy atractivas.  Me gustaba tener breves conversaciones con ellas y hacerlas sonreír. La mayoría son pulcras y ordenadas, encantadoras y amables. Hay suavidad y feminidad en ellas, y algo en la cualidad de su voz que resulta muy atractivo. Guanajuato es tal vez el lugar más penoso en este aspecto, pues el lugar está lleno de lindas estudiantes de la universidad.

Cuando viví en México comprendí por qué los hombres querrían casarse con esas agradables jovencitas. Muchas veces me pregunté lo que sería casarse con la hija de un doctor de ciudades como Morelia o Querétaro. Pienso que una chica mexicana inteligente sería una magnífica esposa, sobre todo si habla inglés y ha ido a la universidad y hecho algunos viajes al extranjero.

 

Agravios, enojos, desaveniencias.

El desarrollo sin planificación y la especulación con las tierras en las mejores zonas de la costa del Pacífico… La influencia reaccionaria de la Iglesia Católica, que todavía es muy fuerte en México… Las corridas de toros… Todas las cosas que están descompuestas y sin  reparar, que están estropeadas y no funcionan… El embotamiento de muchas mujeres mexicanas… La sexualidad reprimida… La frecuente falta de señales en las carreteras… Los integrantes de la nouveau clase media, esclavos de la moda y consumidores frenéticos… Los autobuses de segunda clase, en especial en ciudades húmedas y calientes como Mérida y Veracruz, repletos de gente de pie… El fastidioso desfile de vendedores, boleros y mendigos en algunos restaurantes… Los hijos de perra que pasan junto a ti en las carreteras a sólo unos centímetros de distancia… La forma en que están destruyendo el bosque de Chapultepec para construir edificios… El smog de la ciudad de México… Las elecciones fingidas sin real oposición al candidato del pri… Las carreteras con mínima inversión y construidas sin acotamiento… La forma grosera en que algunos niños y adolescentes se ríen de los extraños en su presencia… La burda carencia de imaginación para nombrar las cosas: Parque Morelos, Avenida Juárez, etc. El hecho de que muchos mexicanos no se detengan para ayudar a la gente que resulta herida en accidentes… Algunos de los individuos que trabajan en las gasolineras de Pemex… Los mexicanos que insensiblemente explotan a otros mexicanos… La forma en que algunos mexicanos, supuestamente amables y corteses, chocan con alguna chica en la calle sin siquiera disculparse… La crueldad hacia  los animales… La poca altura de los dinteles en los que alguna vez me golpee la cabeza… El delgado papel de las servilletas de los restaurantes… Los clichés sobre México empleados en los anuncios turísticos… Los pueblos fronterizos… El obsceno contraste entre ricos y pobres… La frecuente carencia y poca confiabilidad de los mapas urbanos… El servicio de tortuga en algunos restaurantes… Los vehículos de motor con mofles oxidados sin silenciador… El ineficiente cierre de oficinas y comercios a media jornada… El hecho de que los automovilistas escapen después de provocar un accidente sea el modelo nacional… La gran desigualdad entre los sexos… La forma en que muchos mexicanos son incapaces de hacer cola y esperar su turno, y se meten como si nada delante de ti…. La forma en que manejan… La forma en que cambia el nombre de las calles cada pocas manzanas… La confusa  numeración de las calles en algunas ciudades… El hecho de que alguien que se colapse en la acera permanezca tirado ahí por mucho tiempo sin que nadie lo ayude… El poco respeto de los automovilistas a los peatones…

 

Invisible

Cuando viví en el pueblo me gustaba caminar alrededor del mercado por las noches. En la oscuridad no podían ver que yo era norteamericano y podía observar sin ser visto. A menudo compraba un taco de carnita en algún puesto de la acera y me sentaba a comerlo en algún umbral. Mi ropa era oscura y discreta. Me difuminaba en las sombras. Después de terminar mi taco me quedaba a observar a la gente que pasaba. Por lo general había mucha actividad, pues estaba preparándose para el día siguiente. Nadie se percataba de mí. Nadie imaginaba ver a un norteamericano sentado en el umbral de una puerta.

 

Manga

Muchas veces me agarró la lluvia durante mis viajes en motocicleta, con frecuencia en medio de la nada. Desafortunadamente no contaba con los aparejos para mal tiempo y que, diseñados especialmente para motociclistas, protegen totalmente de la lluvia. Los mejores eran hechos en Inglaterra, según supe. Una tormenta en los trópicos tiene que experimentarse para creerse. Cuando era atrapado por un aguacero semejante, y no había un refugio a mano, quedaba completamente empapado. El único consuelo era que usualmente se trataba de una lluvia cálida.

Si era una llovizna o lluvia ligera, sin embargo, yo estaba bien, pues tenía una manga de hule que había comprado en el mercado de Puebla. Una manga es un poncho mexicano ahulado sin capucha. Es usado por campesinos, ciclistas y hombres a caballo por todo el país. Si un conductor me miraba, debía creer que yo era desdichado, pero estaba relativamente contento. La manga rompía el viento y me mantenía seco, y estaba caliente bajo mi chamarra y suéter.

Cuando no llovía, enrollaba la manga y la ponía en la parte trasera de la motocicleta. También era útil para pasear por la ciudad bajo la lluvia. A diferencia del paraguas, mis manos estaban libres. La manga era holgada  y confortable. No tenía una capucha que me fastidiara cada vez que volteaba y limitara mi visión y mi oído. Caminar bajo la lluvia en alguna ciudad mexicana era muy divertido. Sólo mi cabeza se mojaba, lo cual no es realmente un problema en un clima cálido.

 

Mexicanos

Pronto supe que la palabra mexicanos es en muchos sentidos una palabra sin significado. El país es en realidad una federación de diversos pueblos, y es mejor llamarlos oaxacaños, chiapanecos, yucatecos, capitaleños, etc. En general, me gustaba más la gente de los pueblos altos que la de la costa. Tiende a ser más abierta y amistosa. De todas las regiones de México, la gente que más me gustaba era la de Oaxaca, y supe que tenía buena reputación en todo el país. También me gustaban los norteños, que están más familiarizados con las costumbres de los Estados Unidos. Y los capitaleños, porque los habitantes de las grandes ciudades son iguales en muchos sentidos en todo el mundo.

Toma algún tiempo para un norteamericano recién llegado aprender sobre México y los mexicanos. Para mí fue un periodo de confusión y choque cultural antes de ajustarme a la forma mexicana de hacer las cosas. Pronto aprendí sobre los elaborados rituales, sobre su supuesta incapacidad de decir “No” o “No sé”. Descubrí que el subgerente de un banco mexicano podía asegurarte que un cheque tomaba dos semanas para ser compensado cuando en realidad tomaba seis. Aprendí a aceptar todo lo que se me ofrecía, incluso cuando realmente no lo quería.

Contrario a las leyendas, nunca tuve que sobornar a algún funcionario mexicano. Fueron consistentemente serviciales y corteses. Recuerdo un encuentro en una oficina gubernamental en la que me encontraba sin remedio en medio de una increíble burocracia. Finalmente encontré a un funcionario mexicano interesado en ayudarme. El hombre escuchó pacientemente mi español mientras le explicaba. Luego movió la cabeza, tomó el teléfono y con unas cuantas palabras abrió el paso a través de la burocracia.

Cuando hacía mis recorridos en motocicleta por el país, los mexicanos que encontraba eran casi siempre serviciales y amistosos. A menudo me sentía conmovido por sus pequeños favores. Muchas veces, en ciudades extrañas, personas que me habían dado direcciones venían detrás de mí, algunas veces caminando media calle o más, para enmendar o corregir lo que habían dicho. Muchas se apartaban de su camino para mostrar su simpatía. Los rancheros me invitaban una cerveza, los vendedores de helado me daban helados gratis, las dependientas me compraban cocas.

La gente de México es muy amable, pero encontré una ventaja, e incluso un arma, en ser más amable que ellos. Por ejemplo, decía por favor o gracias en cualquier oportunidad, algunas veces demasiado seguido. Y frecuentemente empleaba un introductorio buenos días o buenas tardes antes de preguntar por algo. Esas y otras expresiones de cortesía, en especial cuando son utilizadas por norteamericanos, son muy apreciadas por los mexicanos. Marcan una gran diferencia en la forma en que uno es tratado.

Aprendí a ser casi indiferente a las respuestas cuando hacía preguntas en México. Parecía no haber algo  como el puro hecho, verdad absoluta  o lógica irrefutable. A menudo hacía la misma pregunta a tres diferentes personas y recibía tres respuestas diferentes. Tal vez todas tenían razón a su manera. El encogimiento de hombros, la expresión de impotencia, el ¿Quién sabe? Fue en lo que llegué a creer.

Los hombres mexicanos miran y parecen fieros con sus grandes bigotes, pero por dentro la mayoría son como conejitos. Descubrí que la mejor actitud era ser franco y amigable, cortés y muy amable, pero lo más importante de todo, no ser amenazador en ninguna forma. Es una de las varias actitudes defensivas del mexicano que pueden provocar mala voluntad. Si no les das ningún motivo para ponerse a la defensiva, esas actitudes desaparecen y encuentras a una fina persona.

La mayoría de las muchachas y mujeres jóvenes son desafortunadamente demasiado tímidas para hablar lo que saben de inglés. Pero muchos de los hombres tienen más valor y están ansiosos de practicar. Con frecuencia tuve divertidas conversaciones en las que cada uno se aferraba a hablar el idioma del otro.

Al contrario de lo que podía esperarse, jamás tuve problemas con los policías. A menudo les pedí direcciones o información y sin excepción fueron corteses y serviciales. Una vez un tendero fue grosero y desagradable conmigo sin  razón aparente. Luego, pocos minutos después, un policía me proporcionó direcciones y fue tan amable que me acompañó parte del camino. Otra vez hablé con un policía en un crucero, un hombre gentil y cortés, que me orientó. Luego detuvo el tránsito para que yo cruzara.

Algunas veces estacioné la motocicleta a la vera del camino en alguna zona rural para hacer pequeños arreglos. Siempre que lo hice algún campesino aparecía de la nada. Pasaba a un lado, siempre a cierta distancia y  nunca demasiado cerca. Nada nos decíamos, pero resultaba claro que si necesitase ayuda sólo tendría que pedirla. En la ciudad, cada vez que tenía que subir la motocicleta por los escalones del hotel, los hombres que pasaban siempre estaban dispuestos a ayudarme. Incluso algunos vestidos con trajes.

Cierta ocasión, el maestro de un taller mecánico batalló durante veinte minutos para aflojar tres tornillos de mi motocicleta, los tornillos que sostenían la tapa del generador. Habían sido apretados demasiado por otro mecánico. El maestro fue ayudado por dos muchachos asistentes que eran mandados sobre todo a traer alguna herramienta. Cuando hubo terminado y aflojado los tornillos, rechazó cualquier clase de pago. Todo lo que hice fue invitarle una cerveza.

Con mucha frecuencia me sorprendió la honradez  de muchos mexicanos. Ningún objeto me fue robado durante el año que viví en México. Varias veces dejé a propósito varios objetos en el cuarto del hotel cuando pagaba la cuenta, objetos que ya no necesitaba. Me sentía conmovido cuando la criada corría a alcanzarme, por lo general fuera del hotel cuando estaba cargando la motocicleta, con los objetos en la mano.

Los mexicanos deben estar entre los más considerados y generosos anfitriones de la tierra. Es una atención y un privilegio ser invitado a entrar en la casa de un mexicano. No me sucedió a menudo. Noté lo mucho que les gusta tener pájaros, cómo llenan sus casas de plantas y flores. Tal vez hay un término psicológico para describir el amor por los pájaros, pero no lo conozco. Cualquiera que sea, los mexicanos lo tienen en abundancia.

 

Molly

Recuerdo la noche en la ciudad de México en que conocí a una chica canadiense en un restaurante de mariscos. Por alguna razón, era un restaurante más caro de los que por lo general yo frecuentaba. La chica y yo estábamos sentados en mesas opuestas del largo salón. Éramos los únicos angloparlantes, todos los demás eran mexicanos. Había varias familias y cierto número de parejas, todo muy tranquilo. No había música y el restaurante estaba muy silencioso.

Primero la chica y yo intercambiamos miradas y sonrisas. Vi que era muy bonita. Después de unos minutos me armé de valor, qué demonios, y me levanté y caminé hacia su mesa. Había unas treinta personas en el salón, incluidos los meseros, y para ese momento todos los ojos estaban puestos en mí. Si me desairaba sería muy vergonzoso.  Las mujeres en realidad aprecian mucho las cosas que los hombres hacen para conocerlas.

Pero todo salió bien. Ella fue amigable y estuvo contenta de conocer alguien que hablara inglés. Le pregunté si quería que compartiéramos la mesa y estuvo de acuerdo. La mía estaba en un mejor lugar, así que comenzamos a mover sus cosas  a la mía.

Mientras tanto, me di cuenta de que todos los mexicanos en el restaurante nos estaban observando, evidentemente con cierta fascinación. Seguramente habían dejado de comer para escuchar cada palabra. ¡Qué espectáculo estábamos representando para ellos! Después me pregunté qué pensarían y qué comentarios se harían entre ellos. Los mexicanos de clase media son por lo general comedidos y muy propios cuando están en restaurantes.

Me enteré enseguida de que mi nueva amiga se llamaba Molly y que era trabajadora social en Toronto. Era alegre e inteligente. Me gustaba mucho y, esa noche, pasamos buenos momentos. Unos días después tuvo que volar de regreso a Toronto y la fui a despedir al aeropuerto de la Ciudad de México.

 

Prostitutas

En la ciudad de México trabé amistad con un periodista inglés que hablaba español con fluidez y conocía bien la ciudad. Le gustaba beber y algunas veces fui con él a bares del centro. Le gustaban los bares after-hours en la calle Bolívar, un lugar en el que tenías que tocar e identificarte para ser admitido. Había un colorido surtido de mexicanos y españoles exiliados, algunos de los cuales parecían operar al margen de la ley.

Las prostitutas y otros clientes comenzaban a llegar alrededor de las nueve o diez de la noche. Las tres o cuatro de la mañana era la hora pico  y el lugar estaba a reventar. Ya para entonces sabía que las prostitutas eran comunes en los bares mexicanos, y me gustaba mirarlas pues le agregaban algo a la atmósfera. Definitivamente me interesaban. Me gustaba ver su rostro, su cuerpo y ropas, y observar la forma en que operaban en el bar. Mi amigo periodista conocía a un par de ellas, y ocasionalmente se sentaban a nuestra mesa a beber una copa.

 

Pulmonías

Únicamente en Mazatlán vi taxis motocicletas de tres ruedas, aunque debe haber  en otras partes del país. Estos taxis son pequeños vehículos con un aspecto gracioso. Su ¡tut-tut¡ se escucha en todos lados y es parte del ambiente de Mazatlán. Como estos taxis son abiertos, los mexicanos los llaman pulmonías, que literalmente significa neumonías.

Las pulmonías son muy divertidas, en especial si tú y tu acompañante se han echado un par de tragos. Siempre me encantó ver los pequeños vehículos ladearse al dar la vuelta en las esquinas en Mazatlán. Muchos de los conductores son diestros e imprudentes al mismo tiempo. Tal vez es mi imaginación, pero parecían tener un espíritu especial del que carecían los conductores de los taxis ordinarios.

Muchas de las pulmonías eran llamadas con nombre de mujer. Pintados en ellas había nombres como Rosalina, Alicia,  Antonia,  Ana, María Eugenia, Rosario, Alma y Susana. Si sólo funcionaran con baterías, tales vehículos resultarían buenos taxis durante las épocas de buen clima en las ciudades norteamericanas.

 

Seguridad

Vi un buen número de mexicanos, la mayoría hombres, que cojeaba o estaba desfigurado de algún modo. Tal vez se considera macho al desdeñar las precauciones de seguridad. Los ventiladores de techo, por ejemplo, eran instalados a menudo en cuartos de hotel cuyo techo era muy bajo. Muchas veces casi pierdo una mano mientras trataba de sacarme una playera.

Es común ver a hombres jóvenes colgados de la puertas abiertas de los autobuses cuando viajan en el intenso tráfico; en la ciudad de México vi una vez un coche estacionado que había sido aplastado por una viga de acero que había caído de un gran edificio en construcción; es común ver grandes hoyos en las abarrotadas aceras sin ninguna señal de precaución; el ganado comúnmente pace a unos cuantos metros de las autopistas; se ven mujeres con niños en los brazos viajando en la parte trasera de pequeñas motocicletas; y los hombres que manejan los fuegos artificiales en las ferias algunas veces trabajan con un cigarro en los labios.

 

Susie

Pronto descubrí que los niños de los norteamericanos que viven en México a menudo hablan español con fluidez. Muchos de ellos están en la edad perfecta para aprender una lengua extranjera. Cuando viví en el pueblo, recuerdo haberle preguntado a dichos niños cómo decir algo. Eran muy buenos maestros, según recuerdo, y estaban ansiosos por ayudar. Además yo disfrutaba mucho el espectáculo de ser instruido por un  niño de ocho años.

También me gustaba charlar con los niños norteamericanos sobre México y hacerles varias preguntas. Con frecuencia oía observaciones agudas y expresiones poéticas que no oía de ningún adulto. Escuché muchas historias de la escuela, inapreciables descripciones de maestros, sensibles informes sobre sus compañeritos mexicanos.

En el pueblo había una niñita norteamericana llamada Susie, quien realmente me buscaba para darme lecciones de español. Tenía ocho años, una pequeña sargento de cabello rubio, deprimentemente fluida en español, que explotaba su superioridad sobre mí en el idioma. Susie me sentaba en la plaza y me daba lecciones, a menudo sobre verbos irregulares. Algunas veces no estaba de humor para esas exigencias de esfuerzo mental, las cuales usualmente se combinaban con sarcásticos cometarios sobre mi español.  Cuando la divisaba en el pueblo a menudo caminaba en sentido contrario o me colaba en una tienda antes de que me viera.

 

Tacos

Olvidé muchos de los edificios importantes de la Ciudad de México, pero recuerdo dónde hacían los mejores tacos. Hay una zona en la que unas doce taquerías se extienden a lo largo de dos o tres calles. Era la típica situación de libre empresa, una vigorosa competencia provocaba bajos precios y alta calidad. Los tacos vendidos en esa área son por lo general mejores y más variados que los que se encuentran en otras partes. La gente llegaba de toda  la ciudad de México, y las taquerías estaban a reventar, sobre todo a la hora de la comida y temprano en la noche.

Los tacos se hacían bajo orden. Cuando llegabas al frente de la multitud y era tu turno, pedías el tipo que querías y luego veías al taquero hacerlo a gran velocidad. Las tortillas son suaves, no duras como en los Estados Unidos. La mayoría de los norteamericanos nunca ha probado un taco auténtico.

El taquero pone salsa en él, lo enrolla, lo envuelve en papel, y te lo entrega. Todo es hecho con destreza y el precio es muy bajo. Mi favorito era el taco de puerco, que es puerco asado, y el taco de barbacoa, que por lo general es de cordero a la parrilla.  Recuerdo que en uno de los puestos era especialmente delicioso. Si volara mañana a la Ciudad de México, consideraría ir directamente del aeropuerto al puesto de tacos.

 

Autobuses urbanos

Un viaje en un autobús urbano en México puede ser estimulante, pues es conducido a relativamente gran velocidad. Los conductores no parecen preocuparse por eso. Me imagino que algunos de ellos  piensan que toda la chatarra religiosa que han desplegado los protegerá. Los autobuses van como rayos. Si son viejos, hacen un gran alboroto. La velocidad parece ser mayor por los adoquines, el pavimento sin reparar o las calles estrechas. Puede ser una experiencia para poner los pelos de punta; con frecuencia viajaba agarrado de la barra del asiento delante de mí.

Los choferes algunas veces no hacen alto total. Para ahorrar tiempo y el cambio a una velocidad más baja, quieren que bajes mientras el autobús aún está en movimiento. Se requiere cierta habilidad, y pensaba que era divertido. Cuando me bajaba de un autobús en la ciudad de México, aterrizando en la acera con una ligera carrerita, tenía la sensación de bajarme de una montaña rusa.

 

Volcanes

La primera vez que tomé el tren de Oaxaca a la ciudad de México, llegué a Puebla justo antes de la salida del sol. El conductor me dijo que el tren estaría en la estación quince minutos, así que tenía tiempo para salir a la plataforma por un café. Era invierno en México y era más bien frío a 2100 metros de altura. Mientras temblaba bajo el aire frío de la plataforma y entibiaba mis manos con el café caliente, levanté los ojos y vi de pronto los dos volcanes, el Iztaccíhuatl y el Popocatépetl. Eran claramente visibles hacia el poniente.

Era una vista grandiosa que nunca olvidaré. El cielo era azul oscuro en el aire frío, con unas pequeñas nubes teñidas de rosa por el sol naciente. La estación de Puebla estaba aún en las sombras, pero la línea de la aurora estaba ahora bajo los volcanes. Los dos picos nevados lucían claros y brillantes con los primeros rayos del sol.

* Las palabras en cursivas están en español en el original.